lunes, 2 de julio de 2018


miércoles, 9 de mayo de 2018

Beny y el melón

La foto es ajena al asunto que voy a tratar pero no encuentro una mejor con el Beny, que es el que aparece entre Jorge Dávila y yo, con el brazo derecho de Rui Ferreira recostado a su hombro y que es el sujeto de mirada más intensa dirigida hacia el foco de la cámara. Bueno, Jorge Dávila tiene una mirada con intensidad semejante, aunque parece un tanto asustado. O por lo menos descreído. El Beny, no. El Beny está ciertamente concentrado y hasta con una leve dureza de hitman antes de sacar la fuca y volarte los sesos. Y el hombre que ríe, vestido de blanco, es Adolfo Rivero, el más grande teórico marxista de nuestra generación. El fotógrafo es ahora un desconocido. El lugar también. Incluso la fecha. Pero es en Miami y todos somos cubanos exiliados, menos Rui, que es portugués. De los cinco, Adolfo fue el primero que abandonó, aunque no sin antes recibir la absolución de todos sus pecados de joven comunista de manos del ex representante federal Lincoln Díaz Balart, que fue hasta el sofoco de su oscuro apartamento para el menester. Quedamos pues, tres, y quizá cuatro porque hay que contar con el fotógrafo aunque no logremos recordar su nombre. El Beny. Ese fue el que abandonó el juego hoy [mayo 8], según me acaba de llamar Rui para informármelo. Bernardo Marqués Ravelo. 71 añitos y un talento feroz y la garganta blindada de un bebedor insaciable. Yo me divertía con el Beny lo que ustedes no tienen idea. Para empezar, nos prodigábamos todos los insultos existentes en la lengua castellana. Eso, siempre, para empezar. Y uno acudía a él invariablemente en busca de títulos. Una vez estaba haciendo algo sobre Hemingway (que no terminé, como suele ocurrirme) y no me convencía ningún nombre o etiqueta. Requería de la inclusión de tres nombres. Para mí resultaban imprescindibles: Hemingway, Cuba y Finca Vigía. Él, presto, con su desmedida audacia para manejar las palabras, las metió en la coctelera y la batió un poco. Miró hacia el techo y me dijo: “Finca Vigía o el olvido de Hemingway en Cuba”. “Coño, Beny”, le dije. “Eres un bestia.” “La tengo prohibida, Norber”, me dijo. “Prohibida.” “Bestia, bestia.” “Para que me respeten.” Otra vez se me designó para presentar la edición cubana de Crónica de una muerte anunciada, la novela de García Márquez, evento que tuvo lugar a las 12.05 PM del 17 de septiembre de 1981 en una venduta desmontable del Palacio de las Convenciones de La Habana donde se expendían libros en el transcurso del Encuentro de Intelectuales por la soberanía de los pueblos de nuestra América y mientras uno suspiraba por la novelista catalana Montserrat Roig que andaba paseándose por aquellos pasillos y fue publicado además —con un título de indudable presencia militar: “Una ráfaga de literatura”— en la edición de El Caimán Barbudo de noviembre del mismo año, y tengo anotado al pie del original de mi texto: “El conocido periodista, narrador, ensayista, articulista de fondo, crítico y poeta cubano Bernardo Marqués Ravelo colaboró en la redacción.” Más adelante, un nuevo evento de lectura pública: “El estilo necesario de la violencia”, la esforzada ponencia que desde su origen Reynaldo González, otro escritor cubano, comenzó a llamar “la quitancia de Norberto” presentada y/o leída o/y comenzada a leer a las 10.05 AM del 12 de diciembre de 1984 en el transcurso del Fórum de la Narrativa auspiciado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en el Palacio de las Convenciones de La Habana producida a solicitud del poeta Luis Pavón y, con esta otra nota al calce: “Redacción beneficiada por la colaboración del conocido etc. cubano Bernardo Marqués Ravelo, quien aprovechó una de las jornadas de concepción y escritura para tragarse un melón de la cuota del autor”. ¿Los melones estaban incluidos en la libreta de abastecimientos de aquellos años duros? Pues, sí, señores. Los distribuyeron una sola vez en Ciudad de La Habana en toda la historia de la Revolución Cubana. Y el mío se lo zampó Bernardo Marqués Ravelo, a quien venimos a llorar hoy. Dime, Beny, ¿cómo me está quedando este obituario? El mejor del mundo, muchacho. ¿Eh? Que yo también la tengo prohibida. Prohibidísima.

En las fotos de abajo, en Miami hace años, celebración en reducidísima familia de un cumpleaños de su mujer Rosa (al centro), con mi mujer Niurka y conmigo, ella y yo alternando la posición de la derecha.

viernes, 4 de mayo de 2018

Cassinga


El asalto fue el 4 de mayo de 1978. Lanzaron paracaidistas por la madrugada, los paracaídas quedaron colgando en las matas durante varios días. El Dr. Manuel Fuentes todavía tiene pedazos de tela de camuflaje y cordones no combustibles en su casa de La Habana. Era el campamento SWAPO de Cassinga, a unos 2 kilómetros de la base de blindados cubanos de Tchamutete. Un camino recto de tierra unía las dos instalaciones. Los SWAPO era el movimiento de liberación de Namibia y montaban sus campamentos en la vecina Angola, al norte de su territorio ocupado por Sudáfrica. El regimiento de blindados de Tchamutete era parte del contingente internacionalista cubano. Los angolanos apoyaban a los namibios y se descansaban en los cubanos. Los SWAPO estaban dislocados allí probablemente por la protección de la base. Al Dr. Fuentes le avisaron en su hospital, el “Agostinho Neto”, de Lubango, un hospital civil. Estaba a más de 200 kilómetros. El Dr. Fuentes era un burgués cuando triunfó la Revolución Cubana en 1959. Así debía aparecer en su expediente. “Origen burgués.” Pero voló de Lubango a Cassinga en un Piper Azteca. Tuvo que regresar por falta de combustible y porque nunca vieron los dos camiones con las luces para señalar la pista. Hasta que aclaró y por fin divisaron el campo. Las SADF —las tropas sudafricanas— cogieron a los namibios entre dos fuegos y los cercaron. Todo el tiempo tuvieron por lo menos un Mirage sobre la zona “dando candela” —según la expresión cubana, en este caso para decir abriendo fuego a tierra. Entraba un Mirage y salía otro. Cuando los namibios trataban de huir, los cogía el fuego del cerco. A las fuerzas que habían helidesembarcado por la mañana, el mando SADF las recogió en los mismos helicópteros Puma esa noche. Pero estuvieron dos o tres días más por la zona, quizá algunos hombres perdidos porque el Dr. Fuentes estuvo por las noches oyendo los Puma a lo lejos y viendo las luces fugaces y las bengalas de los rescates. Unos cubanitos salieron de Tchamutete con las antiaéreas del 14,5. Todos eran de Ciego de Ávila, un pueblo ganadero en el este de la isla, y los Mirage los barrieron. Mataron a catorce. Hubo otros con las manos quemadas de no soltar las cintas de proyectiles en el proceso de alimentación de sus ametralladoras.
El Dr. Fuentes usaba el poderoso anestésico Ketalar, de la Park Davis. Lo primero que hizo fue clasificar y discriminar un centenar de heridos sin salvación. Después debe haber hecho unas 50 amputaciones, todas con los mismos guantes e instrumental. Ningún herido profirió una queja. El Dr. Fuentes aprendió después que nada se graba más en la memoria que el silencio. El día 7 fue que comenzaron a llegar los An-26, los formidables turborreactores de la aviación soviética, para la evacuación y con personal médico militar. El Dr. Fuentes estuvo allí una semana. Le dieron una carta de reconocimiento. En Tchamutete lo que había era un urólogo, un otorrino y un médico general. Los utilizó a todos. Sobre la marcha los enseñó a amputar. A la distancia de un kilómetro y medio se divisaba la colina que llamaban la montaña de hierro, a la vera del camino de Tchamutete, donde estaba el puesto de observación cubano y desde donde enfrentaron a un Mirage. Los cohetes flechas portátiles no sirvieron para este combate. Quemaron como antorchas a unos cubanos que no supieron dispararlos.

ooOoo -----------------------(camino 2 kms) ----------------------------xxXxx
      [Tchamutete]                                                                                  [Cassinga]

                                             mmMmm
                                     [Montaña de hierro
                               con puesto de observación]

El Dr. Fuentes era el único vestido de civil en Cassinga. Llevó algún instrumental desde Lubango. Y su AKM y sus municiones. Lo más molesto eran esas moscas que enseguida ponían larvas en las heridas y los gusanos saliendo en pocas horas. Pero las mujeres SWAPO cantaban sus himnos de lucha y baldeaban las mesas de operaciones y enterraban la carne y los huesos cortados y lavaban la ropa. El Dr. Fuentes nunca regresó a Cassinga. La Revolución Cubana lo consideró suficientemente recompensado con la carta de reconocimiento. Quizá todavía le esté afectando el origen burgués.

Insertada: El cirujano Manuel Fuentes se adentra unos 300 kilómetros en el desierto de Mossamedes (Namibe) desde la base hospitalaria de Lubango, donde cumple su misión internacionalista de dos años. Quiere ver esta reliquia del período Jurásico. Una reliquia viva. Las prodigiosas Welwitschia mirabilis, con una existencia probada de hasta 1 500 años, solo se encuentran en esta franja de terreno fronterizo entre Angola y Namibia. Pese a la pobreza de la imagen, la pose del médico junto al objeto de su exploración es una de las escasas piezas africanas que atesora. Él todavía vive en La Habana y hoy es el 40 aniversario de la masacre de Cassinga. Nadie ha tocado en su puerta.

lunes, 23 de abril de 2018

Despacito

La mejor forma de la política. Sobremesa en la (siempre bien surtida) casa de los
pintores Aldo Menéndez e Ivonne Ferrer. La foto es de Regino Boti jr.,
a quien le estoy dedicando los libros.

De la columna de opinión “Cuba o Castro” (La Tercera, Santiago de Chile, sábado 21 de abril de 2018). Las negritas y los grandes tipos son de la versión digital:

¿Qué hará Díaz-Canel? Lo único que puede hacer, primero demostrar que es digno heredero colocándole una llave más al candado, para luego de unos años confirmar que lo es abriéndolo. Norberto Fuentes sostiene que la Revolución llegó al poder con los fusiles y solo lo resignará ante los fusiles, aunque sea una osadía, discrepo de su visión. Es demasiado épica para una revolución que hace mucho perdió esa condición, Cuba ya vivió la tragedia, es inevitable que ahora venga la comedia. Tal vez si evitar eso sea el mayor desafío del delfín, generando las condiciones para que el humo de los barbudos de Sierra Maestra se disuelva con dignidad a pesar de su fracaso.

¿Osado? ¿Pero cómo quién? ¿Cómo El Halcón Negro? ¿Cómo Tarzán?

El tono de bravuconada, de belicosa altanería, lo reconozco de inmediato como mío. ¿Pero solo así, fuera de contexto, out of the blue? Yo diría que falta algo. ¿Dónde está la catapulta? Reviso mi archivo. Es una entrevista de Tele13 Radio de Santiago de Chile del jueves 19 de abril.

E: Norberto, en su experiencia, en su mirada, ¿qué es lo que va a cambiar con este... con esta transición generacional?

NF: Te repito, yo creo que va a cambiar lo que tenga que cambiar. Es decir, eeeh, si tú miras el primero de enero del 59 [día del triunfo de la Revolución] al día de hoy, al, al, al 18, o 19 de abril del 2018, ellos han ido… eso es un proceso en progreso permanente. Ahí ha habido una dialéctica. Y sobre todo hay una voluntad de cambio. Ellos han cambiado muchísimo en los últimos 10 ó 12 años.

E: Ujum.

NF: Eeh. Yo creo que los cambios fundamentales se van a producir en la economía. Ahí no va a haber cambios, por lo pronto, en el poder, en, en… Lo que quiero decir es que la Revolución, o como se le quiera llamar, no va a entregar el poder. Este poder no se va a entregar nunca. La ilusión que tienen los adversarios de ese proceso, sus enemigos, de que ellos [se] entreguen, eso no va a ocurrir. Ellos tomaron el poder por las armas, y hay que quitárselo por las armas. Cuando esa generación pase, esta nueva generación que viene va a hacer los cambios que a ellos les interesa hacer. Porque además, nada se los puede impedir. Nada se los puede impedir. Yo creo que son mucho más eeh… reacios, mucho más duros, mucho más eeeh… empecinados en posiciones eeeh… en sus posiciones, los enemigos de la Revolución, que los revolucionarios.

La grabación completa de la entrevista aquí.

viernes, 13 de abril de 2018

La generación perdida

Con Silvio, en La Habana. Circa marzo de 1984. El Winchester recostado a
la pared lo reconozco como mío. Pero otros objetos y el entorno son ajenos
a mi memoria. El café, desde luego, no lo he servido yo. Lo delata el detalle de
la taza y el platico. Silvio parece estar sentado en una silla plegable, de las
que se llevan a la playa. Yo no acabo de descifrar sobre qué tipo de tareco
estoy sentado. La imagen es una instantánea Polaroid y
el tiempo comienza a vencerla.

Con Alberto Batista “Ton” en el trasbordador de Isla Gobernadora, Nueva York.
Enero de 2000.

Mensajes recibidos y enviados el 5 de septiembre de 2008.

Del Ton:

Norber:

Te envíé ese texto (hecho a "vuela pluma") escrito para una muchacha que Silvio me envió y que preparaba un libro sobre él. Su propósito era sólo informativo, no literario. Te lo envié para que te divirtieras un poco con nuestro Bunder Pacheco. Si algún día lo publico tengo que introducirle unos cuantos arreglos, de todo tipo, incluyendo datos que se me pasaron en ese momento. En cuanto a colgarlo en la WEB, ESO ME HORRORIZA. La WEB es lo más alejado de la literatura que puede imaginar alguien que escribe. Para mí publicar es en tinta, SOBRE PAPEL, no en el ciberespacio.

Un abrazo

Un Ton fiel a los métodos clásicos de la literatura

De “Norber”:

Te entiendo y te apoyo, Ton. Pero me había embullado con verlo circular ya. Sé que iba a causar un gran impacto. Yo tomo la WEB igual que un periódico: un lugar donde se publican cosas en primera instancia. Luego, las joyitas, las guardo para los libros. Sirve para mantener tu nombre en circulación y para llamar la atención. Sobre todo cuando es un material tan bárbaro como éste y que toca un tema de interés tan popular. Es muy novedoso tu trabajo, Toncito. Desde luego que lo conocía. Pero lo he leído ahora como si fuera nuevo. De todas maneras te lo devuelvo con algunos señalamientos que tendría que explicarte por teléfono. Un ruego a nivel de socio: mejora la imagen de Papito. No hay que quitar nada de lo que has puesto. Pero quizá en la zona del episodio con Bola de Nieve, agregar algo de que todos éramos igual de extremistas (en definitiva Papito no estaba haciendo otra cosa que cumplir órdenes) y que lo asombroso es que, con el paso de los años, el que persiguió a Papito fue Silvio. Silvio el extremista persigue a Papito el militante. Una última cosa: yo lo dividiría en dos partes: la primera llegaría hasta más o menos cuando lo botan y me mencionas, y la otra toda esa sección sobre el uso de las luces y de las técnicas televisión para poder vender el producto Silvio. Ah, y no te diluyas en el nos mayestático. Pon siempre yo. Finalmente: váyase a templar, viejo cabrón.

Nota: “Ton” era el mote que yo le había endilgado a Alberto Batista Reyes desde mediados de los 70, durante nuestra época de estudiantes del Curso para Trabajadores de la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana, y que él aceptaba de buen grado. “¿De dónde viene el vocablo, Albert?”, yo le preguntaba. “De Albertón, Norber. Ton es la contracción de Albertón”, él me respondía. Por otro lado, “templar” es una forma común y veladamente aceptada en sociedad de designar la acción de copular, ergo, fornicar. Que sea un insulto o no depende de a quién se le dice y cómo se le dice. El lugar del corte propuesto para dividir el trabajo en dos textos está señalado con tres asteriscos en la presente exposición. Extrañamente el escrito elude el nombre de Luis Agüero, uno de los guionistas del programa, que también renunció ese día a continuar en su nómina. La pieza de Alberto del 19 de abril de 1992 producida en El Vedado, La Habana, sobre Silvio Rodríguez.


SILVIO EN MIENTRAS TANTO

El primer gran impulso del autor e intérprete Silvio Rodríguez, a través de los medios de comunicación, tuvo lugar en el programa de televisión cubana Mientras tanto, en el canal 4, donde su rostro y guitarra se vieron semanalmente a lo largo de varios meses de 1968.

Fue un hecho insólito en la historia de la música cubana: la televisión se convirtió durante ese período en la única vía para que este creador difundiera su obra: sus discos no se grababan y sus canciones apenas se transmitían por la radio. La televisión usualmente aprovecha la popularidad de un artista, pero en este caso la mostró y alimentó, hasta imponerla culturalmente a la industria del disco y a la programación radial años después.

El programa fue, además, el primer exponente importante y coherente de un artista y de un grupo de colaboradores y creadores, por encontrarle espacio a una nueva visión del mundo y de las expresiones de sus interpretaciones individuales, sin el sello de falsa unanimidad exigido usualmente por quienes ideologizan el arte para beneficio partidista.

Esa lucha, tenacidad y seguridad en el triunfo de la renovación artística de un sector de esa generación partió de Mientras tanto. La dirección del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICR) la acababa de asumir un comandante guerrillero —Jorge Serguera Riverí— y le habían asignado el objetivo de introducir algunos cambios sustanciales en la programación cultural, histórica e informativa de los medios de comunicación televisivo y radial.

Se creó un ambiente de esperanza entre actores, directores, productores y técnicos del medio; esto contribuyó mucho a insuflarle aires rejuvenecedores al ICR durante esos primeros meses e impulsó la ilusión de que lo estético prevalecería sobre la arbitrariedad y los caprichos políticos.

El nuevo presidente del ICR llegaba con todo el pensamiento de la autoridad de su trayectoria política; tenía, además, algunas inquietudes culturales. Conocía también sus limitaciones personales para realizar esa tarea de cambio y buscó apoyo en un grupo de jóvenes profesores e instructores del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana.

El Departamento de Filosofía estaba formado en ese momento por profesionales muy vinculados a distintas esferas culturales y políticas del país en los sectores del libro, información internacional, relaciones exteriores, economía, entre otros. Un grupo de seis miembros fuimos a trabajar al ICR.

No estaba muy claro para nosotros cómo unos estudiosos de la filosofía, de la historia de las ideas y de la economía podían ayudar en un medio totalmente ajeno a nuestra actividad teórica. Se nos dijo que desarrollaríamos una función cultural-ideológica, es decir, evitar que en la programación se "deslizaran" elementos peligrosos u ofensivos a la moral revolucionaria. Naturalmente, la explicación aumentaba las dudas en lugar de despejarlas; era un tipo de censura donde prevalecía un alto nivel de subjetivismo y de situaciones coyunturales donde era imposible delimitar "lo bueno" de "lo malo", establecer una tabla racional para evaluar una cosa u la otra.

Decidí dedicarme a la programación musical, pensaba que mi juventud —22 años— y conocimientos de los ritmos e intérpretes de moda podían ayudarme a enfrentarme con ese mundo.

La ausencia de conocimiento y experiencia técnica en la televisión y en la radio la fuimos supliendo con la ayuda de especialistas. La mayoría ocupamos un cargo que existía en ese momento —Productor de Mesa—, encargado de aprobar libretos, gestionar aspectos de su financiación y realización, coordinar actividades artísticas, técnicas y económicas de cada programa. La política de difusión estaba caracterizada por normas arbitrarias y absurdas relacionadas con textos y ritmos "políticamente correctos". La primera canción que llegó a Cuba de Juan Manuel Serrat —Poco antes de que den las diez— fue sometida a largos debates porque la letra "estimulaba que las jovencitas se escaparan de las casas con sus enamorados".

El programa musical de mayor audiencia nacional —Nocturno—, transmitido por Radio Progreso, sostenía una batalla solitaria en medio de ataques e incomprensiones en su lucha por radiar All You Need Is Love o Yesterday.

The Beatles no podían transmitirse por las emisoras nacionales, pero no por sus letras, sino porque "tenían el pelo largo y su ritmo alocado exaltaba bajas pasiones en la juventud". El nuevo presidente del ICR mantuvo durante algún tiempo la postura oficial de que el timbre musical de este cuarteto era "diversionista". Meses después se logró autorización para difundir algunas canciones por la radio, pero continuó vigente la prohibición en las pantallas porque "la televisión revolucionaria no debe contribuir con su imagen a imponer una moda decadente".

Hubo muchas discusiones para intentar convencer que la música era bastante refractaria al calificativo de "diversionista" o de que el pelo largo era un aporte de los guerrilleros de Fidel Castro en la Sierra Maestra a la moda contemporánea y que The Beatles heredaban de ellos lo del pelo largo, como los guerrilleros de Venezuela o Guatemala habían heredado la lucha armada de las montañas cubanas.

Una instrucción escrita establecía la obligatoriedad de mantener un balance de un 70% para la música cubana y un 30% para la extranjera. Muy pocos programas musicales estaban exentos de esta norma —Nocturno, por ejemplo— y los productores frecuentemente se vengaban del esquematismo con la programación de música de mala calidad, para hacer muy evidente la medida y que los oyentes protestaran. Los directores de programas radiales afirmaban que la música nacional "no prendía", "no pegaba" en la audiencia. Era un círculo vicioso muy peligroso para la difusión del patrimonio musical nacional. La raíz de todo radicaba en los métodos impositivos, en la incapacidad de lograr la motivación genuina de quienes trabajaban en la difusión de la música.

El país había descendido en el reflejo de la música cubana hasta niveles alarmantes. Fue en este contexto en que se comenzó a pensar en programas dedicados íntegramente a intérpretes nacionales, demostrar que la calidad propia podía gustar masiva y espontáneamente, sin mecanismos administrativos ni métodos de cuartel.

Silvio empezaba a cantar sus canciones. Su trabajo con la música podría demostrar la validez de la tesis de los valores nacionales. Pero había otra razón muy importante: las canciones de Silvio encarnaban, a través de sus letras, una búsqueda de espacio para el nuevo pensamiento renovador que se gestaba en la sociedad cubana. Pensamiento que también ya brotaba en algunos cuentos y poesías de la época.

Surgió la propuesta de hacer un programa con sus canciones e igualmente aparecieron varios cuestionamientos escépticos: ¿Un programa con alguien tan joven, con letras tan raras, sin arreglos orquestales y a fuerza de guitarra?

El criterio de "letras raras" fue el primer gran escollo. Silvio transmitía temas universales como el amor y las relaciones humanas, con nuevas imágenes y metáforas; esto iba en contra de la costumbre y la interpretación convencional de asimilar las letras de contenidos directos que no requerían de ningún esfuerzo mental para ser captados. Los funcionarios extendían su incapacidad de comprensión hacia los millones de cubanos que escucharían a Silvio.

La inexistencia de arreglos orquestales era más fácil de resolver. La orquesta del ICR realizaría semanalmente una o dos grabaciones que alternarían con las interpretaciones con guitarra. Casi nadie aceptaba que alguien pudiera gustar solamente a base de cuerdas y menos con "letras raras".

Un tercer temor era la aparición de un rostro joven en la televisión. ¿Y si traiciona políticamente? ¿Y si se convierte en una figura nacional y luego resulta problemático? Pero se reclamó tener la misma posibilidad que Hollywood, de crear estrellas y luego imponerlas en el mundo. Hubo que sentenciar, con tono serio de comisario político de barricada, que "el proletariado también debe tener su derecho a impulsar figuras en el arte".

Armando Romeu y Roberto Valdés Arnau ayudaron mucho en la empresa de impulsar el programa. Aunque no coincidían con muchos de los nuevos criterios y experimentos —Valdés Arnau, por ejemplo, siempre decía "esas canciones son demasiado espiritistas"— consideraron que el intento debía hacerse. Aún cuando preferían alguna opción distinta, trabajaban con honestidad y dedicación en aras de ayudar a desbrozar nuevos caminos. Pero el gran impulsor fue [el músico] Federico Smith. Fue el único que confió conceptualmente en el proyecto. Los demás lo hacían un poco por disciplina, Federico lo hacía por convicción.

La música cubana necesitaba rostros diferentes y valía la pena correr el riesgo de fracasar en algunos intentos. Estos tres músicos hicieron sugerencias valiosas, orientaron arreglos con determinadas canciones que contribuían a alcanzar los objetivos propuestos.

Teníamos el diseño del programa en su idea general, pero había que materializarlo. Lo primero era el nombre. Al poeta Víctor Casaus —[primer] guionista del programa— le gustaba ¡Qué volá!, una expresión popular de moda; trataba de buscarle informalidad y frescura, evitar el acartonamiento usual. A Silvio le pareció atractivo. Sin embargo, adoptar ese nombre, o uno en la misma cuerda, equivalía a identificar un término populachero con un contenido nuevo y distinto. Finalmente prevaleció el criterio de extraer el nombre del programa de los mismos textos de las canciones de Silvio, con una música que sería, además, el tema de presentación.

Silvio tenía una libreta vieja y destartalada donde escribía el texto de sus canciones. Nos pasamos varias jornadas analizando sus letras. Buscábamos que su voz individual se ajustara a la posición común de defender la búsqueda de un nuevo lenguaje, de reclamar un lugar en la difusión de las ideas. En esto el arte de Silvio era un exponente perfecto.

Se seleccionó Mientras tanto, un texto con intención de declaración de principio sobre el derecho a romper las barreras del dogma, de reflejar la vida en el arte, de no hacer tema tabú "yo tengo que hablar, tengo que vivir, tengo que decir lo que he de pensar", afirmaba la canción.

El programa cerraría con Y nada más, era tal vez menos agresiva —por llamarla de alguna forma— pero no menos inocente, al narrar cómo la vida siempre repite problemas similares, conflictos, dramas, pero que la fuerza de la realidad siempre triunfa "somos un diminuto instante inmerso en el vivir".

El guionista Víctor Casaus traía las ideas generales, la estructura y muchos detalles. Entre [el realizador] Eduardo Moya, Silvio y yo tratábamos de ampliarlo, encontrar variantes, detectar hechos de la vida cultural del momento que pudieran incorporarse. Insistimos en la participación de valores verdaderos en el programa, eliminar expresiones de la subcultura. Había muchos talentos jóvenes en el país, sin oportunidades de difusión, que podían tener su espacio. La estructura general del programa era la siguiente:

La canción Mientras tanto se escuchaba en off mientras la imagen de Silvio, o cualquier otra relacionada con el programa del día, aparecía en pantalla. Se utilizaba ocasionalmente caricaturas o canciones ilustradas con fotos, María, por ejemplo, fue un texto de Silvio dedicado a su hermana. La pensábamos ilustrar con fotos de María en La Habana Vieja, queríamos mostrar la arquitectura, las calles y el ambiente de la ciudad como habitat hermoso para sus moradores, pero nos percatamos que el texto —de cierto tono melancólico— reclamaba expresiones del rostro, estados anímicos de María y lo que hoy se llamaría Video Clip se hizo a base de close up y dejamos la arquitectura para una ocasión posterior.

Los intérpretes invitados cantaban sus propias canciones, pero algunas veces interpretaban alguna de Silvio, porque queríamos contribuir con eso a que figuras importantes o más o menos conocidas, contribuyeran a difundir su música. Leo Brower hizo un arreglo de Es sed para Yolanda Brito. A Silvio no le gustaba mucho esa canción, sin embargo fue posiblemente la primera que se hizo muy popular entre los niños, entre otras cosas, por el texto que narraba la historia de "una vieja bruja amiga mía".

Es sed tuvo una importancia adicional. Hizo que Leo Brower conociera mucho más de cerca la obra de Silvio y eso abrió el camino para que se convirtiera años después en una estimable ayuda en la formación y desarrollo musical de Silvio cuando este pasó a trabajar al Instituto de Artes e Industria Cinematográficos (ICAIC).

Muchas figuras relevantes participaron en el programa. Poetas, narradores, pintores, distintos exponentes de la vida nacional. Desde luego, los intérpretes eran quienes más participaban. Hubo un curioso incidente con [el cantante] Bola de Nieve en la única vez en que tomó parte del programa.

Una regulación del ICR estipulaba que una misma figura —aunque fuera importante— no podía aparecer en dos programas en el mismo día. A Bola lo habían llamado para Mientras tanto y, a la vez, para otro programa musical. Pero Bola conocía la regulación y se percató que, por error, no la habían señalado la repetición de su imagen en televisión en un mismo día.

Bola cantaba en el restaurante El Monseñor, a tres cuadras del estudio 19 del [edificio] Focsa, donde se hacían los programas musicales de grandes producciones. Una tarde viene a verme a este estudio. Cuando Bola llega, el presidente del ICR, Jorge Serguera, hablaba con el músico Felipe Dulzaide. El comandante le aconsejaba que introdujera una trompeta china en algunos números del grupo musical para que se oyera mejor, fuera "más pegajoso", se acercara más a las raíces de la música cubana, a la vez que se alejaba del jazz, "tan poco criollo".

Felipe, escuchaba atentamente, de lo más caballeroso, pero serio; discrepaba amablemente mientras a unos pasos Bola de Nieve escuchaba azorado. Cuando la conversación terminó, Bola se me acerca y comenta el hecho de que había sido citado para dos programas en el mismo día, "pero si tengo que escoger, prefiero el programa del muchacho con la guitarra. Me gustaría verlo cantar".

El día de la transmisión, en el estudio de Mazón y San Miguel, Bola se sienta aparte, en el lunetario del set. Escucha atentamente a Silvio. Cuando el programa termina lo acompaño hasta la puerta y allí me dice: "este muchacho escogió un camino propio, es distinto a los demás, puede ser un gran artista". Entonces sonríe pícaramente y comenta: "¡Pero ojalá que los señores de la televisión no lo obliguen a cantar con la trompeta china!".

Mientras tanto reflejaba también el mundo literario. Un joven periodista de 24 años —Norberto Fuentes— ganó el concurso Casa de las Américas 1968 con el libro de cuentos Condenados del Condado. Silvio y Norberto habían trabajado juntos en la revista Mella y surgió la idea de emplear textos del libro de Norberto en el programa.

El programa tenía la espada de Damócles de la suspensión sobre su cabeza en esos días. Me habían insistido, una vez más, que le comunicara a Silvio que se pelara. Yo sencillamente le decía: "Silvio, me dijeron que te dijera que te pelaras". Los dos nos molestábamos un poco, sonreíamos y todo quedaba ahí.

Silvio se emparejaba el pelo de vez en cuando, pero conservaba un largo peligroso para las normas del ICR; el pelo estaba siempre en la frontera entre lo largo y lo corto y, por lo tanto, cruzaba muy rápidamente ese límite. Eran los días en que constituía un verdadero peligro que Silvio apareciera en el edificio del ICR o en un lugar público donde lo viera algunos de los encargados de custodiar el largo de las cabelleras que aparecían en televisión.

Habían visto a Silvio con el pelo un poco largo en el restaurante Polinesio, frente al edificio del ICR. Me llamaron y, a nombre del "Comandante" trataron de convencerme de que fuera "dialéctico" y "comprensivo" ante la necesidad de disminuir unos centímetros el cabello de Silvio en aras de la "pureza visual de los televidentes". Fue una última advertencia.

La situación se tornaba más borrascosa porque en el programa anterior Silvio había cometido el "sacrilegio" de expresar públicamente su admiración por The Beatles —en un comentario completamente incidental. Eso era objeto aún de "profundas reflexiones" para determinar alguna medida "ejemplarizante" ante la "insólita" declaración pública de un cantante cubano, a través de un medio de comunicación revolucionario, hacia un grupo decadente.

Silvio llegó al estudio con su cabellera. En realidad muy lejos de asemejarse a la de algún Beatle porque ya tenía bastante avanzada las señales iniciales de calvicie. Pero una parte del pelo le cubría una porción de la oreja, eso lo detectó alguien e inmediatamente me llamaron a la cabina del estudio.

Yo estaba enfrascado con los efectos de las luces y los tiros de cámara del realizador Eduardo Moya. Norberto Fuentes leía sus fragmentos de cuentos en medio del set. Suena el teléfono y recibo la orden de suspensión temporal del programa, con la exigencia de que el programa saliera al aire, pero sin Silvio.

La orden me pareció tan absurda que pedí que me la repitieran. Y efectivamente, Mientras tanto debía salir al aire sin Silvio, "deja sólo la música de presentación y despedida, el resto rellénalo con otros artistas", insistieron desde la oficina de dirección del ICR.

Abro el micrófono del estudio y le explico a Norberto Fuentes lo que ocurre y este, con un gesto de Quijote medieval ante los atropellos a Dulcinea, cierra bruscamente el guión, mira hacia la cabina y me dice: "Si a Silvio lo suspenden por sus pelos largos, yo no puedo poner a uno de mis personajes —a Bunder Pacheco— un militar calvo, de bate emergente" y abandonó el set.

El ángulo problemático del programa era su aspecto técnico, los ardides y trucos para enmascarar el pelo largo de Silvio y sus zapatos. Su único par de zapatos era de piel rústica, del mismo modelo usado por trabajadores de la construcción y cortadores de caña.

El primer conflicto con Mientras tanto ocurrió cuando esos zapatos salieron en la televisión. Me llamaron y preguntaron por "esa monstruosidad". Respondí que Silvio no tenía otros zapatos, ni dinero ni posibilidades de comprar otros —ganaba unas pocas decenas de pesos por cada programa de televisión. Yo no podía regalarles unos míos porque calzábamos números distintos y, además, yo también sólo tenía un par. Me aconsejaron "pedirlos al Departamento de utilería". Insistían en que "con esos zapatos no se puede aparecer en televisión porque perjudica la imagen de la revolución".

Era difícil aceptar cómo un simple par de zapatos, un poco maltratados por el uso, podían convertirse en enemigos de clase del proletariado. Sin embargo, la realidad era que su existencia provocaba nerviosismo y alteración en los funcionarios superiores. Pensé que la solución podía estar en las luces y en los tiros de cámara…

* * *

Y fui a ver al director Amaury Pérez. Amaury nos ayudó mucho para conocer la técnica de la televisión. Quienes veníamos del Departamento de Filosofía nos percatamos al instante que sin el conocimiento de la técnica era imposible lograr éxito en un cambio estético de la televisión. Y Amaury nos mostró ese camino. Durante varias semanas, después de terminada la programación diaria, íbamos con él a los estudios de Mazón y San Miguel a aprender elementos básicos de esa técnica.

Pero las luces fueron quienes me hicieron acercarme más a Amaury. Me señaló algunos recursos que podían emplearse para ocultar el pelo y los zapatos de Silvio. Me regaló un libro que todavía conservo —Manual del director de televisión publicado por la CMW— y eso me permitió introducirme técnicamente en los problemas de iluminación del programa y tratar de ayudar al director Moya en sus esfuerzos por enmascarar los atributos de Silvio "no televisables".

Durante la transmisión del programa el luminotécnico —o diseñador de luces, como lo llaman ahora— era frecuentemente el hombre clave. Los programas eran en vivo, no había oportunidad para la equivocación. El error salía al aire. Intentamos muchas veces tener un luminotécnico estable, pero el sistema de rotación de los técnicos lo hacía imposible.

En el guión de transmisión había que tener sumo cuidado con las luces y con los tiros de cámara. Y no por razones artísticas precisamente.

La luz del leko-lie producía un haz intenso y definía demasiado a las figuras, era, por lo tanto, sumamente peligrosa. Seguir a Silvio con esa luz mientras cantaba, mostraba y exageraba su problemática cabellera. La luz rimmer (de contorno) era igualmente conflictiva. Había que buscar una consistencia en la iluminación que captara la figura de Silvio y ocultara discretamente "sus defectos", capaz de atenuar el largo del pelo y borrar la textura de sus zapatos. El dolly-back se usaba con limitaciones. Al alejarse abruptamente la cámara, era casi seguro que sacara al aire los zapatos.

El play-back o música grabada sólo se usaba cuando no había arreglos orquestales disponibles o algún intérprete no deseaba correr los riesgos de la transmisión directa. Silvio cantaba casi siempre en vivo, con su guitarra. Nosotros preferíamos los programas en vivo. Las posibles imperfecciones técnicas del intérprete en alguna canción se compensaban con ese esfuerzo real y natural con que ejecutaban su música; eso los acercaba más a ese diálogo vital y directo con el público, propio del teatro.

Eduardo Moya tenía que trabajar con el switcher de la cabina bajo una presión poco acostumbrada en la televisión de entonces. Nuestros peligros estaban fuera de textos con "problemas ideológicos", de argumentos alegóricos con críticas al sistema, como a veces ocurría con otros programas. El conflicto de Mientras tanto estaba en la cabeza y en los pies de Silvio. Del ensayo y de las habilidades encubridoras de Moya dependía la protección contra la suspensión. Y Moya demostró, invariablemente, pericia y dominio en cada plano que salía al aire.

Estábamos imposibilitados de hacer experimentos formales, debíamos atender exclusivamente a los aspectos que garantizaran la permanencia de las canciones de Silvio en la televisión. Si hoy pudiéramos repasar los videos de aquella época —los Kinescopios— seguramente descubriríamos la cantidad de secuencias tan limitadas y pobres que lanzábamos al aire para vadear la suspensión. Cuando el luminotécnico conectaba las luces, yo, entre luz y luz, iba desde el set hasta la cabina y observaba cómo televisaba. Caminé decenas de millas en estas operaciones, tendientes a encubrir la realidad visual para defender y poder transmitir la realidad del contenido.

La escenografía era sencilla: generalmente un backing (panel) de colores claros, sin adornos o el ciclorama negro (una cortina detrás). A veces se utilizaban objetos que, más que ambientar, tenían fuerza propia: plantas, muebles de época, figuras escultóricas.

Todo esto se hacía en un set donde trabajaban dos cámaras; mientras una transmitía, la otra preparaba la toma siguiente.

Algo importante del programa era el tipo de público que se fue formando a su alrededor. El espacio musical recogía la necesidad del sentir de muchos jóvenes, ansiosos por encontrar en su propio país una imagen afín en sensibilidad y además contestataria contra lo absurdo que ya comenzaba a constituirse en elemento constante de la vida cotidiana. Era un toque distinto en la televisión. Por eso era también un foco de conflictos. Se transmitía por un canal de menos rango en audiencia —el canal 4, que no se veía en la zona oriental del país—, pero no tenía competidor de calidad en ese horario y se comenzaba a imponer.

Paradójicamente, Mientras tanto acabó cuando se inició el despliegue masivo de Silvio. Cuando se suponía que se había logrado el objetivo de ofrecer calidad y cubanía para el conocimiento y disfrute de su público. Razonamientos esquemáticos dieron fin al programa. Silvio y algunas de sus canciones provocaron el terror en funcionarios que, desgraciadamente, tenían el poder de monopolizar los medios de comunicación e imponer a la población sus deformaciones espirituales, temores ideológicos y limitaciones intelectuales.

Las canciones de Silvio pasaron a convertirse en "problemáticas y conflictivas". Comenzaron a radiarse menos o no se radiaban. Se operó un proceso curioso: cuando no se conocían, fueron difundidas por la televisión y la radio; pero tan pronto se conocieron, fueron prohibidas o limitadas. Una pregunta se convirtió en usual en los estudios de música: ¿Silvio sigue prohibido?

Con esta atmósfera, cargada de polémicas constantes, era lógico que el ICR no prolongara por mucho tiempo la tolerancia con esas manzanas de las discordias de los programas musicales y mis naves pusieron proa hacia las aguas del Jordán de entonces: los campos agrícolas de Camagüey, en una organización con cincuenta mil jóvenes volcados en esos campos para no pasar el Servicio Militar Obligatorio: La Columna Juvenil del Centenario.

Me llevé todas las copias de grabaciones de Mientras tanto y fueron las primeras canciones que programé en el espacio musical de La Columna Juvenil del Centenario. Silvio le siguió cantando a los camagüeyanos, muchos lo conocían por Mientras tanto. Aquí estaba materializado uno de los objetivos del programa: su difusión. Parte de nuestra cultura había ocupado su espacio y encontraba receptores agradecidos. No existía tal frontera de lo "raro" en las letras. Las carencias e incomprensiones individuales se las habían querido atribuir al público funcionarios semianalfabetos.

Continué con el programa musical Camagüey Año 1 hasta que llegó una nueva regulación con la prohibición de una canción tradicional cubana —popularizada por Barbarito Diez— La mora, por su estribillo, considerado altamente conflictivo en un país donde se acababan de eliminar las fiestas navideñas:

              La Noche Buena
              y el lechoncito
             ¿cuándo volverán?

Pero esa es otra historia. Lo importante fue que la batalla para el futuro, a través de Mientras tanto, ya estaba ganada.

Enero de 1995. Cuatro escritores ante la casa de Antonio Benítez Rojo, en
Amherst, Massachusetts. Desde la izquierda: Alberto Batista, Benítez Rojo,
Norberto Fuentes y Miguel Ángel Sánchez.

30 de diciembre de 1989. Dos escritores, un trovador y un fotógrafo en la
casa de Norberto Fuentes. Desde la izquierda: Guillermo Rodríguez Rivera,
Norberto, Silvio Rodríguez y Ernesto Fernández.

martes, 3 de abril de 2018


Respuesta a un amigo de Ciego de Ávila, Cuba, que solicita información sobre Playboy.

Date: Mon, Apr 2, 2018 at 3:42 PM
To: ……
From: Norbertofuentes

¿Te imaginas tú de editor-in-chief de la edición de Playboy de Ciego de Ávila? ¡A gozar! Te ibas a asombrar de la cantidad de putas que hay en tu pueblo dispuestas a que les retraten el culo. Pasa hasta en las más recatadas regiones del orbe. Hasta en el Vaticano.

viernes, 23 de marzo de 2018

Viejo paisaje cubano

Troika
Fotografía de Roberto Salas
(Revista Cuba, febrero 1964)

jueves, 8 de febrero de 2018

Condenados de Condado

Un recorte de Bohemia. Desde la izquierda: Manuel Medina Castro (premio ensayo),
Norberto Fuentes, Pablo Armando Fernández (premio novela), Manuel Galich,
Reynaldo González (mención novela), José Lorenzo Fuentes (mención cuento),
Aida García Alonso (mención ensayo) y Virgilio Piñera (premio teatro).

Hace 50 años que la literatura cubana quedó fracturada. Para siempre. Un librito mío, de apenas 100 cuartillas, provocó el cisma. Exactamente el tipo de libro que hace temblar las dictaduras, según el decir de Pierre Vilar. Y bueno, si no hice temblar a Fidel, por lo menos logré que lo reventara contra una pared.

Mas el esfuerzo por insertar Condenados y mi libro posterior, Cazabandido, en el fluir de la Revolución no estuvo exento de cierta sabiduría. Yo comprendía que si cortaba mis vínculos con ese proceso, me quedaba huérfano. Para prevalecer, tenía que mantenerme en la trinchera de la Revolución a como diera lugar. Pero me apresuro a declarar que no me lo imponía. Era mi sentimiento natural.

Condenados de Condado fue parte de la misma rebelión universal del año 1968. Pero muy difícil de asimilar por la izquierda porque venía de Cuba. Y nadie en esa izquierda quería ofender al hombre de la barba. La rebelión tenía que ser potestad de los niñitos bien del capitalismo, ergo, de su intelectualidad de izquierda. Podían armar su alboroto en los Campos Elíseos, no en La Rampa. En ese punto, a la hora de juzgar mi libro, hicieron causa común con Seguridad del Estado.

Hoy, 8 de febrero de 2018, se cumplen 50 años de aquel jueves en que Chiqui Salsamendi, una de las secretarias de Casa de las Américas, me llamó casi siendo las 7 de la noche para decirme que me había ganado el premio de cuento de esa institución, entonces el galardón más importante de la literatura latinoamericana. Todo lo que ocurrió hasta allí, y sobre todo lo que pasó posteriormente hasta llegar al caso Padilla en 1971, está más o menos documentado, aunque regularmente con bastante mala leche, lo cual es normal cuando tenemos tantos narradores y fabuladores en el saco y especialmente cuando amén de fabuladores tienen algo que ocultar.

Aunque no crean: también pasa en otros sectores. “Cada cual cuenta su combate”, me decía años después en Angola el general Arnaldo Ochoa. Mi versión de los hechos, resumida (si se le puede llamar resumen a un mamotreto de 1 200 páginas), se encuentra en Plaza sitiada. (Sigan, sigan prefiriendo a los cobardes y a los intrusos, Padilla, Edwards, y sin desperdiciarme a los dómines de la Academia).

Fue la primera vez en Cuba, hasta donde alcanza mi conocimiento, que la literatura se convirtió en una aventura de la vida real.

Ay, cojones, si le cogí la delantera a todo el mundo. ¿Cincuenta años de la presentación en sociedad de Bunder Pacheco y del capitán Descalzo y del Abuelo Bueno y su Pelotón del Amor (¡si habrá un cuento más hippie que ése!) y de La Llorona y de Belisario el Aura y del tarugo de circo Bedulín Cantore y de Claudio Garate Guzmán (tibiecito que se había puesto para el paredón) y del Magua Tondike y del sargento Rembert? Cincuenta, brother. Eso es lo que se acumula.

Pues no está mal para un librito de 25 cuentos y viñetas que a duras penas llenaron 100 cuartillas cortas. Creo que me sobran las razones para disfrutar del silencio.

Zona de Operaciones del Norte de Las Villas. Mayo de 1963. Un deteriorado negativo de 35 mm. Un escritor solo en la guerra. (Foto: © Ernesto Fernández)

lunes, 8 de enero de 2018

Levántate y anda

             El Jardín de las Meditaciones, Graceland, 1994.

             De un viaje a las raíces. Tupelo, Mississippi, 1994.

             Memphis, Tennessee.

lunes, 1 de enero de 2018

El último escritor


Los módulos de combate y la investidura de las boinas verdes (mandadas a fabricar especialmente a una industria de confecciones militares de Checoslovaquia) y el apertreche con Los hombres de Panfilov, el tomito de Alexandr Bek (“parque ideológico”, le llamábamos; parque en su acepción de municiones) que recibieron su bautismo de fuego en el Escambray, eran en verdad parte de una preparación, de un tenso episodio de espera, que finalmente se produce con la introducción en combate por parte de los americanos de la brigada de desembarco anfibio 2506 entrenada en Guatemala y trasladada hasta la costa sur cubana por la CIA con el propósito de derrocar la Revolución. Una logística a todas luces competente estaba a la disposición al comenzar la batalla ese 17 de abril de 1961. Aparte de las partidas de fusiles FAL adquiridos por Batista pero que llegaron tarde y cayeron en manos de la Revolución y de las nuevas partidas que ella misma negoció con los armeros belgas (entre 20 000 y 40 000 fusiles; la cifra aún es una incógnita), junto con el cuarto millón de ejemplares que llegó a sumar Los hombres de Panfilov, el grueso y decisivo material concretado por parte de la URSS, Checoslovaquia y China estaba suministrado para la fecha. Es decir, fusiles FAL, novelas de Panfilov, más 125 tanques (IS-2M y T-34-85), 50 cañones autopropulsados SAU.100, 428 piezas de artillería de campaña (de 76 mm a 128 mm), 170 cañones antitanques de 57 mm, 898 ametralladoras pesadas (de 82 mm y 120 mm), 920 piezas antiaéreas (120 mm y 12.7 mm), 7 250 ametralladoras ligeras y 167 000 fusiles y pistolas, todos con sus municiones. Y se estaba a la espera de una entrega programada de antemano de 41 aviones reactivos de combate y reconocimiento (MiG-19 y MiG-15), 80 tanques adicionales, 54 piezas de artillería antiaérea de 57 mm y 128 piezas de artillería (incluidos los descomunales cañones de 152 mm). Este último cargamento, depositado sin demoras en territorio cubano y a la disposición de los combatientes poco después de obtenida la victoria en un balneario construido por la Revolución un año antes, llamado Playa Girón, en un recodo al este de la Bahía de Cochinos. Y, en La Habana, las viejas rotativas de Diario Nacional, Excélsior, El País, El Crisol, Información, Alerta, Pueblo, no paraban de imprimir Chapaev, El torrente de hierro, Somos hombres soviéticos, El último Almiar, Héroes de la fortaleza de Brest, Un hombre de verdad, Campos roturados (los dos tomos), El Don se desborda (los cinco tomos), La Joven Guardia, Días y noches y Así se templó el acero.

* * *

Toda una generación de combatientes cubanos educada bajo la advocación del teniente Baurdzhán Momish-Ulí, jefe de batallón de la 316 División de Fusileros del Mayor General Iván Panfilov subordinada al 16 Ejército del General Konstantin Konstantinovich Rokossovsky que en octubre de 1941 fue asignado a un sector de 8 kilómetros de largo en las márgenes del río Ruza, con el objeto de defender la ciudad de Volokolamsk y la carretera que la cruzaba, unos 128 kilómetros al oeste de Moscú, ante el avance del ejército alemán, y donde Momish-Ulí participó —él, personalmente— en veintisiete combates —¿ustedes saben lo que son veintisiete combates? ¿Ustedes tienen la más mínima, puñetera idea de lo que es eso?—, y que entre el 16 y el 18 de noviembre su batallón fue aislado del resto de la División en la villa de Matronina y que aun así se las arregló para contener a los alemanes y romper el cerco y regresar a sus líneas. Y aunque esto no era el objetivo principal del libro —sus páginas las dedicó Alexandr Bek, a lo que podemos llamar la educación del soldado antes de su bautismo de fuego—, terminó enseñándonos a nosotros, los cubanos, la misma lección, puesto que el libro apareció en el Moscú de 1944-45, muy tardía su utilidad en un ejército a la defensiva. Hacia esa fecha lo que se requería era un libro para una fuerza a la ofensiva, ya que las tropas soviéticas rodaban indetenibles hacia la batalla en territorio alemán. Y eso fue lo que pasó con unas masas de combatientes que a lo largo de dos décadas —por lo menos— lucharon bajo distintos pabellones y guerras; la patria de Momish-Ulí le encajaba como un sayo a tantos soldados como Estados Mayores aprobaran su lectura. Pero a mí me sirvió en un sentido muy particular. Me sirvió en otra dirección. Porque a mí me hizo escuchar un ruido. Necesito, para que me entiendan, que me vean en la mañana del 30 de diciembre de 1967. He alcanzado a reunir a duras penas 100 páginas a dos espacios para componer un libro. Es el mínimo exigido por la Casa de las Américas. Me he conseguido seis vistosas carpetas azules plásticas y ya tengo los seis ejemplares sobre la mesita redonda del comedor del apartamento que tengo con Haydee. Dos sujetadores ACCO mantienen por compresión del margen izquierdo las hojas ordenadas dentro de las dos tapas plásticas. Cinco ejemplares para Casa de las Américas (norma establecida por los patrocinadores del certamen) y mi ejemplar de reserva. No recuerdo si el título podía aparecer en la primera página pero el nombre del autor sí debía permanecer oculto en un sobre que acompañaría el paquete. Era además imprescindible escribir un lema que debía identificar cada ejemplar del libro y que se hallaba a su vez en el sobre regular de carta en el que uno incluía su nombre y generales. Tampoco recuerdo si hice un atado, con algún cordel, para mantener unidos los cinco ejemplares. Colocada una hoja de papel, doblada cuatro veces en sentido horizontal, con los siguientes datos

                          Norberto Fuentes
                          San Lázaro 875
                          entre Soledad y Oquendo
                          Apto. 52
                          La Habana
                          Tél 7 33 15

Solo quedaba pegar la solapa del sobre y repetir el lema que ya identificaba mis cinco copias originales de Condenados de Condado. Le pedí a Haydee, que participaba de todo el trajín con igual excitación contenida, que lo escribiera con un bolígrafo de tinta azul, en letra cursiva de buen tamaño. Se trataba de eludir mi torpe caligrafía. Ella escribió:

“Traigo el canto de los ríos embravecidos…”

No tengo explicación ahora a mi exigencia del entrecomillado y de los puntos suspensivos, como si fuera una cita de mí mismo. Aunque me doy cuenta que, en efecto, no estoy citando ningún texto en específico, sino una experiencia, una muy extraña, casi de origen místico. Ensordecedor el hierro. Mi primer libro y cuando lo termino y le pongo un rótulo que es obligatorio y puse que traía el canto de los ríos embravecidos, el ruido que traía era el de las batallas a campo descubierto de agrupaciones de ejércitos y donde dejan temblando la tierra aún después que se ha apagado el eco del último disparo y la noche cruzada por las bengalas y las trazadoras en el Arco de Kursk y de los órganos de Stalin y su aullido salvaje en la noche y el bramido del rio Volga y el del Don de Sholojov cuando se desborda. Eran los ríos embravecidos que yo oía. Eran los míos. En Cuba no hay ríos embravecidos. Hay mares embravecidos pero están fuera de la isla. La baten y se abalanzan contra sus duros arrecifes y siempre le dan por el norte, porque en el sur no hay fondo para alimentar el oleaje y es siempre un mar tranquilo. En el norte, que fue donde Hemingway tuvo que ir a buscar su río, en la corriente del Golfo, pero no dentro de la isla. Ya lo entiendo. Mis ríos embravecidos estaban, están en los libros. Por allí corren. Ahí tienen su cauce.

* * *

Llegamos a la sede de Casa de las Américas pocos minutos antes de las 12 de la noche. Haydee, el paquete de libros y yo. No, no le puse de nombre Operación Cenicienta. Pero se me pudo ocurrir. Llegamos hasta allí en el medio regular de transporte de los cubanos: un ómnibus del servicio urbano. La sede de Casa de las Américas estaba —está todavía— en un apacible recodo de una barriada habanera de clase media llamada El Vedado, y a menos de cien metros del Malecón habanero. No había un alma por todos los alrededores. Un sendero de losas llevaba directamente a una puerta, que estaba abierta, y a continuación, en una estancia intensamente iluminada, había una mujer ni joven ni vieja sentada detrás de un buró, sola, y a la espera. Le mostré mi paquete y le pregunté si todavía estaba a tiempo. “Desde luego”, me dijo, con una sonrisa. Puse el paquete sobre la mesa y ella me preguntó: “¿Género?” “Masculino”, fue la esperada respuesta de mi parte. El codazo de Haydee en mis costillas, suave, diríase que hasta cariñoso, pero codazo al fin, y su risita de exasperación ocurrieron al unísono. “Género literario, compañero”, dijo la mujer, que ahora, vista más de cerca, podía situarse en los treinta y tantos años. “Cuento, compañera. Cuento.” Al abrir una gaveta a su izquierda, la mujer esgrimió un gomígrafo y luego extrajo una almohadilla entintada. La almohadilla decía CUENTO. Metódica, fríamente, imprimió la palabra en la parte superior derecha de una hoja de color beige que yo había colocado de resguardo antes de la hoja del lema. Después la mujer, con su bolígrafo, debajo de la impresión del gomígrafo, escribió un símbolo de número y un número. Puso: # 35. He conservado uno de aquellos ejemplares, pero no el de mi reserva, porque advierto una nota editorial manuscrita sobre la misma primera hoja Borrador para hacer copias (ya está revisado de acuerdo al original). Lo tengo aquí, a la derecha, en mi librero, todavía protegido con la carpeta azul de vinil.


Y eso era todo. Podíamos retirarnos. Haydee y yo decidimos ir la heladería llamada Coppelia que Fidel había inaugurado dos años antes con el propósito expreso de producir más sabores que la americana Howard Johnson. Creo que le ganó por uno o dos sabores. O al menos se valió de un recurso retórico: las “combinaciones”. Ni recuerdo ahora de dónde sacó la fruta —o las frutas— para tomar la delantera en esa nueva batalla contra el colosal imperio, pero llegó a ofrecer 26 sabores y 25 combinaciones. ¡Qué de injertos, qué de inventos genéticos ocuparon ese genio! Un ejemplar único este Fidel nuestro. Lo mismo te llenaba un continente de guerrillas o de secuestradores de embajadores, que te creaba una combinación de helado de vainilla con guayaba. Coppelia estaba abierto hasta tarde —lo que en esa época considerábamos tarde y la plenitud de la vida bohemia: la una de la mañana o algo así— y nuestro matrimonio —de los 51 victoriosos sabores que Fidel Castro había logrado sustraerle a la flora y fauna cubana— se conformaría con un sondi de chocolate. Así, mientras salía del sendero y alcanzaba la acera, miré de reojo hacia atrás. La última mirada a la tumba del faraón antes de sellarla con la enorme lápida de piedra. Pero no detecté ningún movimiento de la señora en señal de que se aprestara a cerrar el portón de la Casa de las Américas, ya que las doce campanadas estaban a punto de sonar, por lo que la fecha y hora de admisión para competir en el concurso de Casa de las Américas de 1968 habría de extinguirse. Entonces, por primera vez, tuve miedo. La feroz alegría que me acompañaba mientras escribía el libro, la exaltación que me reportaba mi propia audacia y mi desacato y el entender de pronto hasta donde uno podía llegar y divertirse con la escritura de una pieza de ficción, iba a ser ahora lo que podría ocurrir cuando los burlados se despertaran, lo que el revés de la burla, si mis cálculos resultaban correctos, me devolvería como represalia. En mi rápido paneo hacia adentro de la institución, no vi los libros donde yo los había colocado, apenas unos segundos antes, arriba del buró de la recepcionista. Bueno, no había nada que hacer. Las naves estaban quemadas. Comprendí entonces que la verdadera audacia no había sido escribirlo, sino entregarlo. Una acción equivalente a depositar en manos de la policía tu propia confesión. Pero que además nadie te la he pedido. Sin que ellos te la hubiesen exigido ni hubiesen imaginado su existencia. Entonces hubo como un alivio. Entonces me concentré en la idea del chocolate. En fin, que salí de allí con las manos vacías. Ni papel de comprobante ni nada. Era una época, ustedes lo comprueban, en que todavía se podía confiar.

Fragmento de Plaza sitiada. Una edición especial por el 50 aniversario de Condenados de Condado está en preparación.