domingo, 23 de agosto de 2020

Extraña felicidad

Para el que esté dispuesto a dedicar una hora de su tiempo a descubrir que la poesía desborda las ambiciones de la historia, cliquee en el siguiente link:

https://www.facebook.com/BibliotecaGeneral.Cam.Dip/videos/314679553072247/

martes, 11 de agosto de 2020

jueves, 6 de agosto de 2020

Fama

Enséñale esto a todas las Rusias. Oh, Dios. ¡Qué feliz soy! Está en un reportaje del periódico español El País sobre la biblioteca de Gabo en su casa de Ciudad de México. Fíjense en los libritos que tenía. En el estante de abajo, el séptimo desde la derecha es un título conocido (al menos por mí), sin duda. Y arriba, hay otro, mejor dicho, otros, del mismo autor. (Al parecer, Gabo estimó que disponer de un solo ejemplar de este volumen en su estante era poco.) El reportaje se llama “Gabo, la biblioteca de un viajero” y en la versión electrónica del periódico se inserta un video sobre la estancia, y Gonzalo, uno de los dos hijos del escritor, aparece como narrador. El caso es que esto me recuerda uno de mis cuentos favoritos de Antón Chéjov en el que el protagonista, un joven, llega a su casa a medianoche, herido y con las ropas desgarradas, pero henchido de felicidad, porque, tras ser atropellado por un coche tirado por caballos, mientras estaba borracho en mitad de una plaza, ha sido conducido a un centro asistencial y el incidente ha sido considerado de algún mérito para incluirlo como uno de los sueltos en la columna de sucesos del periódico que ahora agita frente a sus atónitos padres. Creo que el cuentecito se llama “Fama” y lo estoy citando de memoria: "Pero ¿es que no os dais cuenta?", le grita a su familia, eufórico. "Mañana toda Rusia se habrá enterado. ¡Qué feliz soy!" ¡Todas las Rusias! Sí, señor. Bueno, desconozco si le edición electrónica de ayer —4 de agosto de 2020— de El País llegó tan lejos. Pero mis amigos del aérea de Miami y hasta uno de Santiago de Chile no cesan de llamarme y de bombardear mi Gmail con imágenes frizadas del video de la límpida biblioteca de Gabriel García Márquez en la que se da por sentado que el hombre me tenía en cuenta y hasta por partida doble. Oh, Dios.

martes, 4 de agosto de 2020

Hubo tiempos mejores


Estábamos con el agua más o menos a la cintura cuando vi a Eusebio meterse los dos pulgares por ambos costados hacia donde debía estar el elástico de la trusa, y, luego de un rápido movimiento, lo que sacó de abajo del agua en la mano derecha, fue, precisamente, aquel coquetón traje de baño, negro como la bandera de un pirata. Dada la zona de inmersión de esa parte del cuerpo en la cálida mansedumbre de las aguas de Varadero, nadie que nos mirara desde la playa, distante a un centenar de metros, podía reconocer que el capitán de la reserva de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Eusebio Leal Spengler se había quedado con las nalgas al aire, bueno, quiero decir, con las nalgas al agua.

El paño que enarbolaba sobre su cabeza era una evidencia inquietante de que algo inusual estaba ocurriendo con esa parejita aislada del resto de la tropa.

Participábamos en uno de los ejercicios militares que Raúl Castro se empeñaba todos los años en invitarnos a los dos, como unas especies de representantes de la clase intelectual aceptados dentro de sus predios. Los demás participantes eran los ministros y los principales cargos del Gobierno y el Partido, amén de ceñudos generales. Era un grupito de estos personajes que llamábamos altos dirigentes, todos uniformados de pies a cabeza —el uniforme de campaña, con gorras y botas y los solapines de identificación eran de requerimiento—, el que avanzaba sobre la playa.

Explico ahora que la razón de que en junio de 1987 estuviéramos en Varadero y ocupáramos un sector de las instalaciones turísticas, era que el próximo episodio del ejercicio —un simulacro de desembarco enemigo y, por supuesto, su consecuente rechazo por el contraataque de nuestras gloriosas fuerzas— se iba a producir en el cercano poblado de Camarioca. Serían, pues, como las 5 de la tarde en vísperas del desembarco yanqui al otro día cuando este dúo de los audaces Eusebio y yo decidimos darle a Varadero un uso extramilitar según lo indicado para una playa de tanto renombre internacional.

Y en eso estábamos cuando Eusebio me señaló hacia la docena de jefazos que marchaban penosamente sobre la arena, y me dijo:

“Ahí van los notables.”

Era su forma habitual de nombrarlos, lo que hacía levantando las cejas, en un gesto indescifrable entre la admiración y la burla y que por supuesto se permitía con toda confianza dentro de los compartimentos estancos de nuestra amistad.

Y agregó: “Tú vas a ver ahora”.

Fue cuando se despojó de su trusa y la elevó sobre su cabeza para saludar a los distinguidos personajes mientras añadía un estridente “¡Au revoir, compañeros!”

Claro, él dijo arrebuá, que es como se dice en cubano.

Unos segundos antes yo había descubierto que, por nuestra izquierda, un valiente se había decidido también a darse una zambullida y nos había identificado como personal amigo porque se dirigía directamente hacia nosotros ya con el agua por encima de las rodillas. El mostacho resultaba inequívoco. Carlos Aldana.

Eusebio estaba atacado de la risa, tanto por la cara de espanto de los notables, como por mi desconcierto.

Aldana con su mostacho emblemático del secretario ideológico del Comité Central del Partido reaccionó con la misma rapidez que los personajes de El padrino antes de que los maten. De inmediato detectó la situación que se le ofrecía a unos 30 metros de distancia y giró en 180 grados para tratar de ganar la arena antes de que su prestigio de mulato jorocón se pusiera en entredicho paran siempre.

Confirmado lo que los notables habían sospechado desde el inicio. “Esos dos son maricones”, decía Eusebio que ellos, los notables, paralizados sobre el remanso de la arena, decían.

Y yo me quedé entre dos fuegos. Con Eusebio a mi derecha brincando y chapoleteando y con su trusa flameando sobre la cabeza y empeñado en saludar en francés a los compañeros y mi mentor político en despavorida fuga por la izquierda.

FOTO: Copyright © 1987, 2020 by Norberto Fuentes. Prohibida totalmente su reproducción.

viernes, 10 de julio de 2020


sábado, 9 de mayo de 2020

Awop-Bop-a-Loo-Mop
Abop-Bam-Boon



Si Elvis es el rey del Rock and Roll, yo soy la reina.
—Richard Penniman, conocido universalmente como Little Richard
5/12/1932 - 9/5/2020

lunes, 27 de abril de 2020

Polaroid


¡Silvio de nuevo! (A petición popular.)

Recuerdo que fue por la tarde y que yo acababa de regresar de mi primer viaje a los Estados Unidos en más de 22 años. En mayo de 1983, invitado por Sandra Levinson, había ido a Nueva York para dar unas conferencias sobre Hemingway. El viaje anterior, el de los 22 años antes, había sido a Miami a mediados de 1960, como acompañante de mi viejo en uno de sus negocios mafiosos o de publicidad. Esta tarde de la instantánea Polaroid, es evidente mi desembarco desde USA debido a esas gafas que parecen sostener, sobre el tabique de mi nariz, dos pantallas de televisores Motorola. Entonces me encuentro con Silvio, de carro a carro (se puede decir de Lada a Lada), en una calle de Miramar y lo invito a un café en la buhardilla que tengo con una mujercita y que estoy tratando de convertir en un apartamento. El entorno es aún deslavado, y donde la mujercita, diestra, resuelve la escasa capacidad de almacenamiento de ropa con una reserva de percheros que cuelga de cualquier pestillo o clavo. Pero una poderosa video grabadora Sony —fuera del encuadre de la Polaroid— está frente a las rodillas del cantautor, y hay una estiba de videos de formato Betamax (los de moda entonces) con cuanto concierto o películas de Elvis se hayan producido, inevitables dentro de mi equipaje al regreso del imperio después de tantos años de ausencia. Y tengo la poca delicadeza de someter a Silvio al suplicio de no sé qué cantidad de tiempo obligado a compartir mi fascinación por el King. Él aguantó a pie firme, la verdad. Silvio había sido el dibujante de El Hueco, una de las historietas del suplemento semanal de Mella, total creación mía —como ya he declarado varias veces en los últimos tiempos—, al que contribuía además con los guiones. Silvio dibujaba y a la vez aprendía a tocar la guitarra bajo el magisterio de Fundora, uno de los coloristas, y cantaba un rock titulado “Los Fantasmas” y todo ocurría en la única estancia con aire acondicionado de la publicación que era el departamento de diseño. Entonces, no sé cómo (o cómo Silvio se las arregló para sustraerme de la hipnotización de Elvis), la atención se desvió hacia la nueva modalidad de vida que los artistas cubanos estábamos disfrutando desde principios de los 80, que era poder viajar, cada vez con más frecuencia, al extranjero.

Y, como por gravedad, caemos en el asunto de los derechos de autor, es decir, en el de los billetes que se supone devengaríamos por nuestras obras pero que el Ministerio de Cultura se embolsaba sin miramientos si de divisas extranjeras se trataba y que a nosotros nos devolvían —¡vaya correspondencia!— en lo que llamábamos chavitos —pesos cubanos (ni siquiera CUC, que en esa época no existían, desgraciada generación la nuestra). Silvio, casi como en un lamento, me pregunta, ¿por qué no nos dejan manejar y disponer de nuestro dinero? Avispado el cantautor, la verdad, o al menos así yo lo vi aquella tarde. Empecemos ahora por despotricar —es una acción en diferido, en realidad— de nuestro principal verdugo económico, un personaje llamado Miguel Cossío Woodward, el funcionario a cargo del malévolo CENDA (Centro Nacional de Derechos de Autor) encargado de cobrar nuestras divisas y sabe dios cuánto se echaba en sus bolsillos durante las transacciones. A mí, por lo menos, me esfumó una porción del adelanto de Hemingway en Cuba en un viaje que hizo a las Bahamas creo para cobrarlo de manos de Lyle Stuart, el editor gringo. Me apresuro en declarar que no estoy hablando de un funcionario comunista que vive en Cuba y al cual hay que aplicarle —o es elegible para— los tortoles de todas esas leyes que tienen los americanos para este tipo de personajes de la nomenclatura castrista. Hace mucho que abandonó su puesto de agregado cultural de la embajada cubana en México y es un oscuro profesor no se si de literatura o de gramática española en un colegio privado de poca monta. Bueno, qué decirles. Que al final Silvio ganó esa bronca. Y es quizá hoy, según se dice, millonario. Y pienso que si hay un millonario cubano que se merece retozar sobre su montaña de monedas de oro como Rico MacPato es nuestro Silvio. (Era uno de nuestros personajes favoritos de cuando hacíamos las historietas de Mella. Ese Rico MacPato no creía en acumulación originaria ni un carajo. Lo de él era encaramarse allá arriba, en el último nivel de un rascacielos que era una especie de caja fuerte colosal repleta casi hasta el techo de monedas de oro y zambullirse en su fortuna.) Así es como me gusta imaginarme a nuestro emblemático músico. En la gozadera. Chapaleteando entre sus doblones.