Querido Norberto, quiero decirte que hoy de madrugada murió Jorge. Un abrazo, Cristina.
Después, por teléfono, ella me dijo que fue a las 4.30 AM, hora local de San Francisco, California. Repitió varias veces «pobrecito» para referirse a él y a sus sufrimientos. También me dijo que no había sabido lidiar con su enfermedad. Que desde 2017 no había querido abrir más su computadora ni su laptop. Advertía cómo iba perdiendo la memoria y su dificultad para concentrarse. Me recodaba a Hemingway. El horror en que lo sumió su destino. Porque, ¿qué puede hacer un escritor sin memoria? Pero el de Hemingway fue un deterioro mental producido por los malditos electrochoques que le aplicaron en la clínica Mayo. En el caso de Jorgito fue la crueldad indetenible del Alzheimer. No vino del exterior. Sino de adentro de él mismo. Con lo embullado que él estaba con su enciclopedia del cine latinoamericano. La concebía como una obra monumental. Yo lo embromaba diciéndole que cómo un tipo «tan chiquitico» se proponía una obra tan gigantesca. «Que casi que vas a poder caminar dentro de ella», le decía. Ahora hay que ver qué va a pasar con todos esos papeles, discos duros, grabaciones. Se supone que era un material a punto de concluirse. Por lo pronto conocí de una separata sobre el cine y el fútbol, un proyecto que había titulado A las patadas. ¿Qué cosa mejor se puede pedir de un escritor uruguayo, hincha de nacimiento? Nada de eso debe perderse. Cristinita, su mujer, me prometió entre sollozos que ella iba a cuidarlo y que se comprometía conmigo a convertirse en su feroz guardián y que ya buscaríamos una forma de editarlo y publicarlo. Mientras, tiene el tesoro a buen recaudo, debidamente empacado en cajas y clasificado. Ahora yo me dedico a rastrear en mis gavetas y en mis memorias portátiles nuestros divertidos y regularmente irrespetuosos intercambios de mensajes. También las entrevistas que me grabó en video. Estoy a la espera de unas fotos prometidas por Cristina de Jorge hojeando su ejemplar de la segunda edición de mi Cazabandido que él contribuyó a editar en Uruguay en 1970 y que en esta última edición yo le anexé nuestra correspondencia de entonces. Lo cito porque Cristina me dice que en sus momentos de lucidez la presencia de ese libro en sus manos o en la mesa del café frente a su poltrona le causaba mucha alegría. Y nada me produce más orgullo hoy que saberlo. Las dos fotos que agrego a este texto es de lo primero que sale a flote de mis archivos. Son de finales de los 70. La barba que él intenta podarme y la abundante pelambrera son mis atributos de la época. Ni idea me pasaba por la cabeza aquella tarde en un patio de las afueras de La Habana que más de 40 años después yo estaría escribiendo esta nota sobre el día en que mi hermanito Jorge Rufinelli, a quien yo llamaba indistintamente Jorgito o El Rufi, se nos ha ido.

