miércoles, 8 de enero de 2020

Entrevista capotiana

Publicada el viernes 3 de enero de 2020 en ALMAS EN LAS PALABRAS, el blog de Toni Montesinos.

Foto: Rafael del Pino

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Norberto Fuentes.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

De hecho, conozco la experiencia. El “jamás” no llegó a completarse pero estuvo cerca. En Cuba, durante mis últimos años de residencia, tenía prohibida la salida del país. Ni siquiera las playas al este de La Habana me eran accesibles sin que apareciera la cola policíaca, y en todos los puertos y aeropuertos los oficiales de inmigración disponían de plegables de lo que ellos llaman foto tablas en los que mis retratos aparecían recreados con los disfraces que pudiera emplear para escabullirme en sus mismas narices. Luego, aquí, en el país de la libertad, los empleados cubanos de la migra yanqui, hacen lo imposible por torpedearme los documentos de viaje. Qué cosa tan rara, ¿eh? En ninguno de los dos casos me tragan, pero se placen en mantenerme encerrado dentro de sus jurisdicciones.

Bueno, en fin, como la pregunta no establece el tamaño de ese “solo lugar” — ¿un país, una ciudad, una casa, un closet?— me decanto por las apetencias de mi imaginación: A mí que me den un harem, pero con aire acondicionado y con las chicas de mi elección. Eso sí, en algún sitio donde no sea ilegal este tipo de propiedades. No, no hay que violar las leyes. O si se quiere, pensemos algo más práctico: un yate como el de Onassis (ya los debe haber más modernos y lujosos). ¿Con una ciudad flotante como esa, y yendo de puerto en puerto, para qué tienes que desembarcar en ningún lado?

¿Prefiere los animales a la gente?

Si el animal es Jerry Lee, mi cocker, echado en este momento a mis pies, lo prefiero en términos generales a “la gente”. Aunque siempre lo mantendría en un lugar más o menos equivalente al puñado de mis amigos de toda una vida y en firme igualdad con mi mujer, Niurka. Bien vistas las cosas, ninguno de esos rudos guerreros de mi entorno se conformaron nunca con que yo les regalara una golosina y los felicitara con un “good boy” (Jerry Lee es gringo) por pedirme que lo sacara al patio para no mearme el estudio.

¿Es usted cruel?

Todo lo contrario. Mi reputación es la de ser un tipo compasivo. Lógico en la conducta de un pisciano. Demasiado amplios y nada dogmáticos y es fama que aceptamos con pasmosa tranquilidad los argumentos de todas las partes. Para nosotros tiene tanto valor el lamento del asesinado como la justificación del asesino. De verdad que yo los comprendo por igual.

Pero sí quiero exponer lo que debe ser un grave defecto. Soy burlón. No tengo fronteras a la hora de reírme de los que me rodean, empezando por mis padres (cuando vivían), mis mujeres (cuando lo han sido) y mis amigos. Claro, la mayoría de mis vínculos se desarrollaron en la Revolución, y ese proceso era como una enorme cófrade que se movía en los bordes de un abismo. Supuestamente, todos íbamos a morir cuando los yanquis invadieran. De alguna manera nos veíamos como defensores de Iwo Jima. Y si tal era la situación y el destino inexorable, para qué rayos imitar a los japoneses en cuanto a su vocación suicida. Lo nuestro era gozar. A partir de esa concepción, pues, a cubrirnos de insultos como la forma más visceral de la camaradería. Actuaba como una cobertura del más acendrado de los afectos. Después de la injuria, del agravio, de la mofa, de la ofensa, de la afrente, ¿qué es lo que te queda? Pues un amor desmedido. ¿Estábamos locos? Sí, seguro. Pero era así como veíamos las cosas. (Qué curioso, no había insultos para prodigarle al enemigo. Decididamente no eran merecedores de denostarlos con ningún apelativo.)

A veces he pensado en el origen de este apetito mío por la burla. Pienso que procede de los ejemplos de mi viejo, que corría con las relaciones públicas de la mafia americana en Cuba. Recuerdo que solía llevarme por las tardes a Sans Souci, el cuartel maestre de Santos Trafficante. A esa hora —hacia las 3 PM— el cabaret y casino adjunto estaban vacíos, solo Santos y su séquito, entre los que se incluía a “Pancho Villa”, mote que le endilgaba Santos al viejo. Una tarde tenían un cónclave, seis o siete de ellos alrededor de Santos, y hablando de esto y de aquello cuando mi padre me dio un codazo y con un movimiento de cabeza me señaló al paisano a su derecha, un arquetipo del caporegime, rostro lombrosiano y el bulldog calibre 38 abultándole bajo la sobaquera, y —creyendo que el sujeto importado desde la Pequeña Italia neoyorquina no entendía una palabra de español—, mi viejo me susurró: “¿A cuántos habrá matado este? Mira la cara de asesino que tiene” “A siete”, dijo el hombre. “He despachado a siete, míster Fuentes.”

¿Tiene muchos amigos?

¿En cuántos estamos pensando? Yo creo que media doce de amigos a lo largo de un buen medio siglo, es una cantidad apreciable. En mi caso, tienen, por lo común, un origen profesional, como los fotógrafos que me acompañaban a mis reportajes, o los combatientes, la brabucona tropa que luego poblaba con preferencia mis textos. Digo origen profesional en el sentido de que surgieron mientras yo satisfacía mi sed de aventuras. Y tuve la visión, temprano en mi carrera, de escoger el reportaje como el género ideal para vivaquear por todo un país en revolución y suministrarme de escenarios y personajes. En mi lejana memoria podría citar a los miembros de la patrulla Oso del Grupo 17 de la Asociación Scout de Cuba. Era una excelente fuente de aventuras para un adolescente aunque desde hace años se perdió el contacto con los hermanitos de las acampadas y las fogatas en una rivera del Mayabeque.

Los que nunca se han ido de frecuencia, incluso algunos después de muertos, o de haberse quedado en Cuba después de yo enrumbar al exilio, pertenecen a la tropa de los años 60. Ernesto Fernández “El Fernan” (conmigo en tres campañas militares) y Roberto Salas “Chen”, con el que les cogimos la delantera al resto de la prensa cubana con los reportajes de las armas estratégicas y/o de última generación que los soviéticos estaban dislocando en el país. Escritores, pocos, la verdad. Guillermo Rosales era uno de ellos, y hubiese sido el mejor escritor de mi generación si no se suicida. Raúl Rivero, el poeta, fue otro, aunque el Gordo se ha disuelto en el silencio, y no solo como amigo, sino también como poeta, solo y cada vez más obeso en un oscuro apartamento de Miami —que es imperdonable. Entonces los guerreros, empezando por un par de los pilotos que volaron los primeros MiGs en el continente americano: Douglas Rudd y Rafael del Pino. Y el ranger, mi hermano del alma, el coronel Antonio de la Guardia (cada noche cruza en mi mente con sus ojos empapados en lágrimas frente al pelotón que lo va a ejecutar). El genio de la lucha contra guerrillera, el cazador por excelencia, el general de división Raúl Menéndez Tomassevich “Tomás”, que convertí en el comandante Bunder Pacheco de mi primer libro. Y  que no me falte un diplomático (nadie es perfecto), Alcibíades Hidalgo, conocido como “Conejo Alc”, el campeón de las aventuras eróticas de mi Dulces guerreros cubanos. El insaciable Alc. Y en el exilio, por lo pronto, un solo amigo en igualdad de condiciones que los demás. El único gringo de mi tropa. Brad ******. Un alto oficial de la inteligencia americana, ya retirado, que manejó el expediente cubano durante años. ¡Tenía que ser!

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

¿Yo? ¿Exigirle cualidades a un amigo? Bueno, hay dos condiciones —más que cualidades— que se presentan espontáneamente. La lealtad y la historia. La historia individual, quiero decir. Aunque parezca extraño, para mí es lo mismo. O son elementos sólidamente interconectados. Pero, repito, esto es algo que surge en el camino. Quiero decir, tú encuentras tus iguales mientras avanzas en tu camino, es decir, mientras escribe tu historia. Y los reconoces de inmediato. The Wild Bunch, la película de Sam Peckinpah, es la clave para entenderlo. Cuando William Holden (“Pike” en la película), le dice a sus compinches “Tenemos que ir pensando más allá de nuestras armas. Esos días están cerrándose con rapidez”, yo siento que me está hablando a mí. Pertenezco a una generación —ahora lo comprobamos— que actuaba siempre en la frontera del olvido. Compartir esa comprensión es un saberse que estamos jodidos y que no existen armas ni recursos contra semejante fatalidad. Así que, como decía el cosaco en uno de los cuentos magistrales de Caballería roja: “¡A luchar por la Revolución Mundial y por un pepino!”

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

Igual que lo anterior. Significaría un estándar previo que nunca me he exigido. La amistad es algo que surge espontáneamente, y funciona en medida que no te amilanes. Otra frase del Pike de William Holden en la película es mi mejor ejemplo: “Cuando tú te unes a un hombre, tú te mantienes a su lado. Si tú no puedes hacer eso, tú eres como un animal.” ¿Entienden? Lo dice mi Biblia —The Wild Bunch.

¿Es usted una persona sincera?

A veces exageradamente sincero. Se me va la mano con la sinceridad, según el consenso. Mi mujer, Niurka, dice que soy el tipo más políticamente incorrecto que ella ha conocido. No sé qué tiene eso que ver con la sinceridad, pero creo entenderla.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

La pregunta debe ser al revés. Bueno, es obvio que mi tiempo ocupado lo empleo en escribir. Pero es mínimo. ¿Quién dijo que un escritor si no tiene tiempo, qué es lo que tiene? García Márquez se me quejaba mucho del tiempo que, según él, yo desperdiciaba. Pero no se daba cuenta que vivíamos en situaciones diferentes. Después de mis primeros 15 años de ostracismo, exilio interior, represión y persecuciones por la publicación de Condenados de Condado, mi primer libro, decidí que la escritura iba a ser la ocupación de mi vejez. Pero había que llegar allí sano, y sin que me quedara una aventura amorosa sin tentar. Así que la ocupación, me dije, va a ser observar, escudriñar, ver, oír este fenómeno que me rodea, y, al unísono, querer y dejarme querer.

¿Qué le da más miedo?

A estas alturas de la vida, nada. Además de que yo creo haber agotado todas las instancias del miedo durante y en los años posteriores al proceso que llevó a la muerte a mis entrañables compañeros el general Ochoa y el coronel De la Guardia, dos héroes de la Revolución mandados a fusilar por el mismo Fidel. Después que llegué al exilio, el miedo surgía en los sueños, miedo a despertarme un día en mi casa de La Habana. Dicen que ese es un sueño común de los exiliados en los primeros tiempos de su destierro. Lo cierto es que amanecía empapado en sudor. Pero hace mucho tiempo de eso y no lo he vuelto a soñar. Hace unos seis o siete años, Ricardo Alarcón, que era el Presidente de la Asamblea Nacional, me invitó a Cuba. Vinieron dos o tres invitaciones como esa, nunca respondidas, por supuesto. Entonces cuando Obama preparaba su viaje alguien sugirió mi nombre en la delegación acompañante. “Interesante”, respondieron en la Casa Blanca. Por último, el año pasado, un ex congresista que viajó a Cuba, me trajo la propuesta de establecer la cátedra de literatura Norberto Fuentes (me imagino que en la Universidad de La Habana) y la habilitación de un apartamento y un coche para que yo me sintiera a mis anchas si regresaba. En todos los casos, el recuerdo de los terroríficos sueños y de verme encerrado en aquella isla, fueron argumentos más que persuasivos en contra del proyecto.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

Dice Truman Capote, el pesado fantasma que señorea sobre estas entrevistas “capotianas”, y ante esta misma pregunta (que se prodigó él mismo), que una vez conoció de un vecino que se acostaba con su madrastra. Bueno, me apresuro a declarar, para entrar en la competencia, no con Truman sino con el vecino, que yo me casé con dos hermanas (una primero y otra después, aclaro) y hubo una suegra de uno de mis matrimonios que regularmente, todavía hoy, me voy a la cama con el barrunto de que la dejé escapar. Mas, advierto, no siempre la elusión de tales affaires son un pesar que te espera en el futuro.

Mi hermano Luis, un severo físico nuclear, que estudió en Dubná, una ciudad secreta de la antigua URSS, me cuenta que suele ocurrirle un desliz en los encuentros científicos de alto nivel a los que asiste. “Imagínate”, me dice, “acabo de conocer a varias personas, físico-químicos igual que yo, pero colombianos, americanos, españoles. Hombres que no me interesan tanto y mujeres de buen ver, alguna bien sexy. Nos contamos de nuestras vidas. Todos fascinados con mi historia de físico nuclear cubano, miliciano de puntería con los AK-47, cortador de caña y participante en investigaciones desde el reactor ruso hasta el sincrotrón americano. Además presumo de buen humor y cierta capacidad de análisis. Yo me siento Rey del Mundo porque percibo un auditorio fascinado. De pronto, oh, pequeño desliz que desencadena la bola de nieve que me sepulta. La conversación menciona incidentalmente que tengo un hermano escritor, ahijado preferido de Fidel Castro, mujeriego, fiel a los condenados a muerte y analista político. Hasta ahí llegó el interés del público por el físico nuclear. Todas las mujeres brincan excitadas: ¿Que la sexta esposa era hermana de la cuarta? ¿Qué si Hemingway y García Márquez? ¿La autobiografía de quién? ¿Que del Premio Casa castigado para los cañaverales? ¿Y qué tiene la Niurka esa que lo domó? Ay, Luis, ya me aburrí de ti. ¡Preséntame a tu hermano!”

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Siempre quise ser escritor, igual que Hemingway declaró alguna vez en referencia a él mismo. Bueno, escritor como objetivo básico. Porque primero quise ser historietista. Me refiero a los tebeos. En Cuba le llamábamos muñequitos. De chamaco, me había fascinado Will Eisner con su serie del Spirit (todavía hoy está influyendo en mi escritura). Por eso terminé estudiando artes plásticas en San Alejandro. No con Rembrandt o Van Gogh en la cabeza, sino el gran Will Eisner. Me pasé dos cursos intentado hacer orejas y narices de barro y gastando carboncillos frente a una cartulina, y en tales empeños no logré gran cosa, para no aceptar que fracasé estrepitosamente. Claro, todavía no había entendido que mi vocación era la de contar. Por eso mi fanatismo por las historietas, que era el mismo del cine (también quise ser dueño de la Paramount). Desarrollar, a través de una secuencia de cuadros, una historia. Eso no se lograba nunca en el estatismo de una nariz de barro que uno tenía que estar horadándole los dos cabrones orificios con una espátula. Vamos, que lo mío eran las anécdotas, las aventuras. No, no hubiera podido ser otra cosa que un artista. ¿Piloto de combate? ¿Interrogador de la Seguridad del Estado? ¿Proxeneta? Cada uno de esos oficios tuvo su atractivo, no crean. Así que, si no hubiesen sido las letras o las artes plásticas (aplicada a los cómics), lo otro que mi espíritu iconoclasta y contradictorio me hubiese permitido ejercer hubiese sido integrante de una banda de rock.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

¡Já!

¿Sabe cocinar?

Hago unos batidos de leche con plátano a los cuales les embuto una barra completa de queso crema y espolvoreo con seis cucharadas soperas repletas de azúcar que son para descolocarte la vida. Yo les llamo el mata diabéticos. El revoltillo de coctel de frutas me queda muy bien.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? 

Bueno, de alguna manera ya lo he hecho. Pueden servirse de las 1 600 páginas de los dos volúmenes de La autobiografía de Fidel Castro y convertirla en un folletín de 20 cuartillas cortas.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Esto llevaría de modo inevitable a una respuesta de tipo intelectual. Truman Capote (en la entrevista de Los perros ladran, que sirve de modelo a esta) dice que es la palabra amor. Y la señala también como la más peligrosa. Para mí, las palabras no tienen otro significado que el objeto que describen. Pero, con el propósito de intentar algo más elaborado, me quedo con la definición de Víctor Sklovsky, el padre de la escuela formalista rusa. Él mismo me dijo que, en literatura, la sangre era una metáfora. Apliquémoslo pues al amor y a cualquiera de las 195 439 acepciones del último diccionario de la RAE.

¿Y la más peligrosa?

Váyase a la respuesta anterior.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

¿Qué tú crees? Pero la pregunta, como procede de las mansas aguas de la mentalidad capotiana, se queda por debajo de la expectativa. La buena sería: ¿Alguna vez ha matado a alguien?

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

Depende la época y donde me encuentre. Lezama Lima lo definió muy bien (y con mucha valentía, ya que se encontraba en Cuba). Decía que en la integración de lo histórico se daban “sus paradojas”, y lo que nos parecería muy revolucionario hoy, después se vería como una reacción. Perfecto, ¿verdad? Otro de mis maestros soviéticos resulta igual de admonitorio. Boris Pasternak pontificó (creo que lo puedo citar textualmente) que la gran devoción heroica a un punto de vista le resultaba muy ajena y que la consideraba una falta de humildad.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

El sultán del harem mencionado en una pregunta anterior.

¿Esta pregunta no reitera —así mismo— una anterior?

¿Cuáles son sus vicios principales?

¿Tú quieres que esta entrevista me cueste el divorcio, amén de una citación inmediata de la fiscalía del condado?

¿Y sus virtudes?

La lealtad. Soy de una lealtad absoluta y sin fisuras hacia mis amigos.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

¿Ahogando? ¿Ahogándome dices tú? Óigame si esa es la situación, no hay forma que yo vaya a tener ninguna imagen en la cabeza. ¿Tú has estado ahogándote alguna vez? Pues yo sí. Y qué te voy a contar… Si me dices una silla eléctrica o una inyección con anestesia previa en el sistema, bueno… quizá me dé por ver las famosas imágenes e incluso la prometida luz al final del túnel. Bien pensada las cosas, doy por sentado que estaría el recuerdo de las mujercitas que dejé escapar y sobre todo aquella suegra de la que perdí innúmeras oportunidades. Bueno, dale, rápido, que todavía te quedan unas volutas de aire para consumir. Pues pensaría que, coño, ¿por qué puñetera obstinación tienen que matar a un tipo tan leal, tan lindo, tan simpático como yo? La verdad que no los entiendo. Pero tampoco esperen que los perdone.

T. M.

martes, 7 de enero de 2020


¡Felicidades,
Crochita!
¡Japiberdi!
🎈🌈🌞🍰🍸

domingo, 5 de enero de 2020

Historias de la Revolución
Pombo

El general de brigada de la reserva Harry Antonio Villegas Tamayo (Pombo) falleció, a los 81 años de edad, en la madrugada de este 29 de diciembre en La Habana, como consecuencia de una disfunción múltiple de órganos.
                                                              —Granma, 30 de diciembre de 2019.

Esto es, por lo pronto, el material sobre Harry Villegas que rescato de mi archivo. Cliquee sobre las imágenes para ampliarlas.


Un propio del general de división Raúl Menéndez Tomassevich “Tomás” al coronel Harry Villegas “Pombo”

El 27 de marzo de 1982, a bordo de un Illushin 62-M, a 12 kilómetros de altura en la noche atlántica, palpo el mensaje de Tomás, que llevo en un bolsillo. Comprendo entonces que he hallado mi destino.


26 - 3 - 82

Querido Harry:
Te hago estas dos líneas, primero para saludarte y luego para plantearte dos tiñosas.
1° Me ha extrañado que no hayas escrito para decirme cómo marcha todo lo que te pedí me resolvieras.
2° Quiero pedirte atiendas a Norberto y Ernesto que van a esa a resolver asuntos de sus respectivas especialidades, y tú puedes ayudarlos en cualquier gestión que ellos necesiten.
Por último quiero decirte que esto marcha bien y que casi está terminado el Plan de la LCB, el martes lo veré con los soviéticos y luego con los angolanos. Enviaré un ejemplar para esa.

                                                                                             Un fuerte abrazo
                                                                                                         Tu hermano
                                                                                                                   Tomás

Harry Villegas, ya se sabe, el “Pombo” de la guerrilla del Che y uno de los tres cubanos sobrevivientes de la aventura en Bolivia, es el destinatario. Pombo es miel en lengua swahili y el Che le escogió este nombre durante la campaña del Congo en la que se involucraron a mediados de los 60 y que el Che concibió como una especie de preparación para luego dislocarse en Bolivia, en lo que concebía como el inicio de una revolución continental. En 1982, con grados de coronel, Villegas actuaba como enlace del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (en La Habana) y la jefatura del llamado Cuarto Ejército de los cubanos, el contingente de internacionalistas de la isla dislocado en la República Popular de Angola.


Tiñosa. Puro argot revolucionario de la época. Tiñosa es un asunto a resolver. Algo que tú le encargas a un compañero para la búsqueda de una solución. En fin, una tarea.

Ernesto Fernández, el fotógrafo, y este autor, viajaron brevemente a La Habana para reabastecerse, principalmente de película, y tratar de mejorar el equipamiento fotográfico, que se había deteriorado con rapidez en el vivaqueo de la campaña. Y, de paso —¿por qué no?—, pasar algunos días de asueto matrimonial —o, para decirlo con la mayor compostura posible, lo que entre los combatientes cubanos se denominaba como “cambiar el aceite”. Acompañante invariable del autor en sus incursiones como corresponsal de guerra, Ernesto clasifica al nivel de un Robert Capa pero destruía cámaras en serie. Si no me creen la comparación con el sacrosanto Capa, revisen sus colecciones de fotos de la batalla de Playa Girón (Bahía de Cochinos), el Escambray, la frontera marítima cubana de los años 60, Nicaragua, Angola, para que comprueben si lo supera o no. Pero —la única queja— necesitaba un almacén de la Nikon detrás de él.

La elecebé. Las siglas de Lucha Contra Bandidos, es el término acuñado por la Revolución para llamar a las operaciones de contrainsurgencia.


Desde la izquierda: el fotógrafo Ernesto Fernández (por esta vez me toca a mí estar detrás de una de sus cámaras), el coronel Harry Villegas y un oficial de Información del que no conservo su nombre. Harry ignora sus funciones de enlace y aprovecha que hay en marcha una operación de reconocimiento en el área de Baixo-Longa para sumarse a “la fiesta”. Ya se ha agenciado un Kalashnicov y algunas provisiones. Esto es en junio o julio de 1982. Han matado cubanos al suroeste de Menongue. La campaña contra las bandas de la UNITA se calienta por día.


En el Estado Mayor cubano dislocado en Menongue, Pombo dialoga con otro emblemático oficial del empeño internacionalista: el coronel Pedro Rodríguez Peralta, el único cubano capturado en África antes de noviembre de 1975 —es decir, previo a la guerra de Angola— al caer en una emboscada de los paracaidistas portugueses el 18 de noviembre de 1969 en un paraje de Guinea Bissau. Condenados a 10 años de cárcel, cumplió cinco años en Lisboa sin que los portugueses pudiesen probar nunca la participación del Gobierno cubano en su dislocación como guerrillero al servicio del PAIGC. Liberado después de la Revolución de los Claveles en Portugal, regresó al escenario africano como asesor de la campaña de contrainsurgencia denominada Operación Olivo bajo el mando del general de división Raúl Menéndez Tomassevich. En la foto, lleva su pistola a la izquierda, debido a que su brazo derecho quedó inutilizado por el fogueo de los fusiles Galil en la emboscada donde lo capturaron. (Foto: Ernesto Fernández)


31 de diciembre de 1958, al mediodía. Harry Villegas escolta al Che Guevara mientras el reducido Estado Mayor de las fuerzas insurrectas avanza hacia el último reducto de resistencia del ejército batistiano en la ciudad de Santa Clara, el cuartel “Leoncio Vidal”. Villegas aparece detrás y por la izquierda de su adorado jefe.

Un día de junio de 1967, en un recodo de Bolivia, cercano al río Rosita. Harry Villegas aparece con Paulino Baigorria, que el Che ha decidido usar como correo. Necesita restablecer los contactos con la red urbana y decide que la tarea la cumpla el bisoño pero entusiasta campesino, sumado a la guerrilla apenas unos días antes. Villegas cumplirá la misma función pero sin ninguno de los riesgos de Paulino, cuando sirva como enlace entre el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (en Cuba)y el mando del Cuarto Ejército (el contingente internacionalista cubano en Angola), así como para trasladar correspondencia y noticias entre Gabriel García Márquez, desde La Habana, y Norberto Fuentes, en Luanda. Eventualmente, el sábado 23 de octubre de 1982, es el que —en su maletín de documentos oficiales MUY SECRETOS esposado a su mano izquierda (la derecha libre, presta a sacar la pistola)— me lleva el prólogo que Gabo ha escrito para mi libro Hemingway en Cuba.


Retrato del capitán cubano Harry Villegas —“Pombo” en la guerrilla del Congo y ahora en Bolivia— dibujado por Ciro Bustos. Una guerrilla de lujo, como puede comprobarse. Vivaquea con sus propios artistas. Cargan además con un filósofo: Regis Debray, importado desde Francia. Cierto que al final serán una banda de facinerosos capturados, o diezmados, o acribillados, o ahogados, y tirados al abandono, desde La Habana, por Fidel Castro. Por lo pronto, no obstante, posan.


Pombo y el comandante cubano Antonio Sánchez Díaz —“Pinares” en la guerrilla fidelista de la Sierra Maestra y “Marcos” en esta de Bolivia— muerto en Peña Colorada el 2 de julio de 1967.
La guerrilla se dirige a un paraje boliviano llamado Alto Seco. Hacen un alto y miran a cámara. Desde la izquierda, con sus nombres de identificación regular en la campaña: Rubén, Darío, León, Camba, Urbano, Coco, Aniceto, Benigno, el guía Paulino Baiogorria, Chapaco, Willy, Pacho y Pombo. Obsérvese la prudente distancia de cerca de 3 metros que Pombo gana del resto del grupo. Casualidad o valoración estratégica de la situación operativa, pero por sobre todas las cosas un juicioso aprendizaje de las mañas guerrilleras, donde la diferencia entre la vida y la muerte depende de tu capacidad de respuesta individual.

Lluvia de volantes sobre la zona de Mataral – Comarapa.

 







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Apuntes Casa Uno Luanda 1982

POMBO /// Mulato corajudo. Artífice de las ráfagas cortas con la carabina M-2. Atravesó a pie la cordillera de los Andes desde la Quebrada del Yuro, en Bolivia, cuando vio desde “un altico” que al Argentino lo habían capturado. Dijo: “vamos echando, que aquí no hay más nada que hacer”. Terminó en la frontera de Chile. Habla, apacible. “Nos infiltramos en un campamento. De noche. El resplandor de una fogata. Yo estaba muy cansado. Me senté en un tocón y cuando Urbano y Benigno iniciaron el fogueo a quemarropa y los soldaditos sorprendidos corrían de un lado al otro y soltaban las cacharras del rancho y tropezaban entre ellos, yo empecé a disparar a mi alrededor, pero sin levantarme del tocón y los iba tumbando y los veía cruzar en derredor de la fogata como si fueran sombras a contraluz de un relampagueo, sombras que iban cayendo, dobladas.” Harry Villegas era Pombo; Leonardo Tamayo era Urbano; Dariel Alarcón era Benigno. Descendiendo de la nave de Aeroflot en La Habana el 6 de marzo de 1968, luego de un recorrido que los llevó desde Santiago-Isla de Pascua-Tahiti-Sidney-Singapur-Atenas-París-Praga-Moscú y por fin aquella losa de La Habana. Fidel los esperaba al pie de la escalerilla y luego de los correspondientes abrazos, los amonestó: “Desde que llegaron a Chile no han hecho otra cosa que hablar.” Entonces unas palmadas en las espaldas. “No se preocupen. Tranquilos. Yo los entiendo.”


Sobre las dos fotografías de Harry Villegas y sus compañeros en Angola durante la Operación Olivo: Copyright © 1982, 2020 by Ernesto Fernández. Prohibida terminantemente su reproducción.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Después del olvido

Una entrevista de Luis H. Goldáraz en LIBERTAD DIGITAL.

Diciembre de 1974. Con Gregorio Fuentes. Travesía desde Cojímar hasta
Cayo Paraíso. El autor reconstruye los escenarios cubanos de Hemingway.
Contactos de las fotografías de Enrique de la Uz.
Copyright © 1974, 2019 by Enrique de la Uz.
Ocurre algunas veces que una biografía dice más del escritor que la ha redactado que del propio biografiado. A mediados de los años setenta, Norberto Fuentes llevaba quince años viviendo en el olvido en su propia tierra. La razón: haber publicado Condenados de Condado, una recopilación de relatos ambientados en el levantamiento contrarrevolucionario que prendió, a partir de 1960, en la región del Escambray, y que las milicias de Fidel Castro se encargaron de sofocar "a sangre y fuego". Aquel librito no gustó demasiado al líder de la Revolución. Consideró que aportaba una visión negativa de su causa, y Fuentes fue repudiado. Sin embargo, todo cambió cuando el escritor se puso a investigar los veinte años que vivió Ernest Hemingway en la isla; y a escribir un nuevo libro en el que, entre otras muchas cosas, podía verse a un Hemingway de izquierdas, apegado a Cuba, que además supo apoyar a los revolucionarios desde el primer momento. Sin saberlo, Fuentes acababa de rescatar una figura emblemática a la que el régimen podía utilizar, y fue perdonado.

Ciertamente, Hemingway en Cuba (Arzalia) es mucho más que eso. En él pueden seguirse los pasos del Nobel americano por la isla durante las dos décadas que precedieron al levantamiento armado: un Hemingway bebedor, amigable, que cosechó relaciones estrechas con gentes muy diversas y que terminó estableciendo su base de operaciones en su Finca Vigía, a pocos kilómetros de La Habana. El Hemingway escritor, tremendamente ligado a la isla, donde redactó varias de sus novelas más reconocidas. El Hemingway pescador. También el Hemingway aventurero, contrabandista de alcohol durante la ley seca —visitó Cuba años antes de instalarse definitivamente— y cazador de submarinos nazis en la Segunda Guerra Mundial. Un Hemingway, en definitiva, del que no se conocían demasiados detalles, y al que Norberto Fuentes rescató de las sombras. Hablamos con él:

P: ¿Por qué se ha reeditado el libro en España ahora, tantos años después de su primera publicación?

R: Es una decisión de los editores, no mía, y de la que yo me alegro, por supuesto. Este fue un libro que se iba a publicar en España al mismo tiempo que en Cuba, y yo no sé qué pasó. En aquel momento las ediciones de mi libro las controlaba Cuba. Pero yo me alegro de que se reedite ahora, porque creo que el libro conserva su vitalidad. La gente que lo ha leído dice que le ha gustado mucho. Además la edición que ha hecho Ricardo Artola es muy bonita.

P: En la década de los ochenta usted escribió que los veinte años que vivió Hemingway en Cuba eran muy desconocidos. ¿Ha disminuido algo ese desconocimiento desde que publicó el libro?

R: Muchísimo, muchísimo. Mira, ese era un territorio totalmente olvidado. En todo lo que era Hemingway, no solamente para los cubanos sino también en los Estados Unidos, el tema cubano era algo que estaba en un limbo. Eso se quedó ahí congelado, olvidado, acumulando polvo desde que Hemingway se murió. Había pocos libros sobre Hemingway en aquellos momentos, de todas maneras. Ya había salido la biografía de Carlos Baker, que ha tenido menos suerte que la mía, pero eso era algo que había quedado un poco en el aire. Mi libro comenzó de una idea que yo tuve para escribir un reportaje. Yo había leído Islas en el Golfo, y me pareció que esa era su novela cubana más personal, más incluso que El viejo y el mar, y que Tener y no tener. Entonces, cuando el Consejo de Cultura me preguntó qué tenía yo para escribir, se me ocurrió reportajear los bares de Hemingway, los que pudiesen quedar vivos. Lo que pasó es que fui a Finca Vigía y me encontré con que la casa estaba igual a cuando él vivía allí. No la habían tocado. Sus criados la mantenían todavía, y se había quedado como el diario del propio Hemingway, con su correspondencia y sus notas. Después de que el Buró político me permitió escribir la historia, me mandaron donde Marta Arjona, que por lo visto tenía custodiados muchos documentos que había sacado de allá. Ahí me encontré un montón de cosas. Cartas de Hemingway a Mary, durante la guerra, y más cosas, y ahí me di cuenta de que en esos papeles había mucho más que un reportaje. Había un libro. Me pegué varios años trabajando en eso. Pero luego los americanos son otra cosa. En aquel tiempo se protestaban todo el rato, y preguntaban qué hacía yo tocando esas cosas, que quién me había dado autorización. ¡Pero si la vida de Hemingway le pertenece a todo el mundo! Y además yo estaba investigando sobre sus años cubanos, cuando todo lo que dejó en la isla lo dejó por su propia voluntad. Y además Mary se lo había entregado en mano al propio Fidel Castro. ¿Qué quieren? Años después llegó lo gracioso, cuando Fidel se enfadó conmigo —yo nunca me enfadé con él— y le vendió todos los documentos a los americanos. Entonces llegó la biblioteca, la Kennedy, y se puso como loca: "¡Tenemos los documentos, tenemos los documentos!"; y yo: "Señores, todo eso está publicado hace treinta años". (Risas).

P: Es que el libro, precisamente por la figura de Hemingway, pero también por la importancia de Cuba en la política global de aquellos años, termina siendo muy político, inevitablemente.

R: Claro. Yo me di cuenta de que Hemingway era el único puente que quedaba intacto en las relaciones cubano-americanas.

P: Y saca también a colación una especie de combate entre los dos bandos de la Guerra Fría por ganarse la figura emblemática de Hemingway para su propia causa.

R: Hemingway era un hombre de izquierdas. Eso es indiscutible. Primero era un americano, claro, y los americanos son lo que son. Luego, era un hombre de izquierdas. Era un americano de izquierdas. No comunista. Pero es lógico también: toda la intelectualidad americana era de izquierdas, y él, con todas sus particularidades —odiaba pagar impuestos, por ejemplo—, era de izquierdas. Ahí están todas sus cartas en las que cargaba contra el macartismo. Odiaba todas esas cosas. Lo que ha pasado luego es que lo han querido convertir. La Academia y la derecha americana lo han querido convertir en algo que no era. Hemingway era un hombre de izquierdas, siempre lo fue. En una de las últimas cartas que escribió antes de morir se dirigió a un general del ejército norteamericano, el jefe de la unidad con la que avanzó hacia Alemania, y le dijo: "Yo creo firmemente en la causa de la Revolución cubana".

P: ¿Pero cree usted que Hemingway hubiese continuado apoyando tan vehementemente a Fidel si hubiese estado vivo cuando ocurrió el caso Padilla, por ejemplo?

R: Esa es una pregunta que no tiene respuesta. Eso es especular. Yo pienso que él… Yo no sé… Mira, esa misma pregunta se la hice yo a Fidel Castro. La misma, y tengo testigos.

P: ¿Y qué contestó?

R: Le pregunté por Hemingway y por su posicionamiento a favor o en contra de la Revolución. Si una opinión negativa suya desmerecería… eh… Le pregunté cómo valoraba la posibilidad de que Hemingway hubiese estado a favor o no de la Revolución cubana. Y él me dijo: "Mira, mi aprecio por su obra es más importante de lo que él pudiera valorar". Claro, Fidel Castro era un animal político, y me estaba dando una respuesta política. Luego añadió: "Y sus valoraciones de la política internacional, ya que era un gran periodista, siempre me hubieran sido de utilidad". Eso fue lo que me dijo Fidel. Te repito: una respuesta política, a una pregunta política también. Pero hay que verlo todo en su momento. No sé lo que hubiera opinado Hemingway. Yo sé lo que hubiera hecho yo, como escritor. Yo. Él vivió otra época. Es como preguntar qué hubiese dicho Stendhal de la Revolución después de enterarse del caso Padilla. Y yo qué sé qué hubiese dicho. Habría que resucitarlo de otra época y traerlo a esta. No tiene nada que ver. Porque Hemingway es de una generación que se extinguió con la Revolución cubana. A partir de entonces surgió otra.

P: Pero Hemingway sí que conoció la Revolución en sus inicios. Otros muchos intelectuales de todo el mundo también la apoyaron entonces, y luego se fueron desencantando. ¿Usted cree que si Hemingway hubiese llegado a ver directamente la represión a los intelectuales cubanos, entre otras cosas, habría seguido apoyando la causa?

R: Mira, los primeros defensores que me sacaron de Cuba fueron los escritores americanos. Fue William Styron, fue William Kennedy, fue Norman Mailer. Todos ellos, los que quedan vivos, siguen defendiendo a capa y espada la Revolución cubana. Todavía hoy. Entonces, esas preguntas… Bueno, yo me imagino que Hemingway se habría opuesto a que reprimieran a nadie, porque él conocía lo que era eso en los Estados Unidos. Así que sí, se puede deducir que se habría opuesto resueltamente. Ahora bien… también te digo que esa bronca ya le pasó a él en España y le costó la amistad de John Dos Passos. La visión de ambos acerca de la muerte de José Robles les distanció, y ahí fue Hemingway el que defendió que no se podía estar por encima de la causa general. Así que no sé: entonces decidió asumir la causa general; en el caso Padilla yo no sé. Pero no te olvides, además, que el primer represor de los intelectuales en Cuba fue Heberto Padilla. Escribió un artículo diciendo que a José Lezama Lima había que sacarlo del mapa. Te lo puedo mandar, si quieres. Está escrito en 1959, el mismo año que triunfó la Revolución. Heberto Padilla era un jacobino bajo la sombra de Guillermo Cabrera Infante, que era otro jacobino. Y ellos fueron los primeros represores que tuvo, en el campo intelectual, la Revolución cubana. Después entraron en colisión y les pasó lo que les pasó. Pero ellos fueron los primeros represores. Esa es otra historia que nunca se ha hecho pública.


P: Pero aunque fuese así, eso tampoco justificaría la represión, ¿no cree?

R: No. Por supuesto que no, por supuesto que no. Pero es bueno aclararlo. (Risas).

P: Una de las cosas que se dice de su Hemingway en Cuba es que le sirvió para reconciliarse con el castrismo, y para estrechar lazos con Fidel Castro, después de haber sufrido más de diez años de ostracismo por haber escrito Condenados de Condado. ¿Cuánto hay de cierto en esa afirmación?

R: Eh… En fin. (Suspira). Yo gané mucho dinero con ese libro, en Cuba. El libro fue un éxito, tuvo muchas reediciones. Y Fidel me conoció personalmente a raíz del libro, sí. En una recepción, él me invitó. Porque él me tenía cruzado por mi primer libro, Condenados de Condado. Yo creo que esa es la parte importante de la historia. Por lo menos para mí. Después vino el caso Padilla. Yo en el caso Padilla me negué a autocriticarme. Para empezar, yo soy un revolucionario. O yo era un revolucionario. Y yo actuaba y pensaba en defensa de la Revolución. Pero Condenados de Condado a Fidel no le gustó nada. Entonces yo sufrí muchos años de ostracismo, y en esos años yo pensé mil maneras de irme de allí. Pero es que todos estábamos ahí. Vivíamos ahí. Desayunábamos y almorzábamos ahí. Nadie quería vivir mal, ¿no? Lo que pasa es que entonces las condiciones de la vida allí eran esas. Yo una vez le pedí a varias personas que me sacaran del país. Oye, habla con los americanos para que me saquen. Y nadie me sacó. Yo tenía que quedarme ahí adentro. ¿Y qué tenía que hacer? ¿Quedarme ahí adentro en una esquina, con una latica, pidiendo limosna? Yo escribí el libro de Hemingway, el libro le gustó a Fidel, y fue Fidel quien me llamó a mí. García Márquez me llamó a mí. Yo no llamé a nadie. Fidel vio algo en ese libro que no había visto. Mi propósito inicial. El hecho de que la figura de Hemingway estaba completamente olvidada en Cuba. Él vio el libro y dijo: "Coño, nosotros tenemos olvidado a Hemingway. Aquí tenemos algo". Y se interesó por mí. ¿Y qué vio en mí? A un intelectual que va a la guerra. A un revolucionario combatiente. Y entonces le simpaticé, habló conmigo, y comenzamos a hablar sobre Hemingway. Gabo también me llamó, a través de un amigo mío que era de la seguridad del Estado: "Me han dicho que usted tiene un libro". Y ahí fue cuando nos amistamos Gabo y yo. Gabo fue el que le enseñó a Fidel el libro, cuando le pidió permiso para prologarlo. Y entonces Fidel dijo: "Bueno, está bien. Además me han dicho que ese compañero tiene muy buena actitud". Dos años después la Casa de América me invitó para ser jurado. Quería limpiarse de aquel problema con el libro mío. Y Fidel, que todos los años se reunía con el jurado, al repasar la lista y ver mi nombre dijo: "Este es el del librito". Yo lo cuento ahí. En la primera parte de la reunión él me miraba serio y yo me decía: "Coño, de aquí no salgo yo vivo". Hasta que se iba acercando y en un momento determinado llegué a creer que me leía el pensamiento. Porque por entonces se decía que Fidel podía leer el pensamiento. Y yo: "Si me lee el pensamiento, no pienses que te va a matar, no pienses que te va a matar, que te descojonas". (Risas). Pero entonces él se fue acercando hasta que se me puso al lado. Y ahí mismo yo le pregunté: ¿Es cierto, Comandante, que Hemingway es su escritor favorito?". Y él: "Ay, sí, chico. Porque tú eres el de Condenados de Condado, ¿no?". Y yo: "Sí". Y me dijo: "Te voy a explicar algo, ¿tú sabes lo que pasó en Escambray?". Y dije: "No. Bueno, sí. Que se alzó la contrarrevolución". Y él dijo: "No, no. El problema es que la Revolución creó su mimetismo. Y como nosotros tomamos el poder en dos años, después la contrarrevolución creyó que podía hacer lo mismo. Había que acabar con el mito, y lo acabamos a sangre y fuego". Aquello fue un viernes. Él me dijo: "El libro tuyo de Hemingway yo no me lo he leído, pero me lo voy a leer". Eso fue un viernes, repito. El lunes por la tarde me llamó y me preguntó si podía pasarme a su oficina. Se había leído todo el mamotreto de setecientas páginas durante el fin de semana. Pero tú fíjate, como dijo Barthes cuando vio una foto del hermano de Napoleón: "Estoy viendo los ojos que vieron al emperador". Yo no vi los ojos que vieron al emperador. No, no. Yo vi al emperador. Tú tienes la oportunidad de conocer a Fidel Castro, de irte con él a Cayo Piedra, de conversar con él, ¿y tú no lo haces?

P: Pero durante los años que vivió usted en el ostracismo, ¿nunca se llegó a desencantar con el castrismo?

R: Mira, tú no tienes ni idea de la cantidad de mariconadas y de hijaputadas que a mí me hicieron. Pero yo tengo una formación. Yo, a pesar de mi origen burgués, me formé ideológicamente en la Revolución. Fui un buen muchacho y me metí en eso… ¡Hasta los cojones me metí yo en la Revolución! Y además yo vi cosas. Yo vi lo que pocos escritores vieron. Esto es un momento irrepetible en la historia de Cuba. No va a haber un antes ni un después. Es este el momento. Y tienes que vivirlo. Además me di cuenta de que la Revolución era de base militar, y que había que estar con los guardias. Había que conocer a los guardias porque ellos eran los que iban a decidir. Y ya después descubrí el Escambray. Entonces, ¡yo me metí en eso de verdad! Si el delito de Cabrera Infante es por bailar el chachachá, el mío es por haber hecho la Revolución.

P: Dice que había que estar con los guardias porque eran los que iban a decidir: ¿Se estaba con ellos por mera supervivencia, o por algo más?

R: No, no, no. Ahí no se estaba por sobrevivir. La Revolución entraña peligros y broncas. La Revolución es un órgano vivo. Va p’atrás, va p’alante. Pasan muchas cosas. La Revolución no es un esquema.

P: Pero después de triunfar la Revolución, usted publicó Condenados de Condado.

R: Y yo sabía lo que estaba haciendo. ¿Tú crees que yo no sabía lo que estaba haciendo? ¡Me estaba jodiendo! ¡Me estaba jodiendo a dos manos! (Risas).

P: ¿Y siguió usted apoyando a la Revolución, incluso después de aquello?

R: Sí… Coño… Yo… Es decir, uno vivía ahí, tú. ¿En el franquismo qué hacían tus padres? Pues vivir con Franco. Ni te desencantaba ni te encantaba. Aquí, no sé, como con cualquier presidente, tú vives con ese presidente. Entonces, la idea de la Revolución para mí era más grande que lo que yo pudiera pasar personalmente. Además, mis amigos, todos eran revolucionarios. Mis amigos entrañables. Y me leían y me decían… Ellos me querían con ellos. Ellos me querían con la Revolución. Lo que yo pensaba por dentro, los encabronamientos que yo me cogía, eran míos. Porque tú perteneces a un grupo, tú perteneces a la gente. Gente que ha muerto al lado tuyo, que te ha defendido la vida también… Es una relación muy visceral. ¿Por qué yo iba a cambiar? Yo en Cuba soñaba con hacer una edición en español de Playboy y llenar una piscina de mujeres desnudas. (Risas). Ese era mi sueño, cuando me sentía muy mal. Y a falta de piscinas y mujeres del Playboy, me contentaba con buscármelas por mi cuenta. Porque tú vivías. Tú vivías. Y además todos vivían. Y todos querían una posición. Tú me has hablado antes de la represión contra los intelectuales. No fue contra todos los intelectuales… Y al intelectual al que más quisieron joder fue a mí. Padilla fue una consecuencia de mi libro. El primer libro que sale es el mío, ocho meses antes que el libro de Padilla. Ocho meses antes. Y además el mío era narrativa, que era más comercial. Pero yo conozco los límites. Yo conozco mucho a mi gente, y yo me desenvolvía. Yo quería ser un Solzhenitsyn en todo caso, pero atrincherado en mis libros, no en declaraciones públicas. Porque esas cosas en Cuba… Yo sabía… Tú conoces los límites del juego. Tú aquí, en los Estados Unidos, no te da por andar poniendo bombas o secuestrando a gente. Tú conoces los límites. ¿Entonces qué quieren? Te repito que yo vivía. Claro, después un día te viene el emperador y te dice: "Oh, muchacho, ven acá, tú eres un escritor". Pero yo nunca escribí más… A partir de Condenados de Condado yo me dije que toda mi literatura tendría que venir cuando al fin tuviese absoluta libertad. Ahora yo tenía que vivir. Y escribí el libro de Hemingway porque era un libro amable, bastante apolítico, en el que apenas tenía opción de decir alguna cosa. Yo tenía que vivir… Porque yo tengo escritos sin publicar, tú no tienes idea la cantidad de libros. Muchos de ellos hechos en Cuba. Otros aquí. Gabo me lo decía, tengo aquí la dedicatoria que me hizo una vez en uno de sus libros: "A Norberto Fuentes. El único gran escritor que no escribe". Pero yo le decía: "Mira Gabo, es que tú puedes hacer lo que tú quieras, y a ti no te va a pasar nada". Por eso, yo era el único gran escritor que tenía que dedicarme a observar, y tener suerte después de poder vivir para escribir, que es lo que estoy haciendo ahora. Porque yo no iba a meterme en una segunda bronca. Después me fusilaron a Tony y a Ochoa, y Fidel utilizó aquello para decirme: "Mira, te protegí, te saqué de ese lío". Aquello ya… Una de las cosas que Fidel decía era que lo único que no soportaba era el desagradecimiento. Y él entendió que al final yo no le fui agradecido. Es posible. Pero luego yo pensaba a cada rato en todo lo que me hicieron. Porque me hicieron verdaderos horrores. Horrores. Decía el viejo Camilo José Cela que el que resiste, vence. Y eso es lo que yo tenía que hacer: resistir. Pero fíjate: no como Padilla, ni como Guillermo Cabrera Infante. Yo tenía que resistir, en primer lugar, como un escritor. Yo nunca salí del papel de escritor, del papel de artista. Y después, ante todo, me mantuve leal. No hay ni un sólo amigo mío que pueda decir que yo lo traicioné, o que yo lo delaté. Nunca. Porque después la gente piensa que Fidel te abría los brazos y a partir de entonces aquello era el cuerno de la abundancia. Pero nada de eso es así. Todo lo contrario, te observan más que nunca. Y hay que ser estoico. Lo que pasa es que Fidel te pone el brazo por arriba y a partir de ahí te mueves. Pero yo ya me movía antes. Yo no me morí de hambre. Yo estaba gordito, de lo más lindo. En realidad en Cuba todos estábamos gorditos de cojones. Éramos un país de gente gordita y comunista.

P: Por volver al libro, además de hablar de la etapa de Hemingway en Cuba, una parte importante se centra en los años de Hemingway en la Guerra Civil española y en su relación estrecha con comunistas soviéticos.

R: Todo eso lo puse, aparte de Cuba, como plataforma. Todo eso tiene que ver con las cosas de Hemingway de España que estaban en la Finca. España para él fue muy importante. Tú no puedes hablar de Hemingway, y de Hemingway en Cuba, sin hablar de España. Todos sus amigos eran los republicanos españoles: el cura don Andrés, los Herrera Sotolongo, etcétera. España está presente en la vida de Hemingway, y sobre todo en la vida de Hemingway en Cuba. Además es el momento de mayor acercamiento de Hemingway con las ideas de izquierda, cosa que se mantuvo, y que volvió a renacer, precisamente, con la Revolución cubana.

P: El libro rescata testimonios de amigos comunistas de Hemingway que decían que él nunca se hizo comunista, pero que era "un humanista" y que, por tanto, sí sentía simpatía por las ideas comunistas. ¿Cree que esa afirmación puede sostenerse hoy en día?

R: Yo qué sé… Esto es algo que dijo un muchacho en los años cincuenta o sesenta… Si el problema es echarle al comunismo, le echamos todo lo que tú quieras. Dice Raymond Aron, filósofo de derechas: "La historia inconclusa no juzga a los hombres". Todo eso es historia inconclusa todavía. Pero bien, yo no soy el que dijo que Hemingway era esto o lo otro. Yo hice un libro, y traté que fuera lo más divertido posible, sobre la vida de un hombre que vivía en Cuba, y que le tiraba petardos al jardín del vecino, que se emborrachaba cada vez que pasaba un ciclón, que se tiraba pedos en el yate… (Risas). Yo quería hacer un Hemingway humano, no un Hemingway académico. El Hemingway que quedó en la retina de toda la gente que le conoció en Cuba. Ahora, todas las declaraciones de ese tiempo señalan que ese Hemingway era un hombre de izquierdas. Y él lo dijo, pero lo dijo sin mucha vehemencia. De hecho yo digo en el libro que precisamente la Guerra Fría y las difíciles relaciones entre Estados Unidos y Cuba enturbiaron esos últimos años de Hemingway en la isla. Los convirtieron en otra cosa. Y Hemingway murió nada más triunfar la Revolución cubana. Su época concluyó ahí.

P: De hecho, llama la atención el tremendo cariño que le tenían a Hemingway todos sus vecinos, y sobre todo la gente humilde. Pero usted mismo advierte al lector que no se fíe demasiado, porque los latinos somos proclives a venerar exageradamente a los muertos ilustres. ¿Cómo de difícil es escribir una biografía en esas circunstancias?

R: Mira, yo lo que hice fue dejarlos hablar. Muchos de ellos eran pescadores. ¿Tú conoces a algún pescador que no sea un mentiroso contumaz? (Risas). Eso no existe. Todos han cogido al pez más grande. Y por eso es divertido también el libro. Gregorio Fuentes, el patrón de su barco, fue, según él mismo dice, el que le inspiró a escribir El viejo y el mar. (Risas). Oye por qué no escribes esto, dice que le dijo. (Risas). ¡Gregorio no sabe leer! Pero es divertido, y al final su testimonio sirve de alguna manera para dibujarnos al Hemingway que él conoció. Después hay testimonios más serios. Herrera Sotolongo era una persona muy seria. Por eso hay que dejarlos hablar, para que entre todos vayan rescatando más o menos al personaje. Además esa es la manera de otorgarle vida al libro, de sacarlo de la Academia. Creo que por eso el libro de Carlos Baker murió. Porque no tiene alma. Y yo creo que mi libro sí que tiene alma.

*   *   *

Publicada como “Norberto Fuentes: ´A mí en Cuba me hicieron verdaderos horrores, pero tenía que resistir´” en el sitio LIBERTAD DIGITAL, el 28 de noviembre de 2019. Todos los subrayados en negritas son del original.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Yo tuve una granja en Cuba

Arzalia Ediciones acaba de publicar en Madrid mi Hemingway en Cuba. Tiene 476 páginas, 32 de ilustraciones y mapas confeccionados especialmente para esta edición. Las notas de solapa:

El Premio Nobel de 1954, «el falso hombre duro» de la Generación Perdida, el exponente máximo de una escuela literaria y también de un violento y romántico estilo de vida es el protagonista del presente libro. Hacia su mítica y absorbente personalidad nos llevan estas huellas casi siempre localizadas en los mismos escenarios en que actuaron el Harry Morgan de Tener y no tener, el Santiago de El viejo y el mar y el Thomas Hudson de Islas en el Golfo.

Aquí está la correspondencia inédita, las agresivas anotaciones sobre libros y revistas, los objetos y trofeos de guerra que Hemingway acumuló durante veintidós años y los recuerdos que se mantienen en la memoria de pescadores, contrabandistas y veteranos combatientes de las operaciones antisubmarinas. Personajes y escenarios que antes fueron conocidos como ficción y que ahora han aflorado a la realidad de la mano de Norberto Fuentes, con su pulso narrativo inconfundible y su investigación minuciosa, casi obsesiva.

En palabras de otro Nobel, el prologuista Gabriel García Márquez: «El resultado final es este reportaje encarnizado y clarificador que nos devuelve al Hemingway vivo y un poco pueril que muchos creíamos vislumbrar apenas entre las líneas de sus cuentos magistrales».

El volumen está disponible en edición impresa en toda España así como en formato electrónico.

lunes, 11 de noviembre de 2019

80 años de Ernesto


En un mensaje electrónico de Ernesto Fernández por la noticia de la edición española de Hemingway en Cuba descubro que mi entrañable camarada de en cuanta guerra Cuba se involucró, es ahora un fervoroso creyente en Dios y que pone en sus manos la autenticidad de su memoria, la de Ernesto quiero decir, no la del Altísimo. Yo, igualmente, puedo ser garante de esos recuerdos, me atrevo a apuntar. Ahora seremos tres los que certificamos la veracidad de un instante de la presencia en el Teatro de Operaciones Militares Angola del más grande fotógrafo de guerra cubano (y cuídate sino universal). El mensaje subliminal para recordarnos que hoy es el día de su cumpleaños resulta insoslayable. Ese huevo quiere sal.

From: Ernesto Fernandez ˂*****@*****˃
From: Norberto Fuentes ˂*****@*****˃
Date: Wed, Nov 6, 8:33 PM
Subject:

Mi querido hermano Norberto: De verdad que te doy las gracias y además un fuerte abrazo por enviarme toda esta información sobre tu libro Hemingway en Cuba. Voy a disfrutar mucho de toda esta lectura que acompañan al libro y que además demuestras que tú eres un gran escritor y además mi socio y compañero de armas en por lo menos tres lugares de batalla y que al decir de nosotros mismos, no habían tipos más cojonudos que nosotros que éramos capaces de caminar en el medio de la milicias y los alzados y atravesar una selva  perdida en el mundo, en solitario en una tanque en medio de una guerra en la cual desde tus espaldas se disparaban los BM-21 y aviones MiG-21 sobre el enemigo que tú sabías que estaba delante pero no dónde. Así éramos de irresponsables con nuestra vidas, pero por eso creo que todavía estamos vivos y lo podemos contar. Bueno se acabó la bobería.

Dime si esto no fue así. -- Salí de la habitación nuestra en la Casa Número [residencia en Luanda del jefe de la Misión Militar Cubana] y me dirigí, no recuerdo si a desayunar o almorzar, y tú estabas en la escalera que comunicaba la entrada de la casa con la sala. Me dijiste lleno de alegría que a Gabo le habían otorgado el Premio Nobel y qué pena que no lo pudieses felicitar. Te dije llámalo por teléfono y me contestaste que si con Cuba era muy difícil, imagínate con México y te contesté prueba. Así lo hiciste y te quedaste bobo cuando te contestaron enseguida. Y además era él en persona quien te salía al teléfono. Cuando colgaste estabas más bobo todavía pues exclamaste no solo me comuniqué enseguida sino fue él el que me contestó y lo más increíble que me dijo el primero que me ha llamado eres tú aquí a México desde Angola para felicitarme. SI ESTO ES MENTIRA QUE VENGA MI PADRE DIOS Y ME DESMIENTA. Tu socio Ernesto. Perdona los errores que pueda tener esta anécdota pero la quise hacer así para que saliera de esta cabeza que dentro de 5 días cumple 80 nov..

Mi respuesta al Fernan.

From: Norberto Fuentes ˂*****@*****˃
To: Ernesto Fernandez ˂*****@*****˃
Date: Nov 7, 2019, 1:01 AM
Subject: Puchunguito

Así mismo fue, Asunción. Lo asombroso es que hace unos días escribí el episodio para algo que estoy haciendo, y casi que repito palabra por palabra ese recuerdo que tú me has contado, y por supuesto digo que fuiste tú el que me diste la idea de intentar la llamada. He podido precisar la fecha por una carta a la vieja mía que conservo. Estoy casi seguro que Pombo [coronel Harry Villegas, uno de los tres supervivientes de la guerrilla del Che en Bolivia] me llevó el prólogo de Gabo a la Casa Uno el sábado 23 de octubre. Tomás [el general de división Raúl Menéndez Tomassevich, jefe de la Misión] estaba en La Habana. Y al otro día Pombo me llamó para decirme que había oído por radio lo del Nobel. Pero a lo mejor todo pasó el mismo domingo 24. Que Pombo fue hacia el mediodía a llevarme el prólogo con la carta de Gabo y después al caer la tarde llamó con la noticia del Nobel. Como quiera que sea, es maravillosa esa memoria que tú tienes y más asombroso (o entrañable) es la manera en que nuestros dos viejos y magullados cerebritos funcionan de manera tan coordinada pese a cualquier distancia que nos separe físicamente. Somos Los Hijos de Asunción, Fernan. Los invencibles.

Hoy te quiero un poquito más... si eso fuera posible.

Fuentes Cobas.

Importante: Esta respuesta necesita una explicación para los que no conocieron las zonas de responsabilidad de la Operación Olivo en el TOM Angola de 1982. El Hijo de Asunción era un himno de combate que entre Ernesto y yo introdujimos en el territorio. Queríamos elevar la moral de las tropas y darle cierto colorido al frente. Lo cantábamos a todo pecho por encima del rugido de los tanques T-62 y del mortífero ulular de los lanzacohetes BM-21. Si acabaré de decir de lo que se trata. Bueno, en fin, que me la voy a jugar. Y fíjense, si lo miran bien, la tonadita no es homofóbica, es más bien celebratoria. Lo que se limita a describir una situación, una resultante, digamos. Dos más dos son cuatro, ¿no? Bueno, aquí va la letra.

El hijo que tiene Asunción
Ni fuma ni bebe ni juega al balón

(repite)

El hijo que tiene Asunción
Ni fuma ni bebe ni juega al balón

(énfasis)

Asunción

(Crescendo)

Aaaaasuncióóóónnnn

(apoteosis final)

¡Ese niño será maricón!

lunes, 19 de agosto de 2019

Camino de la abadía


Empecemos como solía presentarse Norman Mailer: con el extracto de algún periódico o revista. Este es de The New York Times, mayo 4, 1988.

4 POWERS MEET TO EXPLORE WAYS TO END ANGOLA WAR

Representantes de Estados Unidos, Sur África, Cuba y Angola se encontraron aquí hoy para lo que ha sido descrito como conversaciones exploratorias para terminar la guerra en Angola.

Pero incluso antes de que las discusiones comenzaran esta mañana en un hotel de Londres, diplomáticos occidentales y funcionarios sudafricanos advirtieron que no se esperaran cambios súbitos basados en las fórmulas de paz propuestas por el representante americano en las conversaciones, Chester A. Crocker, secretario asistente de Estado para los asuntos africanos.

Durante siete años, el señor Crocker ha estado promoviendo un plan que llama a las partes para retirar las tropas cubanas de Angola a cambio de la salida de las fuerzas de Sud África de Namibia.

En la sosegada penumbra del salón de reuniones del Durrants Hotel, en George Street, London, W1 (telephone 01-935 8131) con sus cajitas verdes de cerillos y su nombre en círculo dorado, su emblema y escudo, cuando se iba quedando solo (el escritor fue el último en desalojar el salón), luego de las despedidas y los abrazos de los participantes, uno tuvo la comprensión de que había un libro en mente. Había estado en el frente sur de Angola, había comprado armas para el gobierno angolano, y ahora participaba en la primera ronda de conversaciones con los sudafricanos y teniendo a los yanquis como mediadores, un material que regularmente queda vedado para la presencia en carne y hueso de los cronistas y que es de uso privilegiado de los grandes políticos que, me imagino, se servirán de las notas de sus solícitos secretarios para las eventuales memorias; y de las tres aventuras, la única que regularmente se abre a los de mi estirpe, es la del frente. Es lo nuestro, caballeros. Fango y morterazos. Negociaciones de armamento, cero, y delegaciones de altísimo nivel, doble cero.

Así que cuando Chester Crocker, el principal negociador de la administración Reagan para el conflicto africano, invitó en la reunión inaugural a que cada uno se presentara con su nombre y ocupación, yo me encontré ante un difícil problema de solución práctica. ¿Qué decir? ¿Que en el año 1961 yo comencé como guionista de historietas en la revista Mella, para luego continuar con esa parte de mi historia, y a las 2 horas ya habría hecho un flashback y estaría diciendo que a los 12 años me había enamorado de mi maestra de 6to. Grado y que mi padre me llevaba de muchachón a jugar gallos con Santos Traficante, y podía imaginarme a los sudafricanos y a los yanquis y a los angolanos con la barbilla recostada al puño mientras yo contaba mi vida y trataba de llegar al punto en que por fin se aclaraba qué diablos yo hacía allí? Fue entonces que Alcibíades Hidalgo, el portavoz de la delegación cubana, sentado a unos tres asientos a mi izquierda, recibió mi mirada inquisitiva y escribió un papelito que yo me levanté a recoger y que decía: “Dí funcionario del Comité Central”, que fue la síntesis escueta que escucharon los presentes me imagino que de todas maneras con incredulidad porque me vieron levantarme hacia donde estaba Alcibíades y seguro habrán pensado, ese individuo de los espejuelos oscuros estaba pidiendo instrucciones, y el de la barbita es el comisario político.

Pero, aún no me acababa de sentar, cuando atiné a ver la irónica mirada que Carlos Aldana, secretario ideológico del Partido y el hombre de Raúl Castro en las negociaciones, me dedicaba. También estaba sentado a mi izquierda. Y negó con la cabeza, sonriendo. Era, sin dudarlo, un reproche.

Una nota suya me llegó en medio de la reunión. Leí.

Perdiste la oportunidad de tu vida.
Debiste decir:
"Norberto Fuentes,
Dirección General de Inteligencia,
República de Cuba.
Especialista en interrogatorios."

Tenía toda la razón del mundo. Me hubiera robado el show. Una extraordinario oportunidad perdida para siempre. No se repite dos veces.

* * *

Pero la oportunidad que sí no iba a perderme, ya que estaba en Londres, era cruzar la cebra de Abbey Road por la cual los cuatro Beatles habían transitado 18 años, ocho meses y 23 días antes para la portada de su último álbum y que es el verdadero motivo de este texto. (No, sabichosos, no se manden a correr, Let It Be se grabó antes, pero se publicó después.) Así que me agencié una vez más la complicidad de mi socio Alc y convencimos a un chofer de la embajada cubana para que nos llevara a Abbey Road, todo más o menos en el sigilo de la clandestinidad y a espaldas del resto de nuestra nutrida delegación de generales y altos dirigentes, excepto Aldana, por supuesto, que también se las daba de “amplio” y que se detuvo un instante antes de abordar el coche de chapa diplomática no fuera ser cosa que la CIA lo retratara en esas poses de pepillo británico y decidió abstenerse de la incursión. El chofer nos tomó las fotos. Pero las del cruce sobre la cebra nunca salieron. ¿Impericia de fotógrafo improvisado, película vencida, famosa cámara costosísima adquirida por Alcibíades en el Líbano que era un bagre? Rumbo al carro, de regreso, con la satisfacción de los comandos que han arrasado dentro de un búnker enemigo y desconocedores de que solo había sobrevivido una imagen, el chofer nos dijo que teníamos cola. Un taxi negro. Unos bultos negros tras los cristales negros. Todavía hoy yo me pregunto qué habrán pensado los encargados de nuestro seguimiento al ver tan retozones y excitados en aquella esquina y muertos de la risa a las 11 de la noche a dos enviados del sanguinario, despótico, cruel régimen castro comunista.

En la mañana del 11 de Agosto de 1969, un fotógrafo escocés, Iain Macmillan, tomó las cinco instantáneas de George Harrison, Paul McCartney, Ringo Starr y John Lennon y escogió la única en que los cuatro avanzaban con las piernas en v invertida. La policía cerró el área por 10 minutos. Fue el tiempo que dieron al equipo beatleriano para no crear un tranque apocalíptico del tránsito en Londres. De modo que, cuando Alcibíades me llamó el pasado lunes para recordarme que era el 50 Aniversario de la veloz sesión fotográfica para la cubierta del disco, yo le pregunté, del modo más convincente posible: “¿Tú no crees que esos policías los traíamos en la cola para evitar que tú y yo también armáramos un tranque?”