LOS HECHOS
A las ocho de la noche del 26 de noviembre, en la casa del campesino Pedro Lantigua Ortega, finca Palmarito, barrio de Río Ay, en Trinidad, todo transcurría apaciblemente. De repente, los perros comenzaron a ladrar intensamente anunciando la presencia de extraños. Conociendo que la zona estaba infectada de alzados, Pedro Lantigua tomó su arma y salió para averiguar lo que ocurría, pero se encontró a un grupo de hombres vestidos de verde olivo que se presentaron como milicianos. El campesino se mostró confiado y bajó el arma, lo que fue aprovechado por un individuo que se encontraba oculto detrás de la puerta para desarmarlo. Al mismo tiempo, otro lo amenazó con agredir a la familia si intentaba ofrecer resistencia. Los intrusos eran alzados, fuertemente armados, bajo las órdenes de Julio Emilio Carretero, que irrumpió en la escena y preguntó por el brigadista. A pesar de haber sido desarmado, Lantigua intentó enfrentársele. Varios alzados se interpusieron entre los dos hombres. Carretero repitió la pregunta. En ese momento Mariana de la Viña Naranjo, esposa del campesino, con un niño cargado en los brazos, le salió al encuentro y cuando insistieron en que querían ver al maestro trató de protegerlo diciendo que allí solamente estaban sus hijos. Manuel Ascunce Domenech, de apenas dieciséis años, se encontraba comiendo en el interior de la vivienda, y al escuchar la discusión salió y, de manera desafiante, dijo: «¡Yo soy el maestro!» La actitud del jovencito exacerbó el ánimo de aquellos hombres. Mariana comenzó a forcejear con los alzados pero fue rechazada a empujones. Se llevaron a Pedro y a Manuel. Todo transcurrió con mucha rapidez. Mariana, aturdida, esperó un rato. Después salió en busca de ayuda y se dirigió a la casa de un vecino que se encontraba a unos tres kilómetros de distancia. Unas dos horas después logró avisar a la compañía de Milicias del teniente Manuel Monteagudo Consuegra, que salió en persecución de los alzados y en las primeras horas de la mañana encontró ahorcados a Pedro y a Manuel en un árbol conocido en esa zona con el nombre de bienvestido.
MARIANA
Yo estaba en la cocina cuando sentí a los perros ladrar y a mi esposo rastrillando la checa, cuando se aparecieron unos hombres disfrazados de milicianos y con unas mochilas hechas de saco.
Ellos dijeron «¡Hola, Pedro!», como si lo conocieran bien, y cuando Pedro les apuntó con el arma, dijeron: «¡Eh!, ¿vas a matar tus compañeros?». Cuando estuvieron juntos le arrebataron el arma y le dijeron que fuera con ellos.
Yo les pregunté que para qué lo querían, y me dijeron que lo necesitaban de práctico. Les contesté que si no habían necesitado práctico para llegar a nuestra casa (…) y comencé a forcejear con ellos hasta llegar al portón. A Manolo le preguntaron si era brigadista y yo les dije que él también era hijo mío, pero Manolo se les encaró y les respondió: «Yo soy aquí el maestro».
Entonces me vi perdida y hasta me dijeron que si no los dejaba tranquilos me iban a meter cuatro tiros por la barriga. Salí corriendo para la única casa que está cerca —a unos 2 o 3 kilómetros— de la nuestra a pedir auxilio.
EL JUEZ INSTRUCTOR RUBÉN DARÍO ZAYAS MONTALBÁN
Cuando llegamos al árbol, miré a Manuel: pelo negro, algo caído hacia la frente; los labios ennegrecidos, la lengua con un intenso color violáceo, con coágulos en sus bordes. Me llama la atención que no estuvieran sus globos oculares fuera de las órbitas, como sucede siempre en los ahorcados; ello me convenció que lo habían ahorcado casi muerto. Tenía también un profundo surco en el cuello, fractura del cartílago laríngeo, perceptible a la palpación del forense. Examinados sus órganos genitales, se observan contusiones, indicativos de haber sido sometidos a compresión y distorsión. Catorce heridas punzantes de distintos grados de profundidad.
A su lado estaba Pedro Lantigua: cabellos castaños, algo rojizos; hombre fuerte, el rostro cubierto de manchas, todo rígido, muestras visibles de haber luchado contra sus asesinos y señales de haberlo arrastrado muchos hombres, golpes, un surco equitómico en el cuello.
DEL RECONOCIMIENTO MÉDICO FORENSE
Catorce heridas punzantes en el abdomen realizadas en vida; una de esas heridas profunda y penetrante, contusión y signos de torturas en sus órganos genitales, contusión —con gran hematoma y derrame sinovial— en la región rotuliana izquierda, o sea, rodilla, signos de arrastre en regiones escapulares y glúteas, desgarraduras de la piel y, por fin, el surco profundo en el cuello que demuestra la muerte por ahorcamiento.
FIDEL
Un extraño inicio de discurso. 28 de noviembre de 1961. Teatro Chaplin. Clausura del XI Congreso de la Confederación de Trabajadores de Cuba. El rostro sombrío. Apenas saluda al auditorio. Solo un sucinto «Compañeros trabajadores». De inmediato:
En el día de hoy hemos recibido la noticia de que un joven brigadista alfabetizador, de 16 años, fue asesinado por elementos contrarrevolucionarios en la finca Palmarito, barrio Río de Ay, término municipal de Trinidad, Las Villas.
El joven se nombra, o se nombraba, o se nombra y se seguirá nombrando siempre Manuel Ascunce Domenech; estudiaba en la escuela secundaria básica América, de Luyanó; terminó el segundo año y comenzaría en enero el tercer año; el nombre de su padre, Manuel Ascunce Hernández, técnico laboratorista de la productora de superfosfatos de Regla. Junto con él fue igualmente asesinado un campesino, en cuya casa enseñaba el brigadista, cuyo nombre es Pedro Lantigua Ortega; deja siete hijos.
Según el informe recibido en la provincia de Las Villas, los hechos ocurrieron así:
El campesino Pedro Lantigua fue un revolucionario de siempre; por ello, al advenir la actual Revolución se integró a ella totalmente. Pertenecía, además, a las Milicias Nacionales Revolucionarias. La tarde de los hechos, es decir, en la noche de antier, a eso de las 6.00, se presentó a la puerta del bohío un individuo que le dijo a Pedro: «Tengo que hablar contigo, sal un momento.» El campesino salió al encuentro del que así lo requería: tras de él salió el brigadista, y después la esposa y un hijo de 14 años.
Al llegar todos afuera, vieron que allí había un grupo de individuos armados; el que había hablado con el campesino se dirigió ahora al brigadista y le preguntó quién era. Aunque la campesina, comprendiendo el peligro, trató de hacerlo aparecer como hijo de ella, este respondió que era el maestro. El facineroso entonces agregó: «Tú eres brigadista, ven también.»
En esos momentos el campesino parece que intentó hacer uso de su arma, pero todo fue inútil por la superioridad numérica de los asaltantes. Emprendieron la marcha, y la campesina con su menor hijo trató por tres veces de seguirlos. Una de las veces maltrataron al niño y en la tercera la amenazaron que si volvía le entrarían a tiros. La campesina esta vez permaneció un rato en la casa, y una vez que se hubieron alejado los asaltantes con los dos hombres de la casa, ella se dirigió al lugar de vivienda más cercano, a dos o tres kilómetros, y pidió ayuda narrando lo sucedido.
Al acudir vecinos del lugar al sitio donde ella vio alejarse a los hombres, encontraron colgados de un árbol al campesino y al brigadista.
DEL BURÓ DE BANDAS CONTRARREVOLUCIONARIAS
Sus ejecutores fueron Braulio Amador Quesada (principal ejecutor), ajusticiado [fusilado] tres meses después; Pedro González Sánchez, también ejecutado [muerto en combate] posteriormente, y Julio Emilio Carretero Escajadillo, en aquel momento jefe de una comandancia, y más tarde, jefe de la Comandancia General. Fue ajusticiado [fusilado] el 28 de marzo de 1964.
DEL DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD DEL ESTADO
El oficial Manuel de J. Zamora conoció [en 1969] que un hombre llamado Amado Turiño, de Limones Cantero, que ya había cumplido siete años de prisión como colaborador de la tiranía de Batista, estaba implicado en el asesinato. Zamora y el oficial Riquelme se entrevistaron en Casilda con Mariana y comenzaron a reconstruir los hechos del 26 de noviembre. La señora recordó que, unos minutos antes de que irrumpieran los alzados en su casa, la había visitado Amado Turiño y ella lo había invitado a tomar café, pero estaba tan nervioso que se le cayó el jarro de las manos. Se detuvo a este individuo, quien confesó que por órdenes de Carretero él había ido a la casa a comprobar si Pedro Lantigua se encontraba y si había algún miliciano.
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EULALIA TURI (LALY)
El día que asesinaron a Pedro Lantigua y Manuel tenía yo once años, cuando escucho —como todos lo de mi casa— tempranito en la mañana de ese 27 de noviembre, desde el camino real, anunciando que había ahorcado a Pedro Lanigua y al brigadista y que teníamos que irnos para Limones Cantero.
Yo que me había acostado deseando que amaneciera para que azaran el cerdo, ya en púa desde la tarde, para celebrar el cumpleaños 16 de mi hermano Primitivo. Estas cosas entusiasmaban mucho a los niños, que gustaban de que les cediera un ratico para darle vueltas a la púa. Era ese mi sueño. Pero todo se derrumbó.
Nos fuimos al camino real. Con nosotros Nilda Fraga, la joven habanera que alfabetizaba a mi papá. Allí esperamos que llegaran los demás brigadistas y familias de los alrrededores.
Bajamos a pie para Limones Cantero, unos 3 kilómetros.
Al pasar por Casa de Tabla, de donde finalmente se marcharían muchos de la brigada «Conrado Benítez», pues ya la campaña había terminado y todos los alfabetizados le habían hecho una carta de gratitud a Fidel. (Se conservan en el museo de la Educación en Ciudad Libertad.)
Mi madre me dejó en Casa de Tabla para que no viera los cuerpos asesinados, tendidos en la valla de gallos de Eloy Hernández, a poca distancia.
Todos los campesinos y brigadistas se mantuvieron junto a ellos, hasta que se llevaron a Manuel para La Habana, y a Pedro, me parece que para Trinidad.
Concluyó la alfabetización en esas circunstancias.
Había movimientos de tropas, persiguiendo a los bandidos que cometieron el crimen, en camiones y a pie, milicianos de la zona, todos en función de agarrarlos. Solo de eso hablaba la gente indignada por el abominable crimen cometido contra un niño y contra un vecino querido que solo tenía 42 años, pero el rigor del campo lo había envejecido un poco.
Después, a los muchos años, quizá seis o siete, fue doloroso conocer que Amado Turiño, uno de los vecinos más cercanos y estimados por Lantigua y Marianita, y también por los pobladores, fue la persona traidora, que sirvió a los bandidos, cuando por la tarde fue a casa de Pedro con el disimulo de recoger sancocho para los puercos, cuando en realidad fue a comprobar si ya Pedro estaba en la casa.
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II
Amado había estado preso por contrarrevolución, en Isla de Pinos. Había cumplido la sanción de poco tiempo y estaba de vuelta en la zona.
Lo que no supo la Seguridad del Estado es que Amado había sido cómplice del asesinato, hasta que descubren en Camagüey a un alzado que se había escapado del Escambray y con otra identidad se había ocultado en aquella provincia.
En la entrevista, el alzado delata a Amado.
La Seguridad vuelve a Marianita, la viuda de Pedro, para que forzara su mente sobre los detalles de la tarde antes de la noche del crimen.
Es entonces que Marianita reacciona y recuerda a Amado buscando sancocho, cosa que hacía otras veces, pero cuando ella le brindó café, a Amado le temblaban las manos a tal extremo que se le cayó el jarro y se le botó el café.
Entonces lo condenaron a 30 años de prisión, que no llegó a cumplir tras las rejas por cáncer desarrollado. A su avanzada edad le permitieron volver al seno de la familia hasta que murió.
EVELIA
He sido perjudicada por lo más grande que le puede pasar a una madre: la pérdida de su hijo. Se ensañaron con su cuerpo, un adolescente de 16 años. No soy yo sola, sino miles de madres con las garras del imperio clavadas en nuestras entrañas. No tienen perdón.
RAMONA
Esta casa antes de ser de Pedro Lantigua perteneció al dueño de esta finca, Manuel Lema, a quien se le alzan los hijos en contra de nuestro proceso revolucionario y cuando se firma la Primera Ley de Reforma Agraria le intervienen la propiedad. Tenemos objetos tanto del brigadista como del campesino, folletos de la alfabetización, la funda del revólver de Pedro, el farol del maestro, mesas, taburetes, vitrinas, camas y otras piezas pertenecientes a ambos. La vivienda, demolida en 1962, fue reconstruida de acuerdo con su característica original y ambientada totalmente. El 26 de noviembre de 1986, fue inaugurada como Casa museo en el aniversario 25 del asesinato de ambos mártires por bandas contrarrevolucionarias. Me llamo Ramona Rodríguez. Soy la veladora de la institución.






