viernes, 30 de julio de 2021

Mensaje para Biden

Dear Mr.President, la inclusión de Yotuel Romero entre los líderes que se entrevistarán con usted me disminuye como cubano. El señor Romero siempre se ha movido con la marea. No son lejanos los días que ofrecía conciertos en Cuba puesto que era gracioso hacerlo en épocas de Obama. Después vino Trump y entonces se dedicó a piratear la propiedad intelectual de artistas residentes en Cuba considerando que el exilio de Miami garantiza la impunidad legal. Debo entender que usted depende de consejeros para asuntos como este. Pero quiero expresarle, sinceramente, que está siendo mal aconsejado. El uso de un aparente elemento folklórico no le da colorido al episodio, y mucho menos dignidad a un diálogo tan necesario. Gracias por su atención. Norberto Fuentes.
PS: I´m an author, google my name.

martes, 27 de julio de 2021

domingo, 25 de julio de 2021

lunes, 12 de julio de 2021

No aprendieron nada de Fidel

Una entrevista de Cristian Bofill
          

1) ¿A qué atribuye las manifestaciones que están ocurriendo en Cuba, que aparentemente son las mayores contra el régimen desde 1959?

Cualquier país del mundo, con una situación menos crítica que esta, hace rato que hubiera conocido un estallido social. Pero allí está pasando exactamente lo que ese gobierno se merece. Y fíjate, Cristian, que digo gobierno y no revolución. Tú no puedes pasar del liderazgo de Fidel Castro al paso de tortuga de estos señores que Raúl Castro, el gran culpable de todo este desastre, puso al frente del Estado. Pero era su sueño. Regresar a los pasillos de la República. Hacer prevalecer por encima de todo las instituciones que la misma Revolución arrasó medio siglo antes.

2) ¿Piensa que Díaz-Canel tiene el liderazgo para contener las protestas?

No. No lo tiene. Las manifestaciones de hoy [domingo] lo demuestran de forma fehaciente. Una de las consignas más insistentes de los manifestantes es contra el gobierno negligente y su incapacidad de actuación. Están perdidos, por Dios. La otrora orgullosa potencia médica de Fidel ha sido incapaz de vacunar contra el Covid-19 a no más del 5% de la población. ¡Una población de unos 11 millones de habitantes! Y, además, en el hábitat de una isla. ¿Qué trabajo les costaba haberla cerrado? Pero se volvieron locos y dijeron, este es el momento para coronarnos como polo turístico. A dejar entrar a todo el mundo, empezando por el turismo ruso —uno de los países con mayor índice de infección.

3) ¿Qué papel puede jugar Raúl Castro? ¿Él sigue siendo la persona que manda en Cuba?

No sé si quiera jugar ningún papel. Su motto hace rato es, «ahí les dejo eso y arréglenselas como puedan.» Claro, si algo lo puede hacer cambiar de opinión, es que vea su propio pellejo en juego. Y donde él vea el peligro, prepárense, porque esa sí es una criatura despiadada.

3) ¿Las FFAA cubanas podrían intervenir como ocurrió en Polonia, cuando Jaruzlesky asumió el poder?

Si las Fuerzas Armadas Revolucionarias producen un golpe de Estado, yo creo que sería lo mejor que le pudiera ocurrir al país. Ese gobierno de todas maneras hay que cambiarlo. Pero no para cederle el poder a una contrarrevolución inculta y mal hablada. Es algo que tiene que venir de adentro. Digamos, desde las fuerzas internas remanentes de la Revolución.

4) ¿Cree que esto puede derivar un proceso como el que ocurrió en los países del Este Europeo previo a la caída del Muro de Berlín?

Olvídate de analogías, querido Cristian. La Revolución Cubana, como toda revolución auténtica, es sui géneris. Ella se inventó siempre a si misma. Ni Jaruzlesky ni Muro de Berlín. Todos esos eran países macerados por la bota soviética, apolismados por las esteras de las divisiones blindadas del Ejército Rojo. Los cubanos, por el contrario, estaban locos de contento con tener por lo menos una brigada soviética en el patio —para comprometerlos si los yanquis venían.

5) El régimen le ha atribuido responsabilidad a Estados Unidos por lo que está ocurriendo, como lo ha hecho siempre cuando hay dificultades. ¿Cuál cree que será la reacción de Estados Unidos?

Ese es uno de los tantos errores del gobierno cubano. Toda la culpa de sus vicisitudes echársela en cara a los americanos. Nadie dice que mientras en Cuba se padece de hambre, de escases de medicinas y de interminables apagones, ellos se dedican a construir los lujosísimos hoteles para extranjeros. Nadie detiene esas obras ni desvía un centavo de sus inversiones para paliar las miserias de la población. ¿Habrá alguien que les enseñe a dejar de quejarse?

¿Y los americanos qué van a decir? Bueno, hasta ahora Biden ha demostrado una enorme capacidad para ignorar las necedades.





domingo, 20 de junio de 2021

sábado, 12 de junio de 2021

Norberto Fuentes vs Heberto Padilla

Por Alejandro Armengol*


El libro. La primera línea. En una fecha temprana —7 de diciembre de 1959— del proceso iniciado con la llegada al poder de Fidel Castro, “Heberto Padilla inaugura en Cuba el lenguaje de la represión política contra los artistas”. La mención refiere a un artículo aparecido en Lunes de Revolución, de “condena a José Lezama Lima y el grupo de Orígenes por sus obras ajenas al proceso revolucionario”.

Y ya no cabe —no puede caber— duda al lector de que el poeta será nuevamente juzgado, analizado, puesto en la picota, en la persecución de detalles, hechos y datos que produzcan un desmenuzamiento que ayude a comprender lo ocurrido, antes después y durante los 37 días del arresto del poeta, entre el 20 de marzo y el 26 de abril de 1971.

“Es decir, 13 días de tenebroso arresto y 25 de chaucha”, escribe Norberto Fuentes en Un affaire para recordar, su último libro que acaba de ser publicado por la editorial Cuarteles de Invierno. Pero no lo dice él. Aclara que son palabras del propio Padilla en La mala memoria.

Escoger palabras, citas, momentos; ese viejo oficio del escritor se ejerce aquí con un arte despiadado, que transcurre entre el repudio y el desgarro. Se brinda una versión de lo ocurrido día tras día en Villa Marista, donde Padilla permaneció encerrado, y uno se pregunta: ¿pero eso fue todo? Más cuando la información de lo ocurrido a escritores y artistas durante el régimen estalinista es ahora tan amplia.

“Triste parodia de los procesos de Moscú”, así calificó Guillermo Cabrera Infante a la autocrítica de Padilla. Y ese afán de imitación —a veces convertido en pura farsa, otras de desemboque trágico— recorre a los protagonistas, figuras y figurines que forman esa casi obra de teatro del absurdo que es el “caso Padilla”. Absurdo político en consecuencia e intenciones, donde se reparte por igual el terror y la culpa, como escrito por un Shakespeare tropical y torpe.

“Reunión de Fidel Castro con los intelectuales cubanos, de donde surge su famoso lineamiento de permisibilidad a la actividad artística: «Dentro de la Revolución, todo, contra la Revolución, nada»”, escribe Norberto Fuentes, al igual en la primera página de su libro. De nuevo escoger palabras, señalar un hecho. Pero es una fecha en una simple cronología y todas las consecuencias se encontrarán después, más adelante en el texto.

“La revelación de [estas] divergencias marca el fin de la tregua de diez años entre la Revolución y el mundo artístico”, escribió Saverio Tutino en Le Monde con referencia a lo que estaba ocurriendo en Cuba con Padilla y Antón Arrufat.

¿Tregua?, ¿dejar pasar? El libro de Fuentes glosa otra historia. Si desde fines de octubre de 1968 Fidel Castro traza las pautas de lo que se debe decir sobre cada autor de cada libro que se publica y resulta potencialmente “problemático”, según sus criterios, la crítica literaria del país se estuvo ejerciendo al nivel político más alto, con independencia de valores y resultados. El “enigmático” y temido Leopoldo Ávila era el nombre sindicado de dos autores: Fidel Castro y Luis Pavón.

Pero escarnio, censura y afrenta no es lo mismo que la prisión. Y la detención de Padilla hace visible, sobre todo a los ojos de Europa, aquello que estaba latente o apenas invisible para los escritores y artistas, al considerar que su profesión era ara y no pedestal.

Fue esa mezcla de audacia y temor —que en ocasiones habita entre algunos intelectuales— lo que llevó a que Padilla trasladara los riesgos de la página a los comentarios con visitantes extranjeros, y a buscar incesantes contactos con el interior, pero sobre todo la debilidad que se convirtió en obsesiva por desarrollar el papel del intelectual soviético perseguido, acosado y hasta destruido. Por supuesto, contó en su auxilio con la mejor de las productoras a su alcance: el régimen castrista.

Que en lo personal el papel no se adecuaba a su físico y carácter es un objetivo que busca reafirmar el libro de Fuentes con mordaz firmeza. Leemos: “No han pasado tres horas de arresto, cuando Heberto, trasladado a su celda, irrumpe en llantos, llantos de altos decibeles”. Así, toda la detención del poeta pasa entre desmayos y alucinaciones, como un tránsito de la neurosis a la locura. Castigos, presiones, acusaciones, extensos interrogatorios, no parecen necesarios según el libro para obtener la culpa, que al parecer se acepta desde el inicio. La comparación en este punto, con los procesos de Moscú, debilita la imagen de Heberto Padilla que después de su muerte en Estados Unidos ha comenzado a crecer en un exilio de Miami que nunca lo aceptó.

Sin embargo, las tribulaciones de Padilla y Fuentes no ocupan la mayor parte del libro, que contiene la edición facsimilar de los boletines de la cancillería cubana sobre el caso Padilla. El lector tiene ante sí un documento reservado de la cancillería cubana —posiblemente la copia que perteneciera a Haydée Santamaría—, y “que en su época estuvo clasificado, solo para altos dirigentes y para la crema y nata del servicio diplomático cubano”.

Además de la transcripción más completa y fidedigna de lo acontecido la noche del 27 de abril de 1971 en la sede de la UNEAC, aquí hay desde extractos o textos completos de cables de prensa y artículos de periódicos, hasta las más diversas cartas sobre el caso Padilla, incluso el desglose de los intelectuales extranjeros que firmaron una, dos o ambas cartas de protesta enviadas por estos a Fidel Castro; quienes se arrepintieron de la firma, los que ampliaron sus criterios de rechazo a lo ocurrido o los que se manifestaron a favor de La Habana.

Además de constituir un material de primordial interés para investigadores y especialistas en general, para cualquier lector enterarse de la opinión entonces de cualquier escritor —por ejemplo, abundan los autores mexicanos— puede tanto satisfacer una curiosidad nueva como despertar dudas, e incluso modificar criterios sobre alguna que otra figura literaria.

Jorge Edwards, en su biografía de Pablo Neruda, Adiós, Poeta, escribe: '“A Fidel siempre lo encontré irritado frente a los escritores, desconfiado, como si ese precario poder que ellos manejan, el que les confiere el uso y el arte de la palabra, amargara de algún modo, en su núcleo más vital y sensible, el poder suyo”.

Edwards, “el escritor de mayor relevancia internacional vinculado con Padilla en La Habana hasta la misma noche anterior al arresto”, escribe Norberto Fuentes. Sin embargo, nadie lo menciona, su nombre no aparece en culpas y lamentos. Tampoco él figura en declaraciones, tras su salida presurosa de Cuba por esos días. El diplomático se apodera —aún más— del escritor, que esperará años para publicar un libro con su versión de los hechos.

Más allá de la discusión conocida, que intenta precisar hasta qué punto se impuso la práctica oportunista y cuándo termino la voluntad revolucionaria, lo que definió las primeras décadas del proceso revolucionario fue la imposibilidad de que los escritores pudieran escapar del debate político.

No se trata de confundir la labor del escritor con la del político. Un peligro siempre presente en un país donde uno de sus mejores escritores fue a la vez un héroe independentista y ha sido elevado a la santidad nacional, en la isla y el exilio.

Durante el mayo francés, Sartre reclamaba que el intelectual volviera a ejercer el papel desempeñado en el siglo XIX. Por décadas fue el fantasma de Sartre, y no el del comunismo, el más apreciado por los escritores cubanos. Hasta cierto punto no era una elección cuestionable, pero carecía de profundidad. Esa falta de rigor terminó por destruir más de una vida.

Cuando Padilla decidió presentar a concurso el manuscrito de Fuera del juego, escogió un lema para que le sirviera de seudónimo e identificación de la obra: “Vivir la vida no es cruzar un campo”. Se trata de un verso del poema “El huerto de Getsemaní”, que aparece al final de la novela El doctor Zhivago, de Boris L. Pasternak, a esa novela triste y luminosa donde el protagonista, de forma callada, reafirma en cada momento su lucha por su condición, aun a costa de su destrucción física.

Con información, ironía y desgaire, Un affaire para recordar no nos permite dejar de tener en cuenta lo ocurrido —desde los ángulos y matices más diversos— en ese año maldito para la literatura cubana que fue 1971.

Un affaire para recordar, de Norberto Fuentes, se puede adquirir en Amazon.

El texto central ha sido tomado del sitio Cubaencuentro (6/11/21) y se publica con permiso de su autor.

Las fotografías son de la Colección de Norberto Fuentes y está prohibida la reproducción. Arriba: Plano medio de Norberto Fuentes sentado a la derecha de Heberto Padilla. La toma debe corresponder a los primeros momentos del debate en la noche de la autocrítica, cuando los ánimos aún no se han caldeado. Todavía parece haber una comprensión entre los dos escritores, un entendimiento. Abajo: Miami, circa noviembre 1994. Heberto Padilla y Norberto Fuentes en el estudio del fotógrafo Iván Cañas. ¿Finalmente un entendimiento?

lunes, 7 de junio de 2021

Las cosas dignas de verse en Naples, Florida

(La mosca se ha posado en el vidrio)