viernes, 3 de abril de 2020

¡En el cuello, muchacho! ¡En el cuello!


Mi papel como “descubridor” de Padroncito está más o menos documentado. Me refiero a Juan Padrón, el creador de nuestra pachanguera raza de vampiros cubanos y del aguerrido coronel mambí Elpidio Valdés. Me quedo con los vampiros, por supuesto. ¡Esa imagen suya del imberbe vampirillo ante el dilema de dónde hincar sus colmillos es un clásico! Tan buena, y tan recondenadamente criolla la apetencia, que el mismo Padroncito la usó todas las veces que pudo. La de aquí arriba ha sido recuperada de un fotograma del primero de sus dibujos animados para el ICAIC que él titulaba Filminutos. La original, en blanco y negro, apareció en una edición del tabloide Ja Já de enero de 1971. Después hay otra impresa, de briosos colores, de la que no conservo la fecha ni lugar de publicación, y después una tercera que ilustró la invitación para una exposición suya llamada “Tan fiero como lo pintan”. En esta última, sin embargo, es el viejo —¿padre? ¿mentor?— vampiro el que llama la atención de su —¿discípulo? ¿hijo?— vampiruelo hacia la región de la yacente y ajena a todo durmiente, en donde debe proceder con el obligado ritual instaurado por el avieso conde de Drácula, y que esta noche no es en el cuello precisamente. Tampoco hubo nunca un segundo cartón post-mordida. Padroncito se quedó debiéndonos esa. ¡Porque… Qué brinco debe haber dado la mozuela!

Bien, pues, a lo que iba. El poeta y crítico Nelson Herrera Ysla nos habla en la revista Revolución y Cultura de los comienzos de Padroncito y nos dice: “Siendo más joven de lo que él imaginaba, un día de 1963, Norberto Fuentes le disparó a quemarropa la posibilidad de trabajar para la revista Mella junto a un nutrido grupo que ya se encontraba en la importante publicación de la juventud cubana… y no le pensó tres veces… En La Habana se unió a Virgilio, Roberto Alfonso, Rostgarrd, Fundora, Newton Estapé, Víctor Casaus, y a un notable dibujante que luego se dedicó a componer canciones, y tocar bien la guitarra: Silvio Rodríguez. Todos hacían una página memorable llamada ´El Hueco´…”


Francisco Blanco, otro historietista cubano, también conocido por su nombre en diminutivo, “Blanquito”, que tiene —hasta donde yo conozca— el único blog de memorias sobre las historietas en la Revolución cubana, nos ofrece una interpretación parecida: “Norberto Fuentes, de revista Mella, invitó a Padrón a colaborar con ellos. Le ceden la sección El Hueco. Uno de los gurús de la Nueva Trova Cubana, Silvio Rodríguez, fue allí un aprendiz de dibujante que renunció por jerarquización de intereses.” (Ver este link).

Hay otros tres casos en los que, para cumplir con la norma de la actual historiografía de la isla, deciden eludirme. Paquita de Armas, en La Jiribilla, lo cuenta así: “En 1963 [Padroncito] conoció a Silvio Rodríguez (el músico) en El hueco. Ambos colaboraban con la revista Mella y se alternaban en dibujar para la página semanal El hueco. Entonces Silvio aprendía a tocar guitarra.”

Luciano Castillo, en una página del festival de cine (www.habanafilmfestival.com): “Los dibujantes de la revista Mella, a la cual el aficionado Padrón comenzó a enviar sus caricaturas para la sección ´El hueco´, como también a Bohemia, se percataron del talento natural de aquel muchacho. Para él fue un entrenamiento brutal concebir desde 1963 entre 20 y 30 caricaturas de variados contenidos cuando Virgilio Martínez le asignó la página semanal, tras marcharse los antiguos encargados: el fotógrafo Newton Estapé y Silvio Rodríguez, que optó por la guitarra.”


En otro barrido de lechada con brocha gorda sobre mi nombre, Paquita de Armas nos refiere que Padroncito “comenzó a dibujar en el suplemento Mella. La historieta se llamaba El hueco, era de humor, con un pie forzado en una sección fija titulada ¿A usted nunca le ha pasado esto? En la oquedad (por no decir hueco) trabajaron distintos guionistas y dibujantes. Padroncito, Virgilio Martínez (el maestro) y Silvio Rodríguez (el trovador) se encargaban de dibujar.”

Aparte de la gracias que me causa la línea donde Paquita menciona que Padroncito conoció a Silvio en El Hueco, como si se tratara de un sitio, un lugar geográfico, cito estos últimos tres casos por una razón más poderosa que el intento de restaurar mi presencia en el cuadro. Se trata de corregir errores de una narrativa que, en términos generales, en Cuba, ya comienza a estar viciada por dos contrafuertes de la verdad: el dictado político y la historia contada de oídas. En lo que a mí respecta, eso va desde la guerra de Angola (donde ya, según la versión oficial al uso, ni Arnaldo Ochoa ni las Tropas Especiales del Ministerio del Interior estuvieron allí ni decidieron nada en el terreno) y la lucha contra bandidos (¿Tomassevich? ¿Tomassevich qué?) hasta algo que puede ser el colmo de la puerilidad: la paternidad de una tira cómica tan absurda y que se llamaba El Hueco.


Porque ni Virgilio le asignó ninguna página de El Hueco, ni Newton Estapé era fotógrafo (era hijo del fotógrafo del mismo nombre), ni en esa página trabajaron distintos guionistas y dibujantes (yo fui su único guionista hasta mi reclutamiento de Padroncito, además de que inventé la página y establecí toda su conceptualización), ni Silvio y Padroncito alternaron nunca nada en esa publicación, y, lo mejor de todo, Silvio nunca “optó” por la guitarra ni se la echó al hombro y abandonó la mesa de dibujo arrimada a la de su venerable maestro Virgilio por una “jerarquización de intereses”.

A Silvio Rodríguez lo botaron del Mella, señores. ¿Puedo decir botamos? De patitas en la calle.

No cabe duda de que esto significaría una acción afortunada para el devenir de la música cubana pero quizá mucho mejor para el legado de las historietas de la misma nacionalidad, siempre pujando por levantar cabeza. Silvio era un espantoso dibujante. Peor que eso, resultaba sumamente indisciplinado aún para los estándares super liberales del Mella, donde señoreaba un personal tan exuberante como Guillermo Rosales, Manolito Casanova, el cojo Sixto Quintela y un servidor. Y aquí es donde Padroncito entra a jugar.

No sé cómo se enteró que yo estaba a cargo del suplemento de historietas del Mella (aparte de mis empeños como reportero de guerra; no sonaba un tiro en cualquier lugar de ese país que yo no me echara a cuestas al fotógrafo Ernesto Fernández y saliera disparado para allá). Padroncito vivía en Cárdenas, desde donde me enviaba sus muestras de dibujos por correo regular. Eso coincidía con la agonía de Silvio y su inestabilidad y tenernos siempre el suplemento en vilo.

En quién recayó la ingrata tarea de decirle al jovencito que se fuera (literalmente) con su música a otra parte permanece ahora en el limbo de la memoria. Debe haber sido Carlos Quintela, el director de la publicación, con su nariz quebrada de exboxeador y su voz baja, ronca, inapelable. Pero siempre después de un acuerdo con Virgilio y conmigo. Tampoco puedo decir que empleara la violencia verbal que antecede a los dos párrafos anteriores. En una época de redención no se bota. En definitiva no éramos crueles e insensibles capitalistas. ¡Y para la plusvalía que nos reportaba Silvio!

Nos encontramos en la segunda semana de agosto de 1963 y el desaguisado coincide con la instauración del servicio militar obligatorio (SMO) en Cuba. El equipo de Mella, y Silvio entre los primeros, había tomado mal las señas sobre la leva que inauguraba el país. Lo interpretamos (¡ese entusiasmo de circo romano!) como una fórmula de castigo contra jóvenes desafectos y el lumpen. De modo que, al encargo mío de un Hueco sobre el SMO, él dirigió su trabajo en esa dirección. El último Hueco de Silvio, publicado en el número 23 de nuestro suplemento gráfico el 18 de agosto de 1963, fue como una premonición de su propio destino.

Último El Hueco de Silvio (casi una premonición de su futuro inmediato),
suplemento gráfico de Mella número 23, 18 de agosto de 1963.
Las palabras de nuestro director fueron de felicitación por la nueva tarea que se le asignaba y sin que faltara el consabido estribillo de que pusiera en alto el nombre del colectivo del Mella. Era una misión. Fue la vuelta que se le dio. Y de cabeza para el ejército.

Entonces acudimos al muchacho que nos estaba enviando sus materiales desde Cárdenas, la villa a unos 120 kilómetros al este de La Habana. Recuerdo haberlo entrevistado en un viaje que hizo a la capital y que le pregunté si el podía hacerse cargo de El Hueco. Aceptó de inmediato. Pero solo con una condición: teníamos que buscarle dónde vivir en La Habana. Me pareció razonable y no preciso ahora de qué manera Carlos, al que ya había convencido de que Padroncito era nuestro hombre, le agenció “algo” con la dirección nacional de la Juventud Comunista (de la que Mella era su órgano oficial). Yo, por mi parte, le puse también una condición: él tenía que hacerse cargo del guión. Dibujos y guión. Todo.


¿Salario? Sabe Dios qué se le pagaría. Además, en esa época no se le llamaba salario. Se seguía la tradición de retribución comunista establecida por el Partido décadas atrás. La “ayuda”. El Partido te daba una ayuda de acuerdo a tus necesidades. Mi ayuda durante mis dos primeros años de trabajo en el Mella era de 75 pesos al mes, porque se tomaba en cuenta mi edad (17-18 años) y que yo vivía con mis padres. Después que me casé, en octubre del 62, me subieron la ayuda a 140 y me dieron un radio (“los matrimonios deben tener su propio radio”, me dijo Carlos, admonitorio. Mi padre, empero, fue brutal: “Cásate, para que veas lo que es fornicar sin ganas”). Calculo que en el caso de Padroncito, aunque más o menos de la misma edad, pero viviendo solo en La Habana, y pese a que la Juventud le diera albergue, su ayuda se montaría en lo mismo que yo de casado y hasta un poquito más.

Fraternos veteranos. Jueves 5 de diciembre de 2013. Padroncito recibe de manos
de Silvio el Coral de Honor —un reconocimiento del Festival de Cine de La Habana—
por sus 50 años de vida artística. Un nieto de Padroncito sostiene la presea.

Padroncito comenzó su producción huequística dos semanas después de la salida de Silvio de nuestra redacción en el cuarentón edificio de Desagüe 109/110, una vez ocupado por el periódico Noticias de Hoy. La verdad es que se sintió de inmediato. Llenó de frescura y de su ingeniosa pillería una idea que no dejaba de ser audaz pero que comenzaba a languidecer en las manos de Silvio y mías. Sobre todo, Padroncito despolitizó a todo meter la entrega.

Un poco mas tarde, en diciembre de ese año, yo salí de Mella y busqué otros horizontes en la revista Cuba y en el periódico Noticias de Hoy, ahora sí decidido a convertirme en el mejor periodista de la Revolución cubana, y si lo logré o no, les doy la respuesta de Jerry Lee Lewis, el Killer, uno de mis héroes rocanroleros: “Baby, solo tienes que mirar mis récords.” Así que mis encuentros con Padroncito se hicieron esporádicos y cuando nos tropezábamos en la calle, hasta que un día me entero de que había establecido residencia en la URSS y que había regresado con una mujer rusa y además me estaba solicitando que lo dejara vivir en mi apartamento con Haydee hasta que él resolviera dónde meterse. Mi huésped Padroncito. Ahora sin guión y sin hueco. Padroncito y su tragedia de vivir sin techo. Un cubanito del que se ha dicho que solo es comparable a Walt Disney permitió que casi todos los 50 años de su vida profesional transcurrieran sin un techo seguro donde cobijarse y donde, quizá, poner una mesa de dibujo.

Primer El Hueco de Padroncito, suplemento gráfico de Mella número 26, 7 de septiembre de 1963.

Recuerdo dos cosas de su estancia como mi huésped, y alrededor de mi mesa de comedor. Que me regaló un ejemplar de bolsillo de la novela de Joseph Heller Cash 22 (que todavía debe conservar mi hermana en mis libreros de Cuba) y su cuento de cómo se hizo rico en la URSS de Leonid Brezhnev. Compraba unos oscuros, pesados cascos de motociclista y valiéndose de unos pinceles y pomos de tinta (“Supermán y El Príncipe Valiente se pintaban a pincel, mi hermano”, explicaba) y unos marcadores, los decoraba con unos raudos supermanes y Batman y con Tarzán dándose golpes en el pecho, listo a lanzar su tamangaríííí de combate, y Flash Gordon y rayos y centellas e inscripciones como El Diablo de la Carretera de Volokolams o Más Maldito que Rasputín y luego no sé qué tratamiento de cerámica al fuego les daba y al final se paraba delante de una de las Sporstisnie, tiendas de efectos deportivos donde los hijitos de papá soviéticos retozaban y alardeaban con sus Mink, Vostok y Nieper, que les salían en unos 200 rublos, y las favoritas de aquella generación, con su sólida impronta militar desde que comenzaron a producirlas en 1941 para el Ejército Rojo bajo la denominación M-72, en su variante civil desde 1950, las IMZ-Ural, ya ésta un poco más carita —unos 250 rublos, en todos los casos sumas prohibitivas en el Moscú de mediados de los 60. Y ahí mismo, con un Batman bajo el sobaco y con displicente mirada de los apacibles atardeceres a su alrededor, Padroncito enganchaba su clientela, decenas de vástagos de la nomenclatura que le llegaron a hacer cola. Una inversión inicial de unos 20 rublos —casco incluido (15 rublos) y pinceles y tiempo de horno—, se convertía de inmediato en una ganancia del 300%.

Poco probable que quede uno de esos cascos dando vueltas por el vasto territorio de la antigua Unión Soviética. Pero el Supermán presto a romper la barrera del sonido sobre la visera de plexiglás del artilugio fue obra de un artista cubano que el pasado 24 de marzo decidió dejárnosla en la mano después de 50 años de fumarse 40 cigarrillos Populares al día y con el solo alivio de los litros de whisky tributados por sus compinches de la farándula cinematográfica extranjera de paso por La Habana en aquella época monopolizada por el ron y el aguardiente.

Hubiéramos podido brindar hoy con cualquier de los licores conocidos. Silvio, el trovador por excelencia y en concierto a estadios llenos en cualquier capital del mundo. Padroncito ranqueado al nivel de Walt Disney y realizador de Vampiros en La Habana, uno de los filmes de culto de la cinematografía latinoamericana. Y yo reconocido como el cronista de la Revolución cubana. Los tres veteranos de El Hueco. En agosto de 1963 cada cual cogió su camino. “My, my… —como exclama Lena Grove en la línea final de La mansión de Faulkner— A body does get around. Here we aint been coming from Alabama but two months, and now it’s already Tennessee.” Lejos. Llegamos lejos. Yo diría que más allá de Tennessee.

PS: Por supuesto, mi viejo nunca dijo fornicar. Nadie emplea ese vocablo en Cuba. Creo que incluso es penable con años de cárcel, actos de repudio y empalamientos. ¿Pero qué quieren que haga en un blog que considera la presencia de damas entre sus lectores? Y yo sí no quiero líos con el Mitú.

jueves, 2 de abril de 2020

El momento de Fidel

Ilustración de Granma.

viernes, 20 de marzo de 2020

domingo, 15 de marzo de 2020

Lo malo de saber leer

No conozco otra escuela anterior del anticomic en el mundo. La empezamos un puñadito de muchachos en la revista Mella, que era una revista mensual de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, una agrupación cubana sucedánea del Komsomol. Nos habían dado el edificio del periódico comunista Hoy, que tenía para nosotros el encanto heroico de haber sido uno de los blancos favoritos de la policía de Grau, Prío y Batista.

En el tercer piso, al fondo, nos reuníamos. Lázaro Fundora, uno de los coloristas, tenía una guitarra y cantaba un rock en español llamado “Los fantasmas”. Silvio Rodríguez, al que todavía Lázaro no le había enseñado a tocar guitarra, tenía la misión de dibujar “El Hueco: Una historieta muy profunda”, que era una serie de mi invención y para la que yo producía los guiones. En aquella época de primeros contactos con el marxismo, todo debía ser profundo. Así que rápidamente comenzamos a burlarnos del concepto. ¿Y qué cosa más profunda que un hueco del que no se sabe dónde tiene fondo?

Otro personaje era Guillermo Rosales, que abandonó su carrera en el servicio exterior para escribir el guión de una historieta sobre la batalla de Dien Bien Phu. ¡Por primera vez en un comic ganarían los vietnamitas! Y estaba Virgilio Martínez, que venía de la tropa del Partido y que, para despistar, firmaba sus caricaturas en la prensa clandestina con el seudónimo de Laura. Un mulato bajito y con unos espejuelos de fondo de botella, que no asomaba ningún rasgo femenino pero por cuyo nombre de guerra nosotros identificábamos cuándo lo saludaba un viejo camarada. Laura, en su mesa de dibujo barnizada, color nogal, compartía su jornada entre la producción de historietas, para las cuales yo también le proveía los guiones, y la confección y encuadernación de unos impecables pasaportes extranjeros. Pasaportes falsos, no sé si me entienden.

Isidoro Malmierca, entonces jefe de la Seguridad del Estado, se encargaba de suministrar los rollos de papel del pasaporte cubano, pero vírgenes, así como las tapas, amén de los modelos a copiar. “Laura —le decía a Virgilio, y desde sus fríos ojos azules no soltaba un solo destello de amabilidad—. Laura, necesito tres de Venezuela y uno de Costa Rica.” Ese era el ambiente que había allí, en el tercer piso de Mella, a medio camino entre los estudios de Walt Disney y los cuarteles del KGB.

Yo llegué a ser el director del conglomerado, el de la parte creativa me apresuro a aclarar, nada que ver con los negocios de Malmierca y la subversión continental. Mi primer trabajo fue una historieta a dos páginas que, en un gesto considerado por mí mismo de una audacia enorme, carecía de título. La idea básica era el regreso de la Brigada 2506 a las costas cubanas y lo que ocurriría de ellos ganar. Su título de trabajo: “Si los brigadistas volvieran”.

Se publicó en el número de noviembre de 1961. Todavía los brigadistas capturados en el cenagoso entorno de Bahía de Cochinos estaban presos en la cárcel provisional que les habían instaurado en el Hospital Naval, al este de La Habana y faltaba como un año para que los juzgaran y unos meses más para que Kennedy pagara una indemnización en compotas y maquinaria agrícola a cambio de su liberación. Mi historieta tenía dos o tres cuadros muy buenos. El que más me gustaba era el de un Trucutú (el famoso personaje de la edad de piedra de los comics gringos) que se presentaba, garrote al hombro, antes unos campesinos con el objeto de ¡analfabetizarlos! Es decir, devolverlos a su estadio prerrevolucionario de iletrados. Se trataba de una recreación de la restauración contrarrevolucionaria en Cuba.

De modo que, mirando los debates por la nominación presidencial demócrata y los reproches a Bernie Sanders desde el bando de Joe Biden tan abundantes en estos últimos días en la WEB, y viendo lo que, de hecho, ha estado en sus mentes, ha sido inevitable la reactivación de esta memoria y que yo se las traiga a colación. Sobre todo, la que me toca más de cerca, los ataques a Sanders por las virtudes exaltadas por él de la campaña que erradicó en menos de un año el endémico analfabetismo cubano. No se pierdan el artículo de Newsweek que trae por los pelos a dos cubanos para denunciar la alfabetización como una operación de control policiaco, o más siniestro aún, como una ópera masiva de adoctrinamiento comunista. No les adelanto nada. Véanlo por ustedes mismos: "Bernie Sanders Is Wrong to Praise Castro's 'Literacy Program.' Two Cuban Americans Explain Why”, por Lee Habeeb, en la página electrónica de Newsweek, colgado el 11/3/20 a las 10:38 AM hora estándar del este.

Los dos cubanitos y sus argumentos sobre el crimen: Yuri Pérez, identificado como estudiante: “Yo fui forzado a aprender a leer y escribir por maestros que me lavaron el cerebro enseñándome a escribir la 'F' por 'Fidel,' y la 'C' por 'Castro'.” Crueldad sin límites, sin duda. Y Armando Valladares, que todavía se le están saliendo de los bolsillos los panes de explosivos C-4 pero que se identifica como poeta: Cuando le exigieron que pusiera sobre su buró el slogan “Estoy con Fidel”, él se negó. Y ahí mismo le colgaron 30 años, los primeros ocho en una celda tapiada y desnudo. En verdad, yo no sé qué tiene que ver esto con la campaña de alfabetización exaltada por Bernie, pero es el ejemplo de Newsweek.

Poco ha cambiado para estos personajes y situaciones de hace más de 50 años. Mi historieta, que entonces surgió como comedia, ahora se repite como patología.


Versión actualizada y ligeramente ampliada del texto “A los dos días, solo dos” colgado el 11 de agosto de 2007 en mi blog de corta duración Mi leña al fuego adjunto a la página WEB de El Mundo.es

domingo, 1 de marzo de 2020

¿Alguna vez existí?

 

Mensaje a la redacción de Granma:

Estimados colegas, ¿existe alguna razón editorial o de origen político que los obligue a eludir mi nombre como autor de la entrevista a Anastas Mikoyán (Granma, viernes 28 de febrero de 2020)? La historia nunca gana cuando los cronistas escriben con la punta equivocada del lápiz: con la goma de borrar. De cualquier manera contribuyo a continuación con los créditos olvidados por ustedes y la respuesta íntegra del dirigente soviético que se encuentra al final de mi entrevista.

MÁS VALE VER UNA VEZ QUE ESCUCHAR CIEN

ENTREVISTA CON ANASTAS MIKOYÁN

Por Norberto Fuentes

* Revolución y Cultura, mayo 1978.

Norberto Fuentes: ¿Qué puede decir de su amistad con el compañero Fidel Castro?

Anastas Mikoyán: Considero que el compañero Fidel Castro es una de las personas más brillantes de las que el destino me ha llevado a conocer en muchas décadas.

Desde el primer momento de nuestro encuentro comprendía que este era un hombre excepcional, a quien no le ajustaban los patrones que conocía de los estadistas extranjeros. Y soy una persona que ha conocido a muchos de ellos... En poco tiempo comprendí que el compañero Fidel poseía la voluntad indoblegable del revolucionario, singular integridad y honestidad personal, gran inteligencia y una concepción del mundo genuina y muy personal. Desde las primeras charlas en torno a las vías de la revolución, la situación internacional, el marxismo, comprendía que era un hombre de juicio profundo, con una instrucción formidable y que pensaba de una manera clara y lógica, pero que al mismo tiempo era capaz de escuchar con atención y aceptar los argumentos y consideraciones de los demás. Como es natural, todo esto me predispuso a su favor.

Durante mi primera visita a Cuba nos veíamos casi diariamente por espacio de muchas horas y en las más diversas situaciones: en la mesa de conversaciones en La Habana, en la playa de un pequeño islote en el mar Caribe, con una arena blanca como la nieve; en el mitin de un molino arrocero en Camagüey; en la laguna del Tesoro y con las varas de pescar en las manos; en las nuevas obras en construcción en Santiago de Cuba, entre los tabaqueros de Pinar del Río, en la cúspide del Pico Turquino y en una granja ganadera en Isla de Pinos... Convenga conmigo, que, en circunstancias como estas, sólo nueve días son suficientes para valorar a una persona y comprenderla cabalmente, para sentirse con desenvoltura y experimentar por ella confianza, simpatía y respeto.

Y claro, después nos volvimos a encontrar muchas veces: de nuevo en La Habana en noviembre de 1962, luego en Moscú, en la primera visita de Fidel entre abril y mayo de 1963. Entonces estuvo de visita en mi casa. Recuerdo cómo mis hijos y nietos se maravillaban por haber visto de cerca al legendario héroe revolucionario y haber hablado con él. Ellos guardan celosamente las fotografías tomadas en aquella ocasión.

Todos estos encuentros y los que les sucedieron no hicieron más que acentuar mi respeto, mi disposición y mis sentimientos de amistad hacia el líder de la Revolución cubana.
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Fotos agregadas en este blog: De 1925 a 1960. Un político para todas las circunstancias.



jueves, 13 de febrero de 2020

Aviso



Vean la entrevista en el programa de Camilo Egaña
el viernes a las 9:00 PM EST en CNN en Español.

lunes, 10 de febrero de 2020

Malos tiempos para Hemingway

Por Juan Carlos Laviana


A Raúl Rivero, poeta cubano olvidado en
Madrid, que vivió de cerca esta historia.

Este siglo no quiere a Hemingway. No hay sitio para el macho, el misógino, el cazador, el pescador, el bebedor, el comunista contradictorio, el violento, el amante de las armas, el mujeriego, el devoto de los toros y la sangre, el hombre de acción, el aventurero, el suicida sin causa. Este siglo es olvidadizo y cruel.

Imposible determinar cuántos de estos rasgos de la personalidad del escritor son reales o mitos creados por él mismo. En cualquier caso, resulta difícil perdonar a Hemingway la traición a su amigo John Dos Pasos, justificando el asesinato de su traductor, el español José Robles. El siglo no perdona que fuera un mal norteamericano. No perdona que fuera un mal comunista. No perdona sus grandes mentiras de los San Fermines, según el nuevo libro de Miguel Izu. No perdona que fuera él mismo, por encima de todas las causas. El siglo XXI es incapaz de hacer justicia con su padre, el siglo XX, de poner el pasado en su contexto, de disfrutar de los divinos cuentos de don Ernesto sin tener en cuenta los pecados del hombre, pecados que lo son hoy, pero que tal vez ayer fueron virtudes.

Hasta La Habana —la ciudad donde se sintió más querido— parece haberle olvidado. Su recuerdo se limita a la placa en el Hotel Ambos Mundos; la estatua que sigue impertérrita apurando daiquiris en la barra del Floridita; y las atiborradas paredes de La Bodeguita del Medio. Santuarios para el selfie en compañía de un viejo que empieza a no decir nada a las nuevas generaciones. Trasladarse a Finca Vigía, o al barrio de pescadores de Cojímar, es una odisea exclusiva para el viajero empecinado, siempre que antes logre convencer a un taxista para que se salga de las estrictos muros de La Habana Vieja.

En medio del galopante olvido de Papa, como le llamaban los cubanos, llega a España un volumen imprescindible para profundizar en su figura: Hemingway en Cuba, obra capital del cubano Norberto Fuentes (1943), rescatada por la editorial Arzalia a finales del pasado año, treinta y cinco años después de que fuera escrita.

Encuentros y desencuentros con Fidel Castro

La vida de Fuentes, ahora en Miami, ha sido un rosario de encuentros y desencuentros con el castrismo. Militante activo de la revolución, muy próximo a Fidel, padeció un ostracismo de quince años tras publicar su desafiante libro de cuentos Condenados (1968), tiempo que aprovechó para rastrear las huellas de Hemingway. La biografía le rehabilitó —mucho tuvo que ver el prólogo de García Márquez— hasta convertirse en uno de los escritores más valorados por el régimen. Incluso fue condecorado por su participación en la campaña de Angola junto a las tropas cubanas.

En 1989, tras ser involucrado como disidente por el poeta Heberto Padilla (En mi jardín pastan los héroes), volvió a caer en desgracia. Intentó abandonar la isla en balsa, pero fue detenido. La presión de una interminable huelga de hambre le facilitó el exilio, otra vez con la ayuda de García Márquez y el empujón definitivo del entonces presidente español, Felipe González. Su obra no es fácil de conseguir hoy en La Habana. En diciembre, sólo un ejemplar mugriento, deslavazado y deshilachado de su Hemingway intentaba sacar la cabeza. En el mercadillo de segunda mano junto a la plaza de Armas, asomaba tímidamente, perdido entre proclamas del Che y de Fidel, insignias soviéticas, y baratijas comunistas.

Un reportaje encarnizado y clarificador

García Márquez, en el prólogo, califica el libro de Norberto Fuentes como “reportaje encarnizado y clarificador que nos devuelve al Hemingway vivo y un poco pueril”. Un reportaje sobre el reportero, profesión que permitía al vividor apurar la vida a grandes tragos, un niño siempre en pantalón corto, gordo y de apariencia a la vez torpe y atlética, que convirtió su vida en un juego infantil para hombres duros.

Fuentes detalla los años de vida de Hemingway en La Habana a través de los testimonios de los más próximos, de los amigos supervivientes, del inmenso caudal de viejas biografías. Pero La Habana fue solo un punto de partida para Hemingway, y lo es para el relato de Fuentes, quien, partiendo siempre desde el refugio de Finca Vigía, viaja por la vida del escritor. Viaja por sus encuentros y desencuentros con Gertrude Stein y Scott Fitzgerald en el París de la gran fiesta de la Generación Perdida. Por la sabana africana, en busca del más feroz de los leones bajo las nieves del Kilimanjaro. Por la España en guerra, entre las trincheras y las plazas de toros, entre el hambre y las juergas salvajes de Chicote y el hotel Florida, ahora rescatado del olvido por Alfonso Armada. Hasta llegar a Idaho, donde acabó con el dolor insufrible del aventurero, varado por la enfermedad, con un disparo certero de su escopeta favorita. Cumplía así con el destino familiar, siguiendo los pasos de su padre y dos hermanos, también enfermos y suicidas.

La guerra como aventura total

Durante la guerra civil española, Hemingway cobraba quinientos dólares por cable y mil por artículo. No estaba mal. Lo que pasaba en España le provocaba una excitación nueva, un objetivo vital transcendente, por encima de la caza mayor en África, o la pesca de altura en la corriente del Golfo. España fue la aventura total para un adicto impenitente a la aventura. Fuentes precisa su papel en la guerra citando a Hugh Thomas, quien afirmaba que la labor del escritor “excedía” a los deberes como simple corresponsal. Entrenaba a reclutas y entraba en acción si era necesario y hasta se inmiscuía en decisiones de estrategia militar.

La guerra como teatro de operaciones de la gran aventura humana iba más allá de la pasión por el bando propio. Hemingway estaba poseído por el fervor comunista, que le llevó a traicionar a su amigo Dos Pasos y a justificar el fusilamiento del traductor español José Robles. Pero Hemingway, con sus contradicciones y esa puerilidad que resaltaba García Márquez, respetaba al enemigo, como el torero respeta al toro o el cazador al león. Lo demuestra recorriendo los campos de la batalla de Guadalajara, sembrados de cadáveres de jóvenes italianos. Fuentes recoge las palabras del primer biógrafo, Carlos Baker, en las que se revela cómo Hemingway admiraba al oponente:

“Habían muerto valientemente, víctimas de amas superiores…
No parecen demonios fascistas… Eran víctimas”.

En el desembarco de Normandía y la recuperación de Europa para la libertad, también participa más como combatiente que como corresponsal. De hecho, estuvo unido a grupos de la resistencia que iban por delante del ejército norteamericano. Su labor militar contra el fascismo se completó desde Cuba, donde a bordo de su yate pesquero, el Pilar, se dedicaba a la caza de submarinos de la Alemania nazi. Según cuenta Fuentes, patrullaba más de 600 kilómetros con un buen cargamento de whisky, granadas de mano y ametralladoras.

La intimidad creadora del escritor

El libro ofrece también sabrosos detalles de la intimidad creadora del escritor. Cansado de las continuas visitas a Finca Vigía, que llegó a ser el centro cultural de La Habana…

…“se refugiaba a escribir en cayo Paraíso, cargaba con su Royal portátil, una buena provisión de papel gaceta y su media docena de lápices del número dos. Allí se escondía de los periodistas”.

Celoso de su intimidad, Hemingway no se cansó de repetir que los grandes enemigos del escritor eran el teléfono y las visitas inoportunas. Argumento que igual servía para otra de sus grandes pasiones, el trago: “Cuando un hombre bebe —escribió—, nadie tiene derecho a molestarlo”.

La literatura de Hemingway está íntimamente ligada a la realidad. Resulta difícil deslindar al periodista del escritor. Trasladaba lo vivido a su narrativa. Fuentes va relatando minuciosamente cómo muda su propia vida a las páginas. Su experiencia en la corriente del golfo, la pesca de la aguja. “No hubo mucha ficción en el gran pez de Santiago (…) La imaginación se puso aquí al servicio de la realidad”, concluye el escritor cubano en referencia a El viejo y el mar. Era buena pescador. Era un toro, dicen los viejos pescadores de Cojímar. Y Fuentes cuenta cómo, defendiendo su dignidad de hombre de mar, tuvo una bronca con el millonario americano Alfred Knapp, en Bimini (Bahamas), en 1935. El millonario norteamericano puso en duda que Hemingway hubiera capturado los peces y vivido las aventuras que relataba en sus crónicas. Borracho, sentado en un muelle de Bimini, Knapp fue subiendo el tono de sus insultos. “Babosa, hijo de puta”, fue lo último que escuchó en silencio el escritor. Enseguida descargó un puñetazo en el rostro de Knapp. Esta bronca quedó inmortalizada en Islas del Golfo.

Se inspiraba en personas reales para sus personajes. Juntó a sus amigos Joe Russell (dueño del Sloppy Joe’s, el otro mítico bar de La Habana) y Charles Thompson (el hombre que introdujo a Hemingway en la pesca) para convertirlos en el personaje único de Harry Morgan, el duro de Tener y no tener. Título, por cierto, entresacado de una de las máximas preferidas del escritor: “Sólo dos linajes hay en el mundo, que son el de tener y el no tener” (palabras de una mujer de pueblo en el Quijote).

Sería injusto no mencionar que la historia de Fuentes va más allá de Hemingway. Reconstruye veinte años de la historia cubana, los que vivió el escritor en la isla, y revela historias apasionantes de la vida cotidiana. Circulan por el libro personajes atrabiliarios, reales a la vez que inmensamente literarios, como Miguel Ángel Quevedo, propietario de la revista Bohemia, la más influyente hasta la revolución. Quevedo se enorgullecía de que en su finca, en la que se celebraban frecuentes fiestas con lo más granado de la sociedad de La Habana, no entraba una mujer. La Revolución homófoba acabó con Quevedo, exiliado en Miami, y convirtió su finca en un campo de instrucción para milicianas, la mejor manera que encontró para limpiar la afrenta del “afeminado”. Tras exhibir el batallón femenino en desfiles, las autoridades se vieron obligadas a disolverlo. Un sospechoso brote de lesbianismo se había apoderado del batallón. Y es que la naturaleza, como las raíces de los árboles, siempre acaba por buscar un hueco por donde escapar de su represión.

Hemingway fue un gran ejemplo de naturaleza humana, contradictoria y desatada. Sus impulsos, como las raíces de la ceiba que presidía la entrada de su casa, se desparraman en todas direcciones, ocultos bajo la tierra, hasta irrumpir violentos y destructores en medio de la estancia principal, como las raíces condenadas a extender sus tentáculos. Así fue Hemingway: una naturaleza tan desbordante como la selva salvaje, indomable, que rodea su añorada Finca Vigía.

Cebollas, coñac y lápices del número dos

A la vez corresponsal y soldado, la guerra se convirtió en la más excitante de todas las aventuras para el autor de Por quién doblan las campanas. Norberto Fuertes ofrece en su libro una de las mejores descripciones que se hayan hecho sobre el papel de Hemingway en nuestra guerra. “En el otoño de 1937, Ernest Miller Hemingway, corresponsal de guerra acreditado por la agencia norteamericana NANA (North American Newspaper Alliance), se encontraba destacado en el sector Este de Madrid, con su credencial de periodista, su pasaporte norteamericano, su revólver Magnum de cañón blindado (que no había declarado a las autoridades de aduana), una cuchilla [navaja] de explorador, los bolsillos de su chaqueta llenos de cebollas crudas y la vieja cantimplora llena de coñac. La cuchilla era magnífica y se sentía tan orgulloso de ella que se la mostraba a todo el mundo; era de acero Solingen y cachas de nácar. Se abría como las patas de una araña y contenía una tijera, un sacacorchos, un abrelatas y tres tipos de navaja. De su cantimplora, que llevaba ensartada al cinto, bebían personas tan ilustres como Joris Ivens, Ilya Ehrenburg, André Malraux y Robert Capa. Las cebollas crudas las metía en cualquier bolsillo de su chaqueta de gamuza. En esto consistía su recurso contra el hambre: un trago largo de coñac e hincarle los dientes a una cebolla. Acostumbraba a tener otras pertenencias en su chaqueta: el pasaporte, las credenciales, el dinero, la libreta de notas, la pluma de fuente [estilográfica] y un par de lápices del número dos”.


Publicado en el sitio Zenda el 29 de enero de 2020.

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