domingo, 25 de octubre de 2026

O melhor do mundo!

jueves, 15 de octubre de 2026

Sesenta años después

Antología de nosotros es el resultado de un viejo equipo de trabajo. Norberto era el guionista de una historieta llamada El Hueco, que dibujaba Silvio y que publicaba el semanario Mella, órgano de la Unión de Jóvenes Comunistas, en la Cuba de los primeros años de la Revolución. La última entrega de la serie bajo el crédito de estos autores apareció el 18 de agosto de 1963, en el número 23 del suplemento gráfico de Mella. Si sesenta años después deciden unir fuerzas de nuevo —para la producción de este libro— es, sobre todo, para resucitar al tercer miembro de la cófrade: Guillermo Rosales («Guillermito», «El Guille» o «Willie»), que Norberto adoptó como hermano menor desde su arribo a la publicación y que este a su vez adoptó a Silvio («Silvito», según su nomenclatura personal) en igual orden de batalla. Norberto y Guillermo intercambiando ideas, lecturas, adjetivos, títulos y todas las locuras y maldades posibles, y Silvio como aprendiz de Guillermo en su empeño de entrenarlo como «sagaz reportero».

Ustedes, recíbanlo como fue nuestra intención: una ráfaga de aire fresco en tiempos tan sombríos.

Pincha aquí.

domingo, 4 de octubre de 2026

jueves, 1 de octubre de 2026

jueves, 13 de agosto de 2026

Fidel más allá de los recuerdos


26 de julio de 2006. Fue un espectáculo dantesco. Aquel gigante en uniforme de campaña retorciéndose de dolor en el piso de su An-26 ejecutivo que volaba de Holguín a La Habana. Y no había médico a bordo. Lo demás es historia.

En ningún reporte aparece ahora su desconsuelo y que lloraba amargamente cuando supo que le habían instalado la despreciable bolsita para las evacuaciones. Mucho menos se conoce que, adaptado a la idea de su destino, dedicó todo el tiempo posible —y en el más absoluto secreto— a preparar su prole, Dalia y a sus hijos. Por primera vez en su vida iba a serle fiel a una mujer. Tenía que ponerla a salvo.

Años antes, el 10 de mayo de 1969, al mecanografiar su testamento, Ho Chi Minh citaba una aseveración de Tu Fu. «En todas las épocas, escasas son las personas que llegan a los 70 años.» Y añadió: «Este año cumplo los 79. Ya soy de esas personas “escasas en todas las épocas”.» A Fidel —pese a su confesada admiración por el «Tío Ho»— nunca le hizo mucha gracia el tope de los 80 años. De modo que, cuando comenzó a acercarse a la fecha fatídica, y con la asesoría de Eugenio Selman, su médico personal, inauguró el Club de los 120 Años. La premisa era que el ser humano estaba biológicamente diseñado para vivir esa cantidad de años. Así comenzaron, ellos mismos de cobayos, a comer casi solo vegetales y eludir las grasas animales y controlar el azúcar. (Luego se permitieron algunos pescados a la plancha y uno que otros sorbos de vino.)

Al final Fidel se quedó corto por 30 años, pero de algo sirvió el esfuerzo. Llegó a los 90.

Los americanos, que tienden a ser bastante chapuceros en cuanto a las proyecciones, se mandaron a correr con sus especulaciones. El precavido Ho Chi Minh murió dos años después de su cita del poeta Tu Fu, y efectivamente no llegó a los 80. A los pocos días de la gravísima crisis intestinal y de tres intervenciones quirúrgicas, la CIA filtró —el 6 de octubre de 2006— que «Castro padece de cáncer terminal». Así que, con respecto a Fidel, la CIA se embarcó en las predicciones —¡por 10 años! (De cualquier manera por órdenes del presidente Bush se organizó a la carrera la inevitable comisión para monitorear la situación cubana y estar preparados para la contingencia de un cambio de gobierno.)

En la especie de cobertizo que era su casa, en un discreto retiro de los jardines del Palacio Presidencial de Hanoi, el mobiliario de Ho Chi Minh consistía en un escaparate, una cama vietnamita sin colchón y una mesa de maderas cubanas regalada por Fidel Castro. De modo que al otro lado del planeta, aquel hombre para el que no había límites en sus apetencias (y en los lujos sin límites que se dispensaba) aún cabía la delicadeza de escoger un presente que sin duda agradaría al venerable anciano. En la mesita podría disfrutar de su té y oficiar con los pocos visitantes que recibía mientras los invitaba a sentarse en el piso.

De manera inadvertida, entre uno y otro líder revolucionario se abría el abismo de un hombrecito frugal y poco dado a los placeres mundanos y de un bien alimentado hijo de terrateniente criollo que no conocía límites para sus ambiciones y cuya única escala de medida era la desmesura. Mas, debe advertirse, en esas diferencias también radicaba que se hubieran convertido en los símbolos de sus respectivos pueblos. Cada uno en la hechura de culturas y tradiciones radicalmente opuestas.

Y ese tipo de regalos que Fidel solía hacer y que procuraba ajustarlo al beneplácito de sus receptores, se respaldaba en los informes de su excelente servicio de inteligencia, amén de que —para no ofender a personajes del talante del humilde Ho Chi Minh— se protegía con su bien blindada leyenda de gladiador antimperialista. Lo esencial era neutralizar la filtración de cualquier información sobre lo que él llamaba «vida personal». A Nasser le enviaba con exactitud mensual una caja de 150 puros de calibre reducido, sus favoritos. Nadie más bien recibido a bordo del yate fondeado sobre el Nilo que Luis García Guitar, el embajador cubano —con su preciada carga. (Los escudos de Cuba y Egipto enlazados en la tapa de las cajas de cedro.) Al peruano Velazco Alvarado y al chileno Salvador Allende los colmaba de pintas de helados de coco, el sabor favorito de ambos. Fidel embarcaba en un Illushin-62 de Cubana de Aviación a Lupe Veliz, la mujer de Antonio Núñez Jiménez, el embajador cubano en Lima. Cada 15 días, sin fallar, ahí estaba ella con la estiba de los sudorosos termos. Fidel aprovechaba de paso, mientras Núñez se entretenía en los avatares diplomáticos de Lima, para sus escarceos románticos con Lupe en cualquiera de sus refugios de la isla. Pero los gastos estaban justificados por los beneficios de su bien aceitada maquinaria de relaciones internacionales.

En la recepción que en enero de 1989 ofreció a las delegaciones de sus archi enemigos americanos y sudafricanos por la primera reunión de la comisión cuatripartita que dio fin al conflicto del África Austral, Fidel, excelso anfitrión, dijo a sus invitados: «¿Por qué no se dan un paseo por todo el país? No se preocupen por los gastos. De todas maneras nosotros estamos en bancarrota».

¿Para los soviéticos? Bueno, allí los tabacos eran poco apreciados, y el ron cubano tenía poca competencia con las botellas del cristalino vodka. (Solo el escritor Illia Eheremburg era un consumidor profesional del material criollo, pero él no habitaba en las cumbres del Kremlin, así que se le eludía en las listas oficiales cubanas. Pese a todo, fue uno de los que recibió con mayor alegría el establecimiento de las relaciones con «la Isla de la Libertad», y especialmente de los expendios de tabaco cubano surgidos de repente en Moscú.)

Gabriel García Márquez resultaba más afortunado. Hacia 1995 Fidel mandó a buscar a Zimbabwe dos hermosos ejemplares de impalas, de más de 160 libras cada uno, para lo cual hizo valer su alianza con Robert Mugabe y despachó el consabido Ill-62 de Cubana con el propósito de tener esa carne al fuego en la celebración del cumpleaños, el 6 de marzo, de Grabriel, como él le llamaba. Un impala para Gabo, el otro para el zoológico de la ciudad. Pero el primero hubo de ser sacrificado porque el impala original del guateque de Gabo, que pastaba en los dominios del comandante Guillermo García —uno de los llamados «comandantes históricos»—, en las afueras de La Habana, fue descuartizado por unos desalmados en vísperas de la fecha establecida para su sacrificio oficial y distribuida y consumida su carne en los poblados de los alrededores, gracias a la red del mercado negro asociada a los diestros descuartizadores.

Con la misma, Fidel solía adoptar una actitud diferente con personajes menos apreciados. El 20 de abril de 1961, mientras iba y venía de Bahía de Cochinos donde se combatía contra la brigada de la CIA, Fidel se presentó en la celda donde se hallaba Eufemio Fernández, un viejo conocido de su época de las luchas universitaria pero ahora acusado de operativo americano, y le dijo, mientras se trasteaba en los bolsillos de su uniforme: «Coño, Eufemio, venía a traerte unos tabaquitos, pero se me quedaron en el carro. De todas maneras, prepárate porque te van a fusilar esta noche.»

A Carlos Aldana, su secretario ideológico de fines de los 80, lo cogió en el brinco con unas tarjetas de crédito. Le envió un par de mastodontes, oficiales de Seguridad Personal, para imponerlo de un mensaje: «Dice el comandante que no quiere verte cerca del Palacio de la Revolución ni de público en una concentración.»

Fidel no tenía límites. Pero él, su familia, sus casas, sus amantes, sus gustos, sus movimientos, sus vías de acceso a Palacio, todo se hallaba protegido por un tan riguroso secretismo que encegueció a la CIA y le hizo frustrar más de 600 atentados. Mientras la salud se lo permitió, el jamón que consumía era el Cinco Jotas, solo producido en Jabugo. Su carne favorita era la de reno, que importaban exclusivamente para él desde Finlandia. Su cama se vestía con las costosísima fundas y sábanas de hilo egipcio de Pratesi. A la salida de un recodo de La Habana, al pasar el puente de hierro que cruza sobre el río Almendares, en dirección oeste, todavía está la casa donde almacenaba en refrigeración sus golosinas de chocolate y los vinos «más caros del mundo».

En cuanto a la especie de harem flotante que le rodeaba, supuestamente incluyó a la legendaria periodista americana Barbara Walters («La palabra carisma se hizo para él», dijo ella) o la desafortunada Lisa Howard, de la que Fidel se enamoró «como un perro», según su lugarteniente Manuel Piñeiro, y a la que asesinaron frente a una droguería en Estados Unidos, seguramente por aventurarse demasiado como mensajera secreta entre Fidel y el presidente Kennedy, y que contó en sus memorias inéditas que Fidel, antes de que se acostaran por primera vez, le preguntó qué le gustaba más de él —su mente o su cuerpo. Lisa no dejó constancia de su respuesta.

Y no olvidar a la traductora de inglés Juanita Vera, con la que tuvo un hijo, con pleno conocimiento de su marido, también miembro de su equipo de traductores. Preguntado uno de los coroneles de su escolta de por qué «el jefe» se «relacionaba» tanto con mujeres de su equipo oficial, respondió: «Figúrate, es que él no puede salir solo a la calle.» Fidel explicó algo parecido cuando reveló lo que más extrañaba en su vida: «Pararme en una esquina.»

Ninguna de esas correrías o despilfarros ha hecho mella en la fascinación con que todavía hoy se le recuerda. Fidel dividió la historia. En un mundo que en 1959 estaba al mando de unos viejos calvos llamados Eisenhower o Jruschov, aparecieron de repente bajando de las montañas, esta horda de jóvenes guerreros, de largas melenas y barbas pobladas y en poco menos de dos años hicieron una reforma agraria radical, le arrebataron a los americanos todas las industrias instaladas en Cuba, derrotaron militarmente a los mismos americanos en Bahía de Cochinos, erradicaron el analfabetismo en menos de un año, pusieron el mundo al borde del holocausto nuclear, llenaron el continente de guerrillas y no terminaron hasta dislocar cerca de medio millón de hombres en África y volver a ganar una guerra —esta vez contra una Sudáfrica, armada con bombas nucleares— y de paso liberar a Namibia, eliminar el apartheid en Sudáfrica y garantizar la integridad territorial de Angola.

Lo cierto es que a las 22.45 hora local de Cuba del viernes 25 de noviembre de 2016 en su residencia habanera, esa vida al filo de la navaja entre el disfrute y las amenazas permanentes de asesinato se esfumó en un instante. Ya estaba en la ambulancia cuando expiró. En espera del esperado desenlace, las órdenes de Raúl Castro ya estaban emitidas y eran terminantes. Se lo comunicaban de inmediato solo a él y se dirigían a la clínica CIMEQ (Centro de Investigaciones Médico-Quirúrgicas) y no bajaban el cadáver hasta que él, Raúl, llegara. Entonces, con Raúl presente, directo para el crematorio.

Ahora en Cuba están celebrando sus 100 años. Bueno, lo que pueda celebrarse en un país en ruinas y bajo el salvaje bloqueo energético impuesto por Donald Trump. El cumpleaños de un muerto. Este 13 de agosto. Pero el gobierno cubano, desvaído, cansado, no logra alcanzar las expectativas de un país educado por el fragor de la Revolución. Sin embargo, hay cosas que parecen inamovibles: los americanos siguen creando comisiones y equipos para entenderse con la Cuba del día después, y los habitantes de esa isla siguen actuando como si Fidel aún gobernara. O por lo menos es su añoranza.

Es justo preguntarse cómo el mismo Fidel Castro vería una vida tan intensa.

Una vez, hacia principio de los 80 , mientras revisaba las fotografías de una de sus primeras operaciones militares, la captura —en el verano de 1959— de unos expedicionarios trujillistas en el aeródromo de Trinidad, Fidel parecía reconocerse solo a él mismo. No identificaba a más nadie. Finalmente, con la frustración reflejada en el rostro, dijo:

—Chico, el problema es que no me acuerdo de nada.

Publicado como «Excesos, amores y revolución: el siglo sin límites de Fidel» en
La Repubblica (Italia), 12 de agosto de 2026.

miércoles, 1 de julio de 2026

¿Y estos también van a montar negocios en Cuba?

LOS HECHOS

A las ocho de la noche del 26 de noviembre, en la casa del campesino Pedro Lantigua Ortega, finca Palmarito, barrio de Río Ay, en Trinidad, todo transcurría apaciblemente. De repente, los perros comenzaron a ladrar intensamente anunciando la presencia de extraños. Conociendo que la zona estaba infectada de alzados, Pedro Lantigua tomó su arma y salió para averiguar lo que ocurría, pero se encontró a un grupo de hombres vestidos de verde olivo que se presentaron como milicianos. El campesino se mostró confiado y bajó el arma, lo que fue aprovechado por un individuo que se encontraba oculto detrás de la puerta para desarmarlo. Al mismo tiempo, otro lo amenazó con agredir a la familia si intentaba ofrecer resistencia. Los intrusos eran alzados, fuertemente armados, bajo las órdenes de Julio Emilio Carretero, que irrumpió en la escena y preguntó por el brigadista. A pesar de haber sido desarmado, Lantigua intentó enfrentársele. Varios alzados se interpusieron entre los dos hombres. Carretero repitió la pregunta. En ese momento Mariana de la Viña Naranjo, esposa del campesino, con un niño cargado en los brazos, le salió al encuentro y cuando insistieron en que querían ver al maestro trató de protegerlo diciendo que allí solamente estaban sus hijos. Manuel Ascunce Domenech, de apenas dieciséis años, se encontraba comiendo en el interior de la vivienda, y al escuchar la discusión salió y, de manera desafiante, dijo: «¡Yo soy el maestro!» La actitud del jovencito exacerbó el ánimo de aquellos hombres. Mariana comenzó a forcejear con los alzados pero fue rechazada a empujones. Se llevaron a Pedro y a Manuel. Todo transcurrió con mucha rapidez. Mariana, aturdida, esperó un rato. Después salió en busca de ayuda y se dirigió a la casa de un vecino que se encontraba a unos tres kilómetros de distancia. Unas dos horas después logró avisar a la compañía de Milicias del teniente Manuel Monteagudo Consuegra, que salió en persecución de los alzados y en las primeras horas de la mañana encontró ahorcados a Pedro y a Manuel en un árbol conocido en esa zona con el nombre de bienvestido.

MARIANA

Yo estaba en la cocina cuando sentí a los perros ladrar y a mi esposo rastrillando la checa, cuando se aparecieron unos hombres disfrazados de milicianos y con unas mochilas hechas de saco.
Ellos dijeron «¡Hola, Pedro!», como si lo conocieran bien, y cuando Pedro les apuntó con el arma, dijeron: «¡Eh!, ¿vas a matar tus compañeros?». Cuando estuvieron juntos le arrebataron el arma y le dijeron que fuera con ellos.
Yo les pregunté que para qué lo querían, y me dijeron que lo necesitaban de práctico. Les contesté que si no habían necesitado práctico para llegar a nuestra casa (…) y comencé a forcejear con ellos hasta llegar al portón. A Manolo le preguntaron si era brigadista y yo les dije que él también era hijo mío, pero Manolo se les encaró y les respondió: «Yo soy aquí el maestro».
Entonces me vi perdida y hasta me dijeron que si no los dejaba tranquilos me iban a meter cuatro tiros por la barriga. Salí corriendo para la única casa que está cerca —a unos 2 o 3 kilómetros— de la nuestra a pedir auxilio.

EL JUEZ INSTRUCTOR RUBÉN DARÍO ZAYAS MONTALBÁN

Cuando llegamos al árbol, miré a Manuel: pelo negro, algo caído hacia la frente; los labios ennegrecidos, la lengua con un intenso color violáceo, con coágulos en sus bordes. Me llama la atención que no estuvieran sus globos oculares fuera de las órbitas, como sucede siempre en los ahorcados; ello me convenció que lo habían ahorcado casi muerto. Tenía también un profundo surco en el cuello, fractura del cartílago laríngeo, perceptible a la palpación del forense. Examinados sus órganos genitales, se observan contusiones, indicativos de haber sido sometidos a compresión y distorsión. Catorce heridas punzantes de distintos grados de profundidad.
A su lado estaba Pedro Lantigua: cabellos castaños, algo rojizos; hombre fuerte, el rostro cubierto de manchas, todo rígido, muestras visibles de haber luchado contra sus asesinos y señales de haberlo arrastrado muchos hombres, golpes, un surco equitómico en el cuello.


DEL RECONOCIMIENTO MÉDICO FORENSE

Catorce heridas punzantes en el abdomen realizadas en vida; una de esas heridas profunda y penetrante, contusión y signos de torturas en sus órganos genitales, contusión —con gran hematoma y derrame sinovial— en la región rotuliana izquierda, o sea, rodilla, signos de arrastre en regiones escapulares y glúteas, desgarraduras de la piel y, por fin, el surco profundo en el cuello que demuestra la muerte por ahorcamiento.

FIDEL

Un extraño inicio de discurso. 28 de noviembre de 1961. Teatro Chaplin. Clausura del XI Congreso de la Confederación de Trabajadores de Cuba. El rostro sombrío. Apenas saluda al auditorio. Solo un sucinto «Compañeros trabajadores». De inmediato:

En el día de hoy hemos recibido la noticia de que un joven brigadista alfabetizador, de 16 años, fue asesinado por elementos contrarrevolucionarios en la finca Palmarito, barrio Río de Ay, término municipal de Trinidad, Las Villas.
El joven se nombra, o se nombraba, o se nombra y se seguirá nombrando siempre Manuel Ascunce Domenech; estudiaba en la escuela secundaria básica América, de Luyanó; terminó el segundo año y comenzaría en enero el tercer año; el nombre de su padre, Manuel Ascunce Hernández, técnico laboratorista de la productora de superfosfatos de Regla. Junto con él fue igualmente asesinado un campesino, en cuya casa enseñaba el brigadista, cuyo nombre es Pedro Lantigua Ortega; deja siete hijos.
Según el informe recibido en la provincia de Las Villas, los hechos ocurrieron así:
El campesino Pedro Lantigua fue un revolucionario de siempre; por ello, al advenir la actual Revolución se integró a ella totalmente. Pertenecía, además, a las Milicias Nacionales Revolucionarias. La tarde de los hechos, es decir, en la noche de antier, a eso de las 6.00, se presentó a la puerta del bohío un individuo que le dijo a Pedro: «Tengo que hablar contigo, sal un momento.» El campesino salió al encuentro del que así lo requería: tras de él salió el brigadista, y después la esposa y un hijo de 14 años.
Al llegar todos afuera, vieron que allí había un grupo de individuos armados; el que había hablado con el campesino se dirigió ahora al brigadista y le preguntó quién era. Aunque la campesina, comprendiendo el peligro, trató de hacerlo aparecer como hijo de ella, este respondió que era el maestro. El facineroso entonces agregó: «Tú eres brigadista, ven también.»
En esos momentos el campesino parece que intentó hacer uso de su arma, pero todo fue inútil por la superioridad numérica de los asaltantes. Emprendieron la marcha, y la campesina con su menor hijo trató por tres veces de seguirlos. Una de las veces maltrataron al niño y en la tercera la amenazaron que si volvía le entrarían a tiros. La campesina esta vez permaneció un rato en la casa, y una vez que se hubieron alejado los asaltantes con los dos hombres de la casa, ella se dirigió al lugar de vivienda más cercano, a dos o tres kilómetros, y pidió ayuda narrando lo sucedido.
Al acudir vecinos del lugar al sitio donde ella vio alejarse a los hombres, encontraron colgados de un árbol al campesino y al brigadista.

DEL BURÓ DE BANDAS CONTRARREVOLUCIONARIAS

Sus ejecutores fueron Braulio Amador Quesada (principal ejecutor), ajusticiado [fusilado] tres meses después; Pedro González Sánchez, también ejecutado [muerto en combate] posteriormente, y Julio Emilio Carretero Escajadillo, en aquel momento jefe de una comandancia, y más tarde, jefe de la Comandancia General. Fue ajusticiado [fusilado] el 28 de marzo de 1964.

DEL DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD DEL ESTADO

El oficial Manuel de J. Zamora conoció [en 1969] que un hombre llamado Amado Turiño, de Limones Cantero, que ya había cumplido siete años de prisión como colaborador de la tiranía de Batista, estaba implicado en el asesinato. Zamora y el oficial Riquelme se entrevistaron en Casilda con Mariana y comenzaron a reconstruir los hechos del 26 de noviembre. La señora recordó que, unos minutos antes de que irrumpieran los alzados en su casa, la había visitado Amado Turiño y ella lo había invitado a tomar café, pero estaba tan nervioso que se le cayó el jarro de las manos. Se detuvo a este individuo, quien confesó que por órdenes de Carretero él había ido a la casa a comprobar si Pedro Lantigua se encontraba y si había algún miliciano.

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EULALIA TURI (LALY)

El día que asesinaron a Pedro Lantigua y Manuel tenía yo once años, cuando escucho —como todos lo de mi casa— tempranito en la mañana de ese 27 de noviembre, desde el camino real, anunciando que había ahorcado a Pedro Lanigua y al brigadista y que teníamos que irnos para Limones Cantero.
Yo que me había acostado deseando que amaneciera para que azaran el cerdo, ya en púa desde la tarde, para celebrar el cumpleaños 16 de mi hermano Primitivo. Estas cosas entusiasmaban mucho a los niños, que gustaban de que les cediera un ratico para darle vueltas a la púa. Era ese mi sueño. Pero todo se derrumbó.
Nos fuimos al camino real. Con nosotros Nilda Fraga, la joven habanera que alfabetizaba a mi papá. Allí esperamos que llegaran los demás brigadistas y familias de los alrrededores.
Bajamos a pie para Limones Cantero, unos 3 kilómetros.
Al pasar por Casa de Tabla, de donde finalmente se marcharían muchos de la brigada «Conrado Benítez», pues ya la campaña había terminado y todos los alfabetizados le habían hecho una carta de gratitud a Fidel. (Se conservan en el museo de la Educación en Ciudad Libertad.)
Mi madre me dejó en Casa de Tabla para que no viera los cuerpos asesinados, tendidos en la valla de gallos de Eloy Hernández, a poca distancia.
Todos los campesinos y brigadistas se mantuvieron junto a ellos, hasta que se llevaron a Manuel para La Habana, y a Pedro, me parece que para Trinidad.
Concluyó la alfabetización en esas circunstancias.
Había movimientos de tropas, persiguiendo a los bandidos que cometieron el crimen, en camiones y a pie, milicianos de la zona, todos en función de agarrarlos. Solo de eso hablaba la gente indignada por el abominable crimen cometido contra un niño y contra un vecino querido que solo tenía 42 años, pero el rigor del campo lo había envejecido un poco.
Después, a los muchos años, quizá seis o siete, fue doloroso conocer que Amado Turiño, uno de los vecinos más cercanos y estimados por Lantigua y Marianita, y también por los pobladores, fue la persona traidora, que sirvió a los bandidos, cuando por la tarde fue a casa de Pedro con el disimulo de recoger sancocho para los puercos, cuando en realidad fue a comprobar si ya Pedro estaba en la casa.

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II

Amado había estado preso por contrarrevolución, en Isla de Pinos. Había cumplido la sanción de poco tiempo y estaba de vuelta en la zona.
Lo que no supo la Seguridad del Estado es que Amado había sido cómplice del asesinato, hasta que descubren en Camagüey a un alzado que se había escapado del Escambray y con otra identidad se había ocultado en aquella provincia.
En la entrevista, el alzado delata a Amado.
La Seguridad vuelve a Marianita, la viuda de Pedro, para que forzara su mente sobre los detalles de la tarde antes de la noche del crimen.
Es entonces que Marianita reacciona y recuerda a Amado buscando sancocho, cosa que hacía otras veces, pero cuando ella le brindó café, a Amado le temblaban las manos a tal extremo que se le cayó el jarro y se le botó el café.
Entonces lo condenaron a 30 años de prisión, que no llegó a cumplir tras las rejas por cáncer desarrollado. A su avanzada edad le permitieron volver al seno de la familia hasta que murió.
 

EVELIA

He sido perjudicada por lo más grande que le puede pasar a una madre: la pérdida de su hijo. Se ensañaron con su cuerpo, un adolescente de 16 años. No soy yo sola, sino miles de madres con las garras del imperio clavadas en nuestras entrañas. No tienen perdón.

RAMONA

Esta casa antes de ser de Pedro Lantigua perteneció al dueño de esta finca, Manuel Lema, a quien se le alzan los hijos en contra de nuestro proceso revolucionario y cuando se firma la Primera Ley de Reforma Agraria le intervienen la propiedad. Tenemos objetos tanto del brigadista como del campesino, folletos de la alfabetización, la funda del revólver de Pedro, el farol del maestro, mesas, taburetes, vitrinas, camas y otras piezas pertenecientes a ambos. La vivienda, demolida en 1962, fue reconstruida de acuerdo con su característica original y ambientada totalmente. El 26 de noviembre de 1986, fue inaugurada como Casa museo en el aniversario 25 del asesinato de ambos mártires por bandas contrarrevolucionarias. Me llamo Ramona Rodríguez. Soy la veladora de la institución.

miércoles, 24 de junio de 2026

Acceda a «Para Fidel “peligrosos eran Abrantes y el Ministerio del Interior”» al final de la siguiente composición