viernes, 20 de marzo de 2020

domingo, 15 de marzo de 2020

Lo malo de saber leer

No conozco otra escuela anterior del anticomic en el mundo. La empezamos un puñadito de muchachos en la revista Mella, que era una revista mensual de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, una agrupación cubana sucedánea del Komsomol. Nos habían dado el edificio del periódico comunista Hoy, que tenía para nosotros el encanto heroico de haber sido uno de los blancos favoritos de la policía de Grau, Prío y Batista.

En el tercer piso, al fondo, nos reuníamos. Lázaro Fundora, uno de los coloristas, tenía una guitarra y cantaba un rock en español llamado “Los fantasmas”. Silvio Rodríguez, al que todavía Lázaro no le había enseñado a tocar guitarra, tenía la misión de dibujar “El Hueco: Una historieta muy profunda”, que era una serie de mi invención y para la que yo producía los guiones. En aquella época de primeros contactos con el marxismo, todo debía ser profundo. Así que rápidamente comenzamos a burlarnos del concepto. ¿Y qué cosa más profunda que un hueco del que no se sabe dónde tiene fondo?

Otro personaje era Guillermo Rosales, que abandonó su carrera en el servicio exterior para escribir el guión de una historieta sobre la batalla de Dien Bien Phu. ¡Por primera vez en un comic ganarían los vietnamitas! Y estaba Virgilio Martínez, que venía de la tropa del Partido y que, para despistar, firmaba sus caricaturas en la prensa clandestina con el seudónimo de Laura. Un mulato bajito y con unos espejuelos de fondo de botella, que no asomaba ningún rasgo femenino pero por cuyo nombre de guerra nosotros identificábamos cuándo lo saludaba un viejo camarada. Laura, en su mesa de dibujo barnizada, color nogal, compartía su jornada entre la producción de historietas, para las cuales yo también le proveía los guiones, y la confección y encuadernación de unos impecables pasaportes extranjeros. Pasaportes falsos, no sé si me entienden.

Isidoro Malmierca, entonces jefe de la Seguridad del Estado, se encargaba de suministrar los rollos de papel del pasaporte cubano, pero vírgenes, así como las tapas, amén de los modelos a copiar. “Laura —le decía a Virgilio, y desde sus fríos ojos azules no soltaba un solo destello de amabilidad—. Laura, necesito tres de Venezuela y uno de Costa Rica.” Ese era el ambiente que había allí, en el tercer piso de Mella, a medio camino entre los estudios de Walt Disney y los cuarteles del KGB.

Yo llegué a ser el director del conglomerado, el de la parte creativa me apresuro a aclarar, nada que ver con los negocios de Malmierca y la subversión continental. Mi primer trabajo fue una historieta a dos páginas que, en un gesto considerado por mí mismo de una audacia enorme, carecía de título. La idea básica era el regreso de la Brigada 2506 a las costas cubanas y lo que ocurriría de ellos ganar. Su título de trabajo: “Si los brigadistas volvieran”.

Se publicó en el número de noviembre de 1961. Todavía los brigadistas capturados en el cenagoso entorno de Bahía de Cochinos estaban presos en la cárcel provisional que les habían instaurado en el Hospital Naval, al este de La Habana y faltaba como un año para que los juzgaran y unos meses más para que Kennedy pagara una indemnización en compotas y maquinaria agrícola a cambio de su liberación. Mi historieta tenía dos o tres cuadros muy buenos. El que más me gustaba era el de un Trucutú (el famoso personaje de la edad de piedra de los comics gringos) que se presentaba, garrote al hombro, antes unos campesinos con el objeto de ¡analfabetizarlos! Es decir, devolverlos a su estadio prerrevolucionario de iletrados. Se trataba de una recreación de la restauración contrarrevolucionaria en Cuba.

De modo que, mirando los debates por la nominación presidencial demócrata y los reproches a Bernie Sanders desde el bando de Joe Biden tan abundantes en estos últimos días en la WEB, y viendo lo que, de hecho, ha estado en sus mentes, ha sido inevitable la reactivación de esta memoria y que yo se las traiga a colación. Sobre todo, la que me toca más de cerca, los ataques a Sanders por las virtudes exaltadas por él de la campaña que erradicó en menos de un año el endémico analfabetismo cubano. No se pierdan el artículo de Newsweek que trae por los pelos a dos cubanos para denunciar la alfabetización como una operación de control policiaco, o más siniestro aún, como una ópera masiva de adoctrinamiento comunista. No les adelanto nada. Véanlo por ustedes mismos: "Bernie Sanders Is Wrong to Praise Castro's 'Literacy Program.' Two Cuban Americans Explain Why”, por Lee Habeeb, en la página electrónica de Newsweek, colgado el 11/3/20 a las 10:38 AM hora estándar del este.

Los dos cubanitos y sus argumentos sobre el crimen: Yuri Pérez, identificado como estudiante: “Yo fui forzado a aprender a leer y escribir por maestros que me lavaron el cerebro enseñándome a escribir la 'F' por 'Fidel,' y la 'C' por 'Castro'.” Crueldad sin límites, sin duda. Y Armando Valladares, que todavía se le están saliendo de los bolsillos los panes de explosivos C-4 pero que se identifica como poeta: Cuando le exigieron que pusiera sobre su buró el slogan “Estoy con Fidel”, él se negó. Y ahí mismo le colgaron 30 años, los primeros ocho en una celda tapiada y desnudo. En verdad, yo no sé qué tiene que ver esto con la campaña de alfabetización exaltada por Bernie, pero es el ejemplo de Newsweek.

Poco ha cambiado para estos personajes y situaciones de hace más de 50 años. Mi historieta, que entonces surgió como comedia, ahora se repite como patología.


Versión actualizada y ligeramente ampliada del texto “A los dos días, solo dos” colgado el 11 de agosto de 2007 en mi blog de corta duración Mi leña al fuego adjunto a la página WEB de El Mundo.es

domingo, 1 de marzo de 2020

¿Alguna vez existí?

 

Mensaje a la redacción de Granma:

Estimados colegas, ¿existe alguna razón editorial o de origen político que los obligue a eludir mi nombre como autor de la entrevista a Anastas Mikoyán (Granma, viernes 28 de febrero de 2020)? La historia nunca gana cuando los cronistas escriben con la punta equivocada del lápiz: con la goma de borrar. De cualquier manera contribuyo a continuación con los créditos olvidados por ustedes y la respuesta íntegra del dirigente soviético que se encuentra al final de mi entrevista.

MÁS VALE VER UNA VEZ QUE ESCUCHAR CIEN

ENTREVISTA CON ANASTAS MIKOYÁN

Por Norberto Fuentes

* Revolución y Cultura, mayo 1978.

Norberto Fuentes: ¿Qué puede decir de su amistad con el compañero Fidel Castro?

Anastas Mikoyán: Considero que el compañero Fidel Castro es una de las personas más brillantes de las que el destino me ha llevado a conocer en muchas décadas.

Desde el primer momento de nuestro encuentro comprendía que este era un hombre excepcional, a quien no le ajustaban los patrones que conocía de los estadistas extranjeros. Y soy una persona que ha conocido a muchos de ellos... En poco tiempo comprendí que el compañero Fidel poseía la voluntad indoblegable del revolucionario, singular integridad y honestidad personal, gran inteligencia y una concepción del mundo genuina y muy personal. Desde las primeras charlas en torno a las vías de la revolución, la situación internacional, el marxismo, comprendía que era un hombre de juicio profundo, con una instrucción formidable y que pensaba de una manera clara y lógica, pero que al mismo tiempo era capaz de escuchar con atención y aceptar los argumentos y consideraciones de los demás. Como es natural, todo esto me predispuso a su favor.

Durante mi primera visita a Cuba nos veíamos casi diariamente por espacio de muchas horas y en las más diversas situaciones: en la mesa de conversaciones en La Habana, en la playa de un pequeño islote en el mar Caribe, con una arena blanca como la nieve; en el mitin de un molino arrocero en Camagüey; en la laguna del Tesoro y con las varas de pescar en las manos; en las nuevas obras en construcción en Santiago de Cuba, entre los tabaqueros de Pinar del Río, en la cúspide del Pico Turquino y en una granja ganadera en Isla de Pinos... Convenga conmigo, que, en circunstancias como estas, sólo nueve días son suficientes para valorar a una persona y comprenderla cabalmente, para sentirse con desenvoltura y experimentar por ella confianza, simpatía y respeto.

Y claro, después nos volvimos a encontrar muchas veces: de nuevo en La Habana en noviembre de 1962, luego en Moscú, en la primera visita de Fidel entre abril y mayo de 1963. Entonces estuvo de visita en mi casa. Recuerdo cómo mis hijos y nietos se maravillaban por haber visto de cerca al legendario héroe revolucionario y haber hablado con él. Ellos guardan celosamente las fotografías tomadas en aquella ocasión.

Todos estos encuentros y los que les sucedieron no hicieron más que acentuar mi respeto, mi disposición y mis sentimientos de amistad hacia el líder de la Revolución cubana.
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Fotos agregadas en este blog: De 1925 a 1960. Un político para todas las circunstancias.



jueves, 13 de febrero de 2020

Aviso



Vean la entrevista en el programa de Camilo Egaña
el viernes a las 9:00 PM EST en CNN en Español.

lunes, 10 de febrero de 2020

Malos tiempos para Hemingway

Por Juan Carlos Laviana


A Raúl Rivero, poeta cubano olvidado en
Madrid, que vivió de cerca esta historia.

Este siglo no quiere a Hemingway. No hay sitio para el macho, el misógino, el cazador, el pescador, el bebedor, el comunista contradictorio, el violento, el amante de las armas, el mujeriego, el devoto de los toros y la sangre, el hombre de acción, el aventurero, el suicida sin causa. Este siglo es olvidadizo y cruel.

Imposible determinar cuántos de estos rasgos de la personalidad del escritor son reales o mitos creados por él mismo. En cualquier caso, resulta difícil perdonar a Hemingway la traición a su amigo John Dos Pasos, justificando el asesinato de su traductor, el español José Robles. El siglo no perdona que fuera un mal norteamericano. No perdona que fuera un mal comunista. No perdona sus grandes mentiras de los San Fermines, según el nuevo libro de Miguel Izu. No perdona que fuera él mismo, por encima de todas las causas. El siglo XXI es incapaz de hacer justicia con su padre, el siglo XX, de poner el pasado en su contexto, de disfrutar de los divinos cuentos de don Ernesto sin tener en cuenta los pecados del hombre, pecados que lo son hoy, pero que tal vez ayer fueron virtudes.

Hasta La Habana —la ciudad donde se sintió más querido— parece haberle olvidado. Su recuerdo se limita a la placa en el Hotel Ambos Mundos; la estatua que sigue impertérrita apurando daiquiris en la barra del Floridita; y las atiborradas paredes de La Bodeguita del Medio. Santuarios para el selfie en compañía de un viejo que empieza a no decir nada a las nuevas generaciones. Trasladarse a Finca Vigía, o al barrio de pescadores de Cojímar, es una odisea exclusiva para el viajero empecinado, siempre que antes logre convencer a un taxista para que se salga de las estrictos muros de La Habana Vieja.

En medio del galopante olvido de Papa, como le llamaban los cubanos, llega a España un volumen imprescindible para profundizar en su figura: Hemingway en Cuba, obra capital del cubano Norberto Fuentes (1943), rescatada por la editorial Arzalia a finales del pasado año, treinta y cinco años después de que fuera escrita.

Encuentros y desencuentros con Fidel Castro

La vida de Fuentes, ahora en Miami, ha sido un rosario de encuentros y desencuentros con el castrismo. Militante activo de la revolución, muy próximo a Fidel, padeció un ostracismo de quince años tras publicar su desafiante libro de cuentos Condenados (1968), tiempo que aprovechó para rastrear las huellas de Hemingway. La biografía le rehabilitó —mucho tuvo que ver el prólogo de García Márquez— hasta convertirse en uno de los escritores más valorados por el régimen. Incluso fue condecorado por su participación en la campaña de Angola junto a las tropas cubanas.

En 1989, tras ser involucrado como disidente por el poeta Heberto Padilla (En mi jardín pastan los héroes), volvió a caer en desgracia. Intentó abandonar la isla en balsa, pero fue detenido. La presión de una interminable huelga de hambre le facilitó el exilio, otra vez con la ayuda de García Márquez y el empujón definitivo del entonces presidente español, Felipe González. Su obra no es fácil de conseguir hoy en La Habana. En diciembre, sólo un ejemplar mugriento, deslavazado y deshilachado de su Hemingway intentaba sacar la cabeza. En el mercadillo de segunda mano junto a la plaza de Armas, asomaba tímidamente, perdido entre proclamas del Che y de Fidel, insignias soviéticas, y baratijas comunistas.

Un reportaje encarnizado y clarificador

García Márquez, en el prólogo, califica el libro de Norberto Fuentes como “reportaje encarnizado y clarificador que nos devuelve al Hemingway vivo y un poco pueril”. Un reportaje sobre el reportero, profesión que permitía al vividor apurar la vida a grandes tragos, un niño siempre en pantalón corto, gordo y de apariencia a la vez torpe y atlética, que convirtió su vida en un juego infantil para hombres duros.

Fuentes detalla los años de vida de Hemingway en La Habana a través de los testimonios de los más próximos, de los amigos supervivientes, del inmenso caudal de viejas biografías. Pero La Habana fue solo un punto de partida para Hemingway, y lo es para el relato de Fuentes, quien, partiendo siempre desde el refugio de Finca Vigía, viaja por la vida del escritor. Viaja por sus encuentros y desencuentros con Gertrude Stein y Scott Fitzgerald en el París de la gran fiesta de la Generación Perdida. Por la sabana africana, en busca del más feroz de los leones bajo las nieves del Kilimanjaro. Por la España en guerra, entre las trincheras y las plazas de toros, entre el hambre y las juergas salvajes de Chicote y el hotel Florida, ahora rescatado del olvido por Alfonso Armada. Hasta llegar a Idaho, donde acabó con el dolor insufrible del aventurero, varado por la enfermedad, con un disparo certero de su escopeta favorita. Cumplía así con el destino familiar, siguiendo los pasos de su padre y dos hermanos, también enfermos y suicidas.

La guerra como aventura total

Durante la guerra civil española, Hemingway cobraba quinientos dólares por cable y mil por artículo. No estaba mal. Lo que pasaba en España le provocaba una excitación nueva, un objetivo vital transcendente, por encima de la caza mayor en África, o la pesca de altura en la corriente del Golfo. España fue la aventura total para un adicto impenitente a la aventura. Fuentes precisa su papel en la guerra citando a Hugh Thomas, quien afirmaba que la labor del escritor “excedía” a los deberes como simple corresponsal. Entrenaba a reclutas y entraba en acción si era necesario y hasta se inmiscuía en decisiones de estrategia militar.

La guerra como teatro de operaciones de la gran aventura humana iba más allá de la pasión por el bando propio. Hemingway estaba poseído por el fervor comunista, que le llevó a traicionar a su amigo Dos Pasos y a justificar el fusilamiento del traductor español José Robles. Pero Hemingway, con sus contradicciones y esa puerilidad que resaltaba García Márquez, respetaba al enemigo, como el torero respeta al toro o el cazador al león. Lo demuestra recorriendo los campos de la batalla de Guadalajara, sembrados de cadáveres de jóvenes italianos. Fuentes recoge las palabras del primer biógrafo, Carlos Baker, en las que se revela cómo Hemingway admiraba al oponente:

“Habían muerto valientemente, víctimas de amas superiores…
No parecen demonios fascistas… Eran víctimas”.

En el desembarco de Normandía y la recuperación de Europa para la libertad, también participa más como combatiente que como corresponsal. De hecho, estuvo unido a grupos de la resistencia que iban por delante del ejército norteamericano. Su labor militar contra el fascismo se completó desde Cuba, donde a bordo de su yate pesquero, el Pilar, se dedicaba a la caza de submarinos de la Alemania nazi. Según cuenta Fuentes, patrullaba más de 600 kilómetros con un buen cargamento de whisky, granadas de mano y ametralladoras.

La intimidad creadora del escritor

El libro ofrece también sabrosos detalles de la intimidad creadora del escritor. Cansado de las continuas visitas a Finca Vigía, que llegó a ser el centro cultural de La Habana…

…“se refugiaba a escribir en cayo Paraíso, cargaba con su Royal portátil, una buena provisión de papel gaceta y su media docena de lápices del número dos. Allí se escondía de los periodistas”.

Celoso de su intimidad, Hemingway no se cansó de repetir que los grandes enemigos del escritor eran el teléfono y las visitas inoportunas. Argumento que igual servía para otra de sus grandes pasiones, el trago: “Cuando un hombre bebe —escribió—, nadie tiene derecho a molestarlo”.

La literatura de Hemingway está íntimamente ligada a la realidad. Resulta difícil deslindar al periodista del escritor. Trasladaba lo vivido a su narrativa. Fuentes va relatando minuciosamente cómo muda su propia vida a las páginas. Su experiencia en la corriente del golfo, la pesca de la aguja. “No hubo mucha ficción en el gran pez de Santiago (…) La imaginación se puso aquí al servicio de la realidad”, concluye el escritor cubano en referencia a El viejo y el mar. Era buena pescador. Era un toro, dicen los viejos pescadores de Cojímar. Y Fuentes cuenta cómo, defendiendo su dignidad de hombre de mar, tuvo una bronca con el millonario americano Alfred Knapp, en Bimini (Bahamas), en 1935. El millonario norteamericano puso en duda que Hemingway hubiera capturado los peces y vivido las aventuras que relataba en sus crónicas. Borracho, sentado en un muelle de Bimini, Knapp fue subiendo el tono de sus insultos. “Babosa, hijo de puta”, fue lo último que escuchó en silencio el escritor. Enseguida descargó un puñetazo en el rostro de Knapp. Esta bronca quedó inmortalizada en Islas del Golfo.

Se inspiraba en personas reales para sus personajes. Juntó a sus amigos Joe Russell (dueño del Sloppy Joe’s, el otro mítico bar de La Habana) y Charles Thompson (el hombre que introdujo a Hemingway en la pesca) para convertirlos en el personaje único de Harry Morgan, el duro de Tener y no tener. Título, por cierto, entresacado de una de las máximas preferidas del escritor: “Sólo dos linajes hay en el mundo, que son el de tener y el no tener” (palabras de una mujer de pueblo en el Quijote).

Sería injusto no mencionar que la historia de Fuentes va más allá de Hemingway. Reconstruye veinte años de la historia cubana, los que vivió el escritor en la isla, y revela historias apasionantes de la vida cotidiana. Circulan por el libro personajes atrabiliarios, reales a la vez que inmensamente literarios, como Miguel Ángel Quevedo, propietario de la revista Bohemia, la más influyente hasta la revolución. Quevedo se enorgullecía de que en su finca, en la que se celebraban frecuentes fiestas con lo más granado de la sociedad de La Habana, no entraba una mujer. La Revolución homófoba acabó con Quevedo, exiliado en Miami, y convirtió su finca en un campo de instrucción para milicianas, la mejor manera que encontró para limpiar la afrenta del “afeminado”. Tras exhibir el batallón femenino en desfiles, las autoridades se vieron obligadas a disolverlo. Un sospechoso brote de lesbianismo se había apoderado del batallón. Y es que la naturaleza, como las raíces de los árboles, siempre acaba por buscar un hueco por donde escapar de su represión.

Hemingway fue un gran ejemplo de naturaleza humana, contradictoria y desatada. Sus impulsos, como las raíces de la ceiba que presidía la entrada de su casa, se desparraman en todas direcciones, ocultos bajo la tierra, hasta irrumpir violentos y destructores en medio de la estancia principal, como las raíces condenadas a extender sus tentáculos. Así fue Hemingway: una naturaleza tan desbordante como la selva salvaje, indomable, que rodea su añorada Finca Vigía.

Cebollas, coñac y lápices del número dos

A la vez corresponsal y soldado, la guerra se convirtió en la más excitante de todas las aventuras para el autor de Por quién doblan las campanas. Norberto Fuertes ofrece en su libro una de las mejores descripciones que se hayan hecho sobre el papel de Hemingway en nuestra guerra. “En el otoño de 1937, Ernest Miller Hemingway, corresponsal de guerra acreditado por la agencia norteamericana NANA (North American Newspaper Alliance), se encontraba destacado en el sector Este de Madrid, con su credencial de periodista, su pasaporte norteamericano, su revólver Magnum de cañón blindado (que no había declarado a las autoridades de aduana), una cuchilla [navaja] de explorador, los bolsillos de su chaqueta llenos de cebollas crudas y la vieja cantimplora llena de coñac. La cuchilla era magnífica y se sentía tan orgulloso de ella que se la mostraba a todo el mundo; era de acero Solingen y cachas de nácar. Se abría como las patas de una araña y contenía una tijera, un sacacorchos, un abrelatas y tres tipos de navaja. De su cantimplora, que llevaba ensartada al cinto, bebían personas tan ilustres como Joris Ivens, Ilya Ehrenburg, André Malraux y Robert Capa. Las cebollas crudas las metía en cualquier bolsillo de su chaqueta de gamuza. En esto consistía su recurso contra el hambre: un trago largo de coñac e hincarle los dientes a una cebolla. Acostumbraba a tener otras pertenencias en su chaqueta: el pasaporte, las credenciales, el dinero, la libreta de notas, la pluma de fuente [estilográfica] y un par de lápices del número dos”.


Publicado en el sitio Zenda el 29 de enero de 2020.

Sobre la fotografía: Copyright © 2020 by Norberto Fuentes. Está totalmente prohibida su reproducción.

sábado, 8 de febrero de 2020

En estado latente


Una nota en la primera plana de Granma con el programa de la feria del libro que celebran en La Habana nos informa de una conferencia sobre “la creación del primer libro digital cubano”. Hay un invitado: Víctor Ángel Fernández. A continuación amplían lo que debe ser un anuncio sobre el susodicho primer libro. Textual:

“Espacio Con voz propia. Presentación del ebook La red de araña, Víctor Ángel Fernández. Presentador: Jesús David Curbelo. Joven Club (Pabellón A-4)…”

Me es imprescindible enmendar la plana del órgano partidario o de los organizadores del evento.

Hace 23 años, 3 meses y unos días que el primer libro electrónico o digital o en línea cubano se encuentra en la Internet. Es decir, ahorita va a ser un cuarto de siglo. Y el autor de tal obra es el mismo de este blog. Uno comprende, sin embargo, que desde la otra orilla desconozcan un texto de título tan agresivo y de imposible digestión para los funcionarios del gobierno. Algo que, de entrada, se llame Los hijos del enemigo. Descripción del método empleado por Fidel Castro para cometer un asesinato en masa y salir airoso del episodio y que trate del acoso y hundimiento por tres remolcadores Polargo en perfecta formación y maniobra militar, luego de —con la potencia de sus cañones de agua, mil 500 kilogramos-fuerza por pulgada cuadrada—, barrer la cubierta de otro remolcador, uno viejo, de madera, atestado de niños y de indefensas madres y padres, y desde donde los niños gritaban: “¡Nos rendimos! ¡Nos rendimos!” resulte inadecuado para un ágape literario y máxime con doctos invitados extranjeros. 13 de julio de 1994. Hundimiento del remolcador “13 de marzo”. Memoria imborrable. Tengo que arreglármelas para rescatar ese librito. Una fiera agazapada.

Imagen recuperada de la primera versión de Los hijos del enemigo colgada en la página web del Comité Cubano Pro Derechos Humanos el 8 de octubre de 1996. La versión en inglés Children of the Enemy. Or a description of the methods used by Fidel Castro to commit mass murder and come out smelling like a rose, traducida por Mark Falkoff, apareció en la misma página.

domingo, 2 de febrero de 2020

Ojalá pase algo


En un principio creo que es una nueva versión, muy dulce por cierto y cantada por una muchacha y con una cierto aire elegíaco, de mi canción favorita de Silvio. Entonces el encanto se interrumpe con una especie de charanguita, algo que me suena solariego pero donde no hay tumbadoras sino el punteo de una guitarra, y escucho menciones al Che Guevara y al sistema de educación y a la salud pública y me digo, coño, la propaganda del Gobierno cubano cada día es peor. Joden esta joyita de Silvio y seguro que en el próximo estribillo aluden a la campaña de vacunación contra la polio. Si el gancho es la canción de Silvio, el pretendido mensaje se les escapa como agua entre las manos. Yo lo que quiero es seguir oyendo a esa niña con su respaldo de violines y no que me la interrumpan con una arenga. Yo, presto a arremeter de inmediato contra Díaz Canel y todo su Consejo de Ministros, cuando me doy cuenta de que sí, de que se trata a todas luces de un acto de propaganda, mondo y lirondo, pero no del Gobierno cubano sino del grupo de rap y hip-hop llamado Orishas. Sí, caramba, pero si yo he visto sus conciertos. Los ponen en Netflix. Conciertos en La Habana de un grupo que reside en Europa. Vaya caramba, cómo hemos avanzado. Todo ha sido perdonado, y al parecer, de ambas partes. Pero de pronto, hete aquí que —es lo que pienso— algo debe estar yéndoles mal a los músicos y entonces recurren al manido recurso de los tantos y tantos artistas mediocres que arriban a estas tierras —Miami o Madrid, da lo mismo. Sustituir su falta de talento por la narrativa de las heridas del exilio. Siempre da resultado, aunque la experiencia enseña que es un episodio de poca duración. Porque atrás vienen los nuevos inquilinos del exilio y estos sí que traen la última. Y esta es “la última” que trajo Orishas. Apoyarse en “Ojalá” de Silvio y en todo su poder emblemático de una época, para demoler una Revolución. Así que era eso. Un sutil acto de contrición: Ahora sí que hemos quemado las naves. Ya no regresaremos más a Cuba. Hernán Cortés era un niño de tetas comparado con Orishas, ¿saben? Y les digo que usar en beneficio propio —sobre todo cuando el talento se te agota—, los sentimientos legítimos de una parte considerable de nuestra población, y procurar convertir un robo en un acto de patriotismo, es una burla. Y apuesto a que los volveremos a ver regresando a La Habana. (Otra nueva contrición en el futuro.) En el espacio mínimo de los 3 minutos 16 segundos de la grabación, se produjo el choque de lo que es un producto político de ocasión y la obra de un artista. Que es lo que te sigue grabado en la memoria. Si tú los oyes, es por las porciones de “Ojalá”, no por los estribillos de reciente inclusión. Yo creo que en un evidente afán de competir en un mercado muy duro y muy difícil, en un evidente afán de llamar la atención, emplearon el recurso más gastado de los advenedizos del exilio: los golpes de efecto. Y por otro lado, el asunto, chicos, no es que se hayan metido con Silvio, sino con una generación. No olviden el poder de evocación que tiene la música. Atesora la memoria de momentos, gentes, lugares de los que en muchos casos ya no existen ni los edificios. Además de la injusticia galopante que significa arremeter desde la seguridad de una casa en Madrid, o donde quiera que residan, contra uno de los artistas más rebeldes que conoció el proceso cubano. Silvio, con su guitarra y su camisita blanca de la libreta de abastecimientos y el mínimo tatuaje en el dorso de su mano izquierda expulsado del Instituto Cubano de Radiodifusión por defender a los Beatles ¡en el año 1968! Déjenme contarles algo, para cerrar: Yo recuerdo al general de División Fabián Escalante, nombre de guerra “Roberto”, jefe de la Dirección Política Central del Ministerio del Interior, en el comedor de Tropas Especiales un día de principios de 1989. Estaba preocupado por Silvio. Ya “el muchacho” estaba dando conciertos a teatro lleno en el Carlos Marx y a Ciudad Deportiva llena y a Plaza de la Revolución como solo Fidel lo lograba y aquello era preocupante. “Ese muchacho se puede convertir en un flautista de Hamelín. Y no tenemos control sobre él.” Mas nadie se acuerda de este general aunque fuese uno de los sospechosos sobrevivientes del Ministerio del Interior en la purga de la Causa número Uno de julio de 1989. En ese sentido Orishas y el generalato del Ministerio se dan hoy la mano.

En la foto, desde la izquierda: El poeta Guillermo Rodríguez Rivera, el escritor Norberto Fuentes, el cantautor Silvio Rodríguez, el fotógrafo Alberto Díaz Gutiérrez (Korda). Artistas de primera línea. Todos. Ninguna moneda falsa. 30 de diciembre de 1989. En la casa de Norberto. Se ha casado otra vez el hombre. (Sobre la fotografía: Copyright © 1989, 2020 by Ernesto Fernández. Prohibida la reproducción.)

sábado, 25 de enero de 2020

Juancho no lee. Navega


El libro de Norberto Fuentes encargado por Fidel Castro es un clásico que trae a J. J. Armas Marcelo un sinfín de recuerdos cubanos.

Ricardo Artola acaba de enviarme la última edición de un clásico: Hemingway en Cuba, de Norberto Fuentes, editado ahora por Arzalia Ediciones. Dice la leyenda que Fidel Castro montó en cólera cuando le llevaron un ejemplar de Hemingway en Cuba, del soviético Yuri Paporov, periodista que había vivido casi veinte años en La Habana. El libro había sido publicado en Moscú y en México (en español) y Castro preguntó si no había un escritor cubano que pudiera escribir un libro mejor que el del soviético. «Norberto Fuentes», le dijo García Márquez, «y yo pongo el prólogo», añadió. Norberto Fuentes, todavía lisiado por el «caso Padilla» salió (lo sacaron) del ostracismo y le entregaron la casa de Hemingway, Finca Vigía, en San Francisco de Paula, a pocos quilómetros de La Habana. Eso dice la leyenda, aunque la historia real (o irreal) vaya por otro lado. Tengo el libro de Paporov, y una fotografía del canadiense que fotografió a Hemingway cuando ganó el Nobel. Es un original: Hemingway tiene la mano en el pecho y se le nota mucho la cicatriz en la frente de cuando se cayó del puesto de mando del Pilar por un golpe de mar que casi lo mata.

Hemingway en Cuba, el de Norberto Fuentes, es un prodigio de trabajo, documentación, pasión por la literatura y amor fijo por el escritor que es objeto y sujeto del libro. A mí, cuando lo leí por primera vez, me pareció un clásico y en eso se ha convertido a lo largo de estos años, en los que todo aquel que haya querido escribir con cierta profundidad de Hemingway en Cuba no ha tenido más remedio que leer y releer el libro de Fuentes. A mí me sirvió muchísimo para escribir Así en La Habana como en el cielo, donde pongo en cuestión varios estereotipos que la propaganda castrista convirtió, repitiéndolos, en verdades irrefutables. Esas fotos, que también están en el libro de Norberto Fuentes, de Fidel Castro con Hemingway son, dice también la leyenda, las únicas que Castro y Hemingway se hicieron juntos. El castrismo quiso mostrar que Hemingway tenía una gran simpatía por el régimen cubano y, especialmente, por el Líder Máximo, pero otra leyenda, y en esa me basé para escribir una parte de mi novela citada, dice que Hemingway sabía que Fidel Castro había mandado matar a Manuel Castro, líder sindicalista estudiantil, su enemigo personal y político en la Universidad de La Habana. Manuel Castro sí era muy amigo de Hemingway y cuando corrió la noticia de que los chicos del gatillo fácil seguidores de Fidel Castro lo habían matado como a un perro, en plena calle, Hemingway cayó en una tristeza que terminó por hacerle escribir, esto también es una leyenda, un cuento titulado The shot que narraba la muerte de su amigo. Todo leyenda, pero en el Viejo Oeste, eso ya se sabe, lo que queda es la leyenda y casi nunca la historia.

El trabajo de Norberto Fuentes en Hemingway en Cuba es totalizador: no queda nada que el escritor cubano no rastree, como un perdiguero que no deja atrás nada de lo que sea importante de la vida de Hemingway en Cuba. Muchas veces en el libro de Norberto aparece Gregorio Fuentes, «Goyo», el último patrón que tuvo Hemingway en su yate Pilar, que tiene el mismo nombre que la protagonista de Por quién doblan las campanas. Gracias a Norberto conocí bien a Gregorio Fuentes, ya viejo pescador pero entonces todavía fuerte y con buena memoria. Había nacido en Lanzarote, en mi tierra canaria, y se volvía loco cuando yo llegaba con el gofio que me había pedido que le llevara a La Habana. En La Terraza de Cojímar cenamos algunas veces Goyo y yo. Hablábamos de Hemingway, pero también de Norberto Fuentes que ya había sido rehabilitado políticamente y disfrutaba entre los amigos más cercanos de Tony Laguardia, que después fue fusilado por Castro junto al general Ochoa, «el Calingo», y otros militares cubanos, dizque por traición a la patria. Falso de toda falsedad: fue un asesinato más del castrismo y de Fidel Castro. En parte esta historia está contada por el propio Norberto Fuentes en Dulces guerreros cubanos, gran libro, cínico y sin embargo dulce, como reza el título.

Hace años que no veo a Norberto Fuentes, entre otras cosas porque cuando voy a los Estados Unidos no me aventuro por los Everglades de Florida ni por la ciudad de Miami, tomada lenta y pacíficamente por el exilio cubano. El restaurante Ayestarán, en una esquina de la calle Ocho, cerca de la Sogüesera, era mi preferido. Al Versalles, donde los cubanos del exilio comían los platos cubanos y se llenaban de añoranza de la Cuba perdida, fui algunas veces. Sí, ahora que estoy escribiendo también el segundo tomo de mis memorias, Cuba ocupa un lugar importante y una gran cantidad de páginas en esa parte de mis recuerdos. El poeta Padilla, Natalia Revuelta, Monseñor Céspedes, Norberto Fuentes, Jesús Díaz, Rosa Marquetti, Fina García Marruz, el traidorzuelo Pablo Armando Fernández… Tantos amigos muertos, moribundos o lejanos; tanta añoranza mientras escribo esas memorias cubanas. Y, entonces, llega de repente esta edición de Hemingway en Cuba y, una vez más, crece el recuerdo de la isla y sus gentes ya desaparecidas (o lejanas) que fueron mis amigos cubanos, mis dulces amigos cubanos. Bueno, el prólogo de García Márquez al libro biográfico de Norberto Fuentes no es ningún esfuerzo intelectual, pero, en fin, está bien, bastante bien.

J. J. Armas Marcelo en El Cultural
13 noviembre, 2019

Foto arriba: El torreón al oeste de la desembocadura del río Cojímar.

miércoles, 8 de enero de 2020

Entrevista capotiana

Publicada el viernes 3 de enero de 2020 en ALMAS EN LAS PALABRAS, el blog de Toni Montesinos.

Foto: Rafael del Pino

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Norberto Fuentes.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

De hecho, conozco la experiencia. El “jamás” no llegó a completarse pero estuvo cerca. En Cuba, durante mis últimos años de residencia, tenía prohibida la salida del país. Ni siquiera las playas al este de La Habana me eran accesibles sin que apareciera la cola policíaca, y en todos los puertos y aeropuertos los oficiales de inmigración disponían de plegables de lo que ellos llaman foto tablas en los que mis retratos aparecían recreados con los disfraces que pudiera emplear para escabullirme en sus mismas narices. Luego, aquí, en el país de la libertad, los empleados cubanos de la migra yanqui, hacen lo imposible por torpedearme los documentos de viaje. Qué cosa tan rara, ¿eh? En ninguno de los dos casos me tragan, pero se placen en mantenerme encerrado dentro de sus jurisdicciones.

Bueno, en fin, como la pregunta no establece el tamaño de ese “solo lugar” — ¿un país, una ciudad, una casa, un closet?— me decanto por las apetencias de mi imaginación: A mí que me den un harem, pero con aire acondicionado y con las chicas de mi elección. Eso sí, en algún sitio donde no sea ilegal este tipo de propiedades. No, no hay que violar las leyes. O si se quiere, pensemos algo más práctico: un yate como el de Onassis (ya los debe haber más modernos y lujosos). ¿Con una ciudad flotante como esa, y yendo de puerto en puerto, para qué tienes que desembarcar en ningún lado?

¿Prefiere los animales a la gente?

Si el animal es Jerry Lee, mi cocker, echado en este momento a mis pies, lo prefiero en términos generales a “la gente”. Aunque siempre lo mantendría en un lugar más o menos equivalente al puñado de mis amigos de toda una vida y en firme igualdad con mi mujer, Niurka. Bien vistas las cosas, ninguno de esos rudos guerreros de mi entorno se conformaron nunca con que yo les regalara una golosina y los felicitara con un “good boy” (Jerry Lee es gringo) por pedirme que lo sacara al patio para no mearme el estudio.

¿Es usted cruel?

Todo lo contrario. Mi reputación es la de ser un tipo compasivo. Lógico en la conducta de un pisciano. Demasiado amplios y nada dogmáticos y es fama que aceptamos con pasmosa tranquilidad los argumentos de todas las partes. Para nosotros tiene tanto valor el lamento del asesinado como la justificación del asesino. De verdad que yo los comprendo por igual.

Pero sí quiero exponer lo que debe ser un grave defecto. Soy burlón. No tengo fronteras a la hora de reírme de los que me rodean, empezando por mis padres (cuando vivían), mis mujeres (cuando lo han sido) y mis amigos. Claro, la mayoría de mis vínculos se desarrollaron en la Revolución, y ese proceso era como una enorme cófrade que se movía en los bordes de un abismo. Supuestamente, todos íbamos a morir cuando los yanquis invadieran. De alguna manera nos veíamos como defensores de Iwo Jima. Y si tal era la situación y el destino inexorable, para qué rayos imitar a los japoneses en cuanto a su vocación suicida. Lo nuestro era gozar. A partir de esa concepción, pues, a cubrirnos de insultos como la forma más visceral de la camaradería. Actuaba como una cobertura del más acendrado de los afectos. Después de la injuria, del agravio, de la mofa, de la ofensa, de la afrente, ¿qué es lo que te queda? Pues un amor desmedido. ¿Estábamos locos? Sí, seguro. Pero era así como veíamos las cosas. (Qué curioso, no había insultos para prodigarle al enemigo. Decididamente no eran merecedores de denostarlos con ningún apelativo.)

A veces he pensado en el origen de este apetito mío por la burla. Pienso que procede de los ejemplos de mi viejo, que corría con las relaciones públicas de la mafia americana en Cuba. Recuerdo que solía llevarme por las tardes a Sans Souci, el cuartel maestre de Santos Trafficante. A esa hora —hacia las 3 PM— el cabaret y casino adjunto estaban vacíos, solo Santos y su séquito, entre los que se incluía a “Pancho Villa”, mote que le endilgaba Santos al viejo. Una tarde tenían un cónclave, seis o siete de ellos alrededor de Santos, y hablando de esto y de aquello cuando mi padre me dio un codazo y con un movimiento de cabeza me señaló al paisano a su derecha, un arquetipo del caporegime, rostro lombrosiano y el bulldog calibre 38 abultándole bajo la sobaquera, y —creyendo que el sujeto importado desde la Pequeña Italia neoyorquina no entendía una palabra de español—, mi viejo me susurró: “¿A cuántos habrá matado este? Mira la cara de asesino que tiene” “A siete”, dijo el hombre. “He despachado a siete, míster Fuentes.”

¿Tiene muchos amigos?

¿En cuántos estamos pensando? Yo creo que media doce de amigos a lo largo de un buen medio siglo, es una cantidad apreciable. En mi caso, tienen, por lo común, un origen profesional, como los fotógrafos que me acompañaban a mis reportajes, o los combatientes, la brabucona tropa que luego poblaba con preferencia mis textos. Digo origen profesional en el sentido de que surgieron mientras yo satisfacía mi sed de aventuras. Y tuve la visión, temprano en mi carrera, de escoger el reportaje como el género ideal para vivaquear por todo un país en revolución y suministrarme de escenarios y personajes. En mi lejana memoria podría citar a los miembros de la patrulla Oso del Grupo 17 de la Asociación Scout de Cuba. Era una excelente fuente de aventuras para un adolescente aunque desde hace años se perdió el contacto con los hermanitos de las acampadas y las fogatas en una rivera del Mayabeque.

Los que nunca se han ido de frecuencia, incluso algunos después de muertos, o de haberse quedado en Cuba después de yo enrumbar al exilio, pertenecen a la tropa de los años 60. Ernesto Fernández “El Fernan” (conmigo en tres campañas militares) y Roberto Salas “Chen”, con el que les cogimos la delantera al resto de la prensa cubana con los reportajes de las armas estratégicas y/o de última generación que los soviéticos estaban dislocando en el país. Escritores, pocos, la verdad. Guillermo Rosales era uno de ellos, y hubiese sido el mejor escritor de mi generación si no se suicida. Raúl Rivero, el poeta, fue otro, aunque el Gordo se ha disuelto en el silencio, y no solo como amigo, sino también como poeta, solo y cada vez más obeso en un oscuro apartamento de Miami —que es imperdonable. Entonces los guerreros, empezando por un par de los pilotos que volaron los primeros MiGs en el continente americano: Douglas Rudd y Rafael del Pino. Y el ranger, mi hermano del alma, el coronel Antonio de la Guardia (cada noche cruza en mi mente con sus ojos empapados en lágrimas frente al pelotón que lo va a ejecutar). El genio de la lucha contra guerrillera, el cazador por excelencia, el general de división Raúl Menéndez Tomassevich “Tomás”, que convertí en el comandante Bunder Pacheco de mi primer libro. Y  que no me falte un diplomático (nadie es perfecto), Alcibíades Hidalgo, conocido como “Conejo Alc”, el campeón de las aventuras eróticas de mi Dulces guerreros cubanos. El insaciable Alc. Y en el exilio, por lo pronto, un solo amigo en igualdad de condiciones que los demás. El único gringo de mi tropa. Brad ******. Un alto oficial de la inteligencia americana, ya retirado, que manejó el expediente cubano durante años. ¡Tenía que ser!

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

¿Yo? ¿Exigirle cualidades a un amigo? Bueno, hay dos condiciones —más que cualidades— que se presentan espontáneamente. La lealtad y la historia. La historia individual, quiero decir. Aunque parezca extraño, para mí es lo mismo. O son elementos sólidamente interconectados. Pero, repito, esto es algo que surge en el camino. Quiero decir, tú encuentras tus iguales mientras avanzas en tu camino, es decir, mientras escribe tu historia. Y los reconoces de inmediato. The Wild Bunch, la película de Sam Peckinpah, es la clave para entenderlo. Cuando William Holden (“Pike” en la película), le dice a sus compinches “Tenemos que ir pensando más allá de nuestras armas. Esos días están cerrándose con rapidez”, yo siento que me está hablando a mí. Pertenezco a una generación —ahora lo comprobamos— que actuaba siempre en la frontera del olvido. Compartir esa comprensión es un saberse que estamos jodidos y que no existen armas ni recursos contra semejante fatalidad. Así que, como decía el cosaco en uno de los cuentos magistrales de Caballería roja: “¡A luchar por la Revolución Mundial y por un pepino!”

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

Igual que lo anterior. Significaría un estándar previo que nunca me he exigido. La amistad es algo que surge espontáneamente, y funciona en medida que no te amilanes. Otra frase del Pike de William Holden en la película es mi mejor ejemplo: “Cuando tú te unes a un hombre, tú te mantienes a su lado. Si tú no puedes hacer eso, tú eres como un animal.” ¿Entienden? Lo dice mi Biblia —The Wild Bunch.

¿Es usted una persona sincera?

A veces exageradamente sincero. Se me va la mano con la sinceridad, según el consenso. Mi mujer, Niurka, dice que soy el tipo más políticamente incorrecto que ella ha conocido. No sé qué tiene eso que ver con la sinceridad, pero creo entenderla.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

La pregunta debe ser al revés. Bueno, es obvio que mi tiempo ocupado lo empleo en escribir. Pero es mínimo. ¿Quién dijo que un escritor si no tiene tiempo, qué es lo que tiene? García Márquez se me quejaba mucho del tiempo que, según él, yo desperdiciaba. Pero no se daba cuenta que vivíamos en situaciones diferentes. Después de mis primeros 15 años de ostracismo, exilio interior, represión y persecuciones por la publicación de Condenados de Condado, mi primer libro, decidí que la escritura iba a ser la ocupación de mi vejez. Pero había que llegar allí sano, y sin que me quedara una aventura amorosa sin tentar. Así que la ocupación, me dije, va a ser observar, escudriñar, ver, oír este fenómeno que me rodea, y, al unísono, querer y dejarme querer.

¿Qué le da más miedo?

A estas alturas de la vida, nada. Además de que yo creo haber agotado todas las instancias del miedo durante y en los años posteriores al proceso que llevó a la muerte a mis entrañables compañeros el general Ochoa y el coronel De la Guardia, dos héroes de la Revolución mandados a fusilar por el mismo Fidel. Después que llegué al exilio, el miedo surgía en los sueños, miedo a despertarme un día en mi casa de La Habana. Dicen que ese es un sueño común de los exiliados en los primeros tiempos de su destierro. Lo cierto es que amanecía empapado en sudor. Pero hace mucho tiempo de eso y no lo he vuelto a soñar. Hace unos seis o siete años, Ricardo Alarcón, que era el Presidente de la Asamblea Nacional, me invitó a Cuba. Vinieron dos o tres invitaciones como esa, nunca respondidas, por supuesto. Entonces cuando Obama preparaba su viaje alguien sugirió mi nombre en la delegación acompañante. “Interesante”, respondieron en la Casa Blanca. Por último, el año pasado, un ex congresista que viajó a Cuba, me trajo la propuesta de establecer la cátedra de literatura Norberto Fuentes (me imagino que en la Universidad de La Habana) y la habilitación de un apartamento y un coche para que yo me sintiera a mis anchas si regresaba. En todos los casos, el recuerdo de los terroríficos sueños y de verme encerrado en aquella isla, fueron argumentos más que persuasivos en contra del proyecto.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

Dice Truman Capote, el pesado fantasma que señorea sobre estas entrevistas “capotianas”, y ante esta misma pregunta (que se prodigó él mismo), que una vez conoció de un vecino que se acostaba con su madrastra. Bueno, me apresuro a declarar, para entrar en la competencia, no con Truman sino con el vecino, que yo me casé con dos hermanas (una primero y otra después, aclaro) y hubo una suegra de uno de mis matrimonios que regularmente, todavía hoy, me voy a la cama con el barrunto de que la dejé escapar. Mas, advierto, no siempre la elusión de tales affaires son un pesar que te espera en el futuro.

Mi hermano Luis, un severo físico nuclear, que estudió en Dubná, una ciudad secreta de la antigua URSS, me cuenta que suele ocurrirle un desliz en los encuentros científicos de alto nivel a los que asiste. “Imagínate”, me dice, “acabo de conocer a varias personas, físico-químicos igual que yo, pero colombianos, americanos, españoles. Hombres que no me interesan tanto y mujeres de buen ver, alguna bien sexy. Nos contamos de nuestras vidas. Todos fascinados con mi historia de físico nuclear cubano, miliciano de puntería con los AK-47, cortador de caña y participante en investigaciones desde el reactor ruso hasta el sincrotrón americano. Además presumo de buen humor y cierta capacidad de análisis. Yo me siento Rey del Mundo porque percibo un auditorio fascinado. De pronto, oh, pequeño desliz que desencadena la bola de nieve que me sepulta. La conversación menciona incidentalmente que tengo un hermano escritor, ahijado preferido de Fidel Castro, mujeriego, fiel a los condenados a muerte y analista político. Hasta ahí llegó el interés del público por el físico nuclear. Todas las mujeres brincan excitadas: ¿Que la sexta esposa era hermana de la cuarta? ¿Qué si Hemingway y García Márquez? ¿La autobiografía de quién? ¿Que del Premio Casa castigado para los cañaverales? ¿Y qué tiene la Niurka esa que lo domó? Ay, Luis, ya me aburrí de ti. ¡Preséntame a tu hermano!”

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Siempre quise ser escritor, igual que Hemingway declaró alguna vez en referencia a él mismo. Bueno, escritor como objetivo básico. Porque primero quise ser historietista. Me refiero a los tebeos. En Cuba le llamábamos muñequitos. De chamaco, me había fascinado Will Eisner con su serie del Spirit (todavía hoy está influyendo en mi escritura). Por eso terminé estudiando artes plásticas en San Alejandro. No con Rembrandt o Van Gogh en la cabeza, sino el gran Will Eisner. Me pasé dos cursos intentado hacer orejas y narices de barro y gastando carboncillos frente a una cartulina, y en tales empeños no logré gran cosa, para no aceptar que fracasé estrepitosamente. Claro, todavía no había entendido que mi vocación era la de contar. Por eso mi fanatismo por las historietas, que era el mismo del cine (también quise ser dueño de la Paramount). Desarrollar, a través de una secuencia de cuadros, una historia. Eso no se lograba nunca en el estatismo de una nariz de barro que uno tenía que estar horadándole los dos cabrones orificios con una espátula. Vamos, que lo mío eran las anécdotas, las aventuras. No, no hubiera podido ser otra cosa que un artista. ¿Piloto de combate? ¿Interrogador de la Seguridad del Estado? ¿Proxeneta? Cada uno de esos oficios tuvo su atractivo, no crean. Así que, si no hubiesen sido las letras o las artes plásticas (aplicada a los cómics), lo otro que mi espíritu iconoclasta y contradictorio me hubiese permitido ejercer hubiese sido integrante de una banda de rock.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

¡Já!

¿Sabe cocinar?

Hago unos batidos de leche con plátano a los cuales les embuto una barra completa de queso crema y espolvoreo con seis cucharadas soperas repletas de azúcar que son para descolocarte la vida. Yo les llamo el mata diabéticos. El revoltillo de coctel de frutas me queda muy bien.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? 

Bueno, de alguna manera ya lo he hecho. Pueden servirse de las 1 600 páginas de los dos volúmenes de La autobiografía de Fidel Castro y convertirla en un folletín de 20 cuartillas cortas.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Esto llevaría de modo inevitable a una respuesta de tipo intelectual. Truman Capote (en la entrevista de Los perros ladran, que sirve de modelo a esta) dice que es la palabra amor. Y la señala también como la más peligrosa. Para mí, las palabras no tienen otro significado que el objeto que describen. Pero, con el propósito de intentar algo más elaborado, me quedo con la definición de Víctor Sklovsky, el padre de la escuela formalista rusa. Él mismo me dijo que, en literatura, la sangre era una metáfora. Apliquémoslo pues al amor y a cualquiera de las 195 439 acepciones del último diccionario de la RAE.

¿Y la más peligrosa?

Váyase a la respuesta anterior.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

¿Qué tú crees? Pero la pregunta, como procede de las mansas aguas de la mentalidad capotiana, se queda por debajo de la expectativa. La buena sería: ¿Alguna vez ha matado a alguien?

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

Depende la época y donde me encuentre. Lezama Lima lo definió muy bien (y con mucha valentía, ya que se encontraba en Cuba). Decía que en la integración de lo histórico se daban “sus paradojas”, y lo que nos parecería muy revolucionario hoy, después se vería como una reacción. Perfecto, ¿verdad? Otro de mis maestros soviéticos resulta igual de admonitorio. Boris Pasternak pontificó (creo que lo puedo citar textualmente) que la gran devoción heroica a un punto de vista le resultaba muy ajena y que la consideraba una falta de humildad.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

El sultán del harem mencionado en una pregunta anterior.

¿Esta pregunta no reitera —así mismo— una anterior?

¿Cuáles son sus vicios principales?

¿Tú quieres que esta entrevista me cueste el divorcio, amén de una citación inmediata de la fiscalía del condado?

¿Y sus virtudes?

La lealtad. Soy de una lealtad absoluta y sin fisuras hacia mis amigos.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

¿Ahogando? ¿Ahogándome dices tú? Óigame si esa es la situación, no hay forma que yo vaya a tener ninguna imagen en la cabeza. ¿Tú has estado ahogándote alguna vez? Pues yo sí. Y qué te voy a contar… Si me dices una silla eléctrica o una inyección con anestesia previa en el sistema, bueno… quizá me dé por ver las famosas imágenes e incluso la prometida luz al final del túnel. Bien pensada las cosas, doy por sentado que estaría el recuerdo de las mujercitas que dejé escapar y sobre todo aquella suegra de la que perdí innúmeras oportunidades. Bueno, dale, rápido, que todavía te quedan unas volutas de aire para consumir. Pues pensaría que, coño, ¿por qué puñetera obstinación tienen que matar a un tipo tan leal, tan lindo, tan simpático como yo? La verdad que no los entiendo. Pero tampoco esperen que los perdone.

T. M.

martes, 7 de enero de 2020


¡Felicidades,
Crochita!
¡Japiberdi!
🎈🌈🌞🍰🍸

domingo, 5 de enero de 2020

Historias de la Revolución
Pombo

El general de brigada de la reserva Harry Antonio Villegas Tamayo (Pombo) falleció, a los 81 años de edad, en la madrugada de este 29 de diciembre en La Habana, como consecuencia de una disfunción múltiple de órganos.
                                                              —Granma, 30 de diciembre de 2019.

Esto es, por lo pronto, el material sobre Harry Villegas que rescato de mi archivo. Cliquee sobre las imágenes para ampliarlas.


Un propio del general de división Raúl Menéndez Tomassevich “Tomás” al coronel Harry Villegas “Pombo”

El 27 de marzo de 1982, a bordo de un Illushin 62-M, a 12 kilómetros de altura en la noche atlántica, palpo el mensaje de Tomás, que llevo en un bolsillo. Comprendo entonces que he hallado mi destino.


26 - 3 - 82

Querido Harry:
Te hago estas dos líneas, primero para saludarte y luego para plantearte dos tiñosas.
1° Me ha extrañado que no hayas escrito para decirme cómo marcha todo lo que te pedí me resolvieras.
2° Quiero pedirte atiendas a Norberto y Ernesto que van a esa a resolver asuntos de sus respectivas especialidades, y tú puedes ayudarlos en cualquier gestión que ellos necesiten.
Por último quiero decirte que esto marcha bien y que casi está terminado el Plan de la LCB, el martes lo veré con los soviéticos y luego con los angolanos. Enviaré un ejemplar para esa.

                                                                                             Un fuerte abrazo
                                                                                                         Tu hermano
                                                                                                                   Tomás

Harry Villegas, ya se sabe, el “Pombo” de la guerrilla del Che y uno de los tres cubanos sobrevivientes de la aventura en Bolivia, es el destinatario. Pombo es miel en lengua swahili y el Che le escogió este nombre durante la campaña del Congo en la que se involucraron a mediados de los 60 y que el Che concibió como una especie de preparación para luego dislocarse en Bolivia, en lo que concebía como el inicio de una revolución continental. En 1982, con grados de coronel, Villegas actuaba como enlace del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (en La Habana) y la jefatura del llamado Cuarto Ejército de los cubanos, el contingente de internacionalistas de la isla dislocado en la República Popular de Angola.


Tiñosa. Puro argot revolucionario de la época. Tiñosa es un asunto a resolver. Algo que tú le encargas a un compañero para la búsqueda de una solución. En fin, una tarea.

Ernesto Fernández, el fotógrafo, y este autor, viajaron brevemente a La Habana para reabastecerse, principalmente de película, y tratar de mejorar el equipamiento fotográfico, que se había deteriorado con rapidez en el vivaqueo de la campaña. Y, de paso —¿por qué no?—, pasar algunos días de asueto matrimonial —o, para decirlo con la mayor compostura posible, lo que entre los combatientes cubanos se denominaba como “cambiar el aceite”. Acompañante invariable del autor en sus incursiones como corresponsal de guerra, Ernesto clasifica al nivel de un Robert Capa pero destruía cámaras en serie. Si no me creen la comparación con el sacrosanto Capa, revisen sus colecciones de fotos de la batalla de Playa Girón (Bahía de Cochinos), el Escambray, la frontera marítima cubana de los años 60, Nicaragua, Angola, para que comprueben si lo supera o no. Pero —la única queja— necesitaba un almacén de la Nikon detrás de él.

La elecebé. Las siglas de Lucha Contra Bandidos, es el término acuñado por la Revolución para llamar a las operaciones de contrainsurgencia.


Desde la izquierda: el fotógrafo Ernesto Fernández (por esta vez me toca a mí estar detrás de una de sus cámaras), el coronel Harry Villegas y un oficial de Información del que no conservo su nombre. Harry ignora sus funciones de enlace y aprovecha que hay en marcha una operación de reconocimiento en el área de Baixo-Longa para sumarse a “la fiesta”. Ya se ha agenciado un Kalashnicov y algunas provisiones. Esto es en junio o julio de 1982. Han matado cubanos al suroeste de Menongue. La campaña contra las bandas de la UNITA se calienta por día.


En el Estado Mayor cubano dislocado en Menongue, Pombo dialoga con otro emblemático oficial del empeño internacionalista: el coronel Pedro Rodríguez Peralta, el único cubano capturado en África antes de noviembre de 1975 —es decir, previo a la guerra de Angola— al caer en una emboscada de los paracaidistas portugueses el 18 de noviembre de 1969 en un paraje de Guinea Bissau. Condenados a 10 años de cárcel, cumplió cinco años en Lisboa sin que los portugueses pudiesen probar nunca la participación del Gobierno cubano en su dislocación como guerrillero al servicio del PAIGC. Liberado después de la Revolución de los Claveles en Portugal, regresó al escenario africano como asesor de la campaña de contrainsurgencia denominada Operación Olivo bajo el mando del general de división Raúl Menéndez Tomassevich. En la foto, lleva su pistola a la izquierda, debido a que su brazo derecho quedó inutilizado por el fogueo de los fusiles Galil en la emboscada donde lo capturaron. (Foto: Ernesto Fernández)


31 de diciembre de 1958, al mediodía. Harry Villegas escolta al Che Guevara mientras el reducido Estado Mayor de las fuerzas insurrectas avanza hacia el último reducto de resistencia del ejército batistiano en la ciudad de Santa Clara, el cuartel “Leoncio Vidal”. Villegas aparece detrás y por la izquierda de su adorado jefe.

Un día de junio de 1967, en un recodo de Bolivia, cercano al río Rosita. Harry Villegas aparece con Paulino Baigorria, que el Che ha decidido usar como correo. Necesita restablecer los contactos con la red urbana y decide que la tarea la cumpla el bisoño pero entusiasta campesino, sumado a la guerrilla apenas unos días antes. Villegas cumplirá la misma función pero sin ninguno de los riesgos de Paulino, cuando sirva como enlace entre el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (en Cuba)y el mando del Cuarto Ejército (el contingente internacionalista cubano en Angola), así como para trasladar correspondencia y noticias entre Gabriel García Márquez, desde La Habana, y Norberto Fuentes, en Luanda. Eventualmente, el sábado 23 de octubre de 1982, es el que —en su maletín de documentos oficiales MUY SECRETOS esposado a su mano izquierda (la derecha libre, presta a sacar la pistola)— me lleva el prólogo que Gabo ha escrito para mi libro Hemingway en Cuba.


Retrato del capitán cubano Harry Villegas —“Pombo” en la guerrilla del Congo y ahora en Bolivia— dibujado por Ciro Bustos. Una guerrilla de lujo, como puede comprobarse. Vivaquea con sus propios artistas. Cargan además con un filósofo: Regis Debray, importado desde Francia. Cierto que al final serán una banda de facinerosos capturados, o diezmados, o acribillados, o ahogados, y tirados al abandono, desde La Habana, por Fidel Castro. Por lo pronto, no obstante, posan.


Pombo y el comandante cubano Antonio Sánchez Díaz —“Pinares” en la guerrilla fidelista de la Sierra Maestra y “Marcos” en esta de Bolivia— muerto en Peña Colorada el 2 de julio de 1967.
La guerrilla se dirige a un paraje boliviano llamado Alto Seco. Hacen un alto y miran a cámara. Desde la izquierda, con sus nombres de identificación regular en la campaña: Rubén, Darío, León, Camba, Urbano, Coco, Aniceto, Benigno, el guía Paulino Baiogorria, Chapaco, Willy, Pacho y Pombo. Obsérvese la prudente distancia de cerca de 3 metros que Pombo gana del resto del grupo. Casualidad o valoración estratégica de la situación operativa, pero por sobre todas las cosas un juicioso aprendizaje de las mañas guerrilleras, donde la diferencia entre la vida y la muerte depende de tu capacidad de respuesta individual.

Lluvia de volantes sobre la zona de Mataral – Comarapa.

 







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Apuntes Casa Uno Luanda 1982

POMBO /// Mulato corajudo. Artífice de las ráfagas cortas con la carabina M-2. Atravesó a pie la cordillera de los Andes desde la Quebrada del Yuro, en Bolivia, cuando vio desde “un altico” que al Argentino lo habían capturado. Dijo: “vamos echando, que aquí no hay más nada que hacer”. Terminó en la frontera de Chile. Habla, apacible. “Nos infiltramos en un campamento. De noche. El resplandor de una fogata. Yo estaba muy cansado. Me senté en un tocón y cuando Urbano y Benigno iniciaron el fogueo a quemarropa y los soldaditos sorprendidos corrían de un lado al otro y soltaban las cacharras del rancho y tropezaban entre ellos, yo empecé a disparar a mi alrededor, pero sin levantarme del tocón y los iba tumbando y los veía cruzar en derredor de la fogata como si fueran sombras a contraluz de un relampagueo, sombras que iban cayendo, dobladas.” Harry Villegas era Pombo; Leonardo Tamayo era Urbano; Dariel Alarcón era Benigno. Descendiendo de la nave de Aeroflot en La Habana el 6 de marzo de 1968, luego de un recorrido que los llevó desde Santiago-Isla de Pascua-Tahiti-Sidney-Singapur-Atenas-París-Praga-Moscú y por fin aquella losa de La Habana. Fidel los esperaba al pie de la escalerilla y luego de los correspondientes abrazos, los amonestó: “Desde que llegaron a Chile no han hecho otra cosa que hablar.” Entonces unas palmadas en las espaldas. “No se preocupen. Tranquilos. Yo los entiendo.”


Sobre las dos fotografías de Harry Villegas y sus compañeros en Angola durante la Operación Olivo: Copyright © 1982, 2020 by Ernesto Fernández. Prohibida terminantemente su reproducción.