Fragmento de mi próximo libro:
Aeropuerto de Luanda, 10 de enero de 1989. 11 AM. Las tropas cubanas inician su retirada después de 15 años de guerra en Angola. Abelardo Colomé (a la izquierda en la imagen) viaja desde Cuba bajo el hipotético argumento de participar en la ceremonia de despedida, aunque su verdadera misión es conducir de regreso hacia la isla, virtualmente arrestado, al general de División Arnaldo Ochoa. La ocasión es ideal, además, para exhibir las tres estrellas de su nueva investidura como general de Cuerpo de Ejército. Le acompaña un incondicional, y auténtico antihéroe en la corte castrista: el general de División Carlos Fernández Gondín, con un sobreseído expediente por actos de cobardía al inicio de la guerra. Una mancha —es evidente— que hoy no cuenta. Hoy es un día de banderines y bandas de música y despedida de las tropas.
Imagen capturada de video. Copyright © 1989, 2015 by Norberto Fuentes. Prohibida la reproducción en cualquier medio.
martes, 27 de octubre de 2015
viernes, 2 de octubre de 2015
Más fuerte que la sangre
Fue una especie de golpe de estado a largo plazo. Muy lento en su despliegue. Necesitó del transcurso de 56 años, 4 meses y 29 días para que consolidara sus objetivos y que alguien pudiera declararse finalmente vencedor.
Paradójicamente, ese es un tiempo enmarcado por los dos únicos viajes de Raúl Castro a territorio enemigo. El primero, cuando aterriza en Houston, Texas, el 28 de abril de 1959, que es revelador de un fracaso suyo. Y el del pasado jueves 24 de septiembre, cuando su Illushin presidencial pega el tren de aterrizaje en Nueva York, que reivindica, sin fisuras, su triunfo final.
Aquella tarde de abril de 1959, Fidel volaba desde Montreal, Canadá, hasta Houston, en posesión de la información de que Raúl estaba efectuando unos extraños movimientos en La Habana. Ya conocía algunos de sus barruntos antes del viaje, pero la información que logra reunir con posterioridad es concluyente. Raúl y el Che temían que Fidel —oigan esto— cayera en la tentación de ponerse de acuerdo con los americanos durante el viaje o podía hacer concesiones que pusieran en dudas los objetivos legítimos de la Revolución. Y lo estaban presionando a través de mensajes para que volviera a Cuba el primero de Mayo y anunciara un viraje al socialismo durante el desfile ese día. Y Fidel, por supuesto, consideraba que eso era prematuro y más que prematuro: suicida. Por eso, sin pasar por La Habana, había optado por irse a la reunión económica de Buenos Aires, sobre la cual Regino Boti, uno de sus sacrosantos economistas, le había dado un briefing —aprendió la palabreja inglesa en ese viaje y todavía hoy le place utilizarla. Desde el mismo avión le mandó un mensaje a Raúl para que se reuniera con él en Houston. Tenían cosas muy serias que hablar.
En Houston, los hospedaron en el Sahamrock, recién inaugurado. Le asignaron el penthouse. Raúl vino con su mujer, Vilma Espín, y el comandante Manuel Piñeiro “Barbarroja” y unos guardaespaldas. Se reunió a solas con Fidel en su habitación, pero igual hubiesen podido reunirse en medio de la calle porque, cuentan los testigos, los gritos —los de Fidel— se podían oír por todo el hotel. También, se supone, se escucharon algunos de Raúl, aunque proferidos éstos en decibeles mucho más tenues. Uno de los gritos más nítidos era la acusación mutua de hijos de puta, en lo cual “ambos hermanos tenían la razón”, según testimonio de Ernesto Betancourt, otro de los economistas acompañantes y luego pasado al bando contrarrevolucionario. Todavía hasta hace poco, cuando estaba para el paso y se calentaba con algún coñacito y tenía a Raúl cerca y le parecía que la mejor forma de acompañar su Napoleón era burlarse de su hermano menor, Fidel le decía: “Cojones, Raúl, pero qué sentido de la oportunidad más atrofiado tú tienes.” Estas son —deben suponerlo— versiones atemperadas por el tiempo transcurrido de su barrage de insultos y gritos en el Sahamrock de Houston. Embromarlo con una repetición en tono más suave de lo que le gritaba en aquel hotel. “¿Tú te imaginas el regalo que le hubiésemos hecho a nuestros enemigos de haber declarado, como tú querías, al quinto mes de la Revolución, su carácter comunista?”
De manera que, cuando Raúl Castro aterriza en Nueva York el pasado jueves, para asistir al 70 Aniversario de la ONU, tiene que haberse sentido muy complacido consigo mismo, sobre todo en cuanto a sus mañas y estratagemas aprendidas en los últimos 50 años para tratar con los americanos y los resultados palpables: audiencias con el presidente Barak Obama, y con el ex Bill Clinton, que no da un rodea del tamaño de un estadio de futbol como le hizo a su hermano Fidel sino que lo cita en un lujoso hotel de la ciudad y estrecha su mano conmovedoramente amén de hacerlo posar juntos para un foto-op. Si Fidel acertaba en su apreciación de que Raúl en determinadas circunstancias no sabía moverse adecuadamente con las oportunidades, él, a su vez, no vislumbraba los límites de su propia personalidad y las capacidades de las de Raúl. Y si Fidel era el arrebato, Raúl era la prudencia; y donde Fidel era el espectáculo, Raúl era el silencio. Puede decirse de este modo que Raúl tuvo más tiempo libre para entrenarse.
Sabemos, en fin, que la idea de la muerte no cabe claramente en la conceptualización de los hombres que son dioses como Fidel Castro. Pero, pasados los 80 años de edad, Raúl manda un mensaje muy simple a los americanos: Este es el momento de negociar, porque una nueva generación tomará el poder de Cuba en dos o tres años, y para ese momento a ustedes les conviene estar aquí ya, si no quieren perder otra vez.
Que el sistema digestivo destruyera la salud de Fidel y que los americanos se dispusieran a escuchar las ofertas de Raúl, fueron los ingredientes finales del cocido. Pero la dialéctica de la traición implícita, primero ante la sospecha de que su hermano negociara con los americanos, y ahora para ser él quien lo haga, merece eventualmente una explicación.
viernes, 25 de septiembre de 2015
Carmen en combate
Era la Mamá Grande de la literatura española. Una agente literaria que trascendió los límites de su profesión para convertirse en pieza capital de las letras, transformar a los autores en protagonistas absolutos y acompañar los ecos del boom latinoamericano. Un nombre legendario que, después de acompañó hasta el éxito a autores como Vargas Llosa y García Márquez, entre otros, ha fallecido este lunes (21 de septiembre) en Barcelona a los 85 años de edad.
Colgado en HEREJÍAS Y CAIPIRINHAS, el blog de Rui Ferreira, el martes 10 de abril de 2007.
Aquellas noches en casa de Gabo
El diario español ABC (mi ex lugar de trabajo – uno de tantos otros), publicó hoy un pequeño texto (¿memorias, reportaje?) de Norberto Fuentes sobre un incidente ocurrido un fin de año en la casa de Gabriel García Márquez en la capital cubana. Cuenta el texto que la editora Carmen Balcells, posiblemente la única mujer que Norberto comparte con Gabo, y viceversa, le preguntó a Fidel Castro que cuando liberaba a los presos políticos. La que se armó después lo van a leer aquí [ver a continuación]. Lo que ABC no publicó es la fotografía de la velada, que ahora aquí la descubrimos. De izquierda a derecha, tenemos a NF, Carlos Aldana, Armando Hart, el cineasta brasileño Ruy Guerra, Carmen Balcells y Vilma Espín. Al fondo del lado derecho, medio escondido en la oscuridad haciendo, váyase a saber qué cosa, se distingue a Alcibíades Hidalgo.
Las buenas y las malas noticias. ¿Cuál primero?
ABC / 10 de abril de 2007
El episodio de un español que le solicita la libertad de los presos políticos a Fidel Castro, es algo que yo había visto antes. Carmen Balcells, la famosa agente literaria de Gabriel García Márquez, acometió la tarea. Aunque no creo que pensara con detenimiento en el terreno que se estaba metiendo, sino más bien que fue como aconsejando al cubano —con una frase de ocasión— para que saliera de ese fastidio. Ocurrió un poco después de las sidras, los besos y los abrazos de bienvenida al año 1986, y delante de la veintena de invitados que García Márquez tenía esa noche en su casa, algo que ya se estaba haciendo una costumbre, “esperar el año en casa del Gabo”, una especie de coronación del Everest en el combinado de poder y gloria que se conocía entonces en Cuba, no tanto por Gabo sino por que Fidel hacía acto de presencia en cualquier momento. Carmen había llegado esa misma tarde a La Habana para participar del exclusivo festejo, el último vuelo de Iberia del año 1985. Y Fidel se presentó en el recinto hacia las 12,30, luego de dedicar su noche a recorrer hospitales y visitar en su post operatorio al primer cubano con un corazón transplantado. Fidel estaba de pie. La puerta de salida al jardín estaba a su espalda. Carmen estaba a su lado y hablaban del desempleo mundial y de lo formidable que resultaba viajar en primera por Iberia cuando, de improviso, soltó aquello de, Ah, oye, Fidel, ¿y por qué no acabáis de soltar a los presos políticos? No puedo asegurar que fuesen las palabras exactas, pero sí que no se le debe haber olvidado lo que pasó a continuación. Casi nadie, hasta ese momento, había reparado en el personaje que yo tenía junto a mí, hundido en el cojín de un sofá beige, vestido con un terno de chaqueta negra pero sin corbata y que tomaba whisky con soda de un vaso enorme. Raúl Castro Ruz. Le bastó la brevedad del consejo de Carmen para saltar de su asiento —su vaso fue uno de los dos que de repente yo tuve en las manos— y comenzó la descarga de una virulenta diatriba. Era inadmisible que Carmen —ni nadie que viniera del extranjero— se apeara con semejante solicitud. El gobierno cubano era el único en el mundo que se veía obligado a soportar esa clase de cuestionamientos. No había un solo preso en Cuba que no hubiesen atentado contra los legítimos poderes del Estado cubano. La voz ronca y dura de Raúl surgía incontenible junto con sus argumentos. Fidel y Carmen parecían dos totems alrededor del cual se movía Raúl como en una danza de guerrero sioux. Carmen daba indicios de bascular levemente en el centro del círculo que describía Raúl —aguantaba con bastante entereza la embestida—, mientras Fidel se mantenía callado y con una inusitada expresión de ausencia. En su silencio, expresaba una cierta solidaridad con Carmen, y a su vez dejaba que el hermano desplegara su ataque sin contratiempos.
Bien, pues, esa noche yo tuve conciencia de uno de los temas en los que te quemabas nada más que de acercártele y, lo más importante, que esos hermanitos no creían en diplomacia ni buenos oficios cuando se intentaba transgredir una pulgada del territorio que han demarcado como propio.
¿Conocía el canciller Miguel Ángel Moratinos la anécdota? Quién sabe. Pero es previsible que las inconveniencias y la rispidez del diálogo con los cubanos en lo referente al tema, tiene que haber estado presente en la preparación de su viaje a La Habana. Y es indudable que el éxito de su gestión ha tenido que ver, sobre todo, con el uso de los accesos alternativos que el negocio diplomático pone en sus manos. Y no son desdeñables los resultados de la aventura, porque los aproches anteriores, los inaugurados sobre todo por José María Aznar para la política española hacia la isla, han demostrado su desgaste e incompetencia. Amén de que los presos continúan tras los barrotes. Ya ustedes saben, se trata de la vieja política de la ilusión que creen vislumbrar a cada rato con el fin de derrocar a Fidel Castro. Lo cierto es que, desde que Zapatero llegó al poder, ha procurado —o al menos intentado— llevar a cabo otra dinámica y hacer del pragmatismo su profesión de fe. Como mínimo, ha entendido que encerrarse en una concha con Estados Unidos (el principal productor de la ilusión contrarrevolucionaria) no sirve de nada.
La semana pasada, en el Palacio de la Revolución, no hubo danza sioux alrededor de Moratinos. Hay algo lamentable de cualquier manera. Y es la supervaloración que la disidencia cubana se hace sobre ella misma. La cruda verdad es que no disponen de ninguna cadena hotelera, de ninguna finca, de ninguna fábrica, y mucho menos de tropas, para exigir una agenda y sentarse por derecho propio en la mesa de negociación. Su argumento principal —que debido a la represión no pueden lograr una plataforma política que merezca la atención de los centros de poder, tanto afuera como dentro del país— es inobjetable pero también demuestra a las claras la debilidad de su sistema de comunicación. Quizá aún estén a tiempo de aprender que, para poder negociar, hay que disponer de un mínimo de fuerza política, o económica o social —y mejor las tres juntas. El mecanismo resulta notorio. Tienen que encontrar sus vías, como bien hicieron los checos, o los polacos, y que vengan desde adentro y no haya que esperar por los dignatarios extranjeros que desembarcan en el aeropuerto.
—del ABC (Madrid, 23/09/15)
Colgado en HEREJÍAS Y CAIPIRINHAS, el blog de Rui Ferreira, el martes 10 de abril de 2007.
Aquellas noches en casa de Gabo
El diario español ABC (mi ex lugar de trabajo – uno de tantos otros), publicó hoy un pequeño texto (¿memorias, reportaje?) de Norberto Fuentes sobre un incidente ocurrido un fin de año en la casa de Gabriel García Márquez en la capital cubana. Cuenta el texto que la editora Carmen Balcells, posiblemente la única mujer que Norberto comparte con Gabo, y viceversa, le preguntó a Fidel Castro que cuando liberaba a los presos políticos. La que se armó después lo van a leer aquí [ver a continuación]. Lo que ABC no publicó es la fotografía de la velada, que ahora aquí la descubrimos. De izquierda a derecha, tenemos a NF, Carlos Aldana, Armando Hart, el cineasta brasileño Ruy Guerra, Carmen Balcells y Vilma Espín. Al fondo del lado derecho, medio escondido en la oscuridad haciendo, váyase a saber qué cosa, se distingue a Alcibíades Hidalgo.
Las buenas y las malas noticias. ¿Cuál primero?
ABC / 10 de abril de 2007
El episodio de un español que le solicita la libertad de los presos políticos a Fidel Castro, es algo que yo había visto antes. Carmen Balcells, la famosa agente literaria de Gabriel García Márquez, acometió la tarea. Aunque no creo que pensara con detenimiento en el terreno que se estaba metiendo, sino más bien que fue como aconsejando al cubano —con una frase de ocasión— para que saliera de ese fastidio. Ocurrió un poco después de las sidras, los besos y los abrazos de bienvenida al año 1986, y delante de la veintena de invitados que García Márquez tenía esa noche en su casa, algo que ya se estaba haciendo una costumbre, “esperar el año en casa del Gabo”, una especie de coronación del Everest en el combinado de poder y gloria que se conocía entonces en Cuba, no tanto por Gabo sino por que Fidel hacía acto de presencia en cualquier momento. Carmen había llegado esa misma tarde a La Habana para participar del exclusivo festejo, el último vuelo de Iberia del año 1985. Y Fidel se presentó en el recinto hacia las 12,30, luego de dedicar su noche a recorrer hospitales y visitar en su post operatorio al primer cubano con un corazón transplantado. Fidel estaba de pie. La puerta de salida al jardín estaba a su espalda. Carmen estaba a su lado y hablaban del desempleo mundial y de lo formidable que resultaba viajar en primera por Iberia cuando, de improviso, soltó aquello de, Ah, oye, Fidel, ¿y por qué no acabáis de soltar a los presos políticos? No puedo asegurar que fuesen las palabras exactas, pero sí que no se le debe haber olvidado lo que pasó a continuación. Casi nadie, hasta ese momento, había reparado en el personaje que yo tenía junto a mí, hundido en el cojín de un sofá beige, vestido con un terno de chaqueta negra pero sin corbata y que tomaba whisky con soda de un vaso enorme. Raúl Castro Ruz. Le bastó la brevedad del consejo de Carmen para saltar de su asiento —su vaso fue uno de los dos que de repente yo tuve en las manos— y comenzó la descarga de una virulenta diatriba. Era inadmisible que Carmen —ni nadie que viniera del extranjero— se apeara con semejante solicitud. El gobierno cubano era el único en el mundo que se veía obligado a soportar esa clase de cuestionamientos. No había un solo preso en Cuba que no hubiesen atentado contra los legítimos poderes del Estado cubano. La voz ronca y dura de Raúl surgía incontenible junto con sus argumentos. Fidel y Carmen parecían dos totems alrededor del cual se movía Raúl como en una danza de guerrero sioux. Carmen daba indicios de bascular levemente en el centro del círculo que describía Raúl —aguantaba con bastante entereza la embestida—, mientras Fidel se mantenía callado y con una inusitada expresión de ausencia. En su silencio, expresaba una cierta solidaridad con Carmen, y a su vez dejaba que el hermano desplegara su ataque sin contratiempos.
Bien, pues, esa noche yo tuve conciencia de uno de los temas en los que te quemabas nada más que de acercártele y, lo más importante, que esos hermanitos no creían en diplomacia ni buenos oficios cuando se intentaba transgredir una pulgada del territorio que han demarcado como propio.
¿Conocía el canciller Miguel Ángel Moratinos la anécdota? Quién sabe. Pero es previsible que las inconveniencias y la rispidez del diálogo con los cubanos en lo referente al tema, tiene que haber estado presente en la preparación de su viaje a La Habana. Y es indudable que el éxito de su gestión ha tenido que ver, sobre todo, con el uso de los accesos alternativos que el negocio diplomático pone en sus manos. Y no son desdeñables los resultados de la aventura, porque los aproches anteriores, los inaugurados sobre todo por José María Aznar para la política española hacia la isla, han demostrado su desgaste e incompetencia. Amén de que los presos continúan tras los barrotes. Ya ustedes saben, se trata de la vieja política de la ilusión que creen vislumbrar a cada rato con el fin de derrocar a Fidel Castro. Lo cierto es que, desde que Zapatero llegó al poder, ha procurado —o al menos intentado— llevar a cabo otra dinámica y hacer del pragmatismo su profesión de fe. Como mínimo, ha entendido que encerrarse en una concha con Estados Unidos (el principal productor de la ilusión contrarrevolucionaria) no sirve de nada.
La semana pasada, en el Palacio de la Revolución, no hubo danza sioux alrededor de Moratinos. Hay algo lamentable de cualquier manera. Y es la supervaloración que la disidencia cubana se hace sobre ella misma. La cruda verdad es que no disponen de ninguna cadena hotelera, de ninguna finca, de ninguna fábrica, y mucho menos de tropas, para exigir una agenda y sentarse por derecho propio en la mesa de negociación. Su argumento principal —que debido a la represión no pueden lograr una plataforma política que merezca la atención de los centros de poder, tanto afuera como dentro del país— es inobjetable pero también demuestra a las claras la debilidad de su sistema de comunicación. Quizá aún estén a tiempo de aprender que, para poder negociar, hay que disponer de un mínimo de fuerza política, o económica o social —y mejor las tres juntas. El mecanismo resulta notorio. Tienen que encontrar sus vías, como bien hicieron los checos, o los polacos, y que vengan desde adentro y no haya que esperar por los dignatarios extranjeros que desembarcan en el aeropuerto.
¿Alc infraganti?
Alc. El Conejo Alc. El viejo Alcibíades Hidalgo y Basulto de las páginas irredentas de Dulces guerreros cubanos. ¿Capturado infraganti?
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Misericordia, rumba y disidentes
La visita del Papa a Cuba en el programa “La noche de COPE” del lunes 21 de septiembre de 2015. La entrevista con el autor empieza hacia los 8.45 minutos.
Para escuchar presione aquí.
Presentación en la página de archivos de audio de la cadena COPE.
Lunes 21/09/2015
Visita del Papa a Cuba
Nuestra enviada especial Paloma García Ovejero nos ha contado cómo está yendo la visita más política del papa Francisco en Cuba, y a partir de ahora empieza la más pastoral. El Papa Francisco estuvo 40 minutos reunido con Fidel Castro. También hemos hablado con Norberto Fuentes, autor de la "Autobiografía de Fidel Castro".
viernes, 18 de septiembre de 2015
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