martes, 12 de septiembre de 2023

«Ochoa creyó que podía sustituir a Fidel Castro»


Por Graziano Pascale

Desde el año 1994, reside en Miami el escritor cubano Norberto Fuentes.

No es un exiliado más en Estados Unidos, porque a diferencia de la mayoría de sus compatriotas que emigraron a en Estados Unidos en los últimos 50 años por no compartir la dictadura castrista, él fue un miembro activo y adherente desde el primer día de la revolución que comandó Fidel Castro. Participó como tal en episodios muy importantes, desde su génesis hasta mediados de los años 90.

En una extensa entrevista concedida a CONTRAVIENTO, Norberto Fuentes explicó los alcances de su participación en aquel movimiento, y las razones por las cuales tomó distancia del régimen de Fidel Castro.

Sigue una síntesis de la entrevista, cuya versión completa puede verse aquí.


- ¿Qué hechos precipitaron su salida de Cuba?


- Todos aquí han participado de la Revolución. Todos, todos, todos. Yo le decía una vez a Rubén Batista, el hijo de Fulgencio (NdR: el dictador Fulgencio Batista, depuesto por la revolución de Castro), que me lo entreviste aquí, que al final todos hemos terminado en las playas de la Florida. mirando hacia Cuba, diciendo, mira que el que vienes es mi amiguito, mira que es mi amiguita. Todo el mundo dice de alguna manera que cuando ellos vinieron aquí, es porque la revolución cubana se terminó cuando ellos vinieron. Es decir, todo el mundo tiene como el fin de la revolución cubana, cuando ellos vinieron. Hasta ese momento ellos participan en la revolución cubana, con alegría, con entusiasmo. Y de pronto pasa algo que los decide a venir para acá.

- Pero no todos son impulsados por el mismo motivo. En su caso, ¿cuál fue ese motivo?

- Es verdad. No todos vienen por el mismo motivo. En mi caso, francamente, yo necesitaba escribir. Necesitaba el tiempo de vida que me pueda quedar para escribir. Tú como artista, como escritor, comienzas a preocuparte por tu obra. Y yo como escritor tenía una obra pequeña. Todo comenzó con "Condenados de Condado", donde vuelco lo vivido como reportero en los combates en la Sierra del Escambray contra elementos contrarrevolucionarios.

- Con ese libro comienzan sus problemas.

- Sí, yo me lo busqué. Nosotros decíamos mucho en nuestro grupo que nunca fuimos inocentes, ahí nadie inocente. El libro es la crónica de la lucha de los contrarrevolucionarios , y cómo los enfrentaron las fuerzas de Castro. Mis problemas eran problemas políticos. Cualquier cosa que pase en una revolución como la cubana, que fue foco de atención mundial, tiene una dimensión enorme.

- Pero curiosamente ese libro gana el Premio Casa de las Américas. Es curioso que la reacción contraria provenga de quienes le dieron el premio.

- Hay que estar dentro del potaje para darte cuenta de cómo son las cosas. La gente creía que la Revolución venía ya hecha desde arriba, que todo lo que pasaba estaba planificado. Pero es todo lo contrario. La Revolución era un animal político, con fuerzas que tiraban hacia un lado y hacia otro. Mi libro fue la respuesta a una bronca anterior que yo tenía de meses antes. Yo llegué a ser, siendo muy joven, el periodista más importante de Cuba. Creé la base de lo que fue llamado, en paralelo con lo que hacían algunos periodistas americanos, el "nuevo periodismo". Me recorrí la isla completa, me metí en todos los lugares, participé en todas las campañas militares a las que pude ir. Pero estaba muy ligado a un grupo de la antigua juventud socialista, que entró en conflicto muy serio con la dirección de Fidel.
Yo era amigo de ellos, y soy leal con mis amigos. Puedo analizar políticamente las cosas, pero me guío más por las emociones, por la pasión, como es propio de un artista. Entonces decido vengarme. y lo hago ganando el Premio Casa de las Américas, porque hasta ese momento yo no era considerado un escritor, era considerado un periodista. Hasta ese momento no había conflicto intelectual en el país. Yo lo inventé.

- Este desencuentro con la Revolución fue seguido por otro, el llamado "Caso Padilla", en el que el escritor Heberto Padilla, luego de más de un mes de prisión, hace una autocrítica pública sobre una supuesta actitud suya contraria a la Revolución, siendo seguido por otros escritores que también se humillan en público. Usted fue el único que no acompañó esa postura. Ese episodio fue seguido en Uruguay por la cobertura del semanario Marcha, a través especialmente de Ángel Rama. ¿Qué consecuencias le trajo?

- El semanario Marcha, al final, se portó muy mal, porque al final abandonaron a los escritores y se decantaron por la Revolución. Rama se portó muy bien. Siempre fue muy leal conmigo. Fue muy valiente. Había problemas había en Cuba y queríamos tener el derecho a discutirlos. Fidel nos quería quitar ese derecho a discutir. Yo era el último rebelde sin causa.

- Otro episodio que marcó el último tramo del régimen de Castro fue el de los fusilamientos del general Ochoa y del coronel De la Guardia, amigo personal suyo.

- La causa de Ochoa tiene que ver con el antes y el después que significó Angola. Ochoa perdió contacto con la realidad. Él creyó que podía sustituir a Fidel Castro. Y lo creyó a un nivel muy tonto. Se podría decir que ya estaba fusilado cuando cayó en ese error.

lunes, 11 de septiembre de 2023

Expectativas

El periodista y escritor (y exsenador) uruguayo Graziano Pascale me envía este breve clip como avance de la entrevista que tuvimos —y él grabo— para su portal de Youtube Contraviento TV y me solicita que lo distribuya entre mis amigos para «crear expectativas». Pues aquí está. A crear expectativas se ha dicho. Y para alimentar la expectativa, cliquee aquí.

miércoles, 26 de julio de 2023

El capitán Sosa

Al fondo, Norberto Fuentes y el capitán Sosa. Delante, Alcibiades Hidalgo y "su novia de entonces" (según NF). Copyright ©️1989, 2023 by Norberto Fuentes. Prohibida la reproducción.

Tomado del blog El Fogonero, de Camilo Venegas

Mi padre, quien hubiera cumplido 97 años hace tres días, era un hombre lleno de contradicciones. También fue el hombre más temerario de la historia, si delegaran en mí la responsabilidad de elegir al hombre más temerario de la historia. Uno de sus más entrañables amigos fue el capitán Sosa.

Cada vez que pasaba por Manicaragua en su Gaz 69 de cuatro puertas, el capitán Sosa hacía una parada obligatoria en casa de Serafín. Primero se bebían una botella de Decano y luego se iban a almorzar al ranchón que estaba en las afueras del pueblo. Solo los oí hablar de dos temas: las mujeres y el Escambray.

Un día me puse a jugar en su cuatro puertas y lo desenganché. Ya me iba calle Oriente abajo cuando el capitán Sosa logró alcanzarnos. “Camilito, cojones, te dije que no tocaras los cambios —me regañó después de recuperar el aliento—. Juega todo lo que tú quieras, pero no toques los cambios”.

Elda, una vecina, lo regañó a él. Le dijo que era una irresponsabilidad dejarme solo en el vehículo. “Ese niño ya es un hombre”, le respondió el capitán Sosa mientras regresaba al quicio donde bebía con mi padre. Aquella escena, que vi por el espejo retrovisor, me llenó de orgullo.

Hoy, mientras chateaba con Norberto Fuentes, le hablé por primera vez del capitán Sosa. Le dije que él, mi padre y Sergio Corrieri, solían irse de pesquerías a Casilda y de cacerías por las montañas que rodeaban la casa de Daniel Peña, en Veguitas, cerca de Jibacoa.

También le conté que, cuando mataban un puerco en casa de Daniel, se sentaban en la misma mesa vencedores, vencidos, actores y mi padre, a quien aún hoy me siento incapaz de clasificar (él siempre será para mí el personaje de Big Fish, mi más importante punto de contacto con Tim Burton).

Norberto se tomó su tiempo para responder. Lo cual me llamó la atención, porque cuando él chatea dispara en ráfagas. “El viejo Sosita. Tipo empingao. Ahí lo tienes a mi izquierda”, escribió como pie. Fuentes y Sosa son los que están al fondo, más cerca de la motoniveladora que de la cámara.

—¡Cooooooooooooojoooooooneeeeeeeee, ese mismo! —fue mi respuesta.

Según Norberto, el capitán Sosa, Emiliano Sosa Cruz, murió hace años. La última vez que lo vi, era todavía como en la foto. Se burlaba de todo y, para beber a fondo, se quitaba las botas. Le gustaba sentir la frialdad del piso. “Manías que tiene uno”, le dijo una vez a Elda, la vecina de mi padre, que a veces los acompañaba.

Le agradecí a Norberto esa sorpresa como el mismo entusiasmo que un día le di las gracias por su libro Condenados de Condado, que me sigue pareciendo el mejor que ha escrito su generación. Mi padre hubiera cumplido 97 años hace tres días, pero no fue hasta hoy que lo celebré de la mejor manera.

¡Felicidades, Papi!

jueves, 13 de julio de 2023

El pasado no existirá

Filiberto Castiñeiras era coronel del Ministerio del Interior (MinInt) y ayudante de Pascual Martínez, que era general de división y viceministro primero de la institución. Desde esa posición, Filiberto tuvo un acceso privilegiado a los días iniciales de lo que hoy se conoce como los procesos de 1989. Se iniciaron con la Causa Número 1, que concluyó con el fusilamiento del general de división Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio de la Guardia y sus respectivos ayudantes, el capitán Jorge Martínez y el mayor Amado Padrón. Después, casi toda la alta oficialidad del Ministerio sería encarcelada e incluso algunos sucumbieron en circunstancias muy misteriosas. Castiñeiras también fue puesto tras las rejas y, años más tarde, al recibir una irrisoria libertad condicional, logró salir clandestinamente de Cuba, en una balsa, y llegar a la Florida. Este es el relato de un episodio de aquellos días iniciales.


34 AÑOS DESPUÉS

Por Filiberto Castiñeiras

El fusilamiento, en la madrugada del 13 de julio de 1989, hizo enmudecer a simpatizantes y detractores. Para los que de alguna forma vivimos aquellos momentos, no se borran de la mente las imágenes, las voces, los detalles.

En el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MinFar), se venían desarrollando diariamente, a las tres de la tarde, reuniones de análisis con motivo de lo que repentinamente se denominó «movimientos sospechosos» de embarcaciones en la zona de Varadero (en la península de Hicacos, unos 120 kilómetros al oeste de La Habana) que —se suponía— habían sido detectados por la propia contrainteligencia del Ministerio del Interior —y, lo más alarmante, según las informaciones que estábamos recibiendo, por el servicio de Guarda Costas americano, a través de los canales abiertos entre ellos y nuestras propias Tropas de Guardafronteras.

En las reuniones participaban algunos de sus más encumbrados oficiales y por el MinInt, el propio ministro, general de división José Abrantes; mi jefe inmediato Pascual Martínez, en el cargo que se denominaba primer sustituto; el jefe de la Dirección General de Contrainteligencia, el también general de división Manuel Fernández Crespo. Pero pronto comenzaron unas maniobras inexplicables. En los momentos de las más difíciles decisiones, Abrantes fue enviado por Fidel a México para llevar algún mensaje al presidente Salinas de Gortari.

Ahora era Pascual el que llegaba a mi oficina. Había entrado por la puerta trasera, después de dejar el ascensor que utilizaba el Alto Mando.

Venía con varios files bajo del brazo y cara de inusitada impotencia y desesperanza —si se me permite la descripción. Serían las cuatro de la tarde aproximadamente.

Al entrar, se recostó a una larga credencia que se ubicaba frente al buró donde yo trabajaba y sin mirarme, con la vista perdida a través de los ventanales que tenía al frente, dijo: «Ahí acabo de dejar la cola».

Se refería al chequeo personal que la contrainteligencia del MinFar venía realizando a varios de los cargos más importantes del MinInt —el supuesto sacrosanto Alto Mando.

Seguía sin mirarme, perdido en su pensamiento.

«Estamos metidos en esto hasta aquí», dijo por fin, con su mano derecha puesta horizontalmente a la altura de la nariz.

«Hay una propuesta de fusilar a diez, por lo menos. Hay quienes están pidiendo doce.»

Fui yo el que me quedé en una pieza esta vez. Me había mantenido de pie todo el tiempo y ahora me recostaba lentamente a mi buró.

Todos los movimientos de embarcaciones en esa zona del litoral habían sido autorizados. Los vuelos de pequeños aviones también estaban autorizados a entrar al espacio aéreo cubano por el MinFar a petición de la oficina del ministro Abrantes.

La realidad es que, desde el principio de los años 80, el comandante de la Revolución Ramiro Valdés, nombrado ministro del Interior por segunda ocasión, había emitido una «orden ministerial», donde autorizaba cualquier tipo de vía o acciones para burlar el bloqueo norteamericano.

Surgieron entonces los famosos lancheros. Estos personajes llevaban a Cuba tecnología y equipos de computación que en aquellos momentos no se podían conseguir de otra manera.

Entonces Pascual me dijo: «Dile a Nilda que traiga un cafecito y ven a mi oficina».

Nilda era una excelente y servicial mujer de tez oriental, pelo negro a la altura de las caderas, que atendía las labores de limpieza de todo el piso en que nos encontrábamos.

«La reunión vuelve a empezar a las 5», me dijo, a la espera del café. «En el vuelo que llega hoy de Panamá viene Márquez con una carta de Noriega. Ponte de acuerdo con Yoyi, para recogerlo en el aeropuerto y para que lo traigas al MinFar.»

Roberto Márquez era en ese momento el jefe del Departamento Operativo de Tropas Especiales y Yoyi —Jorge Lino Cancio Bello—, el oficial que se encargaba de gestionar las entradas y salidas de los casos operativos que, a su vez, entraran o salieran del país.

Tal cual, coordiné con Yoyi, recogí a Márquez en el aeropuerto, le expliqué las instrucciones, recogimos el sobre al pie del avión, y nos dirigimos al MinFar.

La tarde había sido de mal tiempo. Fuertes lluvias y vientos habían decorado la llamada Avenida Independencia (conocida regularmente por los habaneros como Avenida de Rancho Boyeros), con pencas de palmas, y hasta con el derribo de un poste del alumbrado, que recorrimos en silencio a lo largo de sus más de 7 kilómetros de culebreo hasta nuestro destino.

Llegamos al sótano del MinFar y ya nos estaban esperando. Después de saludar a los escoltas de Fidel, nos recibió Lorenzo, un joven, amable e inteligente oficial que era uno de los jefes de la escolta de Raúl, que nos acompañó hasta el cuarto piso.

Llegamos a una pequeña sala donde estaba Fidel, Raúl, Abrantes, Pascual y quizá alguien más que ahora no recuerdo.

Le entregué la carta a Pascual. Fidel vino hacia nosotros. «La carta de Noriega, comandante» dijo Pascual, extendiéndole la carta.

Fidel dio media vuelta y abrió el sobre y extrajo la carta. Una hoja con el sello de la República de Panamá y con no más de dos párrafos como todo contenido, según alcancé a ver a mi prudente distancia.

Fidel, sin levantar sus ojos de la carta, frunció el ceño, los labios apretados, y dio unos pasos hacia delante, como si leyera nuevamente.

Regresó y le dio la carta a Raúl, quien la leyó y a su vez se la pasó a Abrantes. De éste, a Pascual, y regresó a mí, con la instrucción de «llévatela y guárdala». Fue entonces en el camino a nuestra oficina que tuve oportunidad de leer el contenido de los dos párrafos. «Fidel el objetivo eres tú. Los gringos están detrás de ti.». El caso es que, a través de sus fuentes en la CIA y de vínculos americanos con el G-2 panameño, Noriega había obtenido la información pertinente. Tu nombre, Fidel, es el objetivo de la operación.

Comentábamos después en prisión (el Alto Mando del ministerio casi íntegro terminó allí), que esta alerta de Noriega fue el punto de no retorno en la decisión de fusilar a cuatro hombres.

Ahora había algo más que el argumento de algunas hipotéticas fallas de disciplina. Noriega, como decíamos, «había subido la parada». Noriega le había sacudido el piso a Fidel y le hizo darse cuenta de que esta era una oportunidad que los norteamericanos no iban a desaprovechar. Coger a Fidel con las manos en la masa… en el escabroso tema del narcotráfico.

Pero, desde luego, en posesión de esa alerta, él no iba a dejarse arrebatar el escándalo internacional. Esa sería su potestad. Y, a continuación, muy provechoso para el momento de crisis en el campo socialista, no perdería oportunidad para limpiar un ministerio del Interior cada vez más proclive a los aires de la perestroika.

Tenía que utilizar otra vez su astucia y su habilidad para cambiar la imagen del problema —como acostumbraba a hacer.

Para empezar, había que lucir inocente a todas luces, traicionado, engañado. Había que hacer sentir su poder, su cólera ante el engaño. Y, la única forma era tomar medidas drásticas con alguien incuestionable.

Su mejor general, su mejor estratega, uno de sus mejores y fieles compañeros. Y hacerlo acompañar rumbo al poste de ejecuciones por el condotiero emblemático de las Tropas Especiales del MinInt. Y, de paso, los ayudantes de cada uno de estos dos.

El fusilamiento —en su concepto— resultaba obligatorio.

En la foto, a mediados de los 70, desde la izquierda: el comandante Pascual Martínez Gil, jefe de Tropas Especiales; el primer teniente Conrado Rivera Guerra, jefe de la Segunda Compañía de la fuerza; el capitán Antonio Tengido González, oficial de Operaciones y una de las bajas cubanas más sensibles en Angola; el teniente Filiberto Castiñeiras Giadanés, ayudante de Pascual, y el legendario capitán Antonio de la Guardia, jefe de Operaciones. (Colección de Filiberto Castiñeiras. Copyright © 2023 Filiberto Castiñeiras. Prohibida la reproducción.)

lunes, 5 de junio de 2023

Un viejo libro revolucionario

Anuncio la salida de una edición aumentada —aunque con el material original intacto— de mi viejo y debatido Cazabandido.
 
 
Así como hubo una Bahía de Cochinos (o Playa Girón) y una Crisis de los Misiles (o Crisis de Octubre) en la etapa primaria tras el triunfo de la Revolución Cubana, esos años también se vieron marcados por la llamada «campaña del Escambray», la lucha de las fuerzas fidelistas contra los grupos insurgentes que, con ayuda de EE.UU. o sin ella, trataron de levantarse contra el nuevo régimen. Esos grupos, que inicialmente fueron parte de la operación montada por la CIA para apoyar la derrotada invasión de abril de 1961, estuvieron activos hasta 1966, año en que las milicias de Lucha Contra Bandidos capturaron al último alzado.

Norberto Fuentes cubrió para diversos medios esa campaña, experiencia que lo puso en camino para convertirse años después en el cronista de la Revolución Cubana. Su libro Condenados de Condado (1968), premiado y castigado en Cuba está basado en estos acontecimientos. Cazabandido, en cambio, fue publicado casi de manera clandestina en Uruguay en 1970, sin autorización oficial cubana, y cuando su autor vivía en el ostracismo por su primer título.

Cazabandido es el fiel e invaluable testimonio de la crudeza de la lucha que se vivió en la década de 1960 principalmente en la sierra del Escambray, donde los protagonistas y héroes no sólo son los cazadores sino también los cazados, un único ejemplo en la literatura revolucionaria cubana que deja a un lado los bandos y rescata la esencia de sus personajes.
 
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domingo, 28 de mayo de 2023

La decisión está tomada


27 de mayo 1987. El general Rafael del Pino se hace tomar esta foto por Laura, su mujer, en el interior de su apartamento en La Habana. Viste su uniforme de faena antes de que, en las próximas horas, la vestimenta se convierta en una reliquia personal. Es el propósito de su foto: despedirse del hombre que ha sido él mismo hasta entonces. 49 años de edad y 9 050 horas de vuelo en aviones de combate. Abril 1961. Invasión de Bahía de Cochinos. El bastón de un Lockheed T-33 Shooting Star bajo su control. El puño derecho cerrado sobre el bastón. Hundimiento de varios buques enemigos. Derribo de dos bombarderos Douglas B-26 Invader. 25 misiones de combate durante tres días de batalla. Octubre 1962. Crisis de los misiles. Designado asesor de aviación y defensa antiaérea de Fidel Castro. 1975-76. Guerra de Angola. Jefe de la actividad aérea angolano-cubana. As de ases de los pilotos de MiG-21 cubanos. Extraño. Muy extraño. La habitual afabilidad de su rostro está dominada hoy por una mirada a su vez de dureza y melancolía. Hay un rictus de ironía en los labios cerrados con firmeza. La incierta tentación de la libertad. (Todas las dulces esperanzas de su juventud agotadas por el mismo Fidel Castro.) Mañana él, Rafael, será noticia mundial cuando vuele desde un aeródromo cubano en una avioneta Cessna 402 y aterrice en una base aérea del sur de la Florida. La libertad en sus vísperas. De eso hace hoy, exactamente, treinta y siete años.

lunes, 24 de abril de 2023

Hubo una noche de felicidad


Desde la izquierda: persona no identificada (muy jodido el pie de foto que comience con una «persona no identificada»); Rafael Rojas, en su etapa de vindicación de los alzados contrarrevolucionarios del Escambray; Eliseo Alberto, bajo el abrazo protector de Norberto Fuentes y que se ha pasado la noche con esa seguidilla: «Cuídame, Norbertico, cuídame de los malos»; Norberto Fuentes, encantado de protegerlo; detrás, Jorge de la Fuente, profesor de Filosofía en la Universidad de La Habana de casi toda la concurrencia; aproximándose, Adriana Oller, mujer de Jorge; recostada a Norberto, la actriz Ivonne López Arenal, ¿existe una mujer más bella en el mundo?, y dueña de la casa y mujer de Mayito, el fotógrafo; recostada a su vez a Yvonne, Niurka de la Torre, pediatra, sicóloga y (como es de suponer, con esos dos títulos) mujer de Norberto; al fondo, el actor Jorge Luis Álvarez y la legendaria ballerina Rosario Suárez «Charín»; Alejandro Armengol cierra el semicírculo, siempre severo, siempre reflexivo y, como corresponde, ataviado de negro. Mario García Joya «Mayito» falta en la imagen, pero se impone en el escenario, por encima de todo, porque es la criatura que ha creado esta obra de arte, yo diría que perfecta, extraída de una ocasión al vuelo y de sus fulgores inherentes, que ninguno de los presentes advirtió aquella noche de noviembre de 2005.
norberto fuentes punto net (8/8/11)


El anuncio —este sábado 22 de abril— de la muerte del fotógrafo Mario García Joya, mejor conocido como Mayito, y a quien yo llamaba Mayombe —entre otras maneras—, me obliga a buscar en mis gavetas alguno de los muchos objetos de nuestra amistad desde los tiempos de la revista Cuba en los 60 y luego de nuestro reencuentro en el Miami del exilio. Aquí tienen una muestra. Una especie de nota sobre una foto suya publicada como obituario del poeta Eliseo Alberto Diego «Lichi», que se murió en México el 31 de julio de 2011. (Ahora es un obituario de uso doble.) La colgué en alguno de mis blogs el 8 de agosto de 2011 con ese título de «Hubo una noche de felicidad». La foto había sido tomada seis años antes durante una fiestecita en la casa del propio Mayito y su mujer, la actriz Yvonne López Arenal. De cómo un grupo tan heterogéneo se dio cita bajo el techo de los García-López es algo que escapa a mi memoria. Pero el dominio de esos colores entre ocres y amarillo rescatados de las brumas de una noche en el trópico —el de Miami—, y la gracia magistral de convertir un inocuo souvenir de un grupo de farras en una pequeña obra de arte por el simple gesto de hacer girar levemente la cámara hacia la izquierda y ganar toda la profundidad posible con su lente de ángulo ancho es lo que queda, lo que permanece.

Advierto que no he variado nada de la publicación original. Advierto también que la «persona no identificada» fue reconocida por un lector dos días después de su publicación. Yoela Chaveco, con el dato añadido que era hija de «alguien importante», un ministro, creo, dato si se quiere superfluo para un obituario. Última advertencia: Jorge de la Fuente era profesor de Filosofía Marxista Leninista.


El ojo del águila

Debido a la imposibilidad de que el Mayombe me responda ahora, acudo al fotógrafo principal de mi cófrade, Ernesto Fernández, en La Habana, vía WhatsApp, para cerciorarme de que la imagen fue obtenida con un lente de ángulo ancho. Responde por la misma vía: «Claro, nadie tiene un campo visual tan amplio. Tú puedes ver y hasta distinguir, pero, al objeto de tener resolución y foco tendrías que mover los ojos hacia los lados o de arriba abajo. Es decir, el asunto es la mácula de los ojos. El águila, el animal que mejor ve, lo logra, pero tampoco lo hace fijo. Logra capturar en su foco visual cualquier presa a la altura inmensa de su vuelo porque tiene dos máculas; es decir, en ese cuadro tan amplio que se ve, pero que no se define todo, ella logra capturar su presa porque dispone de dos máculas: una fija en la presa, que no la mueve, y la otra que mira constantemente en derredor del marco visual para evitar cual interferencia, y la otra firme, mantenida sobre la presa.»

Once objetivos (¿presas?) tenía Mayito frente a su lente cuando —primero haciendo panear su cámara como en un suave banqueo a las nueve en vuelo rasante— apretó el obturador. Habíamos salido a la terracita para la sobremesa y para la foto del grupo. Los cristales de la doble puerta de corredera a nuestras espaldas surgen ahora como una frontera en el tiempo. En una de las dos fotografías que precedieron a esta toma, se revela el apetito con que acometen el yantar la bonita muchacha hija (creo) del ministro y el riguroso ensayista Rojas mientras el filósofo marxista leninista concentra su atención al otro lado de la mesa en lo que parece ser una de las divertidas contiendas verbales entre Lichi y Norberto, Lichi admonitorio, Norberto —¿qué quieren ustedes?— riéndose. Quizá el lector necesite ampliar la imagen para captar esos detalles que ocurren frente a Alejandro Armengol y Niurka de la Torre (enseguida se une Yvonne López-Arenal, en la foto siguiente) y que les está provocando la misma diversión que al filósofo marxista leninista, puesto que lo que en apariencia ocurre detrás de ellos es en realidad el reflejo de lo que está ocurriendo delante. El siempre deslumbrante juego de los espejos. Pronto cruzaremos ese lindero espaciotemporal y nos moveremos hacia el otro lado de la frontera de cristal y entonces, muy elegantes nosotros, procederemos a la sobremesa donde se produce la foto de aquella noche de felicidad. Y con el Mayombe sin soltar su cámara.