lunes, 16 de marzo de 2026

Apearse del tigre

 
Al comenzar su comparecencia ante lo que los cubanos llaman «medios de comunicación», un tenso, gastado presidente, Miguel Díaz-Canel, aceptó finalmente que se estaban realizando conversaciones con Estados Unidos. Al desgranar los tres puntos esenciales que debían estar tratándose en el diálogo, los describió de esta manera:

1. Determinar qué problemas bilaterales necesitan solución.

2. Establecer posibles vías de solución para estos problemas.

3. Determinar si hay voluntad para concretar acciones en beneficio de nuestros pueblos, lo que implica identificar áreas de cooperación para enfrentar las amenazas y garantizar la seguridad y la paz de ambos países. «Se trata de un tema que —dijo—: «… se conduce con seriedad y responsabilidad, porque afecta los vínculos bilaterales entre las dos naciones y demanda enormes y arduos esfuerzos para encontrar solución y crear espacios de entendimiento, que nos permitan avanzar y alejarnos de la confrontación.»

Demasiadas palabras para aceptar públicamente lo obvio. Es decir, dicho sin ambages: la claudicación.

No sé si ustedes se darán cuenta que están preguntándole a los americanos qué debe hacer, a partir de ahora, el gobierno cubano.

Los perritos falderos del imperio en la redacción de The New York Times no se dejan engañar por ese lenguaje de improbable apaciguamiento. «El anuncio fue considerado un último esfuerzo desesperado de un régimen debilitado para mantenerse en el poder, mientras el gobierno de Trump intensificaba la presión sobre el Estado comunista de 67 años.»

Lean el artículo de Christopher Sabatini y Katrin Hansing «Trump no está preparado para lo que inició en Cuba» (The New York Times, 12 de marzo de 2026). El desprecio con que contempla la maniobra cubana debe servir de advertencia a Díaz-Canel y su cohorte.

También —importante— repasen esa última línea de las aspiraciones cubanas: « … y alejarnos de la confrontación». ¡Alejarnos de la confrontación! Oigan, si hay algo difícil de asimilar en todo esto, es que esté ocurriendo en una revolución que heredaron de Fidel Castro. Una revolución que existía, precisamente, por la confrontación.

Jean Paul Sartre lo vio desde Ideología y revolución, su afilado texto sobre la Revolución cubana, donde entendió desde muy temprano que, en el caso de Cuba, los acontecimientos eran los que dictaban el contenido de la Revolución —y no al revés, a diferencia de otros procesos en los que pretendieron definir a priori su contenido ideológico. Las «improvisaciones», no eran más que una técnica defensiva. La Revolución cubana debía adaptarse constantemente a las maniobras enemigas.

Como vemos, es el camino equivocado al que está tomando la actual dirigencia cubana. No es difícil de imaginar lo que hubiese hecho Fidel con este liderazgo ahora instalado en el Palacio de la Revolución. Bueno, en realidad, ninguno de ellos hubiera llegado ni cerca de una de las calles aledañas.

La presencia torva, impositiva de un extraño personaje que observa la diatriba de Díaz-Canel desde un escaño delantero a la derecha del podio presidencial, serviría para explicar mejor la situación. Es un hombre de 41 años, corpulento y con inequívoca presencia de matón, llamado Raúl Guillermo Rodríguez Castro. Desde su asiento, su silenciosa postura tiene un significado claramente descifrable para los cubanos entrenados por seis décadas de cátedras subliminales por televisión. Es algo más que observar si Díaz-Canel se ciñe al guion establecido.

Todo parece indicarlo, Raúl Guillermo es nuestro próximo líder. Por lo pronto, es el que está llevando las conversaciones con los enemigos de antes, es decir, los enemigos de su padre… y de su tío. Si bien no tiene otra historia que la de servir de escolta del abuelo, dar empujones a todo el que se les atraviese, adquirir propiedades y clubes nocturnos y desplegar una voracidad sexual que comienza a ser legendaria en La Habana, a la hora de hablar con los americanos, él es el designado. Raúl Castro no va a confiarse en Díaz-Canel, ni otro semejante, para tan delicada misión —de la que puede surgir fácilmente el prototipo cubano de Delcy Rodríguez.

Tampoco le ha ido mal al nieto en su nuevo papel. Según se conoce de fuentes muy fiables, le ha hecho exclamar al secretario de Estado Marco Rubio, al otro lado de la línea de diálogo: «¡Es como hablar entre cubanos de Hialeah!».

Entre guasas y tuteos y llamarse mutuamente «chico» no es descabellado pensar que, entre los argumentos indicados por el abuelo al nieto, esté la inutilidad de bombardear La Habana. Coño, chico, ¿para qué bombardear lo que, de hecho, ya está bombardeado? ¿Tú no ha visto cómo está esta ciudad? Igualita que Berlín o Dresde después de mayo de 1945. Bueno, esto último supone una cultura quizá excesiva.

El problema, sin embargo, ahora no reside en la pesada presencia de un nieto sin fronteras ni en un parigual en la presidencia de Estados Unidos. Es de origen. El asunto es que Raúl Castro nunca fue un verdadero revolucionario. Mas Fidel, al final, achacoso y agotado, y traicionado por la Unión Soviética, se dejó vencer por él.

Así pues, están negociando.

¿Negociando?

Lo que están es rindiéndose. Que a la larga se los vayan a comer, carece de importancia. Él (Díaz-Canel) no significa nada. Ni ninguno de sus acólitos, todos panzones, que solo hacen recordar aquel obeso personaje de los cómics de Anita la Huerfanita que hacían saltar los botones de las camisas. Hay que entenderlo, sin embargo. Ser compasivos. Él está allí y no hace otra cosa que luchar por su supervivencia. Por otro lado, nadie ha hecho nada por Cuba. La han dejado al garete. ¿Dónde está Rusia? ¡Y Angola, por Dios, podrida en petróleo, donde dejamos 2 000 compañeros muertos por su independencia!

En fin, que por lo pronto los yanquis no van a invadir. Es decir —de acuerdo con las normas Trump—, que en cualquier momento lo hacen. (Nada le place más que un buen espectáculo de televisión.) Pero tratemos de ser optimistas. Esto puede dar un aire, puede acercarse a la situación que dejó Obama, y, si los cubanos son capaces de maniobrar, pueden enrrumbar por el camino chino/vietnamita. La experiencia de China y Vietnam es mejor que la experiencia de una restauración contrarrevolucionaria. Esperemos que por ahí vayan los tiros.

Al final, no sería tan dramático que el capitalismo se esparciera por Cuba, si un Partido Comunista bien acerado lo utiliza y controla; el problema son esos repugnantes personajes que —desde Miami— ya se están repartiendo el pastel. El problema desde el punto de vista moral. ¿Meaning? ¡Bienvenido Mister Marshall!—con buena suerte. Alisten los escuadrones de la muerte —con mala. (Hay 600 000 militantes comunistas registrados a ejecutar en esa isla).

Se acabó el sueño, amigos. Ergo, esto es un negocio entre tenderos de alto calibre en la Florida (me estoy refiriendo a los millonarios cubanoamericanos, entre los que destaca Jorge Más Santos, señalado como el hombre detrás de Marco Rubio) y el célebre «Cangrejo» (Raúl Guillermo Rodríguez Castro), dueño —entre otros negocios— de un puticlub en La Habana.

Todos los demás, olvídense de participar en la piñata. Porque lo curioso aquí es que a los cubanos de ambas orillas se las van a dejar en la mano.

La verdad que nunca pensé que la Revolución cubana terminaría de forma tan humillante. Pobre Fidel.

Pero es algo que también Sartre vio. No solo el avanzar a contragolpe. Sino las acechanzas del futuro inaccesible.

«El futuro deviene su esperanza: la Isla espera de él su salvación; pero también es su temor. Puede saltar sobre ella como un ladrón.»

Foto: en el camino a Santiago. A la espera de la caravana con las cenizas de Fidel.