martes, 5 de marzo de 2019

Ton

 

Heberto Padilla y yo estamos junto a Nancy Pérez-Crespo y reposamos el almuerzo que Nancy ha preparado. Puede considerarse, según Heberto, “la continuación de la sobremesa en estado horizontal”, y según yo, siempre más ajustado al canon militar establecido por Von Klausewitz, “la continuación de la sobremesa por otros medios”. Estamos en la casa de ella, en una barriada de Miami de clase media baja llamada Westchester. Nancy provee albergue, alimento y ocasión para las tertulias en los primeros días del exilio de Norberto, quien no perderá tiempo en comenzar a llamar a su benefactora como “la Señora Pérez”, razón por la cual, desde luego, será despojado casi de inmediato de todas las sinecuras. Entonces, en la foto de abajo, a mi izquierda, aparece Alberto Batista, a quien yo solía llamar “Ton” (edición final —del que se desgajan las dos primeras sílabas— del superlativo Albertón) y que era mi amigo del alma. Se me había adelantado por unos meses en el exilio, pero apenas yo aterricé en Miami, de inmediato, nos atrincheramos como si nada en nuestras tertulias de dos socios que desde nuestros tiempos universitarios no le dábamos paz a nadie. Pronto nos dimos cuenta que el ejercicio de la burla no necesita de un escenario urbano específico. Siempre hay material humano a la mano para que la pases de chupete. No necesitábamos ni de ron para aquellas jornadas. Claro, el Ton tenía un problemita que nos obligaba en muchas ocasiones a contenernos y era su padecimiento de asma; es decir, pasaba con enorme frecuencia de ahogarse de la risa a ahogarse de verdad. Un montón de veces estuvo a punto de caer fulminado, redondito, al lado mío después de una carcajada en explosión. Y yo aterrorizado, viendo cómo el rostro se le encendía y no había aire de resuello en una risa que se había convertido en un asunto ahogado, silencioso. Esta tarde hay sosiego, sin embargo; hay sobremesa, y suelta la Polaroid para aparecer él también en la fotografía. Se me vino a morir en Nueva York, muchos años después. Noche. Solo. La mujer en el trabajo y la hija en casa de unos tíos en la Florida. Estaba acostado en el sofá. No que se desplomara en el sofá sino que él se acomodó, con un cojín bajo la cabeza. La cena, sin tocar, estaba sobre la mesa. Ayer 4 de marzo fue su cumpleaños. Todavía hoy no se me quita de la cabeza.