sábado, 21 de marzo de 2026

El profeta armado

En el invierno de 1960, cuando los camiones del ejército llegaban a los cuartones de las montañas y comenzaban a desembalar las cajas repletas de los fusiles checos M-52 o de las pistolas ametralladoras Ppsha soviéticas con discos de tamboras, y las repartían a los integrantes de las compañías serranas acabadas de organizar, se inició la costumbre de besarlas por cada combatiente al recibirla en sus manos. Yo vi repetir esa costumbre en Angola cuando los combatientes se veían investidos con los mucho más modernos Kalashnikov. El que le entregaron ayer al trovador Silvio Rodríguez es uno de los prodigios avanzados del ingenio de Mijaíl Kalashnikov: el fusil de asalto AKS-74U, probablemente de producción cubana. Desconozco si Silvio siguió el ritual de los milicianos campesinos que se preparaban para enfrentar las primeras amenazas de invasión americana anunciada desde mediados de 1960. Pero sí lo recuerdo durante la Crisis de Octubre cuando nos entrenábamos —junto al resto del colectivo de la revista Mella— para el segundo capítulo de aquella amenaza. Una amenaza que, como vemos hoy en día, se mantiene latente, y ahora además a solas en este mundo, sin siquiera la esperanza de la cohetería estratégica soviética para respaldarnos aunque fuese como bluff. Pero Silvio, el Silvito de nuestras promesas como artistas mientras producíamos unas surrealistas páginas de una historieta llamada El Hueco, vuelve a disponerse para el combate y sin pensarlo dos veces, y sin siquiera aprovecharse de su fortuna y de la posibilidad cierta de acomodarse en cualquier parte del mundo y ponerse a salvo para seguir componiendo y cantando, elige plantarle cara a la cada vez más probable presencia de los destructores del país. Aunque —y yo conozco muy bien a Silvio como para saber lo que estoy diciendo—: no se va a arrepentir nunca de haber exigido su AKM. Salió por la puerta ancha. Le dieron un AKS-74U.