lunes, 19 de febrero de 2024
Una edición muy especial
La edición especial de El último santuario está disponible en Amazon. Contiene documentos inéditos, un portafolio de las fotografías en colores de Ernesto Fernández en el teatro de operaciones y una ampliación considerable de sus imágenes en blanco y negro. La cubierta es de tapa dura. Cliquee aquí.
jueves, 1 de febrero de 2024
Más allá de la noche
Anuncio, con todo orgullo, la salida de una nueva edición, totalmente restaurada de acuerdo con su original, de El último santuario: Una novela de campaña, mi libro sobre Angola.
Uno despega de una instalación muy cercana al cementerio de aviones del aeropuerto «José Martí», de La Habana, y recorre 11 000 kilómetros a través de la noche atlántica. Y después tienes tu buen año. De lo mejor que se podía tener entre el 10 de noviembre de 1981 y el 20 de diciembre de 1982. Imaginen. Uno compartió el funche con un guerrero chokwe. Anegó sus viejas botas de soldado en el Luassenha. Oyó cantar una ametralladora ligera RPK en un cimbreante maizal al norte de Matala. Vio un pelotón de gente de la floresta con las cintas de proyectiles de RPK en bandolera. Cruzó el Longa y el Cuando y el Cubango. Atravesó la Sierra de Candjival. Durmió sobre una piedra de las ruinas de Chitapua y aceptó, resignado, el indolente y cada vez más próximo relampagueo bajo la capa de un soldado quimbundo. Voló a la base sitiada de Baixo-Longa. Participó del asedio a la 19 Región UNITA. Estuvo a bordo de todos los hermanos soviéticos Antonov, los entrañables chipojos, que remontaban el cielo de la errepeá, y a bordo de todos los melones Mi-8 que se daban a respetar en el TOM Angola. Abrió trocha con un BTR-152 en las márgenes del Cubelai. Vació su cantimplora con los desarrapados defensores de Baixo-Longa y escuchó su alucinante narración y estuvo en el área de enfoque de sus amarillentas miradas cuando decían soportamos, camarada, una primera oleada de asalto compuesta por mujeres y niños, movidos como ganado por la UNITA, y gritamos, camaradas de la población civil, vamos a tirar de la cintura para arriba, todo lo que se encuentre de la cintura para arriba es kwacha.
El prominente periodista y cuentista cubano Norberto Fuentes describe desde Angola las vicisitudes del cuerpo de internacionalistas cubanos que marcharon a aquel país para defender —frente a sudafricanos y las avezadas tropas insurrectas de la UNITA— el endeble gobierno de un país acabado de independizar después de siglos de brutal colonialismo. Cálido reportaje de guerra que, en efecto, puede leerse como una novela. Pero cuya adquisición resultaba prácticamente imposible desde que se publicó su única edición, en México, en 1992. La presente edición, que ha sido restaurada de acuerdo con los originales del autor, debe ocupar desde ahora un sitio prominente en la bibliografía del proceso histórico más debatido, sino importante, del continente en los últimos 70 años.
El último santuario, la novela de campana de Fuentes, es, en mi opinión, su obra más cautivadora, y ciertamente la de más alto valor literario.
—Alfredo Cumerma
Estamos entonces ante una gran novela. Y es grande porque, en tiempos de mediocridad… hay alguien que —codeándose con Hemingway o Malraux— nos quiere hablar una vez más del heroísmo en una guerra como troquel del hombre.
—Ismael Carvallo Robledo
Es el último escritor romántico. Ya en el mundo no existen esos escritores. Norberto Fuentes es el último.
—Lisandro Otero
Fotografías de Ernesto Fernández
COPYRIGHT © 1982, 2024 BY ERNESTO FERNÁNDEZ
Prohibida su reproducción
sábado, 20 de enero de 2024
El divertido arte de matar
Luis Agüero se acordó hace poco que él era un escritor. Para beneficio de los lectores, este reactivar de su memoria ha comenzado a dar frutos, y es así que, debido a ello, ahora disponemos de una producción de nuevas novelas cubanas. O el intento de que sea una producción. Es un beneficio doble. Porque, aparte de que sus novelas son divertidísimas, él también ha descubierto (o redescubierto, porque al parecer se le había olvidado) que no hay nada más divertido que escribir. Bueno, si no se trata de uno de esos escritores de alma torturada, que toman el oficio como un perenne ascenso al Everest. Que si no coronas y posas ante la cámara con la banderita de tu país, te quedas hecho un bloque de hielo en el paso de Hillary. Luis no. Luis no sale de los calorcitos. Primero el de su natal Consolación del Sur, en Pinar del Río. Ahora en el de su asilo final en el condado de Miami-Dade. (El único hielo a su alcance por estos lares son los cubitos que se derriten en los jaiboles.) Pero además aquí tenemos la situación que, en este desperezo de la memoria, Luis comprueba que hurgar en el origen de tu proyección literaria te puede llevar igualmente a la envidiable posibilidad de rendirte homenaje a ti mismo. Descubre a un remoto Luis Orticón, su alter ego como columnista de la sección «Imagen y sonido» de Revolución, en la época dorada de la crítica de su género (años 59-60) en que tal ejercicio del criterio —como le gustaba verlo a nuestro sacrosanto José Martí— no terminaba en la página del periódico sino en unas monumentales riñas a botellazos, jabs al mentón, pasteles aplastados en la nariz y en interminables hasta el cansancio mentados de madre en la cafetería de Radiocentro, entre el productor de unos supuestos agravios —el crítico— y sus ofendidas víctimas —los criticados—, frente a la roja escalera que daba acceso a los principales estudios de radio y televisión del país. Fue el recinto en el que Luis (¿Agüero? ¿Orticón?) ganó fama como pugilista y también como la criatura más vapuleada de la prensa nacional (¡y todo por la maldita desgracias del ejercicio del criterio!) amén del bien merecido récord de haberle propinado a Armando Bianchi, un conocido galán de la época, una sonora secuencia de bofetones (galletazos, en términos cubanos), por una «cabrona columna» de la que ya ni del mismo Luis se acuerda, ni lo dicho en ella que provocó la ira sin tregua del veterano galán.
En fin, que nuestro querido Luis ha regresado. Se acoge al arte de la novela para evitar malentendidos con los personajes y la crítica a los que, al final, los somete un revivido Luis Orticón. Amén de que en Miami-Dade no hay cafeterías como la de Radiocentro, y cualquier destrozo que te permitas incurrir en La Carreta o en un Versailles hay que pagarlo en cash aparte de que te paran delante de un juez y tienes que elegir entre declararte culpable o no. Va y se te ocurre decir que no (¡se trataba de tu derecho a ejercer el criterio!), y terminas con que tienes que pagar hasta el juicio, juicio que de facto vas a perder, y si te pones un poco fatal, terminas amarrado a una camilla y conectado a una inyección intravenosa por la que fluye un cóctel de tiopentato sódico, con una porción de bromuro de pancuronio y el toque final de cloruro potásico. Y no escapas. Te vas completo. Peor que un ser viviente y simpatiquísimo y fácil con las chicas convertido en un bloque de hielo en la eternidad del Himalaya. ¿Mas a quién se le ocurre intentar convencer a un juez gringo de la solvencia jurídica del ejercicio del criterio que argumentaba el Apóstol? Joe Martí, your Honor. The Good Old Joe.
Bueno, aquí tenemos por fin una nueva novela suya. Después de La vida en dos, que Casa de las Américas se dignó a publicar en 1967, y que al rato mandó a retirar de los estanquillos, porque se enteró que Luis había presentado sus papeles para abandonar el país, los lectores cubanos nos quedamos con la sed. ¿Puede haber sed de Luis Agüero? Claro que sí, cuando se trata de un novelista de su estirpe. Y si quieren, no me hagan caso. Pero si les conviene participar en este jolgorio, y si quieren gozar de lo lindo con este criollísimo convite literario, uno donde está el muerto telero (no el telero de la acepción argentina de palo o estaca, sino el no reconocido por la RAE de la acepción cubana, que es un montón, una tonga) y las putas que dan al pescuezo (¿cuello? ¿pescuezo? Qué más da.) y unas socitas que no tienen pelos en la lengua a la hora de aconsejar a sus amigas del mejor uso que pueden dar a sus partes (unas «descarás» como decimos entre nosotros, pero qué ricas son, por Dios, como decimos los a su vez «descaraos» del otro lado) busquen su ejemplar en Amazon. Si no, allá ustedes. Ustedes se lo pierden.
En fin, que nuestro querido Luis ha regresado. Se acoge al arte de la novela para evitar malentendidos con los personajes y la crítica a los que, al final, los somete un revivido Luis Orticón. Amén de que en Miami-Dade no hay cafeterías como la de Radiocentro, y cualquier destrozo que te permitas incurrir en La Carreta o en un Versailles hay que pagarlo en cash aparte de que te paran delante de un juez y tienes que elegir entre declararte culpable o no. Va y se te ocurre decir que no (¡se trataba de tu derecho a ejercer el criterio!), y terminas con que tienes que pagar hasta el juicio, juicio que de facto vas a perder, y si te pones un poco fatal, terminas amarrado a una camilla y conectado a una inyección intravenosa por la que fluye un cóctel de tiopentato sódico, con una porción de bromuro de pancuronio y el toque final de cloruro potásico. Y no escapas. Te vas completo. Peor que un ser viviente y simpatiquísimo y fácil con las chicas convertido en un bloque de hielo en la eternidad del Himalaya. ¿Mas a quién se le ocurre intentar convencer a un juez gringo de la solvencia jurídica del ejercicio del criterio que argumentaba el Apóstol? Joe Martí, your Honor. The Good Old Joe.
Bueno, aquí tenemos por fin una nueva novela suya. Después de La vida en dos, que Casa de las Américas se dignó a publicar en 1967, y que al rato mandó a retirar de los estanquillos, porque se enteró que Luis había presentado sus papeles para abandonar el país, los lectores cubanos nos quedamos con la sed. ¿Puede haber sed de Luis Agüero? Claro que sí, cuando se trata de un novelista de su estirpe. Y si quieren, no me hagan caso. Pero si les conviene participar en este jolgorio, y si quieren gozar de lo lindo con este criollísimo convite literario, uno donde está el muerto telero (no el telero de la acepción argentina de palo o estaca, sino el no reconocido por la RAE de la acepción cubana, que es un montón, una tonga) y las putas que dan al pescuezo (¿cuello? ¿pescuezo? Qué más da.) y unas socitas que no tienen pelos en la lengua a la hora de aconsejar a sus amigas del mejor uso que pueden dar a sus partes (unas «descarás» como decimos entre nosotros, pero qué ricas son, por Dios, como decimos los a su vez «descaraos» del otro lado) busquen su ejemplar en Amazon. Si no, allá ustedes. Ustedes se lo pierden.
viernes, 19 de enero de 2024
Avanzado
Tarde de invierno. Hora de paseo. Jerry Lee abre la marcha rumbo a la plataforma transportadora. Los padres, desde luego, han de venir en la cola. Ni se ocupa de voltearse para chequear. Parsimonioso. Seguro de sí mismo. El príncipe de Doral y la contribución de una cámara de vigilancia.
jueves, 4 de enero de 2024
Postal cubana
¿Feliz año nuevo?
Fotografía de Ernesto Fernández
COPYRIGHT © 2024 BY ERNESTO FERNÁNDEZ
Prohibida su reproducción
jueves, 28 de diciembre de 2023
Sin permiso
Tomado del blog Cuba y la Economía
26 de diciembre de 2023
Nueva etapa de la Revolución
Por Silvio Rodríguez
Estamos, aún tímidamente, tratando de superar el cataclismo económico —y sin dudas político— que desató la “ofensiva revolucionaria” de 1968, que “se les fue de las manos” en calado y propósitos a quienes la pusieron en marcha, según testimonios de algunos muy altos dirigentes.
En 1985 visité por última vez la URSS y, sin ser especialista político o económico, llegué a la conclusión de que aquello se estaba yendo a pique. Tres años después, viendo acercarse la debacle, un 28 de enero empezamos, en el busto de Martí en el Turquino, una gira que imaginamos sanadora y que titulamos Por la Patria. Luego de 35 conciertos, la concluimos en la Plaza de la Revolución.
Poco tiempo después de la desaparición de aquel socialismo Fidel le confesó a un periodista norteamericano que nuestro modelo ya no nos servía. Él tuvo el valor de reconocer su inexperiencia de los primeros años y nos dejó un decálogo presidido por la afirmación de que Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado.
Cuba ha tenido no solo que ingeniárselas para avanzar sino que también ha tenido que resistir invasiones, sabotajes, injerencias de todo tipo y un bloqueo histórico en crueldad y duración. No somos, como país ni como personas, lo que hubiéramos sido sin semejante hostilidad.
Aún así, creo que debiéramos saber ponernos por encima de traumas y condicionamientos. No olvidando, sino siendo capaces de aprender a superar aquello con acciones regeneradoras.
Todos sabemos que el núcleo principal del descontento es por el bienestar dañado. La salud, la educación, la seguridad de cientos de miles de familias que trabajaron con la esperanza de un futuro mejor. No hay ideología que se sostenga sin bienestar. Olvidar eso no sólo es insensato: es inhumano. Por eso todo lo que logremos en esa dirección es lo correcto.
Creo que nuestra primera meta es esa, por simple, por incompleta que pueda parecer. El bienestar del pueblo. Martí lo dijo de la manera más directa y hermosa: “Ganado tengo el pan: hágase el verso”.
Silvio
martes, 26 de diciembre de 2023
La luz y el ruido
Nueva edición italiana de I condannati dell´Escambray (Condenados de Condado)
La nota de Ago Edizioni:
El libro
Calvino afirmó: «El éxito de Norberto Fuentes (comparable al de un Beppe Fenoglio entre nosotros) se debe, además de a su rico humor, a haber sabido encontrar el modelo adecuado del género: El ejército a caballo de Isaac Babel, el escritor ruso de la guerra civil. No es casualidad que un rápido «homenaje a Babel» esté contenido en uno de los relatos del escritor cubano, que ya sabe que su forma de contar historias -como la de su maestro- no agradará a los celosos guardianes de la oleografía oficial. (Y así de hecho sucedió).»
Corría el año 1970, Norberto Fuentes acababa de completar su primera colección de cuentos que fue publicada en Italia por Einaudi. El mundo ha cambiado, ha pasado medio siglo, el régimen cubano se ha abierto y las categorías del siglo XX se desmoronan cada día más hasta perder sus formas originales. Sin embargo, leyendo los relatos de Fuentes, entre el capitán Descalzo y el Bunder Pacheco, entre los bandidos y los soldados, los agricultores y los ganaderos, todo parece haber permanecido inmóvil, igual. Hay una miseria humana en la guerra que nunca cambia, algo que afecta del mismo modo al alma de los hombres cuando empuñan un rifle. Los obtusos sentimientos de conquista que nublan el pensamiento otrora revolucionario de los conquistadores se mezclan con los pequeños deseos de quienes sufren la guerra, de los soldados que temen morir sin desayunar, incapaces de verbalizar un inconveniente que les ha causado, sin que estén preparados para afrontarlo.
La escritura de Fuentes es rápida, instintiva, agitada e impensada, un lenguaje que puntúa los disparos de los AK-47 en la selva cubana, imágenes que se suceden, fragmentos divididos por los límites de las historias pero que crean un fresco general que regresa al lector un espectro visual, como dice el propio Fuentes en la introducción inédita publicada en esta edición: «Tenía la habilidad de los dioses pero en el sentido contrario. Nombré las cosas por última vez no para crearlas, sino para presenciar su extinción. En cierto modo, éste era precisamente el destino de mi libro: ser un destello, un estallido de luz y ruido que inmediatamente se apaga.»
«Jefe, ¿y si ha llegado mi día? Quizás me maten en esta operación y todavía no lo sé. Me muero sin haber desayunado, jefe.»
Norberto Fuentes nació en La Habana en 1943. Durante la lucha contra las bandas del Escambray en Cuba, fue corresponsal del frente, experiencia de la que se basó en Condenados de Condado.
Disidente del régimen cubano, en 1993 se vio obligado a exiliarse en Estados Unidos, donde se refugió gracias a la ayuda de Gabriel García Márquez y William Kennedy. Conocido y apreciado por numerosos intelectuales como Mailer y Cortázar, hoy reside en Miami donde continúa su actividad como escritor y periodista.
Disidente del régimen cubano, en 1993 se vio obligado a exiliarse en Estados Unidos, donde se refugió gracias a la ayuda de Gabriel García Márquez y William Kennedy. Conocido y apreciado por numerosos intelectuales como Mailer y Cortázar, hoy reside en Miami donde continúa su actividad como escritor y periodista.
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