sábado, 16 de septiembre de 2023

El último renegado


El recorte de Granma es del 15 de septiembre de 1973. En el extremo izquierdo, con jeans claros y las manos agarradas a la espalda, está el entonces capitán Patricio de la Guardia; detrás, Claudio Menéndez, a quien llaman «Honduras»; le siguen por la izquierda, en la primera fila, Lisandro Otero, Juan Carretero, el embajador Mario García Incháustegui, el brazo derecho en cabestrillo; Ulises Estrada y Luis Fernández Oña. Con excepción de Lisandro, que no se hallaba en Chile, los demás acaban de aterrizar en La Habana.

Pocos días antes, Fidel había tomado «las medidas necesarias» respecto a la situación chilena. Se reúne con dos de sus hombres antes de salir para Argel a participar en la IV Cumbre de los Países No Alineados, y de allí seguir un largo periplo que concluirá en Vietnam. Noche del 27 de agosto de 1973. La conversación con Patricio de la Guardia y el también capitán Enrique Montero, ocurre en la casa del comandante Manuel Piñeiro «Barbarroja». Los dos oficiales del MinInt también a punto de abordar un avión, pero en dirección a Chile. Patricio es el más alto cargo de los servicios especiales cubanos en Santiago, y Montero uno de sus segundos. Fidel ha mandado a detener el Ilyushin Il-62 que Patricio y Montero deben abordar —hasta eso de las 9 PM, en que terminó su conversación.

«Voy a decir mis últimas palabras sobre Chile», había comenzado.

Tenía perfectamente articuladas sus ideas sobre Chile y lo que debía ser la actuación: de los cubanos.

1. Allende iba a ser derrocado.
2. Allende había hecho demasiadas concesiones.
3. Los cubanos tenían que salir de allí de la manera más digna posible.
4. Los cubanos no podían involucrarse en ninguna clase de lucha callejera contra el Ejército si las masas no se lanzaban al combate.
5. No comprometerse en ninguna ayuda con Allende si el pueblo no está en la calle.
6. Toda ayuda a Allende tiene que ser antes de un golpe de Estado y no después.
7. No apoyar a ningún grupo paralelo. Solo al gobierno central (Allende).
8. La misión de los cubanos es defender nuestra embajada.
9. Activar desde ahora los dispositivos de la Operación Quang Try.

«La caída de Allende me va a sorprender en el viaje», dijo Fidel. «Aquello está perdido. Salvador ha caído en muchas concesiones. Las concesiones nada más que se siembran con concesiones. Para salir de las concesiones hay que hacer otras concesiones. Es igual que las mentiras. Dices una mentira y para taparla hay que decir otra. Déjenme advertirles lo siguiente: Los cubanos tienen que salir de allí con la cabeza en alto. Allí nada más se combate y se sale a la calle si hay pueblo en la calle. Salir a la calle a matar pueblo no se puede. ¿Me están oyendo? Les digo más, si Salvador pide ayuda, hay que constatar primero que haya pueblo en la calle, manifestándose a su favor. Tampoco se puede estar apoyando al MIR [Movimiento de Izquierda Revolucionaria] ni a nadie, a ninguna otra agrupación colateral. Hay que darle todo el apoyo a Salvador. Pero es un apoyo anterior, no para brindárselo con posterioridad. Repito. Si hay un golpe, tienen que esperar por una revuelta del pueblo. La posición de ustedes, en todo caso, es defender la embajada, igual que los vietnamitas defendieron el bastión de Quang Try, la aldea irreducible de Vietnam. Recuérdense que yo bauticé así esta operación al inicio. Recuérdense que les dije, cuando estábamos reunidos allí, en Tropas, seleccionando el personal que íbamos a mandar a Chile. “Esto va a ser como Quang Try.”»

Y así, en efecto, se le puso de nombre: Operación Quang Try.

Circa 9 de septiembre de 1973. Patricio se reúne con Allende en su residencia de Tomás Moro. Ofrece por última vez cualquier ayuda que necesite del personal cubano bajo su mando. El tozudo presidente chileno la rechaza. Agradece el gesto de los hermanos cubanos, pero no puede aceptarlo.

11 de septiembre de 1973. Patricio vuelve a reunirse con Allende, ahora en el Palacio de La Moneda. Lo acompaña Antonio Tenjido, otro veterano de los tiempos de las Tropas Especiales. Allende, en tono enérgico, les dice que no quiere cubanos allí. «Vamos», es lo último que Patricio le oye decir al presidente. «Vamos, que los van a matar. Fuera.»

Fidel está en Nueva Delhi, donde ha aterrizado luego de una breve estancia en Bagdad. Indira Gandhi le ofrece una cena en el hotel Ashoka. Tras los discursos de rigor, una degustación de platos típicos y el disfrute de varios grupos folclóricos, aproximadamente a las 9.05 entra al salón el jefe del sector de prensa y propaganda del Partido cubano, Orlando Fundora, que susurra al oído de Fidel que se ha iniciado (9 AM de Chile) el golpe de Estado contra Allende. Dijo, exactamente: «Acaba de ser derrocado Allende en Chile.»

Fidel apresura los rituales de la despedida con Indira y decide partir hacia Vietnam a la mayor brevedad. Se hallan, según sus propias palabras, ante «un escenario nuevo». De ahí la necesidad de tomar medidas excepcionales: reducir en días el viaje a Vietnam, eliminar el recorrido ulterior y cambiar la ruta de regreso a Cuba.

11 al 13 de septiembre de 1973. Harald Edelstam, el embajador sueco en Santiago negocia la evacuación de los cubanos y convenia que el mismo ejército chileno aliste la caravana de cuatro ómnibus dentro de los cuales alojan al personal cubano y los conducen hasta el aeropuerto, un embajador occidental (también agenciados por Edelstam) a bordo de cada ómnibus a modo de protección diplomática. Para cualquier eventualidad que se presente en el camino y que no logren contener el escudo humano montado por el sueco, los cubanos han embutido suficientes Kalashnikov en una docena de las intocables valijas diplomáticas. Patricio va en el primer ómnibus y con su mirada de águila va registrando cada rescoldo del camino, presto a dar la orden de combate. El cierre de la caravana está compuesto por un Mercedez con placa de la embajada cubana y un camión del ejército chileno, atiborrado de soldados. Es el Mercedez de Juan Carretero, uno de los cuadros decisivos de la inteligencia cubana en América Latina y que ha convertido a Chile en trampolín de sus operaciones subversivas. Conduce él mismo. A su derecha, el capitán Enrique Montero. Detrás va un guardia chileno, armado hasta los dientes, y un coronel llamado Uro Domic (¿o Dominiq?) Al llegar al aeropuerto, antes de apearse, Carretero extrae las llaves del encendedor y se las entrega al coronel. «Te lo regalo», le dice. «Los papeles están en la guantera. Déjame firmártelos.»

El Ilyushin Il-62 de Aeroflot hizo escala en Lima. El 14 estaban en La Habana. Una foto recorre las primeras planas de todos los periódicos del mundo: el embajador Mario García Incháustegui con el brazo en cabestrillo, quebrado por un balazo de los militares chilenos la mañana del golpe de Estado (ya habían liquidado la resistencia en La Moneda y convinieron seguir la fiesta con un asalto a la embajada cubana cuando el fuego cerrado de sus defensores los devolvió a la realidad y recularon; algunas bajas desperdigadas en las calles aledañas a la legación y convulsionando por el ametrallamiento de los Kalashnikov). El mismo empaque diplomático, o quizá aún más severo, por las gruesas gafas de pasta, y ahora siendo el héroe de terno oscuro, cuello y corbata que descendió por la escalerilla al frente de su hosca centuria de descamisados que dejaron en Chile un reguero de mujeres enamoradas y un pasadizo secreto en el sótano de la embajada repleto de Kalashnikov y lanza cohetes antitanques RPG-7, más un quirófano de campaña.

Un custodio fortuito para el arsenal. Obligado por las circunstancias, el chileno Max Marambio, exjefe del Grupo de Amigos del Presidente —la escolta paramilitar de Allende— y muy vinculado a Cuba— se ha refugiado en la sede apenas escuchada de la noticia de la asonada y debe quedarse a solas en el recinto. Las circunstancias son que lo golpistas no lo admiten entre los evacuados. Antes de partir hacia el aeropuerto, sus compañeros cubanos se vacían los bolsillos de todo el dinero que trae cada uno encima y hacen una colecta, con sombrero y todo, para que «vaya tirando». Patricio, que ha dirigido con éxito la defensa de la embajada, tiene el gesto, siempre simbólico entre los combatientes revolucionarios, de entregarle su pistola. Una espléndida Browning High Power de 9 milímetros. Entre los abrazos de despedida, otra vez resurge Edelstam en su papel de Ángel de la Guardia. Se compromete a mantener a Marambio bajo su protección —«siempre y cuando no se salga de los predios cubanos», advierten los chilenos— y cubrir sus necesidades básicas. Diez meses más tarde, logrará el preciado salvoconducto y sacar a Marambio hacia Estocolmo. Supuestamente en ese tiempo y con la colaboración de un fantasmagórico movimiento clandestino, todo el armamento es extraído del lugar y puesto a salvo en las mejores manos. Mas el camino final que Marambio le reservó a la Browning de Patricio es un enigma.

Regresemos en un lento paneo hacia la izquierda de la imagen. Un extraño desprecio en el rostro de Patricio de la Guardia es perceptible aún en la borrosa fotocopia. La tensión no abandona a Patricio. Hay como una mirada llena de dudas mientras repasa con su mirada por encima de todos los presentes. Desconozco si Patricio recuerda esta foto. Si es capaz de volver en su memoria a ese momento. Pero habría que preguntarle qué significado tiene para él después del fusilamiento de su hermano gemelo, de su condenen a 30 años de prisión —y de que tuviera que cumplirlo hasta el último día— y el permanente acoso de los servicios de seguridad, que todavía no le pierden ni pie ni pisada. (Innecesario detenernos aquí en los pormenores de la célebre Causa # 1 de 1989.)

Bueno, ese fue el hombre que el pasado domingo 10 de septiembre fue visitado por una comisión de altos oficiales del Ministerio del Interior que solicitaban su asistencia a los actos que organizaba el Ministerio por el 50º aniversario del golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende. Me imagino que se consideraban a sí mismos magnánimos y de mucho tacto político al tratarlo de general. Se trataba de invitarlo a esa conmemoración y querían hacerle ver que su presencia le daría «lustre» a «la actividad». «¿Qué?» Tengo entendido que Patricio lo preguntó varias veces. Como si las interrogantes fueran cortadas a navaja. «¿Qué?» El desprecio de vuelta a su rostro. Visceral. Sanguíneo. «¿Qué dicen ustedes?»

martes, 12 de septiembre de 2023

«Ochoa creyó que podía sustituir a Fidel Castro»


Por Graziano Pascale

Desde el año 1994, reside en Miami el escritor cubano Norberto Fuentes.

No es un exiliado más en Estados Unidos, porque a diferencia de la mayoría de sus compatriotas que emigraron a en Estados Unidos en los últimos 50 años por no compartir la dictadura castrista, él fue un miembro activo y adherente desde el primer día de la revolución que comandó Fidel Castro. Participó como tal en episodios muy importantes, desde su génesis hasta mediados de los años 90.

En una extensa entrevista concedida a CONTRAVIENTO, Norberto Fuentes explicó los alcances de su participación en aquel movimiento, y las razones por las cuales tomó distancia del régimen de Fidel Castro.

Sigue una síntesis de la entrevista, cuya versión completa puede verse aquí.


- ¿Qué hechos precipitaron su salida de Cuba?


- Todos aquí han participado de la Revolución. Todos, todos, todos. Yo le decía una vez a Rubén Batista, el hijo de Fulgencio (NdR: el dictador Fulgencio Batista, depuesto por la revolución de Castro), que me lo entreviste aquí, que al final todos hemos terminado en las playas de la Florida. mirando hacia Cuba, diciendo, mira que el que vienes es mi amiguito, mira que es mi amiguita. Todo el mundo dice de alguna manera que cuando ellos vinieron aquí, es porque la revolución cubana se terminó cuando ellos vinieron. Es decir, todo el mundo tiene como el fin de la revolución cubana, cuando ellos vinieron. Hasta ese momento ellos participan en la revolución cubana, con alegría, con entusiasmo. Y de pronto pasa algo que los decide a venir para acá.

- Pero no todos son impulsados por el mismo motivo. En su caso, ¿cuál fue ese motivo?

- Es verdad. No todos vienen por el mismo motivo. En mi caso, francamente, yo necesitaba escribir. Necesitaba el tiempo de vida que me pueda quedar para escribir. Tú como artista, como escritor, comienzas a preocuparte por tu obra. Y yo como escritor tenía una obra pequeña. Todo comenzó con "Condenados de Condado", donde vuelco lo vivido como reportero en los combates en la Sierra del Escambray contra elementos contrarrevolucionarios.

- Con ese libro comienzan sus problemas.

- Sí, yo me lo busqué. Nosotros decíamos mucho en nuestro grupo que nunca fuimos inocentes, ahí nadie inocente. El libro es la crónica de la lucha de los contrarrevolucionarios , y cómo los enfrentaron las fuerzas de Castro. Mis problemas eran problemas políticos. Cualquier cosa que pase en una revolución como la cubana, que fue foco de atención mundial, tiene una dimensión enorme.

- Pero curiosamente ese libro gana el Premio Casa de las Américas. Es curioso que la reacción contraria provenga de quienes le dieron el premio.

- Hay que estar dentro del potaje para darte cuenta de cómo son las cosas. La gente creía que la Revolución venía ya hecha desde arriba, que todo lo que pasaba estaba planificado. Pero es todo lo contrario. La Revolución era un animal político, con fuerzas que tiraban hacia un lado y hacia otro. Mi libro fue la respuesta a una bronca anterior que yo tenía de meses antes. Yo llegué a ser, siendo muy joven, el periodista más importante de Cuba. Creé la base de lo que fue llamado, en paralelo con lo que hacían algunos periodistas americanos, el "nuevo periodismo". Me recorrí la isla completa, me metí en todos los lugares, participé en todas las campañas militares a las que pude ir. Pero estaba muy ligado a un grupo de la antigua juventud socialista, que entró en conflicto muy serio con la dirección de Fidel.
Yo era amigo de ellos, y soy leal con mis amigos. Puedo analizar políticamente las cosas, pero me guío más por las emociones, por la pasión, como es propio de un artista. Entonces decido vengarme. y lo hago ganando el Premio Casa de las Américas, porque hasta ese momento yo no era considerado un escritor, era considerado un periodista. Hasta ese momento no había conflicto intelectual en el país. Yo lo inventé.

- Este desencuentro con la Revolución fue seguido por otro, el llamado "Caso Padilla", en el que el escritor Heberto Padilla, luego de más de un mes de prisión, hace una autocrítica pública sobre una supuesta actitud suya contraria a la Revolución, siendo seguido por otros escritores que también se humillan en público. Usted fue el único que no acompañó esa postura. Ese episodio fue seguido en Uruguay por la cobertura del semanario Marcha, a través especialmente de Ángel Rama. ¿Qué consecuencias le trajo?

- El semanario Marcha, al final, se portó muy mal, porque al final abandonaron a los escritores y se decantaron por la Revolución. Rama se portó muy bien. Siempre fue muy leal conmigo. Fue muy valiente. Había problemas había en Cuba y queríamos tener el derecho a discutirlos. Fidel nos quería quitar ese derecho a discutir. Yo era el último rebelde sin causa.

- Otro episodio que marcó el último tramo del régimen de Castro fue el de los fusilamientos del general Ochoa y del coronel De la Guardia, amigo personal suyo.

- La causa de Ochoa tiene que ver con el antes y el después que significó Angola. Ochoa perdió contacto con la realidad. Él creyó que podía sustituir a Fidel Castro. Y lo creyó a un nivel muy tonto. Se podría decir que ya estaba fusilado cuando cayó en ese error.

lunes, 11 de septiembre de 2023

Expectativas

El periodista y escritor (y exsenador) uruguayo Graziano Pascale me envía este breve clip como avance de la entrevista que tuvimos —y él grabo— para su portal de Youtube Contraviento TV y me solicita que lo distribuya entre mis amigos para «crear expectativas». Pues aquí está. A crear expectativas se ha dicho. Y para alimentar la expectativa, cliquee aquí.

miércoles, 26 de julio de 2023

El capitán Sosa

Al fondo, Norberto Fuentes y el capitán Sosa. Delante, Alcibiades Hidalgo y "su novia de entonces" (según NF). Copyright ©️1989, 2023 by Norberto Fuentes. Prohibida la reproducción.

Tomado del blog El Fogonero, de Camilo Venegas

Mi padre, quien hubiera cumplido 97 años hace tres días, era un hombre lleno de contradicciones. También fue el hombre más temerario de la historia, si delegaran en mí la responsabilidad de elegir al hombre más temerario de la historia. Uno de sus más entrañables amigos fue el capitán Sosa.

Cada vez que pasaba por Manicaragua en su Gaz 69 de cuatro puertas, el capitán Sosa hacía una parada obligatoria en casa de Serafín. Primero se bebían una botella de Decano y luego se iban a almorzar al ranchón que estaba en las afueras del pueblo. Solo los oí hablar de dos temas: las mujeres y el Escambray.

Un día me puse a jugar en su cuatro puertas y lo desenganché. Ya me iba calle Oriente abajo cuando el capitán Sosa logró alcanzarnos. “Camilito, cojones, te dije que no tocaras los cambios —me regañó después de recuperar el aliento—. Juega todo lo que tú quieras, pero no toques los cambios”.

Elda, una vecina, lo regañó a él. Le dijo que era una irresponsabilidad dejarme solo en el vehículo. “Ese niño ya es un hombre”, le respondió el capitán Sosa mientras regresaba al quicio donde bebía con mi padre. Aquella escena, que vi por el espejo retrovisor, me llenó de orgullo.

Hoy, mientras chateaba con Norberto Fuentes, le hablé por primera vez del capitán Sosa. Le dije que él, mi padre y Sergio Corrieri, solían irse de pesquerías a Casilda y de cacerías por las montañas que rodeaban la casa de Daniel Peña, en Veguitas, cerca de Jibacoa.

También le conté que, cuando mataban un puerco en casa de Daniel, se sentaban en la misma mesa vencedores, vencidos, actores y mi padre, a quien aún hoy me siento incapaz de clasificar (él siempre será para mí el personaje de Big Fish, mi más importante punto de contacto con Tim Burton).

Norberto se tomó su tiempo para responder. Lo cual me llamó la atención, porque cuando él chatea dispara en ráfagas. “El viejo Sosita. Tipo empingao. Ahí lo tienes a mi izquierda”, escribió como pie. Fuentes y Sosa son los que están al fondo, más cerca de la motoniveladora que de la cámara.

—¡Cooooooooooooojoooooooneeeeeeeee, ese mismo! —fue mi respuesta.

Según Norberto, el capitán Sosa, Emiliano Sosa Cruz, murió hace años. La última vez que lo vi, era todavía como en la foto. Se burlaba de todo y, para beber a fondo, se quitaba las botas. Le gustaba sentir la frialdad del piso. “Manías que tiene uno”, le dijo una vez a Elda, la vecina de mi padre, que a veces los acompañaba.

Le agradecí a Norberto esa sorpresa como el mismo entusiasmo que un día le di las gracias por su libro Condenados de Condado, que me sigue pareciendo el mejor que ha escrito su generación. Mi padre hubiera cumplido 97 años hace tres días, pero no fue hasta hoy que lo celebré de la mejor manera.

¡Felicidades, Papi!

jueves, 13 de julio de 2023

El pasado no existirá

Filiberto Castiñeiras era coronel del Ministerio del Interior (MinInt) y ayudante de Pascual Martínez, que era general de división y viceministro primero de la institución. Desde esa posición, Filiberto tuvo un acceso privilegiado a los días iniciales de lo que hoy se conoce como los procesos de 1989. Se iniciaron con la Causa Número 1, que concluyó con el fusilamiento del general de división Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio de la Guardia y sus respectivos ayudantes, el capitán Jorge Martínez y el mayor Amado Padrón. Después, casi toda la alta oficialidad del Ministerio sería encarcelada e incluso algunos sucumbieron en circunstancias muy misteriosas. Castiñeiras también fue puesto tras las rejas y, años más tarde, al recibir una irrisoria libertad condicional, logró salir clandestinamente de Cuba, en una balsa, y llegar a la Florida. Este es el relato de un episodio de aquellos días iniciales.


34 AÑOS DESPUÉS

Por Filiberto Castiñeiras

El fusilamiento, en la madrugada del 13 de julio de 1989, hizo enmudecer a simpatizantes y detractores. Para los que de alguna forma vivimos aquellos momentos, no se borran de la mente las imágenes, las voces, los detalles.

En el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MinFar), se venían desarrollando diariamente, a las tres de la tarde, reuniones de análisis con motivo de lo que repentinamente se denominó «movimientos sospechosos» de embarcaciones en la zona de Varadero (en la península de Hicacos, unos 120 kilómetros al oeste de La Habana) que —se suponía— habían sido detectados por la propia contrainteligencia del Ministerio del Interior —y, lo más alarmante, según las informaciones que estábamos recibiendo, por el servicio de Guarda Costas americano, a través de los canales abiertos entre ellos y nuestras propias Tropas de Guardafronteras.

En las reuniones participaban algunos de sus más encumbrados oficiales y por el MinInt, el propio ministro, general de división José Abrantes; mi jefe inmediato Pascual Martínez, en el cargo que se denominaba primer sustituto; el jefe de la Dirección General de Contrainteligencia, el también general de división Manuel Fernández Crespo. Pero pronto comenzaron unas maniobras inexplicables. En los momentos de las más difíciles decisiones, Abrantes fue enviado por Fidel a México para llevar algún mensaje al presidente Salinas de Gortari.

Ahora era Pascual el que llegaba a mi oficina. Había entrado por la puerta trasera, después de dejar el ascensor que utilizaba el Alto Mando.

Venía con varios files bajo del brazo y cara de inusitada impotencia y desesperanza —si se me permite la descripción. Serían las cuatro de la tarde aproximadamente.

Al entrar, se recostó a una larga credencia que se ubicaba frente al buró donde yo trabajaba y sin mirarme, con la vista perdida a través de los ventanales que tenía al frente, dijo: «Ahí acabo de dejar la cola».

Se refería al chequeo personal que la contrainteligencia del MinFar venía realizando a varios de los cargos más importantes del MinInt —el supuesto sacrosanto Alto Mando.

Seguía sin mirarme, perdido en su pensamiento.

«Estamos metidos en esto hasta aquí», dijo por fin, con su mano derecha puesta horizontalmente a la altura de la nariz.

«Hay una propuesta de fusilar a diez, por lo menos. Hay quienes están pidiendo doce.»

Fui yo el que me quedé en una pieza esta vez. Me había mantenido de pie todo el tiempo y ahora me recostaba lentamente a mi buró.

Todos los movimientos de embarcaciones en esa zona del litoral habían sido autorizados. Los vuelos de pequeños aviones también estaban autorizados a entrar al espacio aéreo cubano por el MinFar a petición de la oficina del ministro Abrantes.

La realidad es que, desde el principio de los años 80, el comandante de la Revolución Ramiro Valdés, nombrado ministro del Interior por segunda ocasión, había emitido una «orden ministerial», donde autorizaba cualquier tipo de vía o acciones para burlar el bloqueo norteamericano.

Surgieron entonces los famosos lancheros. Estos personajes llevaban a Cuba tecnología y equipos de computación que en aquellos momentos no se podían conseguir de otra manera.

Entonces Pascual me dijo: «Dile a Nilda que traiga un cafecito y ven a mi oficina».

Nilda era una excelente y servicial mujer de tez oriental, pelo negro a la altura de las caderas, que atendía las labores de limpieza de todo el piso en que nos encontrábamos.

«La reunión vuelve a empezar a las 5», me dijo, a la espera del café. «En el vuelo que llega hoy de Panamá viene Márquez con una carta de Noriega. Ponte de acuerdo con Yoyi, para recogerlo en el aeropuerto y para que lo traigas al MinFar.»

Roberto Márquez era en ese momento el jefe del Departamento Operativo de Tropas Especiales y Yoyi —Jorge Lino Cancio Bello—, el oficial que se encargaba de gestionar las entradas y salidas de los casos operativos que, a su vez, entraran o salieran del país.

Tal cual, coordiné con Yoyi, recogí a Márquez en el aeropuerto, le expliqué las instrucciones, recogimos el sobre al pie del avión, y nos dirigimos al MinFar.

La tarde había sido de mal tiempo. Fuertes lluvias y vientos habían decorado la llamada Avenida Independencia (conocida regularmente por los habaneros como Avenida de Rancho Boyeros), con pencas de palmas, y hasta con el derribo de un poste del alumbrado, que recorrimos en silencio a lo largo de sus más de 7 kilómetros de culebreo hasta nuestro destino.

Llegamos al sótano del MinFar y ya nos estaban esperando. Después de saludar a los escoltas de Fidel, nos recibió Lorenzo, un joven, amable e inteligente oficial que era uno de los jefes de la escolta de Raúl, que nos acompañó hasta el cuarto piso.

Llegamos a una pequeña sala donde estaba Fidel, Raúl, Abrantes, Pascual y quizá alguien más que ahora no recuerdo.

Le entregué la carta a Pascual. Fidel vino hacia nosotros. «La carta de Noriega, comandante» dijo Pascual, extendiéndole la carta.

Fidel dio media vuelta y abrió el sobre y extrajo la carta. Una hoja con el sello de la República de Panamá y con no más de dos párrafos como todo contenido, según alcancé a ver a mi prudente distancia.

Fidel, sin levantar sus ojos de la carta, frunció el ceño, los labios apretados, y dio unos pasos hacia delante, como si leyera nuevamente.

Regresó y le dio la carta a Raúl, quien la leyó y a su vez se la pasó a Abrantes. De éste, a Pascual, y regresó a mí, con la instrucción de «llévatela y guárdala». Fue entonces en el camino a nuestra oficina que tuve oportunidad de leer el contenido de los dos párrafos. «Fidel el objetivo eres tú. Los gringos están detrás de ti.». El caso es que, a través de sus fuentes en la CIA y de vínculos americanos con el G-2 panameño, Noriega había obtenido la información pertinente. Tu nombre, Fidel, es el objetivo de la operación.

Comentábamos después en prisión (el Alto Mando del ministerio casi íntegro terminó allí), que esta alerta de Noriega fue el punto de no retorno en la decisión de fusilar a cuatro hombres.

Ahora había algo más que el argumento de algunas hipotéticas fallas de disciplina. Noriega, como decíamos, «había subido la parada». Noriega le había sacudido el piso a Fidel y le hizo darse cuenta de que esta era una oportunidad que los norteamericanos no iban a desaprovechar. Coger a Fidel con las manos en la masa… en el escabroso tema del narcotráfico.

Pero, desde luego, en posesión de esa alerta, él no iba a dejarse arrebatar el escándalo internacional. Esa sería su potestad. Y, a continuación, muy provechoso para el momento de crisis en el campo socialista, no perdería oportunidad para limpiar un ministerio del Interior cada vez más proclive a los aires de la perestroika.

Tenía que utilizar otra vez su astucia y su habilidad para cambiar la imagen del problema —como acostumbraba a hacer.

Para empezar, había que lucir inocente a todas luces, traicionado, engañado. Había que hacer sentir su poder, su cólera ante el engaño. Y, la única forma era tomar medidas drásticas con alguien incuestionable.

Su mejor general, su mejor estratega, uno de sus mejores y fieles compañeros. Y hacerlo acompañar rumbo al poste de ejecuciones por el condotiero emblemático de las Tropas Especiales del MinInt. Y, de paso, los ayudantes de cada uno de estos dos.

El fusilamiento —en su concepto— resultaba obligatorio.

En la foto, a mediados de los 70, desde la izquierda: el comandante Pascual Martínez Gil, jefe de Tropas Especiales; el primer teniente Conrado Rivera Guerra, jefe de la Segunda Compañía de la fuerza; el capitán Antonio Tengido González, oficial de Operaciones y una de las bajas cubanas más sensibles en Angola; el teniente Filiberto Castiñeiras Giadanés, ayudante de Pascual, y el legendario capitán Antonio de la Guardia, jefe de Operaciones. (Colección de Filiberto Castiñeiras. Copyright © 2023 Filiberto Castiñeiras. Prohibida la reproducción.)

lunes, 5 de junio de 2023

Un viejo libro revolucionario

Anuncio la salida de una edición aumentada —aunque con el material original intacto— de mi viejo y debatido Cazabandido.
 
 
Así como hubo una Bahía de Cochinos (o Playa Girón) y una Crisis de los Misiles (o Crisis de Octubre) en la etapa primaria tras el triunfo de la Revolución Cubana, esos años también se vieron marcados por la llamada «campaña del Escambray», la lucha de las fuerzas fidelistas contra los grupos insurgentes que, con ayuda de EE.UU. o sin ella, trataron de levantarse contra el nuevo régimen. Esos grupos, que inicialmente fueron parte de la operación montada por la CIA para apoyar la derrotada invasión de abril de 1961, estuvieron activos hasta 1966, año en que las milicias de Lucha Contra Bandidos capturaron al último alzado.

Norberto Fuentes cubrió para diversos medios esa campaña, experiencia que lo puso en camino para convertirse años después en el cronista de la Revolución Cubana. Su libro Condenados de Condado (1968), premiado y castigado en Cuba está basado en estos acontecimientos. Cazabandido, en cambio, fue publicado casi de manera clandestina en Uruguay en 1970, sin autorización oficial cubana, y cuando su autor vivía en el ostracismo por su primer título.

Cazabandido es el fiel e invaluable testimonio de la crudeza de la lucha que se vivió en la década de 1960 principalmente en la sierra del Escambray, donde los protagonistas y héroes no sólo son los cazadores sino también los cazados, un único ejemplo en la literatura revolucionaria cubana que deja a un lado los bandos y rescata la esencia de sus personajes.
 
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domingo, 28 de mayo de 2023

La decisión está tomada


27 de mayo 1987. El general Rafael del Pino se hace tomar esta foto por Laura, su mujer, en el interior de su apartamento en La Habana. Viste su uniforme de faena antes de que, en las próximas horas, la vestimenta se convierta en una reliquia personal. Es el propósito de su foto: despedirse del hombre que ha sido él mismo hasta entonces. 49 años de edad y 9 050 horas de vuelo en aviones de combate. Abril 1961. Invasión de Bahía de Cochinos. El bastón de un Lockheed T-33 Shooting Star bajo su control. El puño derecho cerrado sobre el bastón. Hundimiento de varios buques enemigos. Derribo de dos bombarderos Douglas B-26 Invader. 25 misiones de combate durante tres días de batalla. Octubre 1962. Crisis de los misiles. Designado asesor de aviación y defensa antiaérea de Fidel Castro. 1975-76. Guerra de Angola. Jefe de la actividad aérea angolano-cubana. As de ases de los pilotos de MiG-21 cubanos. Extraño. Muy extraño. La habitual afabilidad de su rostro está dominada hoy por una mirada a su vez de dureza y melancolía. Hay un rictus de ironía en los labios cerrados con firmeza. La incierta tentación de la libertad. (Todas las dulces esperanzas de su juventud agotadas por el mismo Fidel Castro.) Mañana él, Rafael, será noticia mundial cuando vuele desde un aeródromo cubano en una avioneta Cessna 402 y aterrice en una base aérea del sur de la Florida. La libertad en sus vísperas. De eso hace hoy, exactamente, treinta y siete años.