lunes, 20 de marzo de 2023

Ha muerto Jorge Edwards

Jorge Edwards y Fidel Castro a bordo del buque escuela
chileno Esmeralda, en febrero de 1971, en La Habana.

Por Pedro Schwarze. Publicado en el blog Toda la noche oyendo pasar pájaros, el 20/3/23

Jorge Edwards falleció el viernes en Madrid. En este lapso se han escrito obituarios, artículos y comentarios sobre su vida y obra. Y en casi todos ellos se aborda con especial interés un punto común y reiterado en la vida del escritor chileno, tal vez algo desproporcionado para una persona que vivió 91 años: los tres meses que fungió como enviado del presidente Salvador Allende ante la Cuba revolucionaria.

Se refieren con dedicación al breve tiempo que Edwards fue encargado de negocios —en jerga diplomática, el sucedáneo de embajador— de Chile en La Habana, entre el 7 de diciembre de 1970 y el 22 de marzo de 1971, cuando salió de Cuba con destino a París para trabajar al alero de Pablo Neruda.

Su experiencia en la isla la relató en el libro Persona non grata, que se publicó en diciembre de 1973, en España. Es decir, cuando ya se había producido el golpe de Estado que derrocó a Allende, cuando Edwards ya no formaba parte de servicio diplomático chileno y cuando Neruda ya estaba muerto. Podemos agregar como hecho de la causa que el libro fue editado y salió a la venta cuando aún faltaban casi dos años para la muerte del dictador español Francisco Franco.

Ese paso de tres meses por Cuba marcó el distanciamiento de Edwards con esa revolución y con la izquierda, al sentirse víctima de hostigamiento del aparato castrista, percibir el ahogo de las voces críticas en la isla y palpar la construcción de un régimen hecho a la medida y beneficio de Fidel Castro.

En decenas de artículos publicados tras el deceso de Jorge Edwards no hay una línea crítica sobre esos días habaneros ni sobre su testimonio en forma de libro.

Lo cierto es que su gestión como enviado de Salvador Allende, mostró falencias desde el primer momento. Tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Chile y Cuba el 12 de noviembre de 1970 y la instalación casi inmediata en Santiago del ministro consejero y encargado de negocios de Cuba Luis Fernández Oña (el yerno de Allende), el paso lógico era el envío a La Habana de un encargado chileno para reinstalar esos vínculos.

El designado para una tarea que en ningún caso era un trámite sino que tenía una gran carga política y simbólica, fue Jorge Edwards. Él debía ser uno de los nexos entre Santiago y La Habana luego de seis años de quiebre, puntal de uno de los primeros países en América Latina que restablecía relaciones con Cuba, y actor esencial en los vínculos de dos gobiernos con una innegable simpatía ideológica.

Sin embargo, objetivamente Edwards no actuó profesionalmente como diplomático ni respondió a la confianza otorgada por el presidente de su país. Prefirió seguir sus intereses de escritor, por los que ya había sido invitado a Cuba en el pasado, como jurado de un concurso literario.

El mismo Jorge Edwards sostiene en Persona non grata (siempre leído con su debido grano de sal) que le dijo a Fidel: "Es probable que haya actuado más como escritor que como diplomático" y "Reconozco que en Cuba he sido un mal diplomático". 

Además, no hizo el mínimo esfuerzo por averiguar antes de llegar a La Habana quién había sido su antecesor, es decir, el último embajador chileno hasta el rompimiento de relaciones en 1964. De haber hecho la pregunta, se habría enterado de dos temas relevantes: que era un familiar suyo y que no era un diplomático de paso que cumplió su función en La Habana y nada más.

Se llamaba Emilio Edwards Bello y era un primo del padre de Jorge Edwards. Alcanzó a vivir más de 20 años en La Habana, se casó con una cubana (hija de un general del ejército de la independencia), y fue testigo del triunfo revolucionario en 1959 y de los primeros años en el poder de Fidel Castro.

Edwards, Jorge, reconoce que no hizo “la pega” previa de averiguar quién había sido el último embajador chileno en La Habana. Lo confesó a su manera en Persona non grata, en una columna publicada en El País y en el libro Esclavos de la consigna. “Era una coincidencia de nombres [el de Edwards] en la que nadie en Chile, ni yo, se había fijado”, escribió.

Fidel Castro, el comandante del buque escuela chileno
Esmeralda, Ernesto Jobet, y Jorge Edwards, en febrero de 1971.

No pasó mucho tiempo para que Jorge Edwards se involucrara en La Habana con escritores cubanos a los que ya conocía y que empezaban a disentir con el régimen. Y el más destacado de ellos fue Heberto Padilla. El poeta, que se haría mundialmente conocido por su autocrítica, se la pasaba en las habitaciones que ocupaba el diplomático chileno en el Hotel Riviera, para conversar y aprovechar los licores y tabacos a los que Edwards tenía acceso por su condición de extranjero, a través de la “diplotienda” y en el “diplomercado”.

Meses después, cuando Edwards ya se había marchado de La Habana, su sucesor, el embajador chileno Juan Enrique Vega, le hizo saber, en comunicación enviada a París en julio de 1971, que tenía una “gruesa” deuda que pagar en la capital cubana. Se trataba de más de 4.200 dólares de la época por “gastos personales”, “como son licores, cigarrillos o comidas en restaurantes”, dice el cable.

La situación de Padilla, quien fue detenido el 20 de marzo de 1971, y su posterior autocrítica, el 27 de abril, así como la salida de Edwards de Cuba (el 22 de marzo) tras una larga discusión con Fidel Castro descrita con detalle en Persona non grata, son hechos que han sido comentados ampliamente. Y evidentemente están relacionados. Por más de 50 años se ha dicho que ese momento marcó el divorcio de una parte de la intelectualidad occidental con la Revolución Cubana.

Toda la evidencia muestra algo parecido, pero… ¡en sentido contrario! Fue Fidel Castro quien orquestó la autocrítica de Padilla para romper con esa intelectualidad que cada vez le resultaba más molesta y para cortarle las alas a aquella que decidiera acatar las reglas del juego del comandante. ¿Y Jorge Edwards? Bueno, él fue el personaje que necesitaba Castro para avanzar sobre Padilla, quebrarlo y llevarlo a esa burda actuación del 27 de abril en que se convirtió la autocrítica.

Además, con la salida precipitada de Edwards de la isla —Vega llegará recién a La Habana el 21 de mayo—, Castro se liberaba de un personaje que no solo no estaba haciendo su trabajo como enviado de Allende sino que más bien se mostraba desconfiado con un gobierno amigo y se había dedicado a revolver parte del gallinero cubano.

Las interrogantes que deja

Concluida la evaluación de lo que fue la vivencia habanera de Jorge Edwards, hay demasiadas dudas que el premio Cervantes 1999 nunca resolvió y ahora con su muerte quedarán para el terreno de las deducciones. Dudas que ya fueron planteadas por Norberto Fuentes en su libro Plaza sitiada. Fuentes es uno de los protagonistas de esa noche de la autocrítica porque fue el único que contradijo a Padilla, reafirmó su condición de revolucionario, la de Norberto, y echó por tierra la puesta en escena armada por el aparato cubano para cumplir con los objetivos de Fidel sobre los intelectuales.

La primera de esas interrogantes es quizá la más llamativa: ¿Por qué Edwards nunca firmó alguna de las cartas de apoyo a Padilla de los intelectuales europeos y latinoamericanos impulsadas esencialmente por Mario Vargas Llosa? El peruano escuchó de primera mano el relato de Edwards ya que acogió en Barcelona al chileno inmediatamente después de salir de Cuba y antes de que se presentara para nuevas funciones en París.

Heberto Padilla (izquierda) y Norberto Fuentes durante la
autocrítica del poeta, el 27 de abril de 1971.

Se podrá decir que no se hizo parte con su firma porque sus funciones de diplomático chileno y protegido por Neruda en París se lo impedían. Pero nunca consideró su trabajo de diplomático y enviado de Allende en La Habana para evitar molestar al gobierno cubano con sus reuniones de amigos escritores. ¿Por qué después sí?

Segunda cuestión. Padilla, que se acusó de antirrevolucionario y embarcó a todos sus amigos escritores, no mencionó a Jorge Edwards, por cuya razón él y su esposa, Belkis Cuza Malé, fueron arrestados. ¿O es que acaso la gente de la Seguridad del Estado, que “orientó” a Padilla en lo que debía decir en su autocrítica, le dijo que dejara fuera de eso a Edwards?

Última duda. ¿Por qué Jorge Edwards esperó casi tres años para hablar de lo que había vivido en Cuba? En los archivos de la Cancillería chilena, donde están sus despachos a Santiago, cuando era “nuestro hombre en La Habana” y luego consejero en la capital francesa, no hay nada de eso que escribió en Persona non grata. ¿No era relevante para el gobierno chileno el acoso que sufrió en la capital cubana? ¿Ni siquiera correspondía informar de la detención de un tal poeta Heberto Padilla, involucrado con el encargado de negocios de Chile?

Edwards dijo que Neruda le recomendó escribir de lo vivido en Cuba pero no hacerlo público, pero lo hizo como ya dijimos en diciembre de 1973, muy lejos de todo, en tiempo y espacio, y con varios muertos de por medio. ¿Es que Jorge Edwards le temía más al enojo o a ser reprendido por Neruda —quien aún no recibía el premio Nobel, algo que se anunció el 21 de octubre de 1971— que por Fidel Castro?

¿O es que acaso en esa conversación extensa de la noche del 21 de marzo y la madrugada del 22 se estableció un acuerdo, un pacto de silencio entre Jorge Edwards y Fidel Castro? ¿Un pacto cuyo plazo estaba vencido o podía darse por vencido en diciembre de 1973, considerando que el gobierno de la Unidad Popular era historia y Edwards había sido apartado del servicio exterior chileno y había iniciado su vida como exiliado en Barcelona?

viernes, 17 de marzo de 2023

El Hemingway que esconden

Anuncio la publicación de El Hemingway que esconden, un viejo proyecto por fin impreso sobre papel o al alcance inmediato de cualquier navegante de la Internet. Cliqueen aquí para que los lleve al sitio de compra y/o descarga de Amazon.

La academia americana ha querido mostrar por décadas a Ernest Hemingway como un personaje progresista, pero convencional y para nada contestatario. Eso es lo que vuelve a desmentir Norberto Fuentes con este libro. A través de tres textos olvidados de quien ganó el premio Nobel de Literatura 1954, surge el escritor comprometido, de izquierda, donde siempre tuvo claro cuál era su lugar: contra el fascismo, con los obreros y olvidados, con los republicanos españoles, incluso en el mismo frente de batalla. No por nada el FBI abrió un expediente en su contra, que se extendió al menos durante las décadas de 1950 y 1960, por sus simpatías, vínculos y apoyo a los izquierdistas, brigadistas internacionales en la Guerra Civil española, comunistas y refugiados españoles.
             —Pedro Schwarze


Mi atuendo y pelambrera responden a las pretensiones de un hippie a destiempo. En verdad, dicen algunos de mis amigos, lo que parezco es «un cromañón en jeans». Ah, malditos. Finca Vigía. Año 1976, quizá en verano. Hay que tomar posesión de este inmueble. Al inicio de mis avatares como scholar de Hemingway, en la escalera de acceso a la emblemática casa.


viernes, 20 de enero de 2023

Un invierno en recesión


Bunder Pacheco es el dueño de Condenados de Condado, un bragao, y uno está convencido de que es único en toda la historia de la literatura cubana y de que nadie lo ha superado todavía, y desde que se lo presentan, con ese nombre, uno sabe que se las tiene que ver con un buen tipo, y es el caso que con Bunder Pacheco los comandantes de la Revolución cubana entraron en la reserva estratégica de la literatura universal. Las declaraciones debían ser difíciles para un escritor de temple revolucionario que debe conservar la modestia como virtud y que por tanto debe esperar a que otros hagan la observación mediante la cual se acepte que ese personaje existe como pocos cubanos han existido. La existencia provocó el diferendo. El Jefe —yo lo llamaba así: Jefe— acababa de llegar a Cuba procedente de las sierras de Venezuela, de una de sus misiones contra el capital. Es un internacionalista cuyo nombre de guerra, «Miguel», no lo ha puesto a cubierto de una infección estomacal por la ingestión en las montañas de Falcón de un trozo de carne podrida que le reduce 80 libras de peso y que los médicos —a larga distancia, desde Cuba— han confundido con una filaría y por la que determinan que tiene contadas las horas. Pero morirá en paz entre las limpias sabanas blancas de un hospital habanero hasta donde se ha logrado traer cuando hace su primera lectura de unos cuentos en que un personaje llamado Bunder Pacheco defiende la Revolución a como de lugar e imparte la justicia como si fueran cuñas de un pastel.

Bueno, finalmente libró —como decíamos cuando uno se escapaba de la Pelona. Y eso estaba ocurriendo por uno de estos días igualitos a los de ahora, de principios de año, cuando el invierno comienza a decaer. Cuenten 55 años para atrás.

Jueves 11 de enero de 1968. El avión de Aeroflot que ha trasladado secretamente desde Moscú al comandante Raúl Menéndez Tomassevich —el «Tomás» de la Compañía 8 «Otto Parellada» del Segundo Frente Oriental «Frank País» bajo las órdenes del comandante Raúl Castro durante la guerra contra la dictadura batistiana y luego el jefe emblemático de la Lucha Contra Bandidos y muy pronto reconocido como Bunder Pacheco, el protagonista principal de los cuentos de Condenados de Condado— aterriza en La Habana. Fidel ha mandado a rescatarlo desde su dislocación en la Sierra de Falcón, en Venezuela. Era el jefe de los cuatro cubanos sumados a las guerrillas del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Está enfermo y el diagnóstico a distancia es filaria y que va a morir y Fidel no quiere que su cadáver quede en la inhóspita selva. En ese momento yo no sé nada de esto, desde luego, y todas mis preocupaciones se centran en el destino de mi libro y en la angustia de no saber cómo se puede apresurar el paso del tiempo y todavía faltan seis días, hasta el 17, para que se constituya el jurado que va a decidir mi suerte. Eso es lo jodido de no ser un héroe. Tú nunca dispones de tu suerte, amén de que debes enfrentarla desarmado. Eso era en lo que se hallaba Tomás mientras yo trasegaba mentalmente con un libro. La embajada francesa en Caracas le otorgó la visa el 2 de enero. Entró en Francia el 5 de enero. Es decir, debe haber salido el 3 ó el 4 para Francia vía Brasil. (El cuño de salida de Maiquetía, Venezuela, está muy borroso en la hoja del pasaporte, que es falso como se comprenderá). Cuando llega a París contacta con el embajador cubano Baudilio Castellanos y se alberga en la embajada. Espera las indicaciones de La Habana. Los compañeros del operativo planificado para rescatarlo de Venezuela, ya estaban en Praga por lo que Fidel ordena que se dirijan a París y en compañía del embajador que viajen a Praga de inmediato, en avión, y después para Moscú, y por fin el 11 de enero llega a La Habana. La mujer y los hijos no reconocen a ese hombre en los huesos, de voz apagada, que intenta sonreírles en el hospital de Seguridad Personal. «En Moscú tuve un tiempito para comprarles unas ropitas y unos jugueticos», es lo primero que les dice. Su primera deducción se produce aún con lentitud: «¿Estamos en invierno, no? Veo que todos llevan abrigo.»

Sobre la fotografía: Copyright © Pedro Schwarze, 2020, 2023. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción en cualquier medio o soporte.

sábado, 14 de enero de 2023

jueves, 12 de enero de 2023

Se nos acaba el tiempo

Mensaje electrónico enviado a Ernesto Fernández en La Habana:

Fernan: aunque tú no lo crees, mira este dato precioso que he encontrado perdido entre mis papeles hace hoy exactamente 59 años, 8 meses y 5 días después del acontecimiento. Fue el 7 de mayo de 1963. Ese día tú hiciste esta foto. Los datos, un tanto protocolares en mis notas: «Mayo 7, 1963. - El jefe guerrillero Héctor Rodríguez “El Pulpo” muere con tres de sus hombres durante un encuentro al intentar romper un cerco en Jobo Rosado, cerca de Meneses, en el Sector Norte de Las Villas. Otro alzado resultó capturado aunque gravemente herido.»

Enfrentaron los rafagazos de una Ppsha-41 al creerse al amparo de una noche cerrada y que habían encontrado una brecha en la línea del cerco y sin percatarse de que un combatiente llamado Sergio, agazapado sobre la hierba, llevaba rato escudriñando en la oscuridad y había retirado el seguro de su arma. Es más que evidente en la foto que no rompieron el cerco. La temible papacha del Ejército Rojo. El temible guajirito Sergio que no titubeó. Ni rastros de la sangre que manaba de los cuerpos en abundancia mientras agonizaban y que la tierra ha absorbido durante la madrugada, y solo las manchas resecas sobre las camisas de faena. Historia. Finalmente, todo esto es historia. Pero no va a ser olvidada. No lo será porque él —Ernesto Fernández— y yo estuvimos allí. Estuvimos para impedir el olvido. Después fueron las emboscadas entre los mangles y las plagas de mosquitos en la costa norte y finalmente los dos años de nuestra aventura angolana. Un tándem operativo de creación irrepetible en la historia del periodismo de guerra cubano. Limpiamos, Fernan. No dejamos un milímetro de épica para nadie.

Sobre la fotografía: Copyright © Ernesto Fernández, 1963, 2023. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción en cualquier medio o soporte.

lunes, 9 de enero de 2023

El sur profundo



Hubiese llegado a los 88. Desde el día de su muerte, el 16 de agosto de 1977, hasta ayer, domingo 8 de enero de 2023, día de su cumpleaños, transcurren 45 años, 4 meses y 23 días. A dos álbumes por año estipulados en su contrato con la RCA (hoy las plataformas serían los cidís o por Internet, amén de los renacidos vinilos, y la compañía sería la Sony BMG) él nos la dejó en la mano con 90 títulos, caso de no haberse retirado antes, con todos esos achaques que padecía. No menos de 900 canciones que nos perdimos, entre 10 y 12 por álbum. Irreparable pérdida, por los siglos de los siglos. Yo suelo decir, más por orgullo que como boutade, que pertenezco a una generación muy afortunada: tuvimos a Fidel y a Elvis. Dos héroes con formas muy personales de rebelarse contra los establishments. El hijo de un terrateniente del norte de Oriente y el de un expresidiario del Deep South y descendiente de la Nación Cherokee. Pero ambos desesperados por hacerse oír. Un mediodía de los 80, en la Casa de Protocolo Número 6, convertida ya en la residencia cubana de Gabriel García Márquez, yo estaba exhibiéndole a Rodrigo, el hijo mayor de Gabo, ahora un prestigioso director de cine, uno de mis videos de los conciertos de Elvis. Fue una de las dos cosas en que dediqué mi tiempo para educarle: el rey del rock y los Rolex. Tenía curiosidad por esa pieza de esfera bicolor que deslumbraba en mi muñeca izquierda y en las de otros compañeros, mayormente oficiales del Ministerio del Interior que frecuentaban esa casa. Creía que eran soviéticos. Finalmente, no recuerdo bien si fui yo el que le conseguí un buen precio en la Diplotienda, pero sí que Papa Gabo desembolsó el paquete de dólares que le permitiría a Rodrigo la ilusión de codearse de tú a tú con los amigotes del Ministerio que despachaban con su padre. Padre que, aquel mediodía de los videos de Elvis se asomó al recinto donde estaba ofreciendo mi exhibición privada, y tampoco pudo resistirse al magnetismo de aquel príncipe de otro mundo en la cumbre de su poder sobre un escenario, y arrimó otra butaca y solo atinó a decir: «Este fue el que empezó el relajito. Ahí empezó todo.» Entonces, una de las mucamas, personal escogido de la Seguridad del Estado que constituían su servidumbre, asomó la cabeza y dijo: «Señor García, llamó el Comandante que viene a recogerlo.» Era lo único que podía haber despegado su atención de la enorme pantalla del Sony Trinitron. Se levantó como un resorte para esperar al jefe de la Revolución en el portal bajo techo de la Casa de Protocolo número 6. Y creo que no hubo otra ocasión para que la conjunción milagrosa se lograra. ¿Se lo imaginan? Fidel Castro apoltronado al lado de Gabriel García Márquez y Rodrigo y yo de testigos viéndolos, hipnotizados, ante el embrujo de la interpretación de «Lawdy, Miss Clawdy» por Elvis Presley el 9 de abril de 1972 en el Hampton Roads Coliseum, de Hampton, Virginia. Ya lo dijo el Maestro: no hay segundas oportunidades en esta tierra.
 
 
Diciembre 1984. Peregrino cubano en Tupelo, Mississippi.

domingo, 8 de enero de 2023

Los grandes reportajes de 2022

La costumbre mediática de citar los eventos u obras más importantes de cada año no tiene que eludirse. Hicimos nuestra propia selección del año que acaba de concluir, pero concentrados en nuestra disciplina favorita: el periodismo. Para la ocasión, además, ceñimos la elección a dos joyas en campos opuestos del espectro político internacional como pueden ser Estados Unidos y Cuba. Primero, la categoría Imperial. Así que aquí la entregamos el sobre al maestro de ceremonias. ¿Vienen pegados o con la solapa abierta? Riiiiiiip. ¡Pap! (Por si hubo que rasgar la solapa). Y el ganador es… (Instantes de suspenso.) ¡Deniuyortaims! Leemos la declaración del jurado: Por su reportaje de los apagones post cohetazos en Kiev, Marc Santora ha logrado un prodigio estético aplicado al reporterismo de guerra en su alabanza a las fotografías de Brendan Hoffman al servirnos este párrafo de iluminada (sin ironías, caballeros) gracia: «Las calles de la capital de Ucrania… sumidas ahora en oscuridad y sombras por las restricciones del consumo de electricidad… crean momentos de aprehensión, pero también de belleza.» Así que ya saben, queridos amigos de toda Ucrania, ustedes sigan aguantando el barraje de la artillería reactiva rusa mientras demuelen su ciudad y se ven obligados a vivir bajo los escombros o en cualquier resquicio libre que dispongan en el metro, que nosotros, los paradigmas del periodismo objetivo —desde nuestras acrisoladas oficinas del 620 de la Octava Avenida en el sector oeste del Midtown Manhattan en New York— nos encargamos de mostrarle al mundo cuanta belleza se irradia de vuestra miseria.





KYIV DISPATCH
A Capital Draped in Darkness
The streets of Ukraine’s capital, illuminated with nightlife only weeks ago, are shrouded in darkness and shadows now because of restrictions on the use of electricity. The lack of light creates moments of apprehension, but also of beauty.

By Marc Santora
Photographs by Brendan Hoffman

· Published Nov. 2, 2022. Updated Nov. 3, 2022

(Regresa el maestro de ceremonias.) De inmediato, señoras y señores, pasamos a la categoría Comején Histórico. Y aquí no hacen falta los artilleros rusos para pulverizar una ciudad. Ya esa está pulverizada hace rato. La Habana… (Producción desde la cabina le trasmite a través del IFB que corte con el tono editorial. Ve al grano.) Ujum… En la categoría Comején Histórico el premio corresponde a… El sobre por favor. Ajá. Riiiiiiip. ¡Pac! (Renovados instantes de suspenso.) ¡Quien si no el periódico Granma! «La historia de la Contrainteligencia Militar es la historia de la Revolución», la pieza del órgano de los comunistas cubanos, que, al identificar con la historia de la Revolución cubana a un cuerpo de militares dedicados sin respiro a chivatear a sus compañeros de las FAR y mandarlos en mucha mayor cantidad de le que se pueda calcular al paredón, estuvo a punto de superar, desde su mismísimo título, cualquier nivel de manipulación que los gringos del reportaje ucraniano pudieron alcanzar. Además de que, a juicio del jurado, otra cima del trabajo es la insistencia en llamar «líder de la Revolución cubana» a Raúl Castro. ¡Horror! ¡En la misma Revolución que una vez tuviera un líder llamado Fidel Castro! Pero eso merece una categoría especial… (Le dicen algo por el IFB.) ¿Qué no me salga de qué? ¿De qué guión, chico? ¡Coño! Sí, malas palabras y todo. Que este eterno conspirador rodeado de esos gordos panzones y él con esos zapatones de payaso no es líder de ni cojones, tú. (Gitos de Producción a través del IFB.) ¡De ni cojoooooneeeees! (La trasmisión se va del aire.)


La historia de la Contrainteligencia Militar es la historia de la Revolución (+ Video)
Autor: Yaima Puig Meneses | internet@granma.cu
5 de noviembre de 2022 18:11:07 

El General de Ejército Raúl Castro Ruz, líder de la Revolución cubana, presidió este sábado el acto político y ceremonia militar en ocasión del aniversario 60 de la fundación de la Contrainteligencia Militar.