lunes, 12 de noviembre de 2018

Ni aunque lluevan raíles de punta


Solo es agua, Donald. Solo agua.


AFP, 10 de noviembre, 2018 - 15h13
París - El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afrontó este sábado una lluvia de críticas por haber anulado una visita a un cementerio de soldados estadounidenses de la Primera Guerra Mundial a causa del tiempo lluvioso en Francia.

Trump, que se desplazó el viernes por la noche a París para conmemorar el centenario del final de la Gran Guerra, había previsto desplazarse con su esposa Melania al cementerio de Bois Belleau, en el norte de Francia, donde descansan marines estadounidenses que combatieron en la Primera Guerra Mundial.

"El viaje del presidente y la primera dama al cementerio y memorial americano en Ainse-Marne ha sido cancelado debido a las dificultades logísticas y de programación causadas por el clima", informó la Casa Blanca con un comunicado.

La cancelación de su visita generó numerosas críticas contra Trump. Algunos le reprocharon que la lluvia no impidió al presidente francés, Emmanuel Macron, a la canciller alemana, Angela Merkel, ni al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, participar en sus respectivos actos para conmemorar a los soldados de la Gran Guerra.

Otros bromearon con el hecho de que Trump estaba horrorizado con despeinarse a causa de la lluvia.

"Murieron haciendo frente al enemigo y este patético incompetente @realDonaldTrump no puede desafiar el tiempo para homenajear a los caídos", criticó en Twitter Nicholas Soames, nieto de Winston Churchill y miembro conservador en el Parlamento británico.

"Donald Trump se queja de tener que estar debajo de la lluvia (...) quizás porque no quiere despeinarse", tuiteó el grupo de veteranos de guerra estadounidenses.

A diferencia del presidente estadounidense, el jefe del gabinete de Trump, John Kelly, y su adjunto Joe Dunford sí que se desplazaron al cementerio de Bois Belleau, situado a unos 50 kilómetros al noreste de París.

El domingo está previsto que el mandatario republicano visite el cementerio estadounidense de Suresnes, en la periferia norte de París.

Trump también participará en el acto en el Arco de Triunfo de París, junto con otros 70 jefes de estado, para conmemorar el centenario del Armisticio, firmado el 11 de noviembre de 1918.


Al otro lado de la Historia.

        … la Revolución… no se detendrá ni aunque lluevan raíles de punta…
—7 de junio de 1959

Después, lo reiteraba a cada oportunidad, Valga decir ante cada reto. Para él la lluvia no era agua. Y tú oías tronar a lo lejos y sabía que estabas potencialmente frito. Un raíl de punta que te entre por el cráneo es como taladrar un mosquito. Pero había que estar guapo. Firmes ahí.

sábado, 20 de octubre de 2018

Anda, ve y dile

Enero de 1985 en el apartamento —frente al mar de La Habana— de Estrella,
la madre de Norberto. (Copyright © 1985. 2018 by Norberto Fuentes)

Dile que es un maricón

Por: Mauricio Rubio

El Espectador, Bogotá, Colombia, 18 de octubre de 2018.

Norberto Fuentes, escritor y periodista cubano, cuenta unos peculiares mandados que Gabriel García Márquez le hizo a Fidel Castro.

A sus 25 años, Fuentes ganó un premio literario con un ensayo sobre el Ejército cubano que enfureció al comandante y le costó un período de ostracismo. En 1971 fue acusado de conspirador, junto a otros escritores, por su amigo Heberto Padilla que terminó condenado por “actividades subversivas” y tuvo que reconocer su culpa públicamente. Después de ese incidente, que marcó el rompimiento de intelectuales de talla mundial con Castro, Fuentes se dedicó a escribir sobre Hemingway en Cuba. Publicó su trabajo con prólogo de García Márquez, donó el adelanto a las milicias y se convirtió en el escritor favorito del régimen.

Acompañó a las tropas cubanas en Angola, colaboró con los servicios secretos y traficó droga oficialmente. En 1989 rompió con la dictadura tras el fusilamiento de sus amigos Arnaldo Ochoa y Tony de la Guardia. Trató de huir, fue capturado, hizo huelga de hambre y se salvó gracias a García Márquez, a quien admira por su obra pero no por su relación con un tirano que “convirtió al escritor latinoamericano más importante en un muñeco en su mano”.

En 1999 publicó Dulces guerreros cubanos, que hace poco conseguí por fin a precio razonable. Es otra visión poco romántica del castrismo: paranoia con la seguridad, lujosos gustos de la cúpula, rivalidades intestinas, intervención política y armada en varios países, manipulación de diplomáticos y celebridades extranjeras. Me impresionó la reiterada presencia de Gabo en los relatos pero me decepcionó no encontrar infidencias sobre las relaciones del M-19 con Manuel Piñeiro, Barbarroja, zar del espionaje muy cercano a García Márquez, ni pormenores de la activa interferencia cubana en el conflicto colombiano opacada para la paz. Me enteré sin embargo de unos servicios de mensajería diplomática que el Nobel prestó ante dos de sus amigos por encargo del comandante.

Según Fuentes, en los 80 “Gabo ganó notoriedad extraliteraria en Cuba” al demostrar ser “un tipo de coraje” gracias a unas misiones encomendadas por Castro. “Había reservado su asiento de primera en Iberia y aterrizado en Madrid y se había dirigido para decirle a Felipe González que era un maricón”. Tal cual, el noble mandadero habría estado en la Moncloa para espetar: “Oye, Felipe, dice Fidel que tú eres un maricón”.

Era la época en que el gobernante español había hecho declaraciones a favor de prisioneros políticos cubanos que llevaban dos décadas tras las rejas, respaldando una campaña internacional para su liberación. A Castro le indignó esa interferencia en “asuntos internos de Cuba”. Por eso le puso la tarea a uno de los pocos escritores del boom latinoamericano insensible al asunto Padilla. “La nuestra es una amistad intelectual; cuando estamos juntos, hablamos de literatura”, habría dicho el Nobel contrariando el sentido común y numerosos testimonios.

No fue el único recado en esa diplomacia informal. El comandante también se molestó con la demora de Omar Torrijos para restablecer relaciones con Cuba. El general había pedido paciencia: las embajadas se abrirían pero necesitaba hacerlo a su ritmo, sin presiones. Pasaba el tiempo y nada. Cuando García Márquez fue a compartir su entusiasmo con la lucha de Torrijos por recuperar el canal, Castro le replicó: “¿Y Cuba?”. Se quejaba de que todos ignoraban su isla. “Ve para allá y dile que es un maricón. Que digo yo, que es un maricón. Y que lo va a seguir siendo mientras no haga relaciones, que él me las prometió”.

Los dos insólitos encargos convirtieron a García Márquez en un verdadero héroe entre la burocracia cubana. “En el Comité Central no se hablaba de otra cosa que de las exitosas misiones diplomáticas del colombiano. Esto ocurrió antes de que decidieran desinflar su aventura como presidente de Colombia”. Según Fuentes, “Gabo insistía en postularse. Pero La Habana no veía con buenos ojos ese proyecto presidenciable”. Como tampoco le dio luz verde a la paz del M-19 con Belisario Betancur (agrego esa información de buena fuente que esperaba corroborar con Fuentes).

El escritor anota que “el propio Gabo me hizo el cuento” remedando a González al recibir el recado. “Felipe se había asombrado. Y había abierto los brazos en señal de interrogación y había palidecido… En su momento, Torrijos también había palidecido”, le confirmó el célebre correveidile. Las arandelas del insulto fueron específicas por destinatario. Con Torrijos, relaciones rápidas y plenas. Con Felipe, “déjame a mí con mis presos”.

En el “Festival Gabo 2018” se reconoció la necesidad de que “medios y periodistas investiguen asuntos que no han tenido cubrimiento periodístico”. Los vínculos de García Márquez con Cuba, Torrijos, Nicaragua y el M-19 entran en el universo de asuntos silenciados del conflicto cuyas repercusiones sobrepasan las de este par de mariconadas.


sábado, 15 de septiembre de 2018


No es cierto.
Él no es Premio Casa.



viernes, 7 de septiembre de 2018

La Historia interminable

Por Camilo Egaña, CNN
Publicado a las 23:54 ET (03:54 GMT) Miércoles, 29 agosto, 2018. Tres fragmentos. Pulse aquí.


"Para Fidel Castro la literatura era propaganda"

El cubano exiliado Norberto Fuentes, escritor y periodista, dice que Fidel Castro veía la literatura como un instrumento de propaganda, sin embargo, era considerado un gran lector. En aquella época Fidel acusó a Norberto Fuentes de atacar el corazón de la revolución.


¿Qué opinaba Fidel Castro de los intelectuales?

El escritor y periodista Norberto Fuentes, tras escribir la biografía de Fidel Castro, cuenta cómo Castro estaba de acuerdo con la literatura y con los intelectuales, pero solamente si ellos estaban de acuerdo con su ideología. Además, agrega que el exmandatario cubano no era amigo de nadie, y vivía fascinado con aquellas personas que apoyaban la revolución.


¿Se deshizo Fidel Castro deliberadamente del Che Guevara?

Norberto Fuentes, escritor y periodista cubano, indica que Fidel Castro se deshizo deliberadamente del Che Guevara, conocido revolucionario argentino marxista, ya que el Che quiso llevarse a los hombres más fieles de Fidel Castro. El Che Guevara se entrega y así es como muere, dice Fuentes.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Jota Jota regresa
Norberto Fuentes, en defensa propia

Por J.J. Armas Marcelo


Me pasé gran parte del verano leyendo Plaza sitiada, un libro reivindicativo de sí mismo, de su actuación en Cuba en el caso Padilla, escrito por Norberto Fuentes. Casi 600 páginas vibrantes en defensa de sí mismo. Memoria, también documentada, escrita a la manera de Hemingway y, sobre todo, de la novela negra de siempre. El resultado estético, que es parte del mismo cantar, es muy brillante. El lector informado va reconociendo figuras, figurones y figuritas en las páginas del texto y se va informando de la visión de Fuentes sobre el asunto Padilla que él, el propio Fuentes, hace su caso en este libro. Su historia es la siguiente, grosso modo: gana el Casa de las Américas con un gran libro de cuentos, Condenados de Condado. Un libro que a Fidel Castro no le gusta y lo sentencia a sufrir. Castro, como dicen los cubanos, va a darle candela al autor, lo va a someter, en definitiva, “a descojonar”. De ahí en adelante, todo es G2, Seguridad del Estado y policías tras las huellas del “rebelde”. Luego viene el caso Padilla, la dichosa autocrítica del poeta, remedando los juicios estalinistas de Moscú, y la teatral actuación del poeta. Todo como ha previsto la cabeza de la serpiente, Fidel Castro. Pero Fuentes, uno de los citados por Padilla en su autocrítica habanera como cómplice suyo en las conspiraciones contrarrevolucionarias, se levanta en el acto y rechaza las acusaciones. La fiesta se termina y el “rebelde”, que no ha querido entender o no ha entendido lo que sucede y tenía que suceder, pasa a ser una pieza de cuidado, otro caso, al que hay que quebrar, partir, destruir.

El texto de Plaza sitiada explica, desde el punto de vista del autor, toda la intrahistoria de aquella época en Cuba, la guerra de Castro contra los intelectuales cubanos y los del mundo entero. Los más perjudicados en el libro, como me parece que no podía ser menos, son el poeta Heberto Padilla y el escritor chileno Jorge Edwards, encargado también en esos días por el gobierno de Allende de abrir la embajada de Chile en La Habana. Según Fuentes, ninguno de los dos se dio cuenta de lo que sucedía e iba a suceder, Edwards sería expulsado de La Habana por Fidel Castro y con Padilla se habría pactado la autocrítica, palabra por palabra, y después de un tiempo la salida de La Habana.

Norberto Fuentes los tilda a los dos de desmemoriados: memorialistas desmemoriados, escribe. Aquí me toca de cerca, porque en el caso de Edwards yo estaba en el despacho de Carlos Barral, en la calle Balmes de Barcelona, cuando llegaron los primeros ejemplares de Persona non grata (y lo leí de un tirón esa noche en mi hotel de la calle Santaló 8), y en el segundo caso porque fui yo quien contrató y publicó, como director editorial de Argos Vergara en la época de la que hablamos, La mala memoria de Heberto Padilla. Los dos, Edwards y Padilla, son objeto de análisis profundo por parte de Norberto Fuentes, que fue amigo de ellos, dentro y fuera de Cuba, porque él también terminó exiliado, tras haber sido el cronista de la guerra de Angola, el cronista de las hazañas de las tropas aliadas soviéticas y cubanas con Arnaldo Ochoa de comandante en jefe de las tropas del frente.

Valía la pena entretenerse y aprender leyendo este libro, que da una versión nueva de aquellos episodios que rompieron el idilio de los intelectuales europeos y Fidel Castro. Sólo que en el libro de Fuentes aparecen intenciones de Fidel Castro que hasta ahora no habían sido analizadas. Digo que no son juicios de valor por parte del autor, ni suposiciones que podrían construir su versión de una manera torticera: hay documentación suficiente para tener en cuenta la tesis de Fuentes y, además, su prosa es suya, una especie de cabalgada sobre un tigre desde la primera de las páginas del libro hasta la última. Profusión de documentos oficiales, cables, cartas, testimonios; multitud de documentos gráficos, fotografías, detalles olvidados, atenciones nuevas, diría yo que fotos casi inéditas que apabullan al lector y lo meten dentro de la historia que cuenta el texto con la misma pasión reflexiva con el que ha sido escrito, sin duda.

Norberto Fuentes: resulta que está vivo como persona y como escritor, y con una memoria y una prosa excelentes, y con un pensamiento fresco y profundo, y con una sensibilidad literaria extraordinaria. Resulta que, junto a Cabrera Infante, es el único escritor cubano que conozco que ha escrito más y mejor fuera de Cuba que cuando estaba en la isla. El resto se acabaron bastante cuando salieron a escribir a la libertad y lo hicieron mucho peor que cuando dentro de la isla eran protagonistas de su propia resistencia. Supongo que el libro de Norberto Fuentes será saludado por silencios clamorosos y pequeñas diatribas que tratarán de despreciar este nuevo texto sobre aquellos años grises de Cuba. Es igual lo que hagan unos y otros, el libro ya está escrito. Y leído. Y es excelente.

Publicado por J.J. Armas Marcelo el 29 de agosto de 2018 en El Cultural, el suplemento de El Mundo.

viernes, 31 de agosto de 2018

En el torbellino

Tomado del blog Toda la noche oyendo pasar pájaros del lunes 27 de agosto de 2018. Es un fragmento del texto homónimo de Pedro Schwarze y procede de un volumen de ensayos y documentos asociados a Plaza sitiada, próximo a publicarse.

En su artículo “El narrador en la tormenta revolucionaria”, el ya mítico crítico uruguayo Ángel Rama rompió con todo lo que hasta ese momento se había publicado sobre el llamado Caso Padilla, y le aportó una mirada fresca a la autocrítica del poeta cubano Heberto Padilla, la noche del 27 de abril de 1971, en la sede de la Unión de Escritores y Artista de Cuba (UNEAC), donde —tras permanecer detenido más de un mes— confesó ser antirrevolucionario e involucró a otros a escritores y amigos en sus mismos “crímenes”. Ese cuadro, especial y aparentemente cuidado, fue el detonante del quiebre de buena parte de la intelectualidad latinoamericana y europea con la Revolución Cubana. “Estaba produciéndose en tierras americanas una confesión místico-socialista que seguía puntualmente el modelo de las confesiones en los procesos de Moscú en los años treinta, la cual, según el penitente dijo al comenzar, había sido pedida por él mismo y obviamente aceptada por sus colegas”, escribió Ángel Rama al introducir en el tema.

Pero destacó que su foco no estaba en esa escena integral ni en su protagonista, sino “en un actor secundario, poco o mal iluminado por los flashes periodísticos, en el cual sin embargo se tipifica la problemática del narrador dentro del vertiginoso sucederse de una historia revolucionaria. Analizada con objetividad, al margen de la emocional polémica que rodea estos sucesos, es tarea que compete a la crítica, pues es su misma existencia la que en ella se cuestiona”. Padilla enlodó en su autoinculpación, entre otros a su mujer Belkis Cuza Malé, a Pablo Armado Fernández y a un joven Norberto Fuentes. Sin embargo, Fuentes, autor del libro de cuentos Condenados de Condado, con el que había ganado el premio Casa de las Américas en 1968, “a diferencia de los restantes escritores aludidos, se negó a hacer su autocrítica, reivindicó sus convicciones revolucionarias y se rehusó a convalidar las explicaciones espiritualistas de Padilla, las cuales, para mayor sorpresa, fueron aprobadas por los funcionarios culturales allí presentes”, describió Rama e insistió que “oponiéndose a la posición asumida por Padilla, Norberto Fuentes defendió su derecho a tener opiniones críticas sobre los organismos del Estado y sobre los diversos aspectos de la vida nacional, entendiendo que ése es un derecho de todo ciudadano y que es parte del normal debate sobre la ‘res pública’ que les compete”.

Una de los párrafos esenciales de “El narrador en la tormenta revolucionaria” es el momento cuando Ángel Rama planteó que si desde 1967, cuando ya Heberto Padilla comenzó a tener conflictos con las autoridades cubanas, se habló de un “Caso Padilla”, algo que se vino a “perfeccionar” con la autocrítica de 1971, “con igual razón habría que hablar de un caso estrictamente paralelo, el ‘Caso Fuentes”. Y subrayó que el silencio —en Cuba y fuera de la isla— en torno al “Caso Fuentes” se explicó por el hecho de que “no era utilizable por la guerra fría pues [Norberto] se declaraba revolucionario, no se ponía en contacto con los corresponsales extranjeros, etcétera. Hubiera correspondido al pensamiento de izquierda su consideración y el silencio que ha guardado es una acusación y un testimonio de su atraso”.

De los stills recuperados: Una fisura en el programa. Comienza el debate.

miércoles, 22 de agosto de 2018

EL PAÍS
“Heberto Padilla quiso ser el Solzhenitsyn de Cuba. Un error fatal”

El escritor Norberto Fuentes desgrana en ‘Plaza sitiada’ su versión de la famosa sesión de autocrítica forzada del poeta en 1971, en la que se vio involucrado.
PABLO DE LLANO

El escritor Norberto Fuentes, durante la entrevista. GIORGIO VIERA

Miami, 16 de agosto de 2018.- La última obra del escritor Norberto Fuentes (La Habana, 1943), Plaza sitiada (Cuarteles de Invierno), es una inmersión en la sesión de autocrítica a la que forzó en 1971 el régimen cubano al poeta Heberto Padilla, fallecido en el 2000 en el exilio en EE UU. La publicación de Fuera del juego en 1968 –con poemas como Para escribir en el álbum de un tirano o Cantan los nuevos césares– soliviantó a Fidel Castro y derivó tres años después en su detención y confinamiento en el centro de interrogatorios de la policía política.

Al salir, Padilla pronunció en la Unión de Escritores y Artistas un discurso de repudio a su propio libro y loa al sistema en el que acusó de desafectos a otros como el propio Fuentes, que se enzarzó in situ en una bronca con el poeta reivindicándose “revolucionario”.

El caso Padilla marcó el endurecimiento de la represión ideológica al mundo de la cultura y supuso la ruptura con Cuba de buena parte de la intelectualidad occidental –según el autor, “deliberadamente” buscada por Castro–. Fuentes siguió en la isla y en los años ochenta fue parte “del hardcore fidelista” (según escribió en Dulces guerreros cubanos, 1999), hasta que fue arrestado en 1989 durante la Causa 1 –el proceso que llevó al fusilamiento del general Ochoa– y terminó exiliándose en 1994.

En su casa de Miami, reflexiona sobre aquel episodio tras el que “todos se pusieron a llorar por Padilla, que en realidad fue una víctima de sí mismo” y él, a su juicio, quedó en el olvido “como un paria juzgado por extranjeros y cobardes de la intelectualidad criolla”.

Pregunta. ¿Por qué Fidel Castro decide lanzar su ataque a la intelectualidad?

Respuesta. Temía la posibilidad de tener en Cuba escritores disidentes de renombre internacional, como Alexandr Solzhenitsyn en la URSS. Decía que eso sería un caballo de Troya dentro de la revolución, que la bombardearían desde dentro. Y quería romper con los intelectuales occidentales que sentía que estaban monitoreando su proceso y que lo condicionaban ética y moralmente. A la vez le sirve como mensaje de adhesión a Moscú en un momento en que sus relaciones con los soviéticos no eran buenas: “Somos tan duros como ustedes. También metemos presos a nuestros intelectuales”, y en el que asomaba como alternativa la revolución pacífica de Allende en Chile.

P. ¿Cómo entendía Castro su relación con intelectuales y artistas?

R. Como con todo el mundo: mientras entraran por el aro, no había ningún problema. Para Fidel, como todo leninista, la cultura era un instrumento de la propaganda revolucionaria con un límite claro: “No me hagan contrarrevolución”. Era un límite elástico si lo sabías emplear. Pero Padilla, sencillamente, la jodió.

P. ¿Por qué?

R. Porque había estado en una URSS ya moralmente debilitada mamando una situación en la que los escritores e intelectuales armaban una cantidad de lío que Fidel Castro no iba a permitir en su joven revolución cubana. Eso aprende Padilla y considera que puede reproducirlo en Cuba. Quiso ser el Solzhenitsyn cubano. Fue un error fatal.

P. Pero la mecha, dice en el libro, la prende una obra suya, no de Padilla.

R. Sí, Condenados del Condado. Salió en el 68 unos meses antes que Fuera del juego. Fidel Castro lo leyó y al terminarlo lo tiró contra una pared. En aquel tiempo mi libro fue considerado el primer libro disidente que se hizo en Cuba. Es la primera obra de ficción sobre un episodio de la revolución que tiene un estilo crítico de la peor manera, con humor, y que refleja una realidad que nadie conocía, la Lucha contra bandidos [la persecución en los sesenta contra los alzados anticastristas en la sierra del Escambray]. Eso fue darle duro a la cadena del mono, y Fidel dijo: “Ojo, aquí viene algo”. Él le enseñó a la Seguridad del Estado que había que trabajar como los cristianos, por señales. Y mi libro fue una señal. Fidel dijo que me cogieran preso, pero mis amigos me defendieron –incluido el general Tomassevich, que era una figura sagrada en ese momento– y lo frenaron, aunque él les avisó: “Van a ver que esta mierda no para aquí. Tiempo al tiempo”. Tenía toda la baraja en su mano. Aún estaba esperando a ver qué pasaba.

El escritor Norberto Fuentes en su casa en Miami. GIORGIO VIERA

P. ¿Por qué explotó con Padilla y no con usted?

R. Yo conocía bien el terreno en el que me movía. Ya me habían jodido antes, sabía lo que tenía que hacer. No formar líos exógenos a la literatura, concentrarme en escribir, no salir de ahí. Pero Padilla quería un papel protagónico, dar conferencias, hacer grandes declamaciones, despachar con la prensa extranjera, ser el superintelectual crítico. Y se le fue de las manos. Los premios en 1968 de la Unión de Escritores a Fuera del Juego y Los siete contra Tebas [de Antón Arrufat] fueron la segunda y definitiva señal, aunque todavía Fidel deja esa bronca en stand by. Hasta que en 1971 reúne a la Seguridad del Estado y dice: “Comenzó la guerra contra los intelectuales. Hay que cortarles las patas ya”.

P. ¿Qué había echado a andar el espíritu crítico?

R. Pues que la gente había empezado a probar su fuerza, a tensar la cuerda por las influencias de la época. Ya se sabe qué pasa en Moscú. Se había publicado en Cuba a Isaac Bábel, Un día en la vida de Ivan Denisovich de Solzhenitsyn, y dijimos, “¡Coño, esto se puede hacer!”. Comenzamos a respirar, a tener visos de otra cosa. Los que no tenían talento, por supuesto, prefirieron seguir con la línea oficial, pero los que lo tenían querían intentar hacer cosas nuevas. Ahí Padilla encuentra un campo sin explorar, el de la discusión y el debate, y, como todo artista, quiere poner su pica en Flandes.

P. Y, finalmente, se vuelve el objetivo principal.

R. Sí, porque estaba desbocado. Yo le dije: “Heberto, muchacho, te están dando cuerda, te están dando cuerda”; pero no hacía caso, se sentía invulnerable. Y ya lo venían cocinando hace tiempo. Hasta le habían hecho un estudio de personalidad.

P. Usted sostiene que era el segundo en la fila.

R. Padilla tenía las instrucciones de la Seguridad del Estado de todos a los que tenía que nombrar en la autocrítica, y yo seguía siendo un objetivo por Condenados del Condado. Pero después de que él hace su discurso yo me niego a decir que soy contrarrevolucionario y armo el lío. Yo no tenía nada en contra de la revolución. No quería tumbar a ese gobierno. Yo era un escritor revolucionario que quería hacer literatura revolucionaria. Y eso estaba montado para que todos se autocriticasen.

P. En La mala memoria (1989), Padilla escribió: “Norberto Fuentes escenificó con brillantez el papel que la policía le había asignado”.

R. Y de alguna manera ha sido la tesis que prevaleció. A mí, como siempre se hace con respecto a Cuba, se me aplicó la óptica de los lugares comunes. No aceptaron que un escritor fuera revolucionario y no renegase de ello. Yo trato de explicarle al lector lo que pasó, hago el cuento de cómo yo viví las cosas y cómo las hice. Este es un libro que yo me debía a mí mismo.

P. ¿Cuándo se reencontraron en el exilio en EE UU, hablaron de lo que pasó?

R. No, nunca le toqué el tema. Estuvimos bastantes veces juntos e incluso planeamos hacer un libro entre los dos sobre el 1959 [año de la revolución cubana]. Heberto fue uno de mis mayores defensores para que yo saliera de Cuba y para mí era más importante agradecerle eso y mantener mi amistad con él. No quise revivir aquel muerto.

P. ¿Cómo cree que se sentiría leyendo este libro?

R. Mal, pero yo no soy el responsable de la cobardía de nadie. Heberto embarcó a mucha gente aquella noche. Lo que hizo no tiene nombre.