miércoles, 14 de noviembre de 2018

Abelachau


Yo soy Fidel (el título en español) de Francesco Comello y Barbara Tutino acaba de aparecer en Italia, publicado por Cantagalli. Tiene las fotografías de Francesco de la procesión fúnebre de Fidel y su ensayo “L´ultimo saluto”, la crónica de Bárbara “Viaggio a Cuba”, fotos de la colección de Saverio Tutino, cartas de Saverio a su hija de 1967 y 1968 desde Cuba y un ensayo mío sobre Saverio: “Il commissario politico della 76ª Brigata Garibaldi”.

Un fragmento del original en español de mi colaboración “El comisario político de la 76ª Brigada Garibaldi”.

Creo que Fidel y yo teníamos los mismos sentimientos hacia el viejo combatiente. Incluso, Fidel, pese a las desavenencias creadas posteriormente por el caso Padilla. Era, indudablemente, un compañero. Nunca paternal. Convencido. Altivo. Preguntón. Su empate conmigo ocurre por un reportaje que leyó en Granma. La amistad que nos profesábamos tenía ese origen, digamos, de oficio. Diríase más bien de sangre. Como los indios americanos cuando sellan su amistad pasándose un cuchillo por las muñecas y oprimiendo las dos heridas. La historia es que, apenas con unas semanas en Cuba como corresponsal residente de L´Unità, leyó en su habitación del Hotel Capri un reportaje en Granma donde se contaba que en el Escambray una tropa en operaciones era animada al combate por una canción de los partisanos italianos. Los alumnos de la escuela de magisterio de Topes de Collantes, desde un edificio en lo alto de las montañas, organizaron un coro que le cantaba a los combatientes de Lucha Contra Bandidos que, a poca distancia de la escuela, tenía cercado al peligroso cabecilla contrarrevolucionario Chano Ibáñez y su gente. La canción que repitieron durante todo el tiempo de duración del cerco —10 días según mis notas— yo, el cronista, la llamaba Abelachau, lo cual era un error porque se trataba de un empleo arbitrario de la fonética de Bella Ciao. Por esa época nosotros importábamos todas las canciones que se pudieran utilizar en los momentos de euforia revolucionaria, es decir, casi todos los días, en marchas, nacionalizaciones, discursos de Fidel (mientras más interminables, mejor), trabajos voluntarios, entrenamientos de combate, montarse en los camiones para irse a matar mercenarios (o a que ellos te mataran) en Bahía de Cochinos o en unas especies de guateques revolucionarios durante la Crisis de Octubre de 1962 mientras esperábamos el Armagedón nuclear. A falta de una música de tal utilidad de los compositores cubanos, debíamos acudir sobre todo a la Guerra Civil Española. Ese pobre Francisco Franco, nunca se han cantado tantos vituperios en contra suya como en los primeros años de la Revolución Cubana. Ay, la mujer de Franco / Bum barabum barum bam bá / Ay, la mujer de Franco / Bum barabum barum bam bá / No cocina con carbón / Ay, Carmela / Ay, Carmela / No cocina con carbón / Ay, Carmela / Ay, Carmela / (Coge un aire) / Y cocina con los tarros / Bum barabum barum bam bá / Y cocina con los tarros / Bum barabum barum bam bá / De su marido el traidor / Ay, Carmela / Ay, Carmela / De su marido el traidor /Ay, Carmela / Ay, Carmela. (Coge un aire.) Lo que nos gustaba, sobre todo, era el ¡Bum barabum barum bam bá! Ni qué decirlo. Parecía una guerra contra la falange y no contra los yanquis. El Quinto Regimiento era otra. Aguerrida. Romanticona. En la ciudad de Madrid y en el patio de un convento. En la ciudad de Madrid y en el patio de un convento. El Partido Comunista fundó el Quinto Regimiento. Con el Quinto Quinto Quinto. Con el Quinto Regimiento. Se va lo mejor de España, la flor más roja del pueblo. Y nos sabíamos la traducción completa de “La Internacional” (todavía me la sé de memoria y todavía es capaz de emocionarme hasta las lágrimas) y a la preciosa “Bella Ciao” de los partisanos y, si acaso, una versión tarareada de Katiuska. Las guarachas y el mambo y el chachachá no se ajustaban al tipo de actividad que desplegábamos. De modo que el domingo 6 de febrero de 1966, a los pocos días de desempacar en Cuba, al abrir un periódico Granma que le llevaron a la puerta de su habitación, con el carrito del desayuno, Saverio Tutino vio el suplemento tamaño tabloide del periódico, llamado Revista del Granma, con una fotografía desplegada en la portada, donde dominaban los tonos ocres de la impresión en rotograbado, de unos militares cubanos que, evidentemente, rastrillaban un monte en las montañas. El viejo guerrero no titubeó un instante en concentrarse en un tema que, ya sabía, por intuición, que era de su más absoluto interés. Y probó a descifrar un español que pronto habría de dominar a la perfección. Se vio recompensado, más allá de lo esperado, al final del texto cuando supo que en un cerco en medio de las montañas del Escambray el aire estaba dominada por una canción que los cubanos reconocían por su traslación fonética como Abelachau y que era Bella Ciao. Se volvió loco. Se llenó de inspiración. Fue feliz creo yo que por última vez en su vida. Porque había comprendido que la canción de un guerrillero retumba igual en las cañadas del Piamonte que en la Sierra del Escambray. Su pasado, mi reportaje y una canción fueron motivos suficientes para cimentar una amistad.


Un fragmento revisado de la crónica original de Granma:

—¡Eh, Zalas! —gritaban los combatientes—, ¿cómo se agarra a los bandidos?

—¡Por los moños! ¡Al bandido hay que agarrarlo por los moños! —respondía Zalas a los bisoños soldados. Ellos siempre preguntaban así, conociendo la respuesta de Zalas: —¡Por los moños!— Y Zalas cerraba la mano como si tuviera allí la melena de un bandido y la zarandeara.

A Oscar Arias lo apodaban Zalas. Era sargento. “¡Ea!, sin miedo, que los capturamos”, decía Zalas, moviéndose de un lado a otro del cerco.

Una lluvia pesada y constante acompañaba la operación. Dentro del cerco se movían desesperados los bandidos.

Diez días. Sin escampar. Los bandidos se agazaparon bien esos diez días.

La primera noche los combatientes del cerco de La Chispa oyeron un canto que venía de lejos. Miraron hacia atrás y arriba. Entonces vieron el edificio gris de Topes de Collantes.

Todas las ventanas del edificio estaban abiertas. Había luces en las ventanas.

...y si yo muero
en el combate...

El canto venía del edificio. El edificio se veía como un gran árbol gigante iluminado en cada rama. Los alumnos de la escuela cantaban a los combatientes.

...abelachau belachau
y si yo muero
en el combate
toma en tus manos
mi fusil...

—¿Los ves? —preguntó un alumno a su compañero.

—No los veo —dijo el compañero. Bajo sus miradas se desplazaba brumoso el Escambray. Ellos estaban en el quinto piso del edificio gris de Topes de Collantes.

—¿No los ves?

—No los veo.

—Pero están allá. Ellos están allá —señalo hacia La Chispa...

—Sigue cantando, anda, sigue —dijo— que ellos están allá.

...y si yo muero
en el combate...

—Son los alumnos de Topes —dijo Zalas.

—Nos acompañan en el cerco —asintió el instructor Dagoberto.

Diez días interminables, de lluvia y poca comida, de caminar arriba y abajo la montaña, de esperar la bala del bandido, constantemente, en el pecho.

—Cuando se acabe esta operación me voy a casar —le dijo Zalas al instructor Dagoberto— mira, esta es la foto.

Sacó la cartulina fotográfica del bolsillo mojado. “La lluvia la ha gastado, y mis dedos también, ¿qué te parece?” Desde el pequeño cuadro sonreía una mujer joven.

—Y este, este es el anillo, mira —Zalas desenroscó el aro de su dedo— ¿qué te parece, eh? Fíjate, es de oro bueno.

...y si yo muero
en el combate...

—¿Ya estarán combatiendo? —dijo.

—No, no se oyen los tiros.

—¿Nos oirán a nosotros?

—Sí, canta con todo el pecho. Canta.

...toma en tus manos
mi fusil...

El día 22 se oyeron los disparos. Retumbaron en toda la montaña. Los bandidos se doblaron sobre sus cuerpos perforados con plomo. Las armas cayeron inútiles al suelo.

Ese día, el instructor político Dagoberto Páez se acercó al lugar del choque con los bandidos. Allí, sobre la tierra húmeda de sangre y lluvia, había un cuerpo. Dagoberto se acercó. El pelo trigueño del hombre lucía como polvoriento.

—Zalas…—murmuró el instructor— Zalas... Zalas...

Atrás, avanzando sobre todos ellos, se oía insistente el canto: “...y si yo muero en el combate...” La lluvia arreció en ese momento y las gruesas gotas limpiaron la sangre del rostro de Zalas.

—...Zalas, Zalas...—susurró otra vez el instructor Dagoberto que estaba arrodillado frente al cuerpo.

—...Zalas, ¿no me oyes?

lunes, 12 de noviembre de 2018

Ni aunque lluevan raíles de punta


Solo es agua, Donald. Solo agua.


AFP, 10 de noviembre, 2018 - 15h13
París - El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afrontó este sábado una lluvia de críticas por haber anulado una visita a un cementerio de soldados estadounidenses de la Primera Guerra Mundial a causa del tiempo lluvioso en Francia.

Trump, que se desplazó el viernes por la noche a París para conmemorar el centenario del final de la Gran Guerra, había previsto desplazarse con su esposa Melania al cementerio de Bois Belleau, en el norte de Francia, donde descansan marines estadounidenses que combatieron en la Primera Guerra Mundial.

"El viaje del presidente y la primera dama al cementerio y memorial americano en Ainse-Marne ha sido cancelado debido a las dificultades logísticas y de programación causadas por el clima", informó la Casa Blanca con un comunicado.

La cancelación de su visita generó numerosas críticas contra Trump. Algunos le reprocharon que la lluvia no impidió al presidente francés, Emmanuel Macron, a la canciller alemana, Angela Merkel, ni al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, participar en sus respectivos actos para conmemorar a los soldados de la Gran Guerra.

Otros bromearon con el hecho de que Trump estaba horrorizado con despeinarse a causa de la lluvia.

"Murieron haciendo frente al enemigo y este patético incompetente @realDonaldTrump no puede desafiar el tiempo para homenajear a los caídos", criticó en Twitter Nicholas Soames, nieto de Winston Churchill y miembro conservador en el Parlamento británico.

"Donald Trump se queja de tener que estar debajo de la lluvia (...) quizás porque no quiere despeinarse", tuiteó el grupo de veteranos de guerra estadounidenses.

A diferencia del presidente estadounidense, el jefe del gabinete de Trump, John Kelly, y su adjunto Joe Dunford sí que se desplazaron al cementerio de Bois Belleau, situado a unos 50 kilómetros al noreste de París.

El domingo está previsto que el mandatario republicano visite el cementerio estadounidense de Suresnes, en la periferia norte de París.

Trump también participará en el acto en el Arco de Triunfo de París, junto con otros 70 jefes de estado, para conmemorar el centenario del Armisticio, firmado el 11 de noviembre de 1918.


Al otro lado de la Historia.

        … la Revolución… no se detendrá ni aunque lluevan raíles de punta…
—7 de junio de 1959

Después, lo reiteraba a cada oportunidad, Valga decir ante cada reto. Para él la lluvia no era agua. Y tú oías tronar a lo lejos y sabía que estabas potencialmente frito. Un raíl de punta que te entre por el cráneo es como taladrar un mosquito. Pero había que estar guapo. Firmes ahí.

sábado, 20 de octubre de 2018

Anda, ve y dile

Enero de 1985 en el apartamento —frente al mar de La Habana— de Estrella,
la madre de Norberto. (Copyright © 1985. 2018 by Norberto Fuentes)

Dile que es un maricón

Por: Mauricio Rubio

El Espectador, Bogotá, Colombia, 18 de octubre de 2018.

Norberto Fuentes, escritor y periodista cubano, cuenta unos peculiares mandados que Gabriel García Márquez le hizo a Fidel Castro.

A sus 25 años, Fuentes ganó un premio literario con un ensayo sobre el Ejército cubano que enfureció al comandante y le costó un período de ostracismo. En 1971 fue acusado de conspirador, junto a otros escritores, por su amigo Heberto Padilla que terminó condenado por “actividades subversivas” y tuvo que reconocer su culpa públicamente. Después de ese incidente, que marcó el rompimiento de intelectuales de talla mundial con Castro, Fuentes se dedicó a escribir sobre Hemingway en Cuba. Publicó su trabajo con prólogo de García Márquez, donó el adelanto a las milicias y se convirtió en el escritor favorito del régimen.

Acompañó a las tropas cubanas en Angola, colaboró con los servicios secretos y traficó droga oficialmente. En 1989 rompió con la dictadura tras el fusilamiento de sus amigos Arnaldo Ochoa y Tony de la Guardia. Trató de huir, fue capturado, hizo huelga de hambre y se salvó gracias a García Márquez, a quien admira por su obra pero no por su relación con un tirano que “convirtió al escritor latinoamericano más importante en un muñeco en su mano”.

En 1999 publicó Dulces guerreros cubanos, que hace poco conseguí por fin a precio razonable. Es otra visión poco romántica del castrismo: paranoia con la seguridad, lujosos gustos de la cúpula, rivalidades intestinas, intervención política y armada en varios países, manipulación de diplomáticos y celebridades extranjeras. Me impresionó la reiterada presencia de Gabo en los relatos pero me decepcionó no encontrar infidencias sobre las relaciones del M-19 con Manuel Piñeiro, Barbarroja, zar del espionaje muy cercano a García Márquez, ni pormenores de la activa interferencia cubana en el conflicto colombiano opacada para la paz. Me enteré sin embargo de unos servicios de mensajería diplomática que el Nobel prestó ante dos de sus amigos por encargo del comandante.

Según Fuentes, en los 80 “Gabo ganó notoriedad extraliteraria en Cuba” al demostrar ser “un tipo de coraje” gracias a unas misiones encomendadas por Castro. “Había reservado su asiento de primera en Iberia y aterrizado en Madrid y se había dirigido para decirle a Felipe González que era un maricón”. Tal cual, el noble mandadero habría estado en la Moncloa para espetar: “Oye, Felipe, dice Fidel que tú eres un maricón”.

Era la época en que el gobernante español había hecho declaraciones a favor de prisioneros políticos cubanos que llevaban dos décadas tras las rejas, respaldando una campaña internacional para su liberación. A Castro le indignó esa interferencia en “asuntos internos de Cuba”. Por eso le puso la tarea a uno de los pocos escritores del boom latinoamericano insensible al asunto Padilla. “La nuestra es una amistad intelectual; cuando estamos juntos, hablamos de literatura”, habría dicho el Nobel contrariando el sentido común y numerosos testimonios.

No fue el único recado en esa diplomacia informal. El comandante también se molestó con la demora de Omar Torrijos para restablecer relaciones con Cuba. El general había pedido paciencia: las embajadas se abrirían pero necesitaba hacerlo a su ritmo, sin presiones. Pasaba el tiempo y nada. Cuando García Márquez fue a compartir su entusiasmo con la lucha de Torrijos por recuperar el canal, Castro le replicó: “¿Y Cuba?”. Se quejaba de que todos ignoraban su isla. “Ve para allá y dile que es un maricón. Que digo yo, que es un maricón. Y que lo va a seguir siendo mientras no haga relaciones, que él me las prometió”.

Los dos insólitos encargos convirtieron a García Márquez en un verdadero héroe entre la burocracia cubana. “En el Comité Central no se hablaba de otra cosa que de las exitosas misiones diplomáticas del colombiano. Esto ocurrió antes de que decidieran desinflar su aventura como presidente de Colombia”. Según Fuentes, “Gabo insistía en postularse. Pero La Habana no veía con buenos ojos ese proyecto presidenciable”. Como tampoco le dio luz verde a la paz del M-19 con Belisario Betancur (agrego esa información de buena fuente que esperaba corroborar con Fuentes).

El escritor anota que “el propio Gabo me hizo el cuento” remedando a González al recibir el recado. “Felipe se había asombrado. Y había abierto los brazos en señal de interrogación y había palidecido… En su momento, Torrijos también había palidecido”, le confirmó el célebre correveidile. Las arandelas del insulto fueron específicas por destinatario. Con Torrijos, relaciones rápidas y plenas. Con Felipe, “déjame a mí con mis presos”.

En el “Festival Gabo 2018” se reconoció la necesidad de que “medios y periodistas investiguen asuntos que no han tenido cubrimiento periodístico”. Los vínculos de García Márquez con Cuba, Torrijos, Nicaragua y el M-19 entran en el universo de asuntos silenciados del conflicto cuyas repercusiones sobrepasan las de este par de mariconadas.


sábado, 15 de septiembre de 2018


No es cierto.
Él no es Premio Casa.



viernes, 7 de septiembre de 2018

La Historia interminable

Por Camilo Egaña, CNN
Publicado a las 23:54 ET (03:54 GMT) Miércoles, 29 agosto, 2018. Tres fragmentos. Pulse aquí.


"Para Fidel Castro la literatura era propaganda"

El cubano exiliado Norberto Fuentes, escritor y periodista, dice que Fidel Castro veía la literatura como un instrumento de propaganda, sin embargo, era considerado un gran lector. En aquella época Fidel acusó a Norberto Fuentes de atacar el corazón de la revolución.


¿Qué opinaba Fidel Castro de los intelectuales?

El escritor y periodista Norberto Fuentes, tras escribir la biografía de Fidel Castro, cuenta cómo Castro estaba de acuerdo con la literatura y con los intelectuales, pero solamente si ellos estaban de acuerdo con su ideología. Además, agrega que el exmandatario cubano no era amigo de nadie, y vivía fascinado con aquellas personas que apoyaban la revolución.


¿Se deshizo Fidel Castro deliberadamente del Che Guevara?

Norberto Fuentes, escritor y periodista cubano, indica que Fidel Castro se deshizo deliberadamente del Che Guevara, conocido revolucionario argentino marxista, ya que el Che quiso llevarse a los hombres más fieles de Fidel Castro. El Che Guevara se entrega y así es como muere, dice Fuentes.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Jota Jota regresa
Norberto Fuentes, en defensa propia

Por J.J. Armas Marcelo


Me pasé gran parte del verano leyendo Plaza sitiada, un libro reivindicativo de sí mismo, de su actuación en Cuba en el caso Padilla, escrito por Norberto Fuentes. Casi 600 páginas vibrantes en defensa de sí mismo. Memoria, también documentada, escrita a la manera de Hemingway y, sobre todo, de la novela negra de siempre. El resultado estético, que es parte del mismo cantar, es muy brillante. El lector informado va reconociendo figuras, figurones y figuritas en las páginas del texto y se va informando de la visión de Fuentes sobre el asunto Padilla que él, el propio Fuentes, hace su caso en este libro. Su historia es la siguiente, grosso modo: gana el Casa de las Américas con un gran libro de cuentos, Condenados de Condado. Un libro que a Fidel Castro no le gusta y lo sentencia a sufrir. Castro, como dicen los cubanos, va a darle candela al autor, lo va a someter, en definitiva, “a descojonar”. De ahí en adelante, todo es G2, Seguridad del Estado y policías tras las huellas del “rebelde”. Luego viene el caso Padilla, la dichosa autocrítica del poeta, remedando los juicios estalinistas de Moscú, y la teatral actuación del poeta. Todo como ha previsto la cabeza de la serpiente, Fidel Castro. Pero Fuentes, uno de los citados por Padilla en su autocrítica habanera como cómplice suyo en las conspiraciones contrarrevolucionarias, se levanta en el acto y rechaza las acusaciones. La fiesta se termina y el “rebelde”, que no ha querido entender o no ha entendido lo que sucede y tenía que suceder, pasa a ser una pieza de cuidado, otro caso, al que hay que quebrar, partir, destruir.

El texto de Plaza sitiada explica, desde el punto de vista del autor, toda la intrahistoria de aquella época en Cuba, la guerra de Castro contra los intelectuales cubanos y los del mundo entero. Los más perjudicados en el libro, como me parece que no podía ser menos, son el poeta Heberto Padilla y el escritor chileno Jorge Edwards, encargado también en esos días por el gobierno de Allende de abrir la embajada de Chile en La Habana. Según Fuentes, ninguno de los dos se dio cuenta de lo que sucedía e iba a suceder, Edwards sería expulsado de La Habana por Fidel Castro y con Padilla se habría pactado la autocrítica, palabra por palabra, y después de un tiempo la salida de La Habana.

Norberto Fuentes los tilda a los dos de desmemoriados: memorialistas desmemoriados, escribe. Aquí me toca de cerca, porque en el caso de Edwards yo estaba en el despacho de Carlos Barral, en la calle Balmes de Barcelona, cuando llegaron los primeros ejemplares de Persona non grata (y lo leí de un tirón esa noche en mi hotel de la calle Santaló 8), y en el segundo caso porque fui yo quien contrató y publicó, como director editorial de Argos Vergara en la época de la que hablamos, La mala memoria de Heberto Padilla. Los dos, Edwards y Padilla, son objeto de análisis profundo por parte de Norberto Fuentes, que fue amigo de ellos, dentro y fuera de Cuba, porque él también terminó exiliado, tras haber sido el cronista de la guerra de Angola, el cronista de las hazañas de las tropas aliadas soviéticas y cubanas con Arnaldo Ochoa de comandante en jefe de las tropas del frente.

Valía la pena entretenerse y aprender leyendo este libro, que da una versión nueva de aquellos episodios que rompieron el idilio de los intelectuales europeos y Fidel Castro. Sólo que en el libro de Fuentes aparecen intenciones de Fidel Castro que hasta ahora no habían sido analizadas. Digo que no son juicios de valor por parte del autor, ni suposiciones que podrían construir su versión de una manera torticera: hay documentación suficiente para tener en cuenta la tesis de Fuentes y, además, su prosa es suya, una especie de cabalgada sobre un tigre desde la primera de las páginas del libro hasta la última. Profusión de documentos oficiales, cables, cartas, testimonios; multitud de documentos gráficos, fotografías, detalles olvidados, atenciones nuevas, diría yo que fotos casi inéditas que apabullan al lector y lo meten dentro de la historia que cuenta el texto con la misma pasión reflexiva con el que ha sido escrito, sin duda.

Norberto Fuentes: resulta que está vivo como persona y como escritor, y con una memoria y una prosa excelentes, y con un pensamiento fresco y profundo, y con una sensibilidad literaria extraordinaria. Resulta que, junto a Cabrera Infante, es el único escritor cubano que conozco que ha escrito más y mejor fuera de Cuba que cuando estaba en la isla. El resto se acabaron bastante cuando salieron a escribir a la libertad y lo hicieron mucho peor que cuando dentro de la isla eran protagonistas de su propia resistencia. Supongo que el libro de Norberto Fuentes será saludado por silencios clamorosos y pequeñas diatribas que tratarán de despreciar este nuevo texto sobre aquellos años grises de Cuba. Es igual lo que hagan unos y otros, el libro ya está escrito. Y leído. Y es excelente.

Publicado por J.J. Armas Marcelo el 29 de agosto de 2018 en El Cultural, el suplemento de El Mundo.

viernes, 31 de agosto de 2018

En el torbellino

Tomado del blog Toda la noche oyendo pasar pájaros del lunes 27 de agosto de 2018. Es un fragmento del texto homónimo de Pedro Schwarze y procede de un volumen de ensayos y documentos asociados a Plaza sitiada, próximo a publicarse.

En su artículo “El narrador en la tormenta revolucionaria”, el ya mítico crítico uruguayo Ángel Rama rompió con todo lo que hasta ese momento se había publicado sobre el llamado Caso Padilla, y le aportó una mirada fresca a la autocrítica del poeta cubano Heberto Padilla, la noche del 27 de abril de 1971, en la sede de la Unión de Escritores y Artista de Cuba (UNEAC), donde —tras permanecer detenido más de un mes— confesó ser antirrevolucionario e involucró a otros a escritores y amigos en sus mismos “crímenes”. Ese cuadro, especial y aparentemente cuidado, fue el detonante del quiebre de buena parte de la intelectualidad latinoamericana y europea con la Revolución Cubana. “Estaba produciéndose en tierras americanas una confesión místico-socialista que seguía puntualmente el modelo de las confesiones en los procesos de Moscú en los años treinta, la cual, según el penitente dijo al comenzar, había sido pedida por él mismo y obviamente aceptada por sus colegas”, escribió Ángel Rama al introducir en el tema.

Pero destacó que su foco no estaba en esa escena integral ni en su protagonista, sino “en un actor secundario, poco o mal iluminado por los flashes periodísticos, en el cual sin embargo se tipifica la problemática del narrador dentro del vertiginoso sucederse de una historia revolucionaria. Analizada con objetividad, al margen de la emocional polémica que rodea estos sucesos, es tarea que compete a la crítica, pues es su misma existencia la que en ella se cuestiona”. Padilla enlodó en su autoinculpación, entre otros a su mujer Belkis Cuza Malé, a Pablo Armado Fernández y a un joven Norberto Fuentes. Sin embargo, Fuentes, autor del libro de cuentos Condenados de Condado, con el que había ganado el premio Casa de las Américas en 1968, “a diferencia de los restantes escritores aludidos, se negó a hacer su autocrítica, reivindicó sus convicciones revolucionarias y se rehusó a convalidar las explicaciones espiritualistas de Padilla, las cuales, para mayor sorpresa, fueron aprobadas por los funcionarios culturales allí presentes”, describió Rama e insistió que “oponiéndose a la posición asumida por Padilla, Norberto Fuentes defendió su derecho a tener opiniones críticas sobre los organismos del Estado y sobre los diversos aspectos de la vida nacional, entendiendo que ése es un derecho de todo ciudadano y que es parte del normal debate sobre la ‘res pública’ que les compete”.

Una de los párrafos esenciales de “El narrador en la tormenta revolucionaria” es el momento cuando Ángel Rama planteó que si desde 1967, cuando ya Heberto Padilla comenzó a tener conflictos con las autoridades cubanas, se habló de un “Caso Padilla”, algo que se vino a “perfeccionar” con la autocrítica de 1971, “con igual razón habría que hablar de un caso estrictamente paralelo, el ‘Caso Fuentes”. Y subrayó que el silencio —en Cuba y fuera de la isla— en torno al “Caso Fuentes” se explicó por el hecho de que “no era utilizable por la guerra fría pues [Norberto] se declaraba revolucionario, no se ponía en contacto con los corresponsales extranjeros, etcétera. Hubiera correspondido al pensamiento de izquierda su consideración y el silencio que ha guardado es una acusación y un testimonio de su atraso”.

De los stills recuperados: Una fisura en el programa. Comienza el debate.