jueves, 16 de mayo de 2019

El risotto de la madrugada

Por Rui Ferreira

Ni risotto ni Roma. Desayuno gringo en un Aijop de la Avenida 42 de Miami.
Un domingo de marzo de 2007. Desde la izquierda: Guillermo Cowley “Willy”,
un excapitán de las Tropas Especiales cubanas; Omero Ciai, el
veterano corresponsal italiano; Norberto Fuentes, propietario de este blog;
y Rui Ferreira “El Portugués”, que se presta a colaborar con el siguiente texto.

Hace 10 años por estos días estaba durmiendo en casa de mi amigo Omero, en el Trantevere romano, cuando escuché un ruido en la cocina. Ruidos de cacerolas. Eran casi las cuatro de la mañana. Quien será, me dije, ¿serán fantasmas, será gente... ladrones?

No. Era Omero cocinando en calzoncillos, con un cigarro en la comisura del labio y la ceniza regada por todos lados, incluyendo la sartén en la cual preparaba un Risotto ai funghi. Y no parecía dormido, estaba bien despierto atento a cada detalle. El asunto, como diría mi amigo Benito, es que cocinar de madrugada relaja bastante. Omero es periodista como yo y en este viaje a Roma me enseñó el truco de cocinar de madrugada: hacer cosas sencillas pero que tarde su tiempo, que sean un poco laboriosas para darle a uno la oportunidad de pensar en el día de trabajo que ha terminado.

Cocinar, me explicó Omero, te relaja de todo lo que puedas hacer, olvídate del ordenador, la televisión hasta un libro. Aquí estás tú solo contra el plato, recuerdo que me dijo. La receta era sencilla y él la preparaba con mucha habilidad, romano al fin y al cabo. Aquí la clave es el vino blanco, el caldo y el arroz, me enseñó. La cocina de Omero es la ideal para cocinar Au Clair de la Lune. Resulta que su padre era pintor y forró parte del techo de la casa con tejas transparentes para que la luz reflejara mejor los colores y tonalidades de las acuarelas. En noches de luna llena la luz eléctrica puede llegar a ser superflua.

De modo que Omero cocinaba bajo las estrellas y allí nos quedamos nosotros conversando de nuestras vidas, el rumbo de la cosas y qué nos puede deparar la vida. Yo estuve 10 días en su casa, todas las noches había clases de culinaria de madrugada – Silvia, la mujer de Omero se iba a la cama y nos dejaba solos – y yo iba aprendiendo que a los espaguetis no se les echa aceite, que las lascas de pasta para la lasaña deben estar debidamente cuadradas y montadas en intervalos regulares. Fue una de esas noches que me enteré, por ejemplo, que la salsa Alfredo no es italiana, sino un invento de los inmigrantes en Estados Unidos, algo así como el arroz frito con carne de puerco que hacen por acá. En Beijing lo miran a uno con mala cara si uno se atreve a sugerir semejante herejía. De hacerlo, un chino es capaz de soltarle a uno una mirada cargada de maldiciones que se remontan a la dinastía Ming.

Aprendí con él también la cuestión de los vinos. Cuando era chico mi abuelo me decía que los vinos portugueses eran los mejores del mundo. Cuando comencé a viajar por este mundo me di cuenta que los abuelos también se equivocan. Las cosas hay que verlas en su perspectiva. Existe el error, me explicó Omero, de creer que la pizza y el espagueti se acompañan con vino blanco. De hecho los dos platos se deben comer con vino tinto, el blanco se usa más para la pizza “blanca”, que no lleva tomate sino queso mozarella. En Italia hay muchos vinos y todos son buenos (malos son los griegos, en serio, los he probado) aunque Omero a las cuatro de la mañana cocinando su risotto aconseja el Barolo, de Piamonte. Me explicó que es un vino que se puede guardar durante muchos años, prácticamente no muere y tiene un paladar que no es ni dulce ni seco. “Algo en el medio”, repetía. “Pero suave”. Me perdonan los escépticos, pero Omero es del Lazio, testarudo, habrá que creerle entonces.

Y en eso pasábamos horas, cocinando, aprendiendo y conversando. Una vez nos enfrascamos en una discusión sobre el Borgoña. No se si han probado este vino francés pero es buenísimo. Una noche Omero no vino a cenar a casa y yo decidí meter mano a una botella de Borgoña sin contar con él. Cuando se enteró salió a relucir su costilla del Lazio. La voz tronó por los cimientos levantados, quizá, en los tiempos de Marco Aurelio. El papa seguro que se despertó en el Vaticano. Pero hasta el día de hoy no entendí qué más le costó, si hubiera tomado la botella sin él o que la hubiera escogido. Nunca más toqué en ninguna botella de la casa.

Omero no está bien. No sé si volveremos a cocinar algo de nuevo durante la madrugada. Pero yo si lo voy hacer, porque como los periodistas son muy parecidos a los taxistas, es ya un hábito regresar de madrugada a casa tras una noche manejando Uber y ponerme a cocinar porque realmente relaja. Y mientras lo hago voy “conversando” con Omero.

Antes de irme: Lo que no les he contado es que aquella noche una vez terminado de hacer el risotto, Omero lo mandó directo para el refrigerador. Ese es el secreto del cocinar de madrugada. Es solo para relajar, no para comer. Comer sería un sacrilegio. Además mañana seguro que sabe mejor. Basta calentarlo con una gotica de aceite.




miércoles, 13 de marzo de 2019

Bunder Pacheco regresa

A la venta en Amazon la edición del 50 Aniversario de Condenados de Condado

Para el área de Miami hay copias disponibles en
Altamira Libros
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Coral Gables, FL 33134
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El 8 de febrero de 1968 Norberto Fuentes recibió la noticia de que el jurado compuesto por el argentino Rodolfo Walsh, el chileno Jorge Edwards, el francés Claude Couffon, el peruano Emilio Adolfo Westphalen y el hispano-mexicano Federico Álvarez, había elegido a Condenados de Condado como la obra ganadora en el certamen de cuento de ese año de la Casa de las Américas.

Así fue como Norberto vio su primer libro publicado pero también quedó en la mira y el enojo del “mayimbón de los mayimbones”, del mismísimo Fidel Castro, y si su situación era precaria hasta ese momento, por una capacidad innata de Fuentes para caminar por el borde de la cornisa, se mantendrá en el filo del abismo por los siguientes años, en los cuales se atrevió a publicar sin autorización oficial un libro en el extranjero (Cazabandido, 1970) y fue la nota discordante y el protagonista inesperado de la llamada autocrítica del poeta Heberto Padilla (1971).

Por todo eso y pese a todo eso, Condenados de Condado se transformó en un clásico de la literatura de la Revolución Cubana. Por años solo ha podido ser encontrado en librerías de viejo —con la excepción de aquella edición de 2000 (Seix/Barral)— razón de sobra para haberlo vuelto a publicar y mantener al alcance de todos los lectores, especialmente aquellos que llegamos tarde a la Revolución. Y a través de estas páginas podemos sentir con una inexplicable nostalgia la humedad del Escambray, el polvo que se incrusta en nuestra piel tras días de operaciones, el eco de los disparos y ser testigos del humor o mal humor de los milicianos y sus comandantes.

—Pedro Schwarze
(en el prólogo de esta edición)

Scrapbook


Norberto Fuentes es el narrador más original producido por el período revolucionario cubano.
—Ángel Rama, Literatura y clase social

Fuentes no quiso como narrador dividir el mundo en blanco y negro, con lo cual tocó el tema de la inmaculada pureza del ejército revolucionario.
—Jorge Edwards, Persona non grata

Sorpresivamente, en un momento de máxima ortodoxia revolucionaria, Norberto Fuentes produjo uno de los libros más interesantes y polémicos de la literatura cubana.
—Juan Domingo Argüelles, El Universal (México)

Desde el primero al último, su único tema es la revolución. Lo fascinante, lo violento, lo imprevisible y aterrador de esas situaciones límites que todo movimiento revolucionario comporta, es la sustancia de su obra… Sus relatos son como los de un poseso en que apenas interviene la elaboración, de algún modo concebidos al margen de la literatura.
—Heberto Padilla, El Nuevo Herald (EEUU)

Norberto Fuentes ha comprendido como nadie lo que significó el shock que originó la agresión a la joven Revolución, reaccionó de forma creativa y le imprimió a sus textos la imagen de la escena cubana con todo rigor.
—Jorge Santos Caballero, Resonancias (Cuba)

El mayor hallazgo del libro no hay que buscarlo en el tema en sí, en su carácter específico de épica nacional, sino, justamente, en la trascendencia de esas fronteras, en el salto a lo universal que late en lo inmediato y en lo cotidiano. Y ese salto… lo ha conseguido Norberto Fuentes con todo un libro.
—Antonio Benítez Rojo, Casa de las Américas (Cuba)

Condenados de Condado —que generó culto entre los cuentistas jóvenes de la isla y aún hoy es tratado como modelo literario— era… literariamente, muy bueno, y la crueldad de sus páginas tan real como la vida misma de aquellos convulsos, años sesenta y especialmente de los conflictos armados en la sierra del Escambray.
—Roger Salas, El País (España)

Visto el libro con la perspectiva del tiempo, puede considerarse como una auténtica obra maestra del relato corto. Veinticinco relatos [que] poseen la intensidad de lo vivido y de lo narrado con los mínimos recursos, casi todos ellos de naturaleza verbal. Sin embargo, las historias están construidas con un cañamazo de dramatismo y de humor negro y sin referencias políticas. Tampoco carecen de ternura, de un amor a la vida que se combina con sentimientos como el honor, el heroísmo o la pasión y la nostalgia.
—Joaquín Marco, El Cultural (España)

El libro muestra su calibre humano y la dirección ejemplar que ha tomado, al margen de su sabroso sentido del lenguaje, de una habilidad ya consumada para el diálogo con sus vivaces giros coloquiales, de un rigor cuentístico con que dejar de lado todo material adventicio de la palabra o de la imaginación para hacer de Condenados un preciso breviario de una literatura que aún mejor que la historia reflejará desde adentro a la Revolución.
—Jorge Rufinelli, Marcha (Uruguay)

Una crónica, a veces feroz hasta la alucinación. Ejército revolucionario y "bandidos" uno frente al otro. Bajo el disfraz de guerrilleros atroces y despiadados, mantienen viva, tanto de un lado como del otro, una humanidad genuina y soñadora que sabe cómo encontrar espacio para las pausas líricas.
—Mariapia Bonanate, Gazzetta del Popolo (Italia)

Parece ser un libro de cine, y con esto no queremos empañarlo o disminuirlo. Queremos decir que posee una vivacidad plástica y un dinamismo que nos hace pensar en el cine: y estamos convencidos de que es capaz de recrear la concreción más deslumbrante de las imágenes en movimiento.
L´Espresso (Italia)

Condenados de Condado sigue siendo fresca, motivadora, herética, perturbadora, audaz. Y por todo esto, actual. Quizá su lectura ayude a entender un poco mejor ese enrevesado panorama cubano y hacer ver hasta qué punto la voluntad ha movido montes, con un insólito, brutal y —¿por qué no?— simpático Bunder Pacheco, un hippie guerrillero, tierno e ingenuo, como son los hombres de pueblo que hacen la historia de la cual Norberto ha sido un Melquiades un tanto molesto.
—Alejando González Acosta, Unomásuno

Fuentes no es un bardo retórico que tiende a las notas épicas. Las crudas experiencias de la guerra civil son recordadas por él con un humilde sentido de la humanidad, impregnado de piedad y de ironía, y en ocasiones con asombro e inquietud.
La Gazzetta del Mezzogiorno (Italia)

Un fino humor irónico, tremendamente cubano transita por las páginas de estos cuentos escritos con maestría y gran poder de síntesis… y se apodera de nuestra atención, ganándonos el combate por knot-out, como diría Cortázar.
—Eduardo Heras, autor de La guerra tuvo seis nombres (crítica censurada)

Norberto Fuentes logra recrear la atmósfera de uno de los momentos decisivos de Cuba, dio constancia de la contrariedad y la complejidad de la naturaleza humana en situaciones límites y, sobre todo, materializa una extraña concisión, de amplitud de contenido y de rigor formal… Un clásico de la Narrativa Latinoamericana de fin de milenio.
—José Agustín

martes, 5 de marzo de 2019

Ton

 

Heberto Padilla y yo estamos junto a Nancy Pérez-Crespo y reposamos el almuerzo que Nancy ha preparado. Puede considerarse, según Heberto, “la continuación de la sobremesa en estado horizontal”, y según yo, siempre más ajustado al canon militar establecido por Von Klausewitz, “la continuación de la sobremesa por otros medios”. Estamos en la casa de ella, en una barriada de Miami de clase media baja llamada Westchester. Nancy provee albergue, alimento y ocasión para las tertulias en los primeros días del exilio de Norberto, quien no perderá tiempo en comenzar a llamar a su benefactora como “la Señora Pérez”, razón por la cual, desde luego, será despojado casi de inmediato de todas las sinecuras. Entonces, en la foto de abajo, a mi izquierda, aparece Alberto Batista, a quien yo solía llamar “Ton” (edición final —del que se desgajan las dos primeras sílabas— del superlativo Albertón) y que era mi amigo del alma. Se me había adelantado por unos meses en el exilio, pero apenas yo aterricé en Miami, de inmediato, nos atrincheramos como si nada en nuestras tertulias de dos socios que desde nuestros tiempos universitarios no le dábamos paz a nadie. Pronto nos dimos cuenta que el ejercicio de la burla no necesita de un escenario urbano específico. Siempre hay material humano a la mano para que la pases de chupete. No necesitábamos ni de ron para aquellas jornadas. Claro, el Ton tenía un problemita que nos obligaba en muchas ocasiones a contenernos y era su padecimiento de asma; es decir, pasaba con enorme frecuencia de ahogarse de la risa a ahogarse de verdad. Un montón de veces estuvo a punto de caer fulminado, redondito, al lado mío después de una carcajada en explosión. Y yo aterrorizado, viendo cómo el rostro se le encendía y no había aire de resuello en una risa que se había convertido en un asunto ahogado, silencioso. Esta tarde hay sosiego, sin embargo; hay sobremesa, y suelta la Polaroid para aparecer él también en la fotografía. Se me vino a morir en Nueva York, muchos años después. Noche. Solo. La mujer en el trabajo y la hija en casa de unos tíos en la Florida. Estaba acostado en el sofá. No que se desplomara en el sofá sino que él se acomodó, con un cojín bajo la cabeza. La cena, sin tocar, estaba sobre la mesa. Ayer 4 de marzo fue su cumpleaños. Todavía hoy no se me quita de la cabeza.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Una sátira de una sátira


Digamos en inicio que se trata de formas innovadoras de la política y del arte militar. Dislocarse en la frontera que separa a Colombia de Venezuela con el evidente propósito de elevar el ángulo belicoso del Partido Republicano es, como mínimo, audaz. Puede llegar a funcionar en la mentalidad hispana del estado de la Florida. Es una forma usual de concebir las cosas por parte de la bancada principalmente cubana del enclave. Aunque si consideramos que un porcentaje alto de los venezolanos residentes en el estado no son ciudadanos y por tanto carecen del derecho al voto, entonces no sabemos muy bien a quiénes quieren captar. ¿Un ensayo diversionista ante la mala sangre que está haciendo correr el Partido Republicano entre los votantes de cara a las elecciones presidenciales del 20? ¿Apuestan a la manida maniobra de montar una operación de desembarca-en-una-playa-a-la-sombra-de-los-cocoteros, mata-un-poco-de-nativos-y-regresa- victorioso-a-casa? Por lo pronto tenemos al senador Marcos Rubio y a su acompañante, como el Tonto del Llanero Solitario, el congresista Mario Díaz-Balart, en la población fronteriza de Cúcuta, mientras observan y hacen ademanes hacia el territorio venezolano en poses que tienen una vaga semejanza con la de Douglas MacArthur y su cohorte, el agua hasta las rodillas, en la “Red Beach” de Leyte. Debe ser por los Ray Ban de piloto. Las gafas oscuras siempre te dan el aire.

¿MacArthur? No, hombre. Fidel Castro. Diablos, qué daño le hizo ese Fidel a todos los cubanos en su empeño de no despojarse de sus fatigas de campa;a. Estamos imitándolo desde hace 60 años. El senador Rubio disparó la mentira sobre el pasado de sus padres, diciendo que habían llegado a Estados Unidos “huyendo” de la Revolución Cubana —triunfante en 1959— cuando en realidad estos arribaron a Estados Unidos en 1956. Imposible reclamar la gloria de una acción bélica en unos inmigrantes económicos que cruzan lo que los cubanos llaman “el charco” —la distancia que media entre La Habana y Miami— por vía aérea. Pero a falta de un Papá Rubio disparando por debajo del sobaco hacia unos esbirros fidelistas que venían pisándole los talones, el vástago está demostrando su pasión por el combate.

Bueno, tuvo la mala suerte de nacer a destiempo. Nació con la única posibilidad de servir a la contrarrevolución tardía —o a una contrarrevolución ajena. Lo imagino en la competencia durante los años de oro, y ahora como uno de esos ancianos del exilio histórico, los que quedan, aún en el sueño de repetir la entrada triunfal del Ejército Rebelde en La Habana. Creo que hasta tienen por ahí en grasa de preservo un tanque Sherman adquirido en un baratillo de los sobrantes de la Segunda Guerra Mundial para encaramarse encima de él a la altura de la Virgen del Camino y, ya tú sabes, a dejarse adorar por todo un pueblo, e incluso a esperar los primeros ejemplares de una Edición de la Libertad de Bohemia con el retrato de Marco Rubio orlado sobre el triunfante blasón de

HONOR Y GLORIA
AL HÉROE NACIONAL

Así que termina en la frontera de Venezuela. Tratando de empujar por el fondillo a las Fuerzas Armadas americanas (el “Army” suele reaccionar como un mulo terco) para que ataquen ese país vecino. (¿La táctica no les recuerda Playa Girón o la insurrección del Escambray, ambas operaciones abandonadas a su suerte por sus patrocinadores de Langley y el Pentágono en los momentos más álgidos de la batalla?) Y esa es otra de las formas de innovación, en este caso referidas al arte de la guerra, y que el político de origen cubano está aplicando. Apurar una guerra de frontera sobre la base de un cargamento bastante modesto de conservas, modesto si lo que se pretende es alimentar a una población de 31,98 millones de habitantes y sin que se haya dicho hasta el presente cuántos contenedores más hay en camino y hasta cuándo va a durar el abastecimiento.

Pobres hermanos venezolanos. Porque si a Maduro y sus militares les da por resistir un poco, un poquito nada más, debemos prepararnos desde ahora para una reedición de Bagdad. Deben saberlo, debes saber, Marcos Rubio, que este tipo de operación tiene que resolverse de manera relampagueante. Si no, es una desgracia. Ya los italianos se pronunciaron la semana pasada: no conviertan a Venezuela en otra Libia. Marco Rubio dislocado del lado de acá de la frontera colombiana, en la sala de radares o con unos súper prismáticos o sencillamente frente a su enorme pantalla de televisión, disfruta de la programación especial sobre el bombardeo de Caracas. ¿Mas qué hacer con el orgullo herido de un imperio? Pues bombardear, darles a estos cabrones shock and awe hasta en la sopa —la misma sopa en polvo Campbell que le estamos mandando, pero después de la alfombra de metralla. Eso sí. Calculo que a esas alturas el uniforme de campaña de Marcos le siente tan bien como sus ternos cortados a la medida. ¿Y los cubanos?, me preguntarán. No son mi preocupación. Los cubanos, ya ustedes saben, hace rato que abandonaron el Auca Hilton, donde tuvieron su Puesto de Mando. Los desconcentraron al primer rumor de guerra. (El Plan B en acción.) Así que los F-16 se pueden dar el gusto pulverizando tal edificación. Ya es un problema de la USAF con los Hilton. En cuanto al Plan C… ¿habrá un Plan C?... Yo no sé cuál rayos será; a lo mejor, como en Vietnam, este jueguito termina con una acción militar en Cuba, si el problema se les descarrila en Venezuela y a Bolton o a alguien en el Pentágono se le ocurre concebir a Cuba como el Vietnam del Norte actuando como retaguardia para sus camaradas del sur. Entonces, tanda doble en el televisor. Shock and awe en La Habana también. (Que no se les olvide la sopita.) ¡La Habana que no aguantaba más!

Post Scriptum I

Un niñito bien con cara de vendedor de perfumes para damas de una tienda por departamentos concibe una maniobra política en su refrigerada oficina de Tallahassee. La Florida plagada de problemas y nuestro senador jugando a los soldaditos en casa del carajo.

Post Scriptum II

Lo otro que falta por ver, es un personaje eludido hasta este final de la presente pieza. Yep. Solo falta por ver quién puede más en esta puja. Si Marcos Rubio o Vladimir Putin.

miércoles, 30 de enero de 2019

domingo, 6 de enero de 2019

Son las vísperas



7 de enero de 196...
 
Ese día, desde La Habana, se le trasmitió
al sol la orden de que brillara
con toda su intensidad