lunes, 8 de enero de 2018

Levántate y anda

             El Jardín de las Meditaciones, Graceland, 1994.

             De un viaje a las raíces. Tupelo, Mississippi, 1994.

             Memphis, Tennessee.

lunes, 1 de enero de 2018

El último escritor


Los módulos de combate y la investidura de las boinas verdes (mandadas a fabricar especialmente a una industria de confecciones militares de Checoslovaquia) y el apertreche con Los hombres de Panfilov, el tomito de Alexandr Bek (“parque ideológico”, le llamábamos; parque en su acepción de municiones) que recibieron su bautismo de fuego en el Escambray, eran en verdad parte de una preparación, de un tenso episodio de espera, que finalmente se produce con la introducción en combate por parte de los americanos de la brigada de desembarco anfibio 2506 entrenada en Guatemala y trasladada hasta la costa sur cubana por la CIA con el propósito de derrocar la Revolución. Una logística a todas luces competente estaba a la disposición al comenzar la batalla ese 17 de abril de 1961. Aparte de las partidas de fusiles FAL adquiridos por Batista pero que llegaron tarde y cayeron en manos de la Revolución y de las nuevas partidas que ella misma negoció con los armeros belgas (entre 20 000 y 40 000 fusiles; la cifra aún es una incógnita), junto con el cuarto millón de ejemplares que llegó a sumar Los hombres de Panfilov, el grueso y decisivo material concretado por parte de la URSS, Checoslovaquia y China estaba suministrado para la fecha. Es decir, fusiles FAL, novelas de Panfilov, más 125 tanques (IS-2M y T-34-85), 50 cañones autopropulsados SAU.100, 428 piezas de artillería de campaña (de 76 mm a 128 mm), 170 cañones antitanques de 57 mm, 898 ametralladoras pesadas (de 82 mm y 120 mm), 920 piezas antiaéreas (120 mm y 12.7 mm), 7 250 ametralladoras ligeras y 167 000 fusiles y pistolas, todos con sus municiones. Y se estaba a la espera de una entrega programada de antemano de 41 aviones reactivos de combate y reconocimiento (MiG-19 y MiG-15), 80 tanques adicionales, 54 piezas de artillería antiaérea de 57 mm y 128 piezas de artillería (incluidos los descomunales cañones de 152 mm). Este último cargamento, depositado sin demoras en territorio cubano y a la disposición de los combatientes poco después de obtenida la victoria en un balneario construido por la Revolución un año antes, llamado Playa Girón, en un recodo al este de la Bahía de Cochinos. Y, en La Habana, las viejas rotativas de Diario Nacional, Excélsior, El País, El Crisol, Información, Alerta, Pueblo, no paraban de imprimir Chapaev, El torrente de hierro, Somos hombres soviéticos, El último Almiar, Héroes de la fortaleza de Brest, Un hombre de verdad, Campos roturados (los dos tomos), El Don se desborda (los cinco tomos), La Joven Guardia, Días y noches y Así se templó el acero.

* * *

Toda una generación de combatientes cubanos educada bajo la advocación del teniente Baurdzhán Momish-Ulí, jefe de batallón de la 316 División de Fusileros del Mayor General Iván Panfilov subordinada al 16 Ejército del General Konstantin Konstantinovich Rokossovsky que en octubre de 1941 fue asignado a un sector de 8 kilómetros de largo en las márgenes del río Ruza, con el objeto de defender la ciudad de Volokolamsk y la carretera que la cruzaba, unos 128 kilómetros al oeste de Moscú, ante el avance del ejército alemán, y donde Momish-Ulí participó —él, personalmente— en veintisiete combates —¿ustedes saben lo que son veintisiete combates? ¿Ustedes tienen la más mínima, puñetera idea de lo que es eso?—, y que entre el 16 y el 18 de noviembre su batallón fue aislado del resto de la División en la villa de Matronina y que aun así se las arregló para contener a los alemanes y romper el cerco y regresar a sus líneas. Y aunque esto no era el objetivo principal del libro —sus páginas las dedicó Alexandr Bek, a lo que podemos llamar la educación del soldado antes de su bautismo de fuego—, terminó enseñándonos a nosotros, los cubanos, la misma lección, puesto que el libro apareció en el Moscú de 1944-45, muy tardía su utilidad en un ejército a la defensiva. Hacia esa fecha lo que se requería era un libro para una fuerza a la ofensiva, ya que las tropas soviéticas rodaban indetenibles hacia la batalla en territorio alemán. Y eso fue lo que pasó con unas masas de combatientes que a lo largo de dos décadas —por lo menos— lucharon bajo distintos pabellones y guerras; la patria de Momish-Ulí le encajaba como un sayo a tantos soldados como Estados Mayores aprobaran su lectura. Pero a mí me sirvió en un sentido muy particular. Me sirvió en otra dirección. Porque a mí me hizo escuchar un ruido. Necesito, para que me entiendan, que me vean en la mañana del 30 de diciembre de 1967. He alcanzado a reunir a duras penas 100 páginas a dos espacios para componer un libro. Es el mínimo exigido por la Casa de las Américas. Me he conseguido seis vistosas carpetas azules plásticas y ya tengo los seis ejemplares sobre la mesita redonda del comedor del apartamento que tengo con Haydee. Dos sujetadores ACCO mantienen por compresión del margen izquierdo las hojas ordenadas dentro de las dos tapas plásticas. Cinco ejemplares para Casa de las Américas (norma establecida por los patrocinadores del certamen) y mi ejemplar de reserva. No recuerdo si el título podía aparecer en la primera página pero el nombre del autor sí debía permanecer oculto en un sobre que acompañaría el paquete. Era además imprescindible escribir un lema que debía identificar cada ejemplar del libro y que se hallaba a su vez en el sobre regular de carta en el que uno incluía su nombre y generales. Tampoco recuerdo si hice un atado, con algún cordel, para mantener unidos los cinco ejemplares. Colocada una hoja de papel, doblada cuatro veces en sentido horizontal, con los siguientes datos

                          Norberto Fuentes
                          San Lázaro 875
                          entre Soledad y Oquendo
                          Apto. 52
                          La Habana
                          Tél 7 33 15

Solo quedaba pegar la solapa del sobre y repetir el lema que ya identificaba mis cinco copias originales de Condenados de Condado. Le pedí a Haydee, que participaba de todo el trajín con igual excitación contenida, que lo escribiera con un bolígrafo de tinta azul, en letra cursiva de buen tamaño. Se trataba de eludir mi torpe caligrafía. Ella escribió:

“Traigo el canto de los ríos embravecidos…”

No tengo explicación ahora a mi exigencia del entrecomillado y de los puntos suspensivos, como si fuera una cita de mí mismo. Aunque me doy cuenta que, en efecto, no estoy citando ningún texto en específico, sino una experiencia, una muy extraña, casi de origen místico. Ensordecedor el hierro. Mi primer libro y cuando lo termino y le pongo un rótulo que es obligatorio y puse que traía el canto de los ríos embravecidos, el ruido que traía era el de las batallas a campo descubierto de agrupaciones de ejércitos y donde dejan temblando la tierra aún después que se ha apagado el eco del último disparo y la noche cruzada por las bengalas y las trazadoras en el Arco de Kursk y de los órganos de Stalin y su aullido salvaje en la noche y el bramido del rio Volga y el del Don de Sholojov cuando se desborda. Eran los ríos embravecidos que yo oía. Eran los míos. En Cuba no hay ríos embravecidos. Hay mares embravecidos pero están fuera de la isla. La baten y se abalanzan contra sus duros arrecifes y siempre le dan por el norte, porque en el sur no hay fondo para alimentar el oleaje y es siempre un mar tranquilo. En el norte, que fue donde Hemingway tuvo que ir a buscar su río, en la corriente del Golfo, pero no dentro de la isla. Ya lo entiendo. Mis ríos embravecidos estaban, están en los libros. Por allí corren. Ahí tienen su cauce.

* * *

Llegamos a la sede de Casa de las Américas pocos minutos antes de las 12 de la noche. Haydee, el paquete de libros y yo. No, no le puse de nombre Operación Cenicienta. Pero se me pudo ocurrir. Llegamos hasta allí en el medio regular de transporte de los cubanos: un ómnibus del servicio urbano. La sede de Casa de las Américas estaba —está todavía— en un apacible recodo de una barriada habanera de clase media llamada El Vedado, y a menos de cien metros del Malecón habanero. No había un alma por todos los alrededores. Un sendero de losas llevaba directamente a una puerta, que estaba abierta, y a continuación, en una estancia intensamente iluminada, había una mujer ni joven ni vieja sentada detrás de un buró, sola, y a la espera. Le mostré mi paquete y le pregunté si todavía estaba a tiempo. “Desde luego”, me dijo, con una sonrisa. Puse el paquete sobre la mesa y ella me preguntó: “¿Género?” “Masculino”, fue la esperada respuesta de mi parte. El codazo de Haydee en mis costillas, suave, diríase que hasta cariñoso, pero codazo al fin, y su risita de exasperación ocurrieron al unísono. “Género literario, compañero”, dijo la mujer, que ahora, vista más de cerca, podía situarse en los treinta y tantos años. “Cuento, compañera. Cuento.” Al abrir una gaveta a su izquierda, la mujer esgrimió un gomígrafo y luego extrajo una almohadilla entintada. La almohadilla decía CUENTO. Metódica, fríamente, imprimió la palabra en la parte superior derecha de una hoja de color beige que yo había colocado de resguardo antes de la hoja del lema. Después la mujer, con su bolígrafo, debajo de la impresión del gomígrafo, escribió un símbolo de número y un número. Puso: # 35. He conservado uno de aquellos ejemplares, pero no el de mi reserva, porque advierto una nota editorial manuscrita sobre la misma primera hoja Borrador para hacer copias (ya está revisado de acuerdo al original). Lo tengo aquí, a la derecha, en mi librero, todavía protegido con la carpeta azul de vinil.


Y eso era todo. Podíamos retirarnos. Haydee y yo decidimos ir la heladería llamada Coppelia que Fidel había inaugurado dos años antes con el propósito expreso de producir más sabores que la americana Howard Johnson. Creo que le ganó por uno o dos sabores. O al menos se valió de un recurso retórico: las “combinaciones”. Ni recuerdo ahora de dónde sacó la fruta —o las frutas— para tomar la delantera en esa nueva batalla contra el colosal imperio, pero llegó a ofrecer 26 sabores y 25 combinaciones. ¡Qué de injertos, qué de inventos genéticos ocuparon ese genio! Un ejemplar único este Fidel nuestro. Lo mismo te llenaba un continente de guerrillas o de secuestradores de embajadores, que te creaba una combinación de helado de vainilla con guayaba. Coppelia estaba abierto hasta tarde —lo que en esa época considerábamos tarde y la plenitud de la vida bohemia: la una de la mañana o algo así— y nuestro matrimonio —de los 51 victoriosos sabores que Fidel Castro había logrado sustraerle a la flora y fauna cubana— se conformaría con un sondi de chocolate. Así, mientras salía del sendero y alcanzaba la acera, miré de reojo hacia atrás. La última mirada a la tumba del faraón antes de sellarla con la enorme lápida de piedra. Pero no detecté ningún movimiento de la señora en señal de que se aprestara a cerrar el portón de la Casa de las Américas, ya que las doce campanadas estaban a punto de sonar, por lo que la fecha y hora de admisión para competir en el concurso de Casa de las Américas de 1968 habría de extinguirse. Entonces, por primera vez, tuve miedo. La feroz alegría que me acompañaba mientras escribía el libro, la exaltación que me reportaba mi propia audacia y mi desacato y el entender de pronto hasta donde uno podía llegar y divertirse con la escritura de una pieza de ficción, iba a ser ahora lo que podría ocurrir cuando los burlados se despertaran, lo que el revés de la burla, si mis cálculos resultaban correctos, me devolvería como represalia. En mi rápido paneo hacia adentro de la institución, no vi los libros donde yo los había colocado, apenas unos segundos antes, arriba del buró de la recepcionista. Bueno, no había nada que hacer. Las naves estaban quemadas. Comprendí entonces que la verdadera audacia no había sido escribirlo, sino entregarlo. Una acción equivalente a depositar en manos de la policía tu propia confesión. Pero que además nadie te la he pedido. Sin que ellos te la hubiesen exigido ni hubiesen imaginado su existencia. Entonces hubo como un alivio. Entonces me concentré en la idea del chocolate. En fin, que salí de allí con las manos vacías. Ni papel de comprobante ni nada. Era una época, ustedes lo comprueban, en que todavía se podía confiar.

Fragmento de Plaza sitiada. Una edición especial por el 50 aniversario de Condenados de Condado está en preparación.

martes, 19 de diciembre de 2017

La historia continúa


Tomado de la cuenta de Instagram de Pedro Schwarze. La foto fue captada en mi casa, el domingo 10 de diciembre. El segundo comentario es de Omero Ciai, el periodista italiano. Estaba en La Habana. Pero la fiesta era 90 millas al norte. Foto: B. Johnson.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Miami al oeste

Foto: Pedro Schwarze

lunes, 20 de noviembre de 2017

Indomable

 

Si el empeño de Fidel era completar un curso de ictiología fluvial en beneficio de las capacidades operativas de su pastor alemán, ya sabemos el resultado. La preciosa criatura no aprendió nada. Solo lo que ya él sabe: que su amo muestra una determinación inagotable para lograr cualquiera de sus objetivos. Fidel —debemos entenderlo— pensará: si yo logré quebrar todos los códigos genéticos para tener una vaquita que produjera más de cien litros de leche por ordeño, aunque si bien es cierto que me duró poco —se deslechó, la pobre— ¿por qué no puedo convertir a Birán en un eficiente perro cobrador y reajustarle sus características de perro de trabajo? Por eso lo está enseñando: la trucha, probablemente ya muerta, que flota sobre la quietud del remanso, es la pieza a cobrar. Su obstinado empeño, sin embargo, la hace pasar por alto la maravilla de lo que ocurre a su lado y descifrar lo que cruza por el sistema de entendimiento de su amigo. Birán está alerta. En alerta máxima. Observen esas orejas en punta y el rabo oscilando hacia la izquierda. Sabe que algo pasa y que hay excitación en la voz del líder de esa manada de ellos dos solos y que es una demanda. Pero lo que consume toda su atención es detectar cualquier peligro que aceche a su amo. Para defender a su amo. A como de lugar. Birán no acaba de descifrar pero Fidel tampoco sabe lo que se está perdiendo. Que es la lección de la lealtad.
Me perdonan ahora la auto indulgencia, pero yo, que sí tengo un perro cobrador legítimo —¡el esplendor de un cocker spaniel inglés!—, no pierdo mi tiempo en intentar retorcerle su conducta. Jerry Lee Fuentes. Más ñoño y más vago no lo van a encontrar. Lo suyo es pasear en el Toyota o colarse entre la madre y yo en la cama a ver televisión. (La madre es mi mujer, Niurka, por supuesto.) Le encantan las comedias —los sitcom— me imagino porque nos oye reír. Si acaso, el ejercicio más agotador que se permite, es atrapar una infeliz lagartija que insiste en vivir en nuestro patio y que Jerry Lee mordisquea un rato y luego la libera. Niurka dice que eso muestra el buen corazón de Jerry Lee, porque no se la come. Yo, por mi parte, creo que no la “libera” sino que la escupe. ¿Por qué quién rayos se traga una lagartija que además ya está media coja, tullida de tanta trituración? Obstinado lacértido. ¿O tonto? Si sé que no es una reencarnación de Fidel porque ése de tonto no tenía nada. Menos mal que Jerry Lee es americano. No me lo imagino en una finca de Fidel adiestrándose para, póngase por caso, pastorear vacas lecheras de alto rendimiento. Coño, que empeño ese de Fidel en cambiarle el destino a todo el mundo, gente, vacas, perros. Lo que fuera.

¿Quieren ahora dos selfies de Jerry Lee mientras pasea? Cierto, ñoño y vago, pero muy atento al tráfico.



viernes, 13 de octubre de 2017

Las agujas, enemigas del pueblo


El Che no tiene mejor ocurrencia que presentarse con un libro del escritor soviético Konstantin Simonov sobre la encarnizada batalla de Stalingrado en la actividad organizada por el Instituto de Turismo —con el aprobación de Fidel— para atraer la simpatía de los millonarios americanos. 15 de mayo de 1960. Falta un minuto y medio para las 8. La suave luz de la mañana frente a las costas de La Habana y la brisa que bate sobre el mar permiten una agradable lectura de la novela, y además para disfrutar de la brisa cuando le arremolina las greñas. Tiene que aprovechar porque en unas tres horas el bravo sol del mediodía comienza su castigo. El libro —Días y noches— había sido uno de los títulos solicitados por Raúl Castro y él, cuatro años antes, en México, al agente residente del KGB Alexei Leonov, pero que entonces no alcanzó a leer porque el grupo cayó en manos de la policía mexicana, los libros incautados y Leonov declarado persona non grata. Hoy tampoco va a gozar de mejor suerte. Fidel se encuentra a bordo y es el que lo invitó. Resulta que participan en un concurso de la pesca de agujas que se llama “Ernest Hemingway” y que el mismo Ernest Hemingway se encuentra en el muelle, esperándolos para la fotografía. Así que al argentino le quedan quizá unos instantes de paz porque el jefe de la Revolución aún no se le ha parado por detrás para ver qué cojones es lo que está leyendo. Puede ocurrir en cualquier momento de esta mañana.

domingo, 8 de octubre de 2017

Nadie escribe su final

Resultaba extraño escuchar a uno de los más encumbrados generales cubanos referirse al Che Guevara de forma despectiva y hasta brutal. Era sabido que su campaña de Bolivia había resultado un fracaso y que, menos tres cubanos y un par de bolivianos, el empeño le había costado la vida a todo su destacamento. En Cuba, para designar un responsable, se hizo necesario disolver el Grupo de Operaciones Especiales (GOE) e integrar sus mejores hombres a Seguridad Personal y luego reorientar todas las escuelas de adiestramiento de guerrillas —hasta entonces bajo responsabilidad del GOE— y comenzar a estudiar la campaña de Bolivia como un patrón de casi todo lo que no debía hacerse en un movimiento guerrillero. Pese a todo, y como una tozuda reacción de orgullo, había entre los cubanos la convicción de que era un icono del movimiento revolucionario mundial y que su utilidad era inestimable de ese modo. De ahí que el Che se mantuviera en una especie de canonización sin cuestionamientos entre la cúpula militar y que este fuese el carril tendido para los teóricos y propagandistas de la Revolución. De modo que cuando Arnaldo Ochoa le espetó con toda violencia y desprecio a la misma hija del Che, sobre la mesa de comedor de la Casa Uno de Luanda, que su padre era un perdedor, yo comprendí por primera vez que había una posibilidad más allá de la libertad, y que ésta era el desacato. Arnaldo, con grados de general de División, era el jefe de la Misión Militar de Cuba en Angola. Aleida Guevara (Aliusha) acababa de graduarse de médico y cumplía misión internacionalista en un hospital de Luanda. Los otros presentes éramos el general de Brigada Patricio de la Guardia, dos o tres de nuestras respectivas mujeres, y yo. Fue en los primeros días de diciembre de 1987, la guerra de Angola se estaba acabando y hacía 20 años que habían matado al Che. La Casa Uno había sido en la época colonialista la residencia del cónsul americano (sin ese nombre, por supuesto) y los cubanos la remodelaron para eventuales visitas de Fidel y como residencia del jefe de su Misión Militar. El almuerzo era un mono. El mono Hugo, que estuvo encerrado como siete años en una jaula del portal amurallado de Casa Uno y que Ochoa, apenas nombrado jefe de la Misión, decidió servírselo en fricasé. Advierto que fue una nimiedad lo que motivó la explosión de Arnaldo. Aliusha aparentemente quiso darle una tónica de acto cívico a la ocasión, aunque siempre lo tomé, más bien, como una zalamería de ella ante el héroe revolucionario. Dijo algo sobre la permanencia del Che en las batallas revolucionarias cuando Arnaldo le espetó un: “Ah, chica, cállate, que tu padre era un perdedor.” Él silencio fue instantáneo en aquella sobremesa y lo que recuerdo es la sonrisa de Ochoa, y la blancura de sus dientes, y el brillo de sus ojos detrás de sus pequeñas gafas. Mantenía la sonrisa, desafiante, ante Aliusha. Aliusha quiso responder con la misma virulencia y, corriendo ruidosamente su silla hacia atrás, le dijo: “¡Que mi padre no te oyera!”, la voz ya a punto de rajársele en un sollozo. “Tu padre no tenía nada que enseñarme, Aliusha, no me jodas tú —y repitió, con saña—: Tu padre era un perdedor”. Había, en efecto, una idea romántica y era por la que nos dejábamos llevar, e incluso resultaba aceptable la forma en que el argentino había perdido. El consenso político cubano determinaba que existía un heroísmo indudable en el empaque de aquella derrota. Todos sabíamos que se había rendido, pero cuando tú te acomodas a una idea, luego ni las más sólidas evidencias logran hacerle mella fácilmente. Fue entonces que se despejó algo, y entendí por qué la actitud de Arnaldo era, al menos para mí, tan sobrecogedora, y es que Arnaldo, en su desfachatez sin contención, sacó a flote lo que estaba dormido. Ahora aclaro que ni Patricio ni yo ni ninguna de las respectivas mujeres salimos en su defensa —de ninguno de los dos— pero no hacía falta porque a esa niña de bata blanca, a la que se le saltaban las lágrimas, era evidente que Arnaldo le gustaba. Amén de que Arnaldo no hacía ningún esfuerzo por retirar la sonrisa de su rostro.

MÁS VALGO VIVO QUE MUERTO

El 31 de Agosto de 1967 a la caída de la tarde el grupo liderado por Joaquín (comandante Vitalio Acuña), segunda columna de la guerrilla boliviana de Ernesto Guevara, se adentró en el rió Masicurí, justo al norte de su confluencia con el Río Grande. Joaquín desconocía que habían sido traicionados por el campesino Honorato Rojas. El capitán Vargas Salinas, del ejército boliviano, había apostado a sus hombres en una emboscada. Allí, al costo de solo un soldado muerto, la columna de Joaquín fue aniquilada. Los muertos de la guerrilla, entre otros: Tania, única mujer de la columna, el comandante Gustavo Machín, Moisés Guevara y al propio Joaquín. Los cadáveres fueron llevados y expuestos en Vallegrande. Los únicos sobrevivientes fueron Paco y Freddy Maymura. Este último fue ultimado por los soldados al poco rato. Un tercer sobreviviente el medico José Cabrera fue capturado y ultimado días después. Resultado final; el único sobreviviente fue Paco (José Castillo Chávez).

Félix Ismael Rodríguez, agente de la CIA, quien en ese tiempo trabajaba con la inteligencia militar boliviana, percibió la importancia potencial de Paco. Con la oposición del teniente coronel Selich, que quería ejecutarlo le fue concedida la custodia del prisionero. En las semanas siguientes interrogó a Paco y consiguió que le detallara la estructura de la columna del Che. Estaba compuesta de una vanguardia, un centro y una retaguardia. Más importante aún, consiguió los nombres de los guerrilleros que componían cada uno de los tres sectores de la columna.

Desde finales del verano Vallegrande se había convertido en la base principal de la contrainsurgencia. En Septiembre 1, luego de que Vargas Salinas logró hacer contacto con la columna de Joaquín y aniquilarla, hubo euforia y hasta se creyó que Guevara había muerto al confundirlo con Moisés Guevara.

Mientras tanto, el Che había dirigido su columna al norte del Río Grande, zona con menos vegetación y, por tanto, desprotegida, y se dislocó en La Higuera, donde ordenó que la columna fuera hacia la próxima aldea, llamada Jagüey. Al llegar a las primeras alturas del terreno, la vanguardia fue sorprendida por una emboscada, donde el ejército mata a Roberto Peredo “Coco”, Mario Gutiérrez “Julio” y el cubano Manuel Hernández “Miguel”. Al enterarse Félix Rodríguez de quiénes eran los muertos se percató de que era la vanguardia de la columna del Che. Había ubicado a su hombre.

Paco corroboró la identidad de Miguel. Con la información obtenida, se concentraron en la zona las compañías de rangers, incluida la del capitán Gary Prado. En pocas horas cercaban a los guerrilleros en Quebrada del Yuro. Era el 8 de Octubre y a la 1.10 de la tarde comenzó un combate.

El Che, al darse cuenta de la gravedad de la situación, trató de salir del área de operaciones. Fue sorprendido por miembros de la compañía del capitán Prado. Herido, se entrego, diciendo “No tiren. Yo soy el Che Guevara y más valgo vivo que muerto.”

Enigmática frase del argentino.

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El texto, reproducido el mismo día en la página digital de Radio y Televisión Martí, tuvo 35 292 visitas antes de las 12 de la noche. La siguiente nota al calce fue agregada por la redacción: Publicado originalmente en Libreta de Apuntes, el blog de Norberto Fuentes. Reproducido con autorización del autor. Notas descartadas del libro en prepreparación UNA LLAMA CONGELADA - EL CHE GUEVARA Y LA ESCUELA LITERARIA DE LA REVOLUCIÓN CUBANA.